Carta de París: Ezra Pound sobre James Joyce. Traducción de Dermot F. Curley y H. L. Z.

 

Originalmente este artículo de Ezra Pound fue publicado en francés en el Mercure de France , en 1922. posteriormente, The Dial, lxxii, 6 de junio de 1922, 623-629. Reimpreso en Literary Essays, 1954, pp. 403-409. Pound afirma que Joyce es continuador de Flaubert. Sitúa a la obra Ulises entre las obras mayores de la literatura, semejante al Quijote y a Gargantúa .

 

 

 

Carta de París

Ezra Pound

 

Traducción de Dermot F. Curley y H. L. Z.

 

Πολλῶν δ’ἀνθρώπων ἴδεν ἄστεα καὶ νόον ἔγνω.2 Todo el mundo debería “unirse y celebrar a Ulises”; aquellos que prefirieran no hacerlo, podrían conformarse con ocupar un lugar muy inferior en los estratos intelectuales; no quiero decir que todos deberían alabarlo desde la misma perspectiva; pero todos los hombres leídos, escriban o no su crítica, tendrán que hacerlo en beneficio propio. Para empezar con temas alejados de la controversia yo diría que Joyce ha retomado el arte de escribir ahí precisamente donde lo dejó Flaubert. En Dublineses y en El retrato del artista adolescente no había rebasado los Trois contes o L’Éducation Sentimentale; en Ulises se continúa el proceso que se inició con Bouvard et Pécuchet y Joyce lo ha llevado a un grado tal de eficiencia, de mayor concisión, que ha devorado la Tentation de St. Antoine de un solo bocado, como si fuese tan sólo un capítulo más de Ulises. Ulises tiene más elementos formales que cualquier novela de Flaubert. Cervantes había parodiado a sus predecesores y podría considerarse como fuente de comparación en relación con las otras formas sintéticas de Joyce, pero mientras Cervantes satirizaba una sola instancia, la locura, o un solo tipo de expresión paródica, Joyce satiriza al menos setenta y cubre, implícitamente, la totalidad de la historia de la prosa inglesa.

Los personajes Bouvard y Pécuchet representan la base de la democracia; Bloom también; él es el hombre de la calle, el vecino, el público, no nuestro público, pero sí el público de H. G. Wells; puesto que si en Wells Hocking representa al público, Bloom esl’homme moyen sensuel, es   también Shakespeare, Ulises, el Judío Errante, el lector del Daily Mail, el hombre que cree a pie juntillas aquello que lee en los periódicos, es todos-los-hombres, y “el macho cabrío” que

 

...πολλὰ… πάθεν… κατὰ θυμόν3

 

Flaubert, que registra las costumbres rurales en Madame Bovary y los hábitos urbanos en L’Éducation Sentimentale, completó su registro de la vida del siglo XIX reflejando la amplia gama de cosas que tenía en la cabeza el hombre común de la época; Joyce encontró un método más expedito de análisis y síntesis. Después de que Bouvard y su amigo se retiraran a provincia, la narrativa de Flaubert se hace más lenta; en Ulises en cambio todo puede suceder en cualquier momento; Bloom sufre kata thumon, “todos husmeando en búsqueda de su hígado y sus luces”: es el polumetis 4 y un receptor de todo lo que ocurre.

Los personajes de Joyce no sólo emplean su propio lenguaje, también piensan con su propio lenguaje. Así que el joven Dignam se quedó mirando el cartel: “dos peleadores descamisados y con los puños en alto”:

 

Órale la pelea va a estar buena; hay que verla, Myler Keogh, es el que está entrenando con el del cinto verde. Dos libras la entrada, soldados a mitad de precio. Me largo de pinta y la jefa ni se entera. ¿Cuándo? Mayo 22. Chin... ya pasó.

