A la sombra del iceberg. Por Regina Checa Peña

 

 

 

A la sombra del iceberg

 

Regina Checa Peña

 

 

Nocturno mar amargo

que circula en estrechos corredores

de corales arterias y raíces

y venas y medusas capilares.

Fragmento de Nocturno mar, Xavier Villaurrutia.

 

 

Vicente Aleixandre había equiparado a los poetas con ángeles desterrados. Desde ese punto, alejado de la gracia divina, Dámaso Alonso busca el regreso a esa fuerza creadora. ¿Dónde la encuentra? ¿En sí mismo? ¿En sueños? ¿En una aterradora presencia, monstruosa por su poder infinito? ¿Cómo encuentras la fuerza para buscar a Dios después de tener que matar a tus hermanos? ¿En dónde empiezas a buscarle después de haber visto a tus amigos exiliados por su posición política?

A lo largo de Hijos de la ira, Alonso niega en muchas ocasiones a este dios; en En la sombra sólo lo representa como un ser ciego que pareciera haberle abandonado, o a veces buscarlo a tientas sin un éxito particular. Tanto el yo poético como el “creador” al que le habla se buscan mutuamente, pero a tiempos dispares, copiando el vaivén de las olas en las que metafóricamente se encuentran ambos atrapados. La voz poética está harta de las constantes y excesivas atenciones, en su mayoría amenazadoras, por parte de esta deidad, pero también tiene terror a quedarse desamparado, a un vacío que promete mucho más dolor que la amenaza previa.

Al leerlo no puede evitarse recordar el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, en donde el yo poético juega líricamente con la posibilidad de encarnar el ser amado de una entidad sobrehumana (Dios). Dámaso Alonso, por su parte, en vez de exaltar las cualidades de esta entidad, le trata como si fuera un amante que le ha causado un despecho: le ha quemado con su amor, pero se congela en el frío de su ausencia. Al comparar las actitudes tanto de la voz poética como de la deidad a la que describe, uno encuentra muchas similitudes con la descripción del amante y el ser amado que Roland Barthes propone en su Fragmentos de un discurso amoroso.

Partamos desde el siguiente cuestionamiento de Barthes: “¿Qué sucedería si decidiese definirte como una fuerza y no una persona? ¿Y si me situase a mí mismo como otra fuerza frente a tu fuerza? Ocurriría esto: mi otro se definiría solamente por el sufrimiento o el placer que me da.”[1] En una relación humana, este escenario sería, por mucho, el menos deseable, pues deriva en una idealización de ambas partes. Dámaso Alonso pareciera adelantarse a Barthes y plasmar, en su poema, esta misma situación, lo cual nos genera un caso de amor (¿deseo?) digno de los místicos presos de una epifanía.

En la sombra plantea un microcosmos, casi una esfera de nieve, en la que podemos apreciar la obsesión que tiene el yo-poético con la existencia del dios y cómo la proyecta, a manera de un espejo de negación, hacia lo que cree observar en las actitudes de la deidad. Pareciera convencerse de que el ser que el ser que debe de buscarle a él, como si su condición humana le diera algún tipo de superioridad (¿tal vez por ser quien mantiene viva la magia en torno al recuerdo de la fuerza divina?) sobre aquel a quien le habla: “Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.”[2] Está hastiado de sus atenciones, sus caricias con garras, de sentirse como el indefenso cordero que está planteado como un sacrificio para el tigre, nunca un reto real.  Pareciera que, al menos en los primeros versos donde pretende ser el yo-poético el ser inalcanzable, la máxima que le rige es la de “el amante es insoportable (por pesadez) para el amado.”[3]

En realidad, lo que yo observo en este poema es el equivalente a escribirle una carta de amor al ser de tus afectos sabiendo que nunca la va a leer, no por decisión propia, pero por miedo a que, en caso de mandarla, fuera ignorada definitiva y fatídicamente. Aún así, necesita pensar en que su interlocutor está presente para que su discurso pueda tener el efecto y la fuerza necesarios. Barthes escribe al respecto que “Dirijo sin cesar al ausente el discurso de su ausencia; situación en suma inaudita; el otro está ausente como referente, presente como alocutor […] has partido (de ello me quejo), estás ahí (puesto que me dirijo a ti). Sé entonces lo que es el presente, ese tiempo difícil: un mero fragmento de angustia.”[4] Así se mitiga el sentimiento de abandono e impulsa a quien se cree el ser amado, pero en realidad es el amante despechado, a seguir gritándole al cielo de manera escrita, con la falsa esperanza de que unos ojos ciegos se posen sobre él.

