Apuntes sobre la poesía de Gonzalo Rojas: Un ejemplo, por Félix Moyano Casiano

 

 

 

Apuntes sobre la poesía de Gonzalo Rojas: Un ejemplo

 

 

Félix Moyano Casiano

Universidad de Salamanca

 

 

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan

en un vuelo sin fin las tempestades,

pues nadie sabe nada de nada, y es confuso

todo lo que elegimos hasta que nos quedamos

solos, definitivos, completamente solos.

GONZALO ROJAS

 

 

OBRA, VIDA

 

Gonzalo Rojas (Lebu, Chile, 1916) es, sin duda, una de las figuras imprescindibles a la hora de acercarse y cartografiar las vastas extensiones de la llamada literatura iberoamericana. Su trayectoria poética se revela elemental para la construcción de la identidad poética chilena en general y de la Generación del 38 en particular. Su obra, encuadrada por la crítica en la tradición-epígono de las vanguardias latinoamericanas del siglo XX, ha sido sumamente reconocida. De entre los numerosos premios internacionales que recibió se encuentran el Premio Nacional de Literatura de Chile (1992), el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1992), el Premio José Hernández de Argentina (1997), el Premio Octavio Paz de México (1998) y el Premio Cervantes de España (2003), entre tantos otros.

Durante su vida combinó la poesía con la enseñanza. Comienza los estudios de derecho, pero abandona esta carrera e ingresa posteriormente al Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. En 1952, habiéndose licenciado en Filología Clásica, obtiene las cátedras de Literatura Chilena y Teoría literaria en el Departamento de Español de la Universidad de Concepción. Ejerce la docencia en países como Estados Unidos, Alemania y Venezuela. A partir de 1958, organizaría los famosos Congresos de Escritores en Concepción, donde reúne a las personalidades más distinguidas de la literatura latinoamericana. Fue diplomático, nombrado Consejero Cultural en China por Salvador Allende y también desempeñaría tareas diplomáticas en Cuba. Tras el golpe de estado de Pinochet (1973), tuvo que exiliarse a Venezuela. Falleció el 25 de abril de 2011 en su país natal, debido a un accidente cerebrovascular.

En cuanto a sus hazañas literarias, pertenece puntualmente al grupo de La Mandrágora, un conjunto de poetas surrealistas chilenos con gran filiación al grupo surrealista francés, fundado por Braulio Arenas, Teófilo Cid y Enrique Gómez Correa, cuya actividad toma forma manifiesta en torno a la revista Mandrágora (1938-1943).  En la revista colaboran autores como Jorge Cáceres, Vicente Huidobro, Pablo de Rhoka y el propio Gonzalo Rojas, quien termina alejándose del grupo por discrepancias con la estética surrealista que imperaba en el proyecto.

Rojas forma parte de la Generación del 38, un movimiento artístico-literario compuesto por una serie de autores que perseguían reflejar en sus obras los conflictos sociales que padecía la clase media en ese momento. Uno de sus ejes temáticos, de hecho, era la reflexión sobre los aspectos sociales, históricos y políticos. Lejos de cuestionar los términos generacionales, basta acercarse a las entrevistas o declaraciones de alguno de los miembros para entender que la existencia de un sentimiento y clima de generación era evidente. Rojas sintetizaba esta concepción generacional de la siguiente forma:

 

(...) una joven literatura chilena que en ese momento estaba ardiendo. Por ejemplo, estaba el grupo Los Inútiles, de Rancagua, que dirigía Oscar Castro; estaba Jaime Eyzaguirre (...) con su revista Estudios; estaba Eduardo Anguita, con su ángel propio y un grupo que era él mismo: David. Hay que pensar también en Miguel Serrano, que si no tenía grupo, era algo parecido, un germen, quizás...(...) En medio de todo esto, la Guerra Civil Española y el Frente Popular (...) Precioso el Chile de los años 36, 37 y 38, una especie de caldo de cultivo, de pululación bacteriana (...). (1990: 100-101)

 

A los del 38, por tanto, les unía un interés cultural y artístico, pero también social. No obstante, la crítica ha señalado la escisión del grupo en otros dos bloques: “el primero, de mayor sentido social, lenguaje más directo, apegado al realismo y con un claro acento regionalista. El segundo, buscó mayor novedad en los motivos literarios, fue más esteticista y subjetivo, formado en su mayoría por poetas impactados por el surrealismo y el creacionismo” (Biblioteca Nacional de Chile, 2018).