 

Pero en cambio el padre Conmee estaba de excelente forma sin duda:

 

Y a sus chicos, ¿les iba bien en el Belvedere? ¿De veras? El padre Conmee estaba muy contento de saberlo. ¿Y el señor Sheehy? Todavía en Londres. El parlamento se encontraba todavía sesionando, de veras. Clima espléndido, muy agradable, de veras. Sí, era muy probable que el padre Bernard Vaughn volviera a predicar. Sí, claro, es todo un éxito.

 

Más tarde el padre Conmee “reflexionó sobre la divina providencia que procuró que hubiera leña en los pantanos y que los hombres pudieran sacarla y llevarla al pueblo o aldea para prender fuego en las chimeneas de la gente pobre”. Pero los dialectos no son todos locales, en la página 406 nos enteramos de que:

 

Elías regresará bañado en la sangre del cordero pascual. ¡Adelante existencias chupavinos, tragaginebras y copahabientes! ¡Vamos, mataperros, pinchesgüeyes, pulgaspedorras, porquicerdos, cabezashuecas, papamoscas, saltapatrases de falsa alarma y exceso de equipaje! ¡Vamos, quintaesencia de la infamia! Alexander J. Cristo Dowie, ése es el nombre, que me ha llevado a la gloria de buena parte del planeta desde la bahía de Frisco hasta Vladivostok. La Deidad no es un show de medio pelo. Les digo que Él está al tiro y con un negocio de excelentes posibilidades. Él todavía es lo máximo y más vale que no se les olvide. Clamen la salvación está en Jesucristo. Tendrás que despertarte temprano, tú pecador, si quieres tranzar al Todopoderoso... ¿a poco no? Él tiene un remedio para la tos en la manga que te va a dar el jalón mi amigo. Vamos, llégale.

 

Esta variedad de jergas permite a Joyce tratar sus temas, ejercitar sus tonos mentales de manera sumamente rápida; no es ni más ni menos sucinto que Flaubert cuando agota la relación entre Emma y su suegra; o el modo en que describe al personaje de Père Rouault o cómo caracterizó a Emma en su última carta; pero es más rápido que el registro de “ideas recibidas” en Bouvard et Pécuchet.

Ulises es, supuestamente, tan irrepetible como Tristram Shandy; quiero decir que no se puede imitar; no se puede usar como “modelo”, como se podía hacer con Madame Bovary; pero culmina algo iniciado en Bouvard et Pécuchet; y contribuye, definitivamente, al repertorio internacional de técnicas literarias.

Novelas clásicas, incluso excelentes novelas parecen infinitamente extensas y sobrecargadas después de observar la manera en que Joyce exprime la última gota de una situación, de una ciencia, de un estado mental en media página, en una pregunta y respuesta del catecismo, en una invectiva à la Rabelais.

Rabelais mismo sobrevive, perdura y es demasiado sólido como para ser superado por algún imitador; él era una roca en contra de las tonterías de su época; se lanza contra la teología eclesiástica, y más sorprendentemente, contra la ciega idolatría de los clásicos a punto de convertirse en moda. Rehusó todo, de lleno, con un impulso incluso más fuerte que el que Joyce, a la fecha, ha mostrado; pero no se me ocurre ningún otro escritor en prosa cuyo status proporcional en la llamada panliteratura no haya sido alterado por la publicación del Ulises.

James (H.) habla empleando su hermosa voz aun cuando sus creaciones deberían estar usando la suya; Joyce habla si no con la lengua de los hombres y los ángeles, por lo menos, con el lenguaje múltiple de varias maneras de hablar, la de los niños, la de predicadores callejeros, la de los refinados y la de los no refinados: rufianes y agentes funerarios, de Gertie McDowell y del señor Deasy.

Uno lee a Proust y lo encuentra muy habilidoso; uno lee a Henry James y sabe que también lo es; pero uno em-pieza a leer Ulises y piensa, correctamente quizá, que tal vez sea menos hábil, pero que es, por lo menos, grácil; y uno considera cómo James y Proust “transmiten su ambiente” de manera tan lograda; sin embargo, el ambiente del episodio de Gerty-Nausicaa, con los ecos y entonaciones de las oraciones de la tarde, es, sin lugar a dudas, “transmitido”, y transmitido con una certeza y eficiencia que ni James ni Proust han logrado mejor.

