Vislumbres en Rumor de niebla de Mariana Bernárdez. Por Gloria Vergara

 

 

Fotografía de la autora: Gabriela Bautista

 

 

 

 

La mirada a veces podrá desdoblarse

y asistir puntual al despliegue alterno

de una conciencia obstinada

en no querer saber

si la palabra que encierra

es temblor o sentir inasible

que atruena y se derrumba

ante el sueño que la fustiga

por la espina de un árbol

no caído del cielo

o por esa tu indolencia

de herirte en mí.

 

 

 

 

Rumor de Niebla, Ediciones Del Lirio/Bonobos, México, 2020. 122 páginas.. El poemario puede adquirise en el siguiente enlace. https://edicionesdellirio.com.mx/index.php/product/rumor-de-niebla/

 

 

 

 

Vislumbres en Rumor de niebla de Mariana Bernárdez

 

 

Gloria Vergara

 

 

 

 

Agradezco la invitación de mi querida amiga Mariana Bernárdez, así como la compañía de Vicente Quirarte, Carmen Nozal y José Ramón Ripoll, en esta presentación de Rumor de niebla[1], publicado por Ediciones Del Lirio/ Bonobos/ y la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Alejandría, 2020.

Conformado de 7 partes y el posfacio, Rumor de niebla, de Mariana Bernárdez, es un fulgor cabalístico que abre y cierra un círculo, un brocal, un vacío, con agrupamientos de 3 poemas en principio y fin, engarzados al posfacio (para alcanzar el 7) y en el medio 4 veces 7 y un grupo de 8 en su parte 6. Así, el resplandor de la estructura se convierte en un espejo, en donde los epígrafes y los versos de otros poetas se intercalan para ofrecernos una lectura poliédrica. Se podría decir que hay una arquitectura del texto trabajada de manera exquisita. Esta arquitectura en la que algunas veces la palabra se deshace para decir, desde su nada, una nueva verdad.

En la parte 1, Fulgor, surge un esplendor misterioso, lleno de luz, de brillo. Este resplandor está formado por 3 poemas: “El árbol”, “Quisiera contemplar” y “La primera escritura ocurre en el cuerpo”. Inicia con un epígrafe de Fabio Morábito: [...] los versos vienen y se forman en el instante justo de quietud. Así, el árbol inaugura ese misterioso espacio. Mece sus ramas, luce sus frutos, desprende pues su fulgor, toca la aldaba y entra. Acciones que la voz poética adjudica al árbol desde rasgos animales y humanos. Aparecen el deseo, la ilusión, “quisiera”, pero la realidad de la nube se impone, obstaculiza en el segundo poema. Luego viene el fulgor del cuerpo, su misterio que se conservará a través de la memoria signada con la escritura. ¿Es entonces la palabra el fulgor del cuerpo? Porque dice la poeta: “La primera escritura ocurre en el cuerpo / Su devaneo imperceptible [...] El cuerpo habitará el temor de su quebradura / secreto de luz en huida/ del que sólo permanece/ un fulgor (p.15).

En la parte 2, Tristura, la memoria nos lleva ineludiblemante a España: Picasso, El Prado... Los 7 poemas que configuran esta nostalgia son: “Cuántas veces llegaste siseando a la puerta”, “Esta tu herida”, “El hilo del veneno”, “El cuerpo es el lienzo”, “Mira lo que has hecho” “El talego corrió por la baldosa” y “Pende el verso en elixir”. Abre estas siete puertas el epígrafe de Malcolm Lowry: Tan inmensa es la desesperación de Dios/ que en la salvaje planicie de los cactos/ lo oí llorando”. Versos tomados de “Muerte de un oaxaqueño”, que hilvanan las historias que se escuchan, que cuenta el otro ausente; por eso la nostalgia se vuelve una herida en el cuerpo: “Esta tu herida/ tu hueco en mí// nadie sabe cuán profundo” (p. 22). La voz lírica enfatiza: la dolencia de “herirte en mí” (p. 23) no se aclara con la palabra que duda. Esto da lugar a emociones como la cólera que brota del cuerpo. Entonces la muerte se revela como putilla del rubor helado, cuando asoma la violencia en el juego que marca la voz con el poeta José Gorotiza y su Muerte sin fin. Pero el centro de las siete puertas, lo ocupa Picasso, personaje casi místico en Rumor de niebla, pues sube al monte —símbolo sagrado—, haciendo clara referencia a la figura bíblica de Jesús. Entonces, más allá del lienzo, la poeta ve el sentido creador de lo humano: “la hierba crece /y conquista el señorío/ de lo que seremos/ escritura que sujeta /la sílaba al nombre/ palabra que al escribirse/ nos escribe sobre el viento. (p. 30). Tristura es nostalgia de tiempos y espacios. La mirada lírica se desplaza en el Museo del Prado, pero recorre tiempos inmemoriales con los que sintéticamente nombra su realidad inmediata y la histórica, de una España que duele en el recuerdo.