La obra de Gonzalo Rojas suele ser descrita como fragmentaria e itinerante, ya que existe cierta discontinuidad en cuanto a términos de composición y publicación y, tal y como se aprecia en los breves apuntes biográficos relatados, su vida no es precisamente sedentaria. Su primer libro, La miseria del hombre (1948), provoca en la crítica reacciones adversas, sin embargo, encuentra una recepción positiva por parte de algunos poetas como Miguel Arteche o Gabriela Mistral, autora que dejó aquella famosa declaración en una correspondencia dirigida al propio Rojas: “[…] me ha removido y, a cada paso admirado y, a trechos, me deja algo parecido al deslumbramiento de lo muy original, de lo realmente inédito […]”. Su segunda obra, Contra la muerte, se publica 16 años después, en 1964, y tiene una acogida de mayor calada, situando a su poesía dentro del mapa de los autores latinoamericanos. Oscuro (1977), publicado en Caracas, es, sin duda, el libro de Rojas que mayor difusión y repercusión obtiene en el continente americano hasta el momento. Logra una crítica notable y también el reconocimiento de grandes personalidades como Carlos Fuentes, quien declaró en 1971 que Gonzalo Rojas ya formaba parte del “gran arco lírico”, junto a nombres como el de Rubén Darío, Vicente Huidobro, José Gorostiza, César Vallejo, Octavio Paz o José Lezama Lima. En este momento las ediciones, antologías y traducciones a múltiples idiomas se van a suceder: Transtierro (versión antológica, 1979), Antología breve (1980), 50 poemas (1982), El alumbrado y otros poemas (1987), Antología personal (1988), Schizotext and Others Poems (1988), Materia de Testamento (1988), Antología de aire (1991), por citar algunas. Destacan también obras posteriores como ¿Qué se ama cuando se ama? (2000), Réquiem de la mariposa (2001) y Al silencio (2002).

En cuanto a su poética, se nutre de una fuerte influencia clásica, recordemos que cursa los estudios de Filología, pero también posee un influjo rabiosamente contemporáneo, de cuya lectura se vislumbra la predilección por Vallejo. Poesía vital, pero con carga existencial. Así lo precisa Jorge Rodríguez Padrón: “La suya es una escritura que desarrolla un conocimiento apasionado, que maneja una palabra vibrante y solícita siempre atemperada por la reflexión: una voz que clama en esa soledad subsiguiente a toda experiencia vivida con intensidad; una voz que resulta ser una meditación sobre la palabra, sobre el amor y sobre el tiempo” (1987-88: 395).

Poeta de lo numinioso, como se le ha venido llamando, del amor, del erotismo que trasciende los sentidos, que se vincula a la reflexión filosófica sin renunciar a lo estético, con una expresión temperamental sonoramente singular. Voz, sin duda, imprescindible.

 

 

UN EJEMPLO

 

El propósito de este estudio es realizar un acercamiento a la obra del poeta chileno mediante el sucinto análisis de uno de sus poemas más representativos: “La loba”.

“La loba” pertenece al libro Contra la muerte, publicado en 1964. El poema, de un fuerte carácter amoroso, manifiesta un ejercicio reflexivo sobre el paso del tiempo, sobre el instante, y también sobre las posibles pérdidas y ausencias afectivas: siempre con el telón de fondo del futuro. Rojas revela su introspección desde un tono de claros tintes nostálgicos, pero sin renunciar a expresarse con fugaces trazos esperanzadores, ni a momentos puntuales de intenso erotismo.

Tras una primera lectura, y como siempre pasa con Gonzalo Rojas, la musicalidad evidencia un trabajo métrico dignamente conseguido. Escrito en verso libre, confluyen los alejandrinos (“Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa”, v.1), endecasílabos (“figura de muchacha, con tu pelo”, v.2) o heptasílabos (“torrencial, y el sonido”, v.3). Dividido claramente en 5 estrofas, la dispositio del texto se revela bien definida. Descrito como si se tratase de un recuerdo, los imperfectos (“volaba”, “estábamos”, “amabas”) y los pretéritos (“vistió”, “hizo”, “empezó”) se suceden hasta llegar a las dos últimas estrofas, donde el imperativo marca el inicio de estas, revistiéndose de recomendación, más que de exigencia (“quédate ahí”). En todo momento, el discurso se verá reforzado por las similitudes y repeticiones rítmicas y sintácticas presentes en el poema, auspiciadas por los encabalgamientos y las apelaciones pronominales a la segunda persona. Además, en Rojas adquieren una considerable importancia los elementos de carácter oral: “sus poemas recurren a menudo a sugestiones de oralidad que incluyen repeticiones, tartamudeos, avances y retrocesos, correcciones, anacolutos, fugas, muletillas, explicaciones, coloquialismos, juegos de palabras, colisiones entre el sonido y el significado” (Ostria González, 2003: 142). Esto se aprecia en los versos centrales del poema: “Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan / en un vuelo sin fin las tempestades, / pues nadie sabe nada de nada […]” (vv. 22-24).

