Carta inédita de Dylan Thomas a Coralie Winter

 

 

 

A continuación publicamos una carta inédita, como parte de la programación y actividades del Homanaje mundial que se realiza a Dylan Thomas. Una carta dirigida a Coralie Winter y que sus hijos Juan Duchesne Winter y Rossana Duchesne Winter, participantes del homenaje, facilitaron para su publicación en la Revista Literaria Taller Igitur, con registros fotográficos de los documentos originales, la transcripción y traducción de la carta, así como fotografías de su madre. El lector encontrará primero una nota explicativa y enseguida el documento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carta de Dylan Thomas a una joven entusiasta de su poesía

 

 

Juan Ramón Duchesne Winter

Investigación y curaduría de Rossana Duchesne Winter

 

 

 

Mi madre, Coralie Winter, fue gran amante de la poesía —y también de los poetas, como solía recalcar, pues para ella el fogonazo de un autor o autora deslumbrante venía con todo, con su obra, su vida y su figura, y hablaba de ellos como si fueran parte de su vida, pues lo eran. Ese fue el caso de Dylan Thomas. A los quince años, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, junto las amigas del colegio internado en Inglaterra, que se acurrucaban en la noche bajo las frazadas para escuchar la radio, escuchó al bardo por primera vez. Las chicas habrían preferido subir el volumen, pero las reglas del internado ni siquiera permitían escuchar la radio tarde en la noche, menos el volumen alto. Mas esto no impidió que las transmisiones de poesía de la BBC arrebataran a las jovencitas. Coralie cuenta que sintió que la voz de barítono de Dylan la azotaba como un mar turbulento, ola tras ola, verso tras verso, trayendo imágenes y palabras mágicas nunca escuchadas. Un poco más tarde, cuando se preparaba para los exámenes de entrada a la universidad para estudiar literatura, inspirada por su panteón de poetas y novelistas, le escribió a Dylan Thomas, uno de sus supremos, y colocó dos poemas propios en el sobre, con inconfesada esperanza de recibir respuesta. Esta carta al poeta era como una solicitud a otra "universidad", la de los creadores poéticos. Ella ya escribía y tentó un poco la poesía, aunque luego se inclinó por escribir narrativa y teatro, sin dejar de ser ferviente lectora de los grandes poetas. Pasaron las semanas. Se desesperó porque no le llegaba respuesta alguna a sus solicitudes de entrada a las universidades, ni tampoco del poeta supremo de sus sueños, a tal punto que se escapó de su casa en Stratford-upon-Avon, y fue a parar a París, mientras la madre, Jelka, la buscaba loca y desesperada sin saber donde se había ido. En esos días llegó a la casa la carta de admisión de la Universidad de Cambridge, pero Jelka no tenía como avisarle a Coralie. Consiguió contactarla cuando ya era muy tarde para aceptar la oferta de Cambridge, y además ya estaba matriculada en la Sorbonne, pero sí pudo remitirle la respuesta a la otra carta que ella se había cansado de esperar, la de Dylan Thomas. La humildad y la atención del poeta galés la impresionaron muchísimo, e intercambiaron algunas cartas más. Sólo se preserva la primera respuesta de él.

Coralie conoció a mi padre en París, se casaron en Tánger, y en Madrid tuvieron 3 hijos, luego 3 más en Puerto Rico. A todas las casas donde nos mudábamos, Mamá siempre cargaba con una pequeña biblioteca de ediciones tempranas que coleccionó desde su adolescencia, gracias a la cual me inicié en la afición literaria. Era un centenar de libros o poco más, entre los que figuraba una edición temprana de la poesía de Dylan Thomas, acompañada por primeras o muy tempranas ediciones de Byron, Wordsworth, Coleridge, Shelley, las memorias de Thomas de Quincey sobre los "Lake Poets" y libros de muchos otros autores, entre ellos los franceses "malditos", como Rimbaud, Verlaine, Baudelaire y Genet. Ella conversaba sobre sus autores y autoras favoritos como si hablara de un grupo de amigos o de los primos. Recuerdo que se refería al alcoholismo de Dylan Thomas como si se tratara de la tribulación de su tío favorito, y lo consideraba parte del linaje de los "santos bebedores" encarnados, por ejemplo, en La leyenda del Santo Bebedor, de Joseph Roth, y en la figura de Charles Bukowski. En la academia se trata con desdén el acercamiento a la literatura fundado en el afecto y la emoción, vinculado profundamente a la experiencia vivida, y se le descarta como "impresionismo" sentimental carente de "teoría," pero Coralie transmitía antes que nada el amor, el deseo, la imaginación y la fantasía suscitadas por las personas y los mundos literarios, y además, también leía y con fruición obras importantes de la crítica y conversaba sobre ellas, entre las que recuerdo el magnífico libro de Jean Paul Sartre, San Genet, comediante y mártir, el cual leí, alentado por ella, como si descubriera un nuevo planeta en una galaxia invisible. Sin ese entusiasmo del corazón no vale la pena acercarse a la creación literaria, más valdría que apagáramos la luz y acabáramos, como diría César Vallejo. Valgan estos brevísimos registros de una fervorosa amante de la literatura como un testimonio del sagrado entusiasmo inspirado por el inolvidable poeta Dylan Thomas en los jóvenes de su generación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carta de Dylan Thomas a Coralie Winter

 

The Boat House

Laugharne

Carmarthenshire

7th Nov. 1949

 

 

Querida Miss Winter:

 

Perdóname, por favor, por no escribirte mucho antes. He estado en Londres, que no es un lugar para estar, durante algunas semanas, y no abrí una sola carta.