La parte 3, titulada La casa azul, muestra lo sublime cuando la voz lírica acaricia, con los versos, la tersura de lo divino. Simone Weil marca el rumbo con el epígrafe: [...] hay que amar lo que no existe. 7 poemas confirman la sentencia: “Sin haber estrenado sílaba”, “El mundo es un gorjeo”, “En la casa azul”, “A veces entre la hojarasca”, “Esto que escribo”, “Aquí están las treinta monedas” y “Me quedo a la orilla”. La casa azul muestra un ámbito sagrado. Aquí, las presencias líricas son ciervos que se tienen, que contemplan la herida del ser, lejos de la ciudad, como si la casa azul, la piedra azul, fueran espacios en donde apacientan las penas. El ciervo es mansedumbre, pero también representa lo frágil, la memoria de lo que ya no es en este rumor de niebla. El ciervo es la herida del otro en la memoria, en el pensamiento: “y yo no supe de la hondura/ que ibas dejando en el deslumbre/ de tu herir en mí” (p. 43). El contrapunto de lo sublime aparece con la traición y la hechura metafórica a partir de la imagen bíblica de las 30 monedas, que indudablemente nos remite a Judas. En esta casa azul, Mariana Bernárdez alcanza las notas más altas de lo sublime cuando interactúa con el Ciervo, que es viva representación de lo sagrado: “Yo tuve un Ciervo que me tuvo a mí” (p. 40) como diría San Juan, Amado con amada. Solo que en el poemario de Bernárdez, el diálogo va más allá de la angustia amorosa y deja ver el temor a la muerte: “Dime Ciervo/ Quién habrá de poner la semilla en mi boca/ y encaminarme al lugar de los muertos/ con dos monedas de oro sobre mis párpados” (p. 48). Es aquí donde se revela literalmente la referencia a la “astilla del madrero en la cruz” y se logra, como en la vía mística, la unión con Dios, a través del miedo como lo propio de la condición humana. Este es uno de los hallazgos a los que nos enfrenta Mariana: más que el dolor, más que lo vulnerable o frágil del ser, lo que nos hace inevitablemente humanos es el miedo a la muerte, al vacío, a lo que no existe; aunque, paradójicamente, amamos a Dios como ese vacío que nos inunda.

La parte 4 del poemario, Lo indomable, abre 7 puertas a la devastación desde el epígrafe de Rumi: El camino del amor/ no es un argumento sutil/ su puerta es la devastación. Las siete puertas corresponden a los poemas: “Al desierto le brotó”, “Un punto”, “Y abriste la puerta del desatino”, “Me cansa el frío de las horas”, “Paisaje de lo matérico tristurado”, “En la punta del alfiler se tasa el paisaje” y “Escribí negro/ negruzco/ negrísimo/ negrura”. La voz poética hace alusión al llanto. Afloran lágrimas; deseo y desánimo se reúnen en “el negado a la mujer de Lot” (p. 58). Llega el cansancio y la mirada lírica amplía el horizonte de lo sagrado, al hacer referencia al santuario y al Ganges. Las siete puertas de lo indomable nos muestran el tono filosófico a través del enfático hueco que es vacío y silencio, nada y “saber nada”. Aquí, como lectores de Rumor de niebla, atamos cabos y vemos que se multiplican los espacios sagrados en ciudades y ríos como entradas diversas al universo poético de Mariana. Vuelve también la alusión mística, no ya con el Ciervo, sino con la referencia directa a San Juan:

 

que no hay noche Juan
que no hay silbo
que no hay
Amada en Amado transformada

sino el estrépito

del caer intermitente
por lo inhóspito del monte
hasta el mismísimo desquerer de la noche. (p. 62)

 

Entonces lo indomable que es el amor, lo indomable del saber, lo indomable que es Dios, queda plasmado en el centro del poemario como si de esta manera los círculos concéntricos de la estructura poética nos llevaran a lo más profundo del ser para reafirmar la verdad bíblica de que “todo es vanidad de vanidades”.