Temáticamente, y gracias al manejo magistral de la forma elocutoria del texto, se pueden distinguir, estrofa a estrofa, la natural confluencia de los diversos ejes temáticos. La primera estrofa introduce el tono nostálgico, el recuerdo del que tiene el yo, pero este se descubre ciertamente trágico: “[…] El mundo / se me empezó a morir como un niño en la noche” (vv. 5-6). La segunda estrofa, con retomada esperanza, revela la libertad de la amada: (“y tú volabas libre”, v. 11) y constata una separación física existente que no impide el amor: “porque estábamos lejos, y decías / que me amabas” (vv. 20-21). La tercera estrofa (compuesta por los versos que servían como cita inicial de este ensayo) es una ilustre representación del tempus fugit, y contiene, sin duda, uno de los momentos álgidos y más bellos del texto. Además, es el contrapunto para el cambio de tono discursivo citado con anterioridad. La cuarta y quinta estrofa, finalmente, plantean un desenlace sustentado en la recomendación imperativa del yo, la cual engrandece el material sentimental proyectando la mirada hacia el futuro: o la eternidad.

El poema, abierto por la sangre, con una clara prosopopeya (“[…] la sangre se vistió con tu hermosa / figura de muchacha, con tu pelo […]” vv. 1-2), se ve decelerado métricamente –y esto es imprescindible completarlo con alguna de las grabaciones existentes del poeta recitando el texto– al ir involucionando silábicamente: se parte de un alejandrino, pasando por un endecasílabo, hasta llegar a un heptasílabo, para más inri, esta cadencia se ve amparada por nada menos que cuatro encabalgamientos que hacen mantener en todo momento en tensión la lectura desde el principio.

La imagen sumamente diáfana del “pelo torrencial” equipara el cabello del tú a la visualidad acuática, a un río, a una cascada. Esta imagen de quietud se quiebra con el epíteto del cuarto verso y las “ásperas espinas” y provoca, mediante la repetición de los fonemas en ambas palabras, una aliteración de los sonidos /s/ y /p/, que hacen la situación, por su carácter fonético, más cortante, más hiriente. La presencia del niño muerto en el verso siguiente amplía, si cabe, la tragedia, con ecos lorquianos (pienso en alguno de los niños muertos de la poesía de Federico García Lorca, véanse poemas como el “Romance de la luna, luna”, la “Gacela del niño muerto” o la “Niña ahogada en el pozo” de Poeta en Nueva York): “el mundo se me empezó a morir como un niño en la noche” (v. 6). En el verso siguiente se retoma esta escena dramática para darle un giro a los acontecimientos, anunciando el sujeto lo siguiente: “y yo mismo era un niño” (v. 7). La imagen del “ángel ciego”, cuyos ojos son sacados por la justicia, arrancados por “haberte mirado”, deja un clima ciertamente trágico al final de esta primera estrofa. La angustia provocada por la ceguera se abre paso y se pone de manifiesto con mayor lucidez gracias al asíndeton presente en estos versos finales: “[…] ciego, terrestre, oscuro, / con mi pecado adentro, con tu belleza cruel […]” (vv. 8-9).

La segunda estrofa, iniciada con una conjunción copulativa para retomar el bloque anterior, introduce la libertad que caracteriza a la amada: “y tú volabas libre” (v. 11). No es casual el verbo elegido, y más teniendo en cuenta las relaciones que se han visto entre el elemento del aire y la obra de Rojas. Javier Bello dedica un trabajo a este asunto publicado en 1992: “Gonzalo Rojas. En eterna presencia del aire”. Sin ir más lejos, una de las antologías de la obra de Gonzalo Rojas llevará el nombre de Antología del aire (1991); además, si acudimos a sus versos, la presencia es constante. Recuerdo ahora aquel inicio de su poema “Mortal”: “Del aire soy, del aire, como todo mortal”. Volviendo a “La loba”, de nuevo encontramos el asíndeton, la ausencia de nexos: “con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa, / segura, perfumada […]” (vv. 11-12). Esta estrofa es de carácter descriptivo. En el verso siguiente, el cuerpo de la mujer se vuelve a asociar a lo acuático, a una fuente que vierte, en este caso, alegría, luminosidad – “vertiente pura / de marfil” (vv. 14-15) – ya que el blanco del marfil nos hace equiparla rápidamente a la sonrisa.