Y en la recta final de la novela, cuando nuestro autor se siente más o menos aliviado por haber descargado buena parte de su libro, nos percatamos si no de logros gráciles, por lo menos de las acrobacias, de los gritos, de los bombos y platillos por los giros técnicos del trapecista, de tal suerte que sería precipitado dogmatizar sobre sus limitaciones. Por otra parte, todo lo que él es, absolutamente todo, rebasa con mucho los límites y la órbita de Henry James y se encuentra fuera de la órbita y de la trayectoria de Marcel Proust.

Si acaso lo acusaran de que (Joyce) apunta a “aquel provincianismo obligado a incluir por fuerza alusiones a algún libro o  costumbre local”, también debe admitirse que ningún autor resulta más lúcido o más explícito al presentar las cosas, a tal grado de que un chino o un habitante imaginario del siglo XLI sería capaz, sin recurrir a obras de referencia, de darse una muy buena idea de las escenas o de las situaciones descritas.

Poynton con su botín5 crea una imagen menos viva que la casa de dos pisos de Bloom. Los recuerdos de In Old Madrid no pertenecen al ámbito intelectual; el “coche con la parte trasera inclinada” me parece un poco local. Pero en conjunto dudo si las alusiones locales obstaculicen la comprensión general de la obra. Detalles locales existen en todos lados; los entendemos mutatis mutandis y cualquier cuadro sería imperfecto sin ellos. Nos corresponde equilibrar la oscuridad con la brevedad. Lo conciso puede resultar oscuro para el lector.

En esta extraordinaria novela nuestro autor tambien ha abrebado de la épica y ha resucitado, por primera vez desde 1321, las figuras infernales; sus furias no son figuras de cartón; por un simple proceso de inversión, ha recuperado a las furias con sus señoras de castillo flagelantes. Telémaco, Circe y el resto de la compañía de la Odisea, la ruidosa caverna de Eolo, poco a poco se ubican en la mente del lector más o menos rápidamente, según su parecido con Homero. Estas correspondencias forman parte del acervo medieval de Joyce y son el resultado de su propia cosecha, son como un andamio, un modo de construir, justificado por sus resultados, y son el triunfo de la forma, a partir de un esquema con entrelazamientos y arabescos sin fin.

A mi modo de ver, la mejor crítica a cualquier obra, la única crítica que ostenta algún valor de permanencia o incluso de moderada perdurabilidad proviene del escritor o del artista que supera a sus antecesores; y jamás del joven que escribe generalidades. La Salomé de Laforgue es una verdadera crítica a Salammbô; Joyce y quizá Henry James son críticos de Flaubert. Para mí, como poeta, la Tentación es jettatura, es el efecto de la época de Flaubert sobre Flaubert; es decir, le interesaban ciertas cuestiones ahora muertas, porque vivió en un periodo específico; afortunadamente, logró reunir estas cuestiones en uno o dos libros en los que mantuvo fuera de su obra los temas contemporáneos; ahora los coloco a un lado como se pone a un lado el tratado de Dante De aqua et terra, como algo que tiene importancia hoy en día sólo como arqueología. Joyce, trabajando en el mismo tenor que Flaubert, hace la siguiente inteligente crítica: “Quizá le hubiéramos creído si Flaubert primero nos hubiera mostrado a St. Antoine en Alejandría mirando a las mujeres y los escaparates de las joyerías”.