El agua en la que se encuentra el texto, este océano desesperanzado, este nocturno mar, plantea una situación de profunda soledad: “La ausencia del otro me mantiene la cabeza bajo el agua; poco a poco, me ahogo, mi aire se rarifica: en esta asfixia reconstruyo mi “verdad” y preparo lo Intratable del amor.”[5] El yo poético que se ha dado cuenta de su papel como amante y no como amado vuelve a experimentar, exponencialmente, el abandono por parte de su ser amado. Se ahoga metafóricamente en dos sentidos: por un lado, como ejemplifica Barthes, el rechazo amoroso le hace tener que replantear su situación y sus afectos; por el otro, el más cercano a la teología, no estaba preparado para vivir, por más que lo hubiera afirmado, fuera de la gracia divina, como el poeta-ángel caído que en realidad es.

La última estrofa de En la sombra es “Tengo miedo de ser náufrago solitario,/ miedo de que me ignores/ como al náufrago ignoran los vientos que le baten,/ las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan.”[6] Se desdice, en parte, de este rechazo que había mostrado. Ya no es ni la indiferencia por ser el objeto de los afectos, ni la incertidumbre ante la posibilidad de que en realidad los papeles estén invertidos: en estos últimos versos pareciera reclamar su condición humana, sujeto a los caprichos divinos; es tan inútil amar a dios como amar a una tormenta eléctrica.

Pareciera irónico que el propio Alonso diga que en todo Hijos de la ira ha negado a la fuerza divina. “Desvivirse, debatirse por un objeto impenetrable es religión pura. Hacer del otro un enigma insoluble del que depende mi vida es consagrarlo como dios […] No me queda más que trastocar mi ignorancia en verdad,”[7] escribe Barthes, y Dámaso Alonso le da la razón. Todas las dudas, toda su furia, transforma su incertidumbre por la deidad a la que escribe, al final, en una verdad inefable que, por lo menos en este poema, soluciona como un ser ciego que no puede ver a aquellos que desesperadamente claman por su ayuda.

 

 

 

 

Bibliografía:

 

Alonso, Dámaso, “En la sombra”, Hijos de la ira, Editorial Espasa, Barcelona, 2019.

Barthes, Roland, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, México, 2016.

Villaurrutia, Xavier, “Nocturno mar”, Nostalgia de la muerte, FCE, México, 2017.

 

 

 

 

 

 

[1] Barthes, Roland, Fragmentos de un discurso amoroso, p. 177

[2] Alonso, Dámaso, Hijos de la ira, p. 69

[3] Barthes, Roland, Op. Cit., p. 204

[4] Ídem, p. 57

[5] ídem., p. 59

[6] Alonso, Dámaso, Op. Cit., p. 70

[7] Barthes, Roland, Op. Cit., p.176

 

 

 

A continuación nuestro lector puede acceder al siguiente para leer una selección de la poesía de Dámaso Alonso realizada por la autora de este ensayo.

 

 

Dámaso Alonso (Madrid, España, 1898-1990). Selección de Regina Checa Peña

 

 

 

 

 

Regina Checa (CDMX, 1999) es estudiante de Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana, donde ha participado en la revista digital de esta institución: Celdas literarias. Sus cuentos Hechizo de bote de basura y Venivá subterráneo formaron parte de los números fundadores de la revista independiente Los de la secta en 2019. Desde junio de 2020 forma parte del consejo editorial del proyecto artístico y literario Estroboscopio y actualmente está trabajando en su primera novela.

 

 

 

 

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