Cien años de la vida en verso, cien años del natalicio de Eliseo Diego, por Carlos Sánchez Ramírez “Emir”

 

 

Cien años de la vida en verso, cien años del natalicio de Eliseo Diego

 

Carlos Sánchez Ramírez “Emir”

 

 

Eliseo Diego pertenece a una camada de autores privilegiados, que escribieron tanto en verso como prosa, que lograron romper la página blanca tanto con sus experiencias lectoras como con sus traducciones. Eliseo, sin embargo, ante todo, fue un poeta. A partir de su esencia lírica, supo incursionar en otros géneros. Es decir, aunque logró crear grandes mínimos cuentos y generosos ensayos, pareciera que siempre es el mismo: el poeta de “La eternidad comienza un lunes”.

Siempre tan lleno de sí mismo, el poeta cubano jamás dejó de lado los valores esenciales de sus inicios. No cambia, no muta, hace frente a la idea de evolución autoral, pero su riqueza es inagotable. El poeta es aquel que ve de otro modo lo mismo. Ahí su gran importancia: ver de modo poético la realidad concreta, la cotidianidad y sus nimiedades. Dice María Zambrano de él: “Adentrándose en las cosas más humildes, en el polvo, en la pobreza misma, la poesía de Eliseo Diego llega a erigirlas”. Para él cada cosa de la vida se puede poner en verso –y también en prosa─.

Cordialidad y sencillez son emblemas suyos, lo cual, por cierto, aparece en cada texto, sea lírico, narrativo o ensayístico. En cierto ensayo sobre Martí, Diego escribe lo siguiente: “No hay aquí voluta ni canto dorado, recoveco de pasta roja, redundancia alguna. ¡Tanta sencillez escapa, inapresable exhalación, al siglo XIX!”. Algo similar podemos aplaudir de quien escribió lo anterior. Para muestra de ello, un fragmento del siguiente poema:

 

En lo alto

 

Un pájaro en lo alto,

            en lo más fino

del árbol alto,

           un tomeguín

nervioso, breve, tan liviano

 

como un soplo de luz,

           está cantando

su propia levedad.

 

Hablemos ahora sobre uno de sus principales temas: la infancia. Alguna vez dijo que la poesía es la infancia, que uno escribe para tratar de volver a aquel jardín edénico. Por otro lado, él no sólo escribe de esto, sino que, incluso, nos trae en sus poemas referentes de la niñez, principalmente de aquellos cuentos que se escuchaban y leían de pequeños, como los reelaborados por los hermanos Grimm, los de Perrault y los de Hans Christian Andersen. Una última cosa que agregar sobre esto: prologó y dedicó varios ensayos a estos autores y a la importancia que tuvieron en él, tanto en su faceta de lector como en la de autor.

México, 1993. Eliseo Diego recibe el premio Juan Rulfo. Ese no fue el único contacto con nuestro país. De hecho, su amistad con poetas y autores mexicanos fue relevante. Sobre todo, y por una cuestión muy peculiar, con Carlos Pellicer. Cuando Rubén Darío fue increíblemente criticado –en su propio homenaje del cincuentenario─, en el Encuentro de Escritores que organizó La Casa de las Américas, porque, al final de sus días, “Don Rubén se había vendido en cuerpo y alma a la oligarquía de su país a fin de comer más o menos como Dios y el hambre mandan”, Pellicer y Diego fueron los únicos en defenderlo. Dice Diego que dijo Pellicer: “Los malhablantes de Rubén Darío olvidan o desconocen no sólo al poeta, sino al hombre de América que en gran medida fue él”. También fue amigo cercano de Efraín Huerta y no de Paz, a quien le tuvo admiración pero no afecto.

De alguno u otro modo, Eliseo se quedó en México a través de su poesía. Poetas posteriores lo quisieron y homenajearon con versos y palabras en diferentes entrevistas, tal como Juan Bañuelos, Hugo Gutiérrez Vega, Antonio Deltoro y Francisco Hernández. Este último escribió un poema en prosa cuando falleció: “El rostro de  Eliseo me sorprendió. No era la cara de la muerte. Simplemente estaba sin estar, diríase que conteniendo la respiración, evitando el sudor, muy pensativo, tal vez soñando en verso”. El poema se titula “La eternidad comienza un martes”, porque Eliseo se equivocó por un día. Ahora sí que por poco y le atina. Hoy no se cumplen cien años de aquel martes, sino de un viernes donde conoció la vida, donde supo de la poesía a través de una luz primera.

 

 

 

 

 

Carlos Sánchez Ramírez (Ciudad de México, 1998). Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas por la FFyL UNAM. Ha sido dos veces becario del Curso de Creación Literaria para jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas. Forma parte de la revista Taller Ígitur, de Crítica y Pensamiento en México y de Diótima.

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