No hay que dejar atrás en este análisis la elevación del a términos divinos que acontece en el verso 11 con la denominación de “diosa”, perfilada con elementos agradables: la seguridad, el perfume, y antecedida por el posesivo “mi”. Este preciosismo genuinamente modernista se ve truncado por el animal que Rojas elige para la comparación con la amada, el cual da título al poema y es elemento central del texto: la loba. Así, el verso 16 enuncia: “y bailabas con tus pasos felices de loba”. No es ningún secreto que la loba ha sido siempre una representación de la concupiscencia y el deseo. Esto nos revela algunas claves del erotismo candente en la poesía del chileno. La imagen descrita a continuación: “otra muchacha / que salía de ti” (vv. 17-18) suma trascendencia a la estrofa, y nos transporta directamente a la disgregación de los binomios: cuerpo y alma / realidad y deseo, que se hace evidente en el poema porque una de las muchachas “bailaba” y otra “escribía una carta profundamente triste” (v. 19). Por último, el amor a distancia, como anunciábamos, se pone de manifiesto: “porque estábamos lejos, y decías / que me amabas” (vv. 20-21).

La tercera estrofa, la más breve pero no por ello menos importante, presenta temáticamente la fugacidad del tiempo. Y es terrible y bella al mismo tiempo: certera. Por eso fue la elegida para encabezar este trabajo como cita de inicio. En estos versos Gonzalo Rojas vuelve a emplear la cadencia de la oralidad con la anáfora comparativa: “como vuelan los días, como vuelan / en un vuelo sin fin las tempestades” (vv. 22-23). Semánticamente, retoma el vuelo, lo aéreo ya mencionado (recuerdo ahora a San Juan de la Cruz cuando pronuncia: “al aire de tu vuelo” en el Cántico espiritual, verso más tarde retomado por Jorge Guillén). De estos versos emana la tristeza, la angustia que siempre trae consigo de la mano el tópico del tempus fugit, por ese paso irreparable del tiempo que nos hace quedarnos “solos, completamente solos” (v. 26).

Con todo, nos aproximamos al final del poema y del análisis. Las dos últimas secciones, como adelantábamos, son dos abiertas recomendaciones. La cuarta estrofa se inicia con la petición, el ruego imperativo, del sujeto hacia la amada por permanecer en el instante, en la quietud representada por los deícticos y cuya localización se encuentra en el baile: “Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro / del baile” (vv. 27-28), en el momento exacto en el que ambos se conocen: “como entonces, cuando te vi venir […]” (v. 28). Además, se continúa con la elevación astral del : “mi rara estrella” (v. 28). En este momento, Rojas introduce el verbo querer: “Quiero seguirte viendo muchos años” (v. 29), expresando finalmente el objetivo del sujeto. Gracias, de nuevo, al asíndeton, se consigue transmitir con mayor fuerza su pretensión: “[…] impalpable, profunda, girante […]” (vv. 30-31). La estrofa finaliza con un juego colorista: “negro vestido” y “pañuelo verde”, colores para nada casuales, ya que simbólicamente son muy representativos, y opuestos: esperanza y muerte. Finalmente, los dos últimos versos nos dirigen automáticamente a la poesía española de corte neopopular y sus repeticiones eminentemente orales con: “y esa cintura, amor / y esa cintura” (vv. 32-33).

La última estrofa se inaugura con la anáfora inicial que retoma el propio inicio de la estrofa anterior (“Quédate ahí”), reiterando el propósito del sujeto. Estos versos, con vistas a la culminación discursiva, presentan un giro intencional trascendente al disponer la mirada hacia el futuro e introducir, además, la presencia de lo incognoscible, de lo metafísico: rasgo latente en la poética de Rojas. Se menciona la ascensión, antecedida por un adverbio de duda o posibilidad: “Tal vez te conviertas en aire / o en luz” (vv. 34-35). Sin embargo, esa duda queda abatida por la firmeza que imprimen las palabras enunciadas por el sujeto poético al sentenciar, adversativamente: “pero te digo que subirás con éste y no con otro: / con éste que ahora te habla de vivir para siempre” (vv. 35-36). Tras este dictamen, el poema alcanza la consumación, trascendiendo, con una serie de anáforas y repeticiones sintácticas que reiteran, perpetúan, la idea expuesta, atravesando la lectura con la imagen de una eternidad frágilmente irrumpida en el último verso, que aúna de nuevo, “a la orilla del mar” (v. 39), cuerpo y alma, realidad y deseo: “eterna, eternamente con él y no con otro” (v. 40).