Agua de Celan es la parte 5 del poemario. La búsqueda se ancla, de igual manera que en los apartados anteriores, en 7 bisagras: “Beso de tanto beso”, “—Ciégate para siempre”, “Río Grande”, “Aún tengo ya el recuerdo de ti”, “Venecia en septiembre de luz rosada”, “Proverbio del cieno” y “Enjaeza el brocal”. Celan abre el telón con el epígrafe que recupera Mariana: Cuando nos asaltó la albura, de noche. La referencia a la noche de San Juan se deliza a la duda cotidiana en la relación amorosa. La voz lírica indaga, juega con la noción del tiempo que pasa en la hondura de los acontecimientos, en el corazón del otro, para desvelar la desesperación oculta; desesperación que, al ser sombra, se muestra como verdad. Entonces llegan los ríos, los más caudalosos, los sagrados ríos que confluyen en el torrente de la verdad, el Río Grande: Conchos, Balsas, Bravo, Usumacinta, Yaqui, Nazas, Papaloapan, Suchiate. Y en el delirio de las aguas que se juntan en el Río Grande, la voz poética lanza su grito:

 

Ay enjambrada
Ven
claro de agua viva
que las palabras del río
son un ramo de flores
en lo prohibido de tus ojos. (77)

 

Agua de Celan es Venecia, el espacio en el que la conciencia del abandono aflora como la mayor fineza. Lugares como lienzos surgen de la memoria individual para dar paso a la genealogía. Igual se nombra la plaza de San Marcos y el Caffé Florian, como la abuela y el abuelo nacidos en España. Venecia es contenedora de aguas que cruzan el océano en su recurrencia, es el anzuelo para traer a cuentas los pasos dispersos. Así, la síntesis amalgama la tristeza y la rabia en el recuerdo de lo que duele, el origen.

 

¿quién habrá de hacer el recuento?

¿los pies que hollaron los Pirineos

los que ahora surcan el mar de Siria

o los que cruzan el Bravo
a donde sea? (p. 83)

 

Pero no “no existirá rescoldo de su marcha” (p. 84), dice la voz. Es esa la verdad que duele. Sólo quedará “la brecha/ por donde huye el cuerpo” (p. 84), dejando al ser en la duda infinitda, “¿por qué?”.

La parte 6 de Rumor de niebla está conformada por 8 entradas, a diferencia de las secciones anteriores. Pero el títlo, Lo abierto, da juego a esa posibilidad de ruptura en la arquitectura del poema. Las 8 puertas de lo abierto son: “Y entre las hojas”, “Kilómetro 54”, “¿Habrá de cesar la vastedad?”, “No bastó con la mordedura”, “No repares en la grieta Dora Maar”, “Al margen de la tela”, “Destruir el lenguaje” y “De la insolación sólo el sereno”.  Nelly Keoseyán contribuye con el epígrafe que retoma Bernárdez aquí: Me desnudé y te dije:/ bajemos. Metámonos/ más hondo en el infierno. Y este infierno es la memoria cargada de España, de una España rota que se asoma en El Gernica. Pablo es el interlocutor de la voz lírica. Pero la tela adquiere un simbolismo que se expande hacia la página en blanco de quien escribe, como hacia la historia trágica de la Guerra Civil.

 

Y Pablo pinta en su ojo revelador

la iridiscencia que anuncia

la pérdida de la razón

el grito mudo del caballo

y el bramido silente

de la madre acunando

por siempre su caída flor. (p. 98)

 

La poeta, en una visión crítica, reivindica la valentía del artista que deja constancia, que anuncia, que sabe lo que pasa, lo que pasará en el “imperio de la barbarie”. Entonces “el cielo ahumado de Gernica”, el ojo que todo lo ve, avivará la llama dolorosa del exilio y anotará las verdades que muestra el arte en la imagen y en la palabra.