Gracias por escribir, por las cosas tan amables que dijiste sobre mis poemas y por dejarme leer dos poemas tuyos, me gustaría leer otros cuando quieras enviarlos.

Sé lo que es ... (qué terriblemente paternal suena esto, aunque no es mi intención; yo no estoy sentado con actitud distante, como un anciano literato, lira y libreta en mano, colgado del techo sobre las cabezas de sus turbulentos discípulos jóvenes; yo también permanezco en constante tribulación, siempre insatisfecho con mis propios escritos, me siento tan incompetente e inmaduro como cuando, bendito sea Dios, comencé a escribir; soy la última persona en sostener, entre sus patitas temblorosas, una ley que no entiendo) —Sé lo que es, como decía, pensar que en algún momento toca acabar de “escribir para mí”, y que, a menos que reciba alguna crítica y /o estímulo de afuera, uno simplemente no puede continuar. Uno comienza a sentir que está trabajando en una habitación tan colmada de su propia luz que queda ciego ante la verdad o falsedad del trabajo que está haciendo. Uno quiere que la habitación se abra repentinamente a la luz exterior, esa luz casi siempre indiferente, y que el ruido que uno está haciendo, detrás de las paredes involuntariamente secretas, suene en los oídos de los oyentes reacios, más allá del propio mundo interior y amortiguado. Y eso está bien, de hecho. Los poemas se escriben para personas. Pero uno se cansa de hacer el papel de "las personas" solito todo el tiempo. Puede sonar anticuado, pero sigo pensando que es mejor que los poetas jóvenes intenten publicar sus poemas. ¿Por qué no envía "A un joven escultor" a "The Poetry Review", 33 Portman Square, Londres, W1? Gozan de una amplia difusión, no tienen una política de retención ni manifiestos, imprimen lo que les gusta. (También imprimen versos malos, pero supongo que eso también les gusta).

 

De los dos poemas, el del "Escultor" me gusta mucho más. Tiene dos versos que no logro entender bien, son:

De repente indefenso, como una gaviota vuela

Gotas azotadas por la espalda se deslizan, sombrean tus ojos.

Me doy cuenta de que los he arrancado de su contexto, pero estoy seguro de que necesitan una refundición. ¿Quiere decir usted: "como una gaviota vuela y azotada hacia atrás, cae"? Tal como está, es agramatical, tiene mala puntuación o, como imagino, está desorganizado, escrito apresuradamente o tan trabajado que se ha enredado en el proceso. El otro verso que sobresale como dedo torcido es: "La muerte el alambique de tu cráneo de costillas". Quizás no me gusta porque está, conscientemente o no, demasiado próximo, en ritmo y palabras, al tipo de verso que yo mismo solía forzar en poemas hoy, afortunadamente, olvidados. Pero el poema en su conjunto me gusta. Antes de aventurarme a criticar tu escritura en detalle necesitaría ver más. Los dos poemas que me has enviado parecen generosamente insatisfactorios, y eso es bastante. Creo, y es una presunción de mi parte decirlo, dado lo poco que conozco de tu escritura, que necesitas cuidarte de la facilidad, pues solo la palabra correcta (para ti) servirá, aún si conlleva una tonga de trabajo o desguazar versos que, momentáneamente, te atraen como lo mejor del poema. También debes evitar cualquier tipo de taquigrafía poética tradicional —como "rosas", para significar belleza evanescente, "dorada", para significar rica, evocativamente legendaria, etc., etc. Cada palabra, cada frase, cada línea, debe salir fresca como el rocío de la mañana. Algo obvio, por supuesto, pero temo que, en la prisa por registrar el móvil principal del poema, pudieras dejar que una palabra rancia pase sin darte cuenta, casi como si no importara. Todo ya se ha escrito antes, y muy bien, excepto lo que tú misma tienes que decir si te tomas la perfectamente jodida y sagrada molestia de encontrar las palabras e imágenes precisas y recién creadas que necesitas.

Creo, para ponerlo en los términos vagos que requiere esta coyuntura, que tienes algo ahí. Ello necesita disciplina, amor y un desprecio total de la opinión de los otros para que sea todo tuyo. Esta es la opinión de uno de los "otros", tal vez arrojada un poco al garete.

Si te apetece, envía algunos poemas más, y tal vez pueda justificar el cumplido que me hiciste cuando me enviaste los primeros, escribiendo sobre ellos de la manera más crítica de que yo sea capaz.

 

Sinceramente tuyo,

Dylan Thomas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 comentarios en "Carta inédita de Dylan Thomas a Coralie Winter"

  • el mayo 14, 2021 a las 4:18 pm
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    Just lovely! Your Mom had a creative beautiful mind. You have beautifully honored your Mom and her mastery of the word. The apples don’t fall far from the tree.
    Thank you,
    Maria A. Pereira

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