El poema manifiesta una translación circular en el tiempo adherida al acto del recuerdo desde el cual se inicia el texto, parte de esa evocación de la sangre revistiendo al cuerpo que luego rodea a la loba hasta acabar contemplando el futuro desde una mirada compuesta por una serie de elementos sujetos a una libertad herida por la posible e inevitable ausencia. La conciencia creada a través de lo amoroso, del erotismo incluso, resuelve en la poesía de Rojas sus propios vínculos creados con el universo, uniendo cielo y tierra, cuerpo y alma. Este amor, el acto amatorio, no es sino una forma de existir que se basa en la toma y la elevación del individuo, una conjunción donde cuerpo y alma se hacen uno, como en el Cántico espiritual del ya citado San Juan.

Pero, el cuerpo amado, lejos de ser una llamarada sublime, es fuente original de vida, naturaleza, afluente, torrencial que purifica desde el mundo sensible. En Gonzalo Rojas lo erótico se vincula a lo más puro, a lo más íntimo del hombre, a esa evolución compleja dictada por la intensidad de la pasión del cuerpo como exclusiva revelación y centro del orden universal. El cuerpo, de hecho, se disocia, pierde su propia objetividad, su sustancia, y la pasión amorosa, habiéndolo inundado, lo integra en el otro para expandir las relaciones subyugadas al deseo. En un sentido elocutorio, esta contención se encuentra representada en el lenguaje, donde la perpetua transformación de la materia, “en aire […] / en luz”, se vincula a la fuerza que envuelve a la experiencia amorosa a través de la purificación verbal, expresiva, recogida en el instante (“quédate ahí”). La palabra, sin embargo, en Gonzalo Rojas atraviesa los paradigmas textuales, irrumpe en el poema hasta llegar al cuerpo, reconstruye la concepción individual mediante la sugerente y poderosa unión entre cuerpo y alma, entre poeta y lector.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Rojas, Gonzalo (1990). “Gonzalo Rojas en el mito del caballo”, entrevista de Juan Andrés Piña, en Conversaciones con la poesía chilena. Pehuén, Santiago de Chile, pp. 100-101.

Biblioteca Nacional de Chile (2018). “Generación literaria de 1938”. En Memoria Chilena. Disponible en http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-3433.html . Visitado el 5/09/2020.

Rodríguez Padrón, Jorge (1987-88): “La poesía de Gonzalo Rojas”, en Revista de Filología, Universidad de La Laguna, Tenerife, nº6 y 7, pp. 395-406.

Ostria González, Mauricio (2003): “El ritmo como expresión de lo erótico en la poesía de Gonzalo Rojas. Acta lit [revista digital]. Nº 28, pp. 139-144.

 

 

 

 

En el siguiente enlace pueden continuar la lectura con una selección de la poesía de Gonzalo Rojas, realizada por el autor de este ensayo.

 

 

Gonzalo Rojas (Lebu, Chile, 1916-2011). Selección de Félix Moyano Casiano

 

Félix Moyano Casiano (Córdoba, 1993). Graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Córdoba (2015) –con una estancia en 2014 en la UNAM (Ciudad de México) y Máster en Literatura Española e Hispanoamericana, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, por la Universidad de Salamanca (2016). En la actualidad realiza un Doctorado de Investigación en Literatura Española en la Universidad de Salamanca, donde es Personal Investigador en Formación.

En 2016 fue ganador del II Premio Valparaíso de Poesía con el libro Insostenible (Valparaíso Ediciones, 2017). En 2018 obtuvo el XXXIV Certamen Andaluz de Poesía “Villa de Peligros” con el libro Los amores autómatas (Diputación de Granada, 2019). Ha sido incluido en las antologías: Algo se ha movido: 25 jóvenes poetas andaluces (Esdrújula Ediciones, 2018) y Piel Fina. Poesía joven española (Ediciones Maremágnum, 2019).

 

 

 

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