Ulises tiene 732 páginas, es decir, es aproximadamente del tamaño de cuatro novelas normales, e incluso una mera lista de sus muchos puntos de interés excedería probablemente el espacio que se me ha asignado aquí; en el episodio “Cíclope” se nos brinda la posibilidad de medir la diferencia entre la realidad y la realidad representada mediante variadas formas de expresión; la sátira sobre los diferentes usos caducos del lenguaje culmina en la escena de la ejecución, sangre y azúcar cocidos en clichés y retórica; justo lo que merece el público y justo lo que recibe el público todas las mañanas junto con el Daily Mail y el sentimento retórico; es quizás el más feroz pasaje de sátira que hemos leído desde que Swift sugirió una cura para la hambruna en Irlanda. Henry James se quejó  de Baudelaire, “Le Mal, te excedes en honrarte tanto [...] nuestra impaciencia es del mismo orden que [...] si para Las flores del mal se nos presentara con una rapsodia sobre un pastel de frutas y agua de colonia”. Joyce se propuso crear un infierno y lo logró.

Él ha representado a Irlanda bajo el dominio británico en un cuadro tan verídico que hasta un cobarde de novena categoría como Shaw (Geo. B.) ni se atrevería a mirarlo a la cara. En términos de extensión, ha presentado todo el Occidente bajo el dominio del capital. Los detalles del mapa de las calles son locales pero Leopold Bloom (né Virag) es ubicuo. Su esposa Gea-Tellus, el símbolo telúrico, es la tierra desde la cual la inteligencia se empeña en saltar, y a la cual se hunde in saeculum saeculorum. Como Molly, es un hueso duro de roer, no es una prostituta, es una adúltera, il y en a. Sus últimas meditaciones no han sido censuradas (hagamos una reverencia al psicoanálisis requerido en este momento). El “censor”, en el sentido freudiano, ha sido anulado y se nos revelan los pensamientos nocturnos de Molly que son muy diferentes a aquellos versificados en el poema de Young; en última instancia dice que su cuerpo es una flor; su última palabra es una afirmación. Las costumbres de la sociedad burguesa que ella frecuenta no han logrado penetrar en ella, que podría existir supuestamente en la Patagonia como existiría en la ciudad de Jersey o en la ciudad de Camden.

Y el libro está prohibido en Estados Unidos, donde todos los niños de siete años de edad tienen pleno acceso a los detalles del caso Arbuckle, o doscientos otros casos semejantes en los 270 000 000 de ejemplares de los 300 000 periódicos que nos invaden. Uno regresa a la pregunta de los Goncourt:

 

¿Conviene que la gente permanezca bajo un edicto literario? ¿Existen clases tan indignas, desgracias tan lamentables, dramas, catástrofes tan desventurados, horrores tan carentes de nobleza? Ahora que ha crecido el prestigio de la novela, ahora que es la gran forma literaria [...] la pesquisa social, la investigación y el análisis psicológico, exigen estudios e imponen a su creador los deberes de la ciencia [...] buscando los hechos [...] le toca o no al novelista escribir con la precisión y, por lo tanto, la libertad del sabio, del historiador o del médico?

 

Si la única clase en Estados Unidos que hace un esfuerzo por pensar fuera censurada por unos maniáticos, ¿por qué no se atreven a entrometerse con los espectáculos de Broadway? ¿Existe alguien que, por dos o tres palabras que todos los niños han visto escritas en las paredes de los baños públicos, revise meticulosamente doscientas páginas sobre la consustanciación o la influencia biógrafica de Hamlet? ¿Y conviene falsificar un reporte sobre el estado de la mente en el siglo xx (el primero de la nueva era) omitiendo esas dos o tres palabras, o fingiendo ignorar algunos actos extremadamente sencillos? Si el Bloomsday no ha sido censurado, qué bien. Los análisis de materias fecales en el hospital de la vuelta tampoco. Nadie, salvo un presbiteriano, sería capaz de cuestionar la utilidad de esta última precisión. Una obra maestra literaria está hecha para mentes igualmente serias a aquellas comprometidas con la ciencia de la medicina. El antropólogo y el sociólogo tienen derecho a producir documentos igualmente exactos, a reportes y comentarios igualmente sucintos, que rara vez obtienen, considerando la complejidad del tema que tengo entre manos, la idiotez de las supersticiones actuales.