Luego del acercamiento a la llaga del origen que revela Lo abierto, Mariana Bernárdez cierra su poemario con 3 poemas, como 3 señales, en la parte 7 de Rumor de niebla. “Pronúnciame”, “Mi cuerpo” y “Entender/no enternder”. San Juan de la Cruz abre el espacio con el epígrafe: matando muerte en vida has trocado. En “Pronúnciame”, vuelve la referencia a España y el Guernica que, más allá del diálogo con Picasso, deja viva la memoria de la Guerra Civil y su impacto, cuando la voz lírica retoma los versos de César Vallejo y los intercala en su discurso poético:

 

no hay marca sobre la tierra

que dé cuenta de su paso

sólo la tajadura

este hueco

este inacabable crepitar

de un pan

que aún en la puerta del horno

se nos quema. (p. 108)

 

Luego aparece el cuerpo como hilo conductor de las genealogías, como un fulgor de los ancestros y de lo sagrado. El cuerpo es la única evidencia de los otros, lo que “se llevó la creciente”. El cuerpo y su conciencia de ceniza nos invita a “llevar flores y no piedras”, a revisitar nuestro pasado, a tocar por instantes otros modos de vivir. Pero luego de toda la búsqueda de sí y de quienes marcaron el origen, la voz lírica cierra con el dilema “entender/ no entender”, pues el conocimiento de lo que somos nos da la certeza de que no somos sino el vacío, ese pájaro que se lanza en la inmensidad. En este cierre, llegan los ecos de María Zambrano, pero también las imágenes de José Ángel Valente.

 

El cuerpo es un pájaro

una piedra arrojada

al azul de lo hondo

 

y su condición es la de pesar

la de hacer sentir la hondura

que cimbra y eleva

para hacer caer (p. 111)

 

Así, lo que queda de los otros es el cuerpo como presente, pero del cuerpo no queda sino la palabra, la palabra sagrada, la sutra, lo que se puede anclar.

En el Postfacio, “Para un retraro de Mariana Bernárdez”, Vicente Quirarte hace un acercamiento a Rumor de niebla y ve el poemario de Mariana como un manifiesto del silencio. Aunque podemos decir, como al principio de este texto, que es también un fulgor. Yo diría, el fulgor ambiguo de la palabra que nombra en las borrosidades del cuerpo, de la memoria. Borrosidades que se acentúan con la intertextualidad que menciona Quirarte:

 

Pablo Picasso, los aletazos de San Malcolm Lowry, ya para siempre unido a tierra mexicana, síntesis del espíritu creador que al indagar descubre nuevas vetas para la curiosidad del cuerpo y del alma; las palabras y los hallazgos de Rainer Maria Rilke, Paul Celan, San Juan de la Cruz, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas. (p. 116)

 

La intertextualidad contribuye a la borrosidad, desde los epígrafes, las palabras que refieren textos sagrados, los versos que se intercalan de otros poetas.

Para cerrar nuestra presentación, diremos que junto con la intertextualidad resalta en Rumor de niebla, de Mariana Bernárdez, lo sagrado, desde las referencias bíblicas hasta la presencia de lo hindú; desde la imagen de Cristo y Buda, hasta la construcción de imágenes simbólicas a partir del Ciervo, el madero, la cruz, el río, la montaña, la casa azul. Se podría hablar de una cartografía de lo sagrado, a través de las ciudades, los ríos, la flora y la fauna nombrados. En cuanto a lo temático, es posible entablar un diálogo claro entre filosofía y poesía en esta búsqueda del ser que es una búsqueda de lo sagrado. Así, Rumor de niebla se percibe como un camino, el camino de la mística revisitado, en donde asoman la imagen del padre con el Ciervo como el amado y como Dios.

Finalmente, es notorio, en la aquitectura del poema, el juego con las partes, los epígrafes, los versos retomados y el acomodo de los títulos-versos en el índice; son puertas abiertas para diversas lecturas críticas y nuevas creaciones. Así, por ejemplo, podríamos experimentar con los poemas del índice:

 

Fulgor 

El árbol/ Quisiera contemplