Blaise Cendrars, por Enrique Molina

 

 

 

 

Este ensayo aparece publicado en la reciente edición de La prosa del Transiberiano y de la pequeña Jehanne de Francia (2020), publicada por la editorial El Tucán de Virginia y el Fondo Editorial de la Universidad de Querétaro. Su editor, el poeta Víctor Manuel Mendiola autoriza la presente publicación.

 

 

 

 

Blaise Cendrars[1]

Enrique Molina

 

Como Rimbaud, como Casanova, esos grandes maestros de la inquietud permanente, también Cendrars es uno de esos hombres “con las suelas voladoras”. Posee la fascinante rapidez de movimientos de mercurio. Se escurre con esa misma coherencia, sin perder su unidad, sin disgregarse a través de los más remotos rincones de la tentación de partir. Ya aparezca en París o junto al Amazonas, ya se hunda en lo más hirviente del folklore negro —que fue uno de los primeros en difundir— o vagabundee por las callejuelas del insomnio o los suburbios de otras razas, todo en él es apetito, avidez, voracidad por la vida. Era apenas un niño cuando se escapó por la ventana de la casa paterna, en Neuchâtel, para no regresar jamás. “Tenía hambre/ Y todos los días y todas las mujeres y todos los vasos/ Hubiera querido beberlos y romperlos”. Así husmea el planeta, persiguiendo en la intimidad de cosas y seres el rastro de un secreto, de una revelación. Porque hay en él una fuerza expansiva que sobrepasa largamente los contornos de cualquier existencia convencional, tornándolo liviano, lanzándolo al fondo de sí mismo, al límite extremo de su voluntad y su deseo.

Quiere conocer su capacidad de conquista, de desafío, de imprevisto abrir el mundo de par en par. La “vida forece en las ventanas del sol”, escribe. Conocer las fronteras de su escenario vital, todos los delicados matices que vinculan los lugares con las almas, todas las lenguas vivas, el comportamiento y la soledad de los hombres, las formas de su miseria y de su rebeldía. Huele la tierra, la palpa, la descubre nombrándola con una nitidez de prisma, reconocido a cuanta cosa es compartida por la sangre y la luz, a toda substancia y elemento. Adora esa “realidad rugosa” dentro de la cual se pasea con la intensidad de un animal prisionero: “Yo giro en la jaula de los meridianos como una ardilla en la suya”. Pero nunca solo, en fin, sino fraternalmente unido a los hombres, y no en el plano de la especulación pura y el pensamiento, sino con el contacto personal, con el calor de una real experiencia de dimensiones inconcebibles, siempre su igual, el camarada incomparable de un instante y de toda la vida.

Es así como su obra, tanto en prosa como en verso, constituye un tenso canto de solidaridad con los personajes y las materias terrestres, definitivamente instalado en el lado diurno de la condición humana, exaltado por los sentidos y por la violencia de su testimonio. Como la de Saint John-Perse, también su poesía es un vasto inventario de lugares y de profesiones, la sistemática alabanza del planeta. Sólo que en Cendrars esa reverencia no está declarada. En cambio se la siente en su interior como una presión y en torno a los vocablos como una aureola. Es conciso, sintético, esencial. Pero esa radical entrega suya a la vida constituye el contexto de su obra, el acento que sostiene la vibrante enumeración del mundo que son sus libros. Así es su poesía una especie de diario de viaje, un gran periodismo del sueño en cada lugar, en cada movimiento. Apoya con fuerza los pies en el suelo y sin embargo, a pesar de la implacable objetividad de sus poemas, hay en ellos no sé qué extraño ascetismo, algo cortante y seco que revela la tensión de un espíritu al que la sensualidad no acaba nunca de someter.

Pues sólo para explorar la intimidad de su alma Cendrars se abandona al duro, ardiente, hipnótico mundo de la acción. Aunque en su más severa sabiduría reconoce que “Asvherus es idiota, o puede confesarse en voz baja: Yo soy un señor que en expresos fabulosos atraviesa las siempre idénticas Europas y mira descorazonado por la portezuela”. Un verso que recuerda la desdeñosa frase de Valéry cuando pretendían deslumbrarlo con la belleza de un lugar: “En todas partes me enseñan el mismo paisaje”. Pero en Cendrars la acción adquiere un sentido de comunión humana, es una necesidad de vínculos inmediatos, experiencia extrema de posesión de sí mismo y de entrega. “Soy una especie de brahmán al revés”, declara. Y sabe que esa frenética agitación no es más que un medio de alcanzar algo, una interrogación. “La serenidad sólo puede lograrla un espíritu desesperado. Hace falta haber vivido mucho y amar aún al mundo”, nos dice. Por eso, perdido en un tráfago de continentes, bajo la trompeta de los archipiélagos de la inconstancia, itinerarios y hospedaje en cualquier clima y ola, en medio del ensordecedor laboratorio de la aventura en que convirtió cada día suyo, supo preservar la energía necesaria para crear una obra única, de una desconcertante diversidad de títulos y géneros, verdadero polipero de la pasión de narrar, de conocer, de una gran fuerza liberadora y una crepitante certidumbre, sea cual sea la distancia a que se la contemple.

Hay en Cendrars, en efecto, toda una mística de la experiencia. En cada instante de su destino se adivina la inquebrantable voluntad de identificar al máximo el pensamiento y la conducta, el deseo y la acción, seguro de que tanto para él como para el más obscuro de los hombres no puede existir medio más seguro de alcanzar la medida exacta de su poder y su sinceridad. Es natural, entonces, que el volumen de sus poesías completas ostente un título que más parece una divisa, el lema de su destino: “Del mundo entero al corazón del mundo”. Camino que recorrió con una trayectoria fulgurante —aunque pasara silencioso y desconocido por aldeas y ciudades— y que es, sin duda, el itinerario de toda gran aventura espiritual. Por supuesto, le apasiona la vida más que la literatura, aunque no podrá nunca disociarlas. “Escribir es la cosa más contraria a mi temperamento”, declara. Pues sus ideas, sus sueños, sus impulsos, le exigen un compromiso total, se apoderan hasta del más insignificante de sus gestos. Ningún refugio en la abstracción: “Yo tengo música bajo las uñas”. Y bien: “Ya no leo los libros que no se encuentran en las bibliotecas del A B C del mundo”, o si no: “Este año o el año próximo la crítica de arte es tan imbécil como el esperanto”. O definitivamente: “La vida que he llevado me ha impedido suicidarme”.

Es la suya una sensibilidad hemisférica, afinada a fuerza de escuchar el latido de cada paraje, de cada forma, de cada sufrimiento o esperanza humana compartidos en todas partes. Su mirada es aguda. Con esos pequeños ojillos de elefante en esa tremenda cara suya de tantas difundidas fotografías, Cendrars descubre inmediatamente lo que hay de más significativo en cada alma, en cada cosa. Fue de los primeros en reconocer el genio tiernísimo de Mc Chagall, lleno de violinistas y asnos de los tejados, y fue quien primero se adelantó a saludar en París, cuando aún era sólo un anónimo recién llegado, a ese otro gran hermano suyo, Henry Miller, para quien desde ese momento será el más extraordinario personaje que haya conocido nunca. Y algo significa la palabra del autor de los “Trópicos” cuando dice refriéndose a él: “Revivo o trato de revivir su vida, sus pensamientos, sus emociones. Mi día, a pesar de hallarme tan ocupado, sólo comienza en el océano de su ser prodigioso”. Como es sabido, Miller ha escrito, además, un largo y apasionado prólogo para sus dos obras completas en prosa, recientemente publicadas. También Dos Passos le dedica un capítulo en su libro Oriente Express, aparte de los trabajos de Jacques Henri Levesque y Louis Parrot consagrados a su vida y su obra.

Cendrars vivió la tierra en todos sentidos. No un turista, por supuesto, sino un hombre que hace fermentar en su corazón la serpiente solar de toda latitud y de toda embriaguez para rescatar finalmente su alma a las palabras, a la costumbre, a la riqueza. No un literato simplemente, sino el pequeño vagabundo en Moscú, “donde quería nutrirme de llamas”, al pie del Transiberiano, entre las mercaderías de la locura: “cajas con despertadores y relojes de cu-cú de la Selva Negra”, “cilíndricas cajas de sombreros y un surtido de tirabuzones de Sheffeld”, “ataúdes de Malmoë repletos de latas de conserva y sardinas en aceite”, para aludir a la mágica enumeración del poema. El hombre que pierde un brazo en la Legión Extranjera, en la guerra del 14, y practica después treinta y seis oficios clasificables y todas las inclasificables posibilidades de la evidencia y la lejanía. Poeta, marino, soldado, contrabandista, bibliófilo, buscador de oro, empresario de abejas, clasificador de la miel sangrienta que el sol del Brasil hace hervir en el cielo de los negros y en la desesperación de la costa, fabricante de las más ardientes imputaciones a la domesticidad, a la resignación, libre morador del paraíso de la inseguridad, su alma y su voz perpetuamente sometidas a la presión azul de las antípodas. En una palabra, el rostro de Cendrars, esos ojillos de juicio terrenal observando a través de párpados entornados, esa sonrisa en la que brillan todas las crónicas, nos dan una imagen perfecta de la salud del espíritu, la ruda y tierna máscara amenazada de alguien que ya es dueño de sus límites y su delirio en un rasgo definitivo: fe, confianza en sí mismo.