Un reporte de Fabián sobre la leche es de menos utilidad a un legislador que el saber contenido en L’Éducation Sentimentale o en Madame Bovary. Se supone que el legislador maneja asuntos humanos, facilita la cortesía de las aglomeraciones humanas. Le beau monde gouverne –o una vez fue así– porque tenía acceso a conocimientos condensados, la Edad Media fue gobernada por aquellos que sabían leer, una aristocracia que recibió el tratado de Maquiavelo en presencia de los siervos. Hoy en día una muy restringida plutocracia recibe las noticias, de las cuales sólo una fracción (con muy poca probabilidad de iluminar excesivamente mercados próximos) se publica en los periódicos. Jefferson fue, quizás, el último funcionario que tuvo algún sentido general de la civilización. Molly Bloom juzga a Griffith por “la sinceridad de sus pantalones”, mientras la edición parisina del Tribune nos informa que el congreso de sastres ha declarado al presidente Harding como el magistrado mejor vestido.

Mi intención no es de ninguna manera menospreciar la ventaja de tener un presidente que pueda competir en cuanto a pantalones se refiere con los modelos de elegancia tales como el del Sr. Balfour y lord (antes sólo Sr.) Lee de Fareham (y Checquers), pero tampoco quisiera menospreciar la utilidad pública que puede aportar el lenguaje preciso que surge sólo de la literatura y que el sucinto Julio César, o el lúcido Maquiavelo, o el autor del código napoleónico, o Thomas Jefferson, para citar un ejemplo local, de ninguna manera hubieran pasado por alto. Claro que es demasiado prematuro saber si nuestro gobernador actual se interesará o no en estos temas; sólo sabemos que el difunto pseudointelectual Wilson no mostró interés, ni el difunto bombástico Teddy, ni Taft, McKinley o Cleveland, y que, hasta donde tenemos memoria, ningún presidente norteamericano ha pronunciado una sola palabra que implicara un mínimo de interés o conciencia en la necesidad de una vitalidad intelectual o literaria en Estados Unidos. Una cierta conciencia del estilo hubiera podido salvar a Estados Unidos y a Europa de Wilson, lo cual hubiera sido muy útil para nuetros diplomáticos. Le mot juste es de utilidad pública. No lo puedo evitar. No estoy afirmando esto como una concesión a los estetas que quieren que todos los escritores sean fundamentalmente inútiles. Las palabras nos gobiernan, las leyes están grabadas en palabras, y la literatura es la única manera de mantener estas palabras vivas y vigentes. El espécimen de hongo pronunciado en mi carta de febrero revela lo que le sucede al lenguaje cuando llega a las manos de los especialistas analfabetos.

El Ulises contiene material suficiente como para un simposio y no tan sólo para una carta, ensayo o reseña.

 

 

Notas

1 The Dial, lxxii, 6 de junio de 1922, 623-629. Reimpreso en Literary Essays, 1954, pp. 403-409.

2 “Vio las ciudades de muchos hombres y leyó sus mentes”, Odisea, I, 3 “Sufrió todas las cosas... en su corazón”, Odisea, I, 4.

3 “De muchas mentes” o “de muchas artimañas”, el epíteto principal de Odiseo que Pound se había aplicado a sí mismo en

4 Se refiere a la novela de Henry James The Spoils of Poynton.

 

 

 

Ezra Pound (Hailey, 1885-Venecia, 1972) intentó rescatar parte de la tradición poética antigua para crear una obra moderna, conceptual y fragmentaria. Autoexiliado en Europa, vio con simpatía el fascismo. Cuando el ejército norteamericano invadió Italia se presentó en su cuartel. Fue arrestado y exhibido en una jaula, al aire libre. Lo llevaron a su tierra natal para juzgarlo por traición a la patria. Lo recluyeron en un manicomio doce años. Su libro más importante, Cantos, lo escribió a lo largo de casi toda su vida.

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