Un lirismo tenso, una corriente de imágenes de una fuerza plástica poco común, anima tanto sus obras en prosa como sus versos. En las primeras sobresalen Las confesiones de Dan Yack, El plan de la aguja, El hombre fulminado, etc. En cuanto a la poesía, desde su primera publicación, Pascuas en Nueva York, de 1912, hasta las más recientes, posee una profunda unidad y pone en marcha algunos de los rasgos esenciales de la lírica moderna, la incorporación de elementos de una realidad que se transforma y un nuevo lenguaje, antipoético en el sentido tradicional, incluyendo términos científicos, palabras técnicas y de argot, datos de apariencia estrictamente informativa y que se transforman, sin embargo, en la materia palpitante del poema, en una ruptura total con las aspiraciones del simbolismo de “una poesía pura en un lenguaje puro”.

Cendrars, al que Apollinaire le debe, sin duda, el acento de su célebre poema “Zona”, tan significativo de una época, publicó en 1913 ese gran canto a la nostalgia y al viaje: La prosa del Transiberiano y de la pequeña Jehanne de Francia, que no ha perdido uno solo de sus fuegos a través de los años. En 1918 aparece El Panamá o la historia de mis siete tíos, esa imprevisible epopeya de infancia en la que el humor encuentra nuevas fórmulas llenas de ternura y de novedad. Siguen luego Diecinueve poemas elásticos, Documentales, Hojas de ruta, etc.

Cendrars intentó captar la realidad inmediata en su plena objetividad, con un sentido documental, intenso, instantáneo. Pero aparte sus fracasos y sus realizaciones, pocas veces se ha dado en la poesía ese singular poder suyo de crearla casi con la sola enumeración de las cosas, prescindiendo a menudo de toda imagen y elemento retórico. Le basta con dar a las cosas una alta expresividad, por una elección que las aísla del conjunto llevándolas a primer plano, como si cada una de ellas fuera la única y principal protagonista de sus sentidos. Así les confiere una nitidez sorprendente, las ilumina con la luz del diluvio. Esa acuidad particular, esa concisión casi obsesiva de cada forma, son inseparables de su lirismo. Poesía visual si puede haberla, que testimonia la solidez, la circulación del planeta. Poesía de madera, de tablones clavados en el viento, que lo mismo sabe construir un puente como apoderarse de una sanguijuela o atravesar “esa niebla gris a ras del suelo agitada por un estremecimiento perpetuo que son millones de mosquitos o las exhalaciones amarillas de la podredumbre”. Poesía nacida —como dice Gaëtan Picon— “de la adhesión de una conciencia abierta a un mundo inagotable”.

Cada uno de esos poemas es un triunfo contra la ambigüedad, una síntesis de experiencias muy precisas. Se diría que para Cendrars no hubiera existido el problema de la expresión. Cada palabra se llena de tal modo con su significado que el lector las percibe casi como cosas. Vocablos sin grandilocuencia, que no necesitan de ningún aparato verbal para tornarse fosforescentes, pues se revisten de una dignidad especial en el corazón de este poeta, que los ha recogido en la corriente misma de la vida.

En febrero del corriente año Blaise Cendrars ha muerto en París. Sus amigos retiraron por la ventana el ataúd. Así ha entrado a la eternidad de la misma manera en que se lanzó a la aventura humana saltando por la remotísima ventana de su infancia. Y sin duda habrán seguido su cortejo algunos de esos célebres violinistas de Chagall, su dedicatoria del Transiberiano: “A los músicos”, la constelación de Orión “con la forma de su mano cortada”, y sus grandes admirados: Villion, Fantomas, Gerardo de Nerval. De todos modos, ante la magnífca hazaña de su existencia y de su poesía, podemos repetir la frase de Miller al camarada insubstituible: “Eres tú quien, viviendo como lo has hecho, automáticamente nos ayudas a todos nosotros, por todas partes donde los hombres vivan su vida”.

24 de diciembre de 1961.

 

 

[1] Enrique Molina, “Blaise Cendrars” en Cendrars, Ediciones del Mediodía, Buenos Aires, 1968.

 

 

 

Enrique Molina. Poeta argentino nacido en Buenos Aires en 1910. Su espíritu aventurero lo llevó a vivir una vida intensa como tripulante de barcos mercantes en el Caribe y Europa, experiencia que le sirvió para dotar con un carácter universal su expresión artística tanto en la poesía como en la pintura. Identificado con las ideas y los fines del movimiento surrealista, fundó en 1952, con Aldo Pellegrini, la revista A partir de cero. Considerado como uno de los más importantes poetas de Latinoamérica, obtuvo importantes galardones, entre los que merece destacarse el Gran Premio Fondo Nacional de las Artes 1992. Su obra está contenida en las siguientes publicaciones: «Las cosas y el delirio» en 1941, «Pasiones terrestres» en 1946, «Costumbres errantes o la redondez de la tierra» en 1951, «Amantes antípodas» en 1961, «Fuego libre» en 1962, «Las bellas furias» en 1966, «Monzón Napalm» en 1968, «Los últimos soles» en 1980 y  «El ala de la gaviota» en 1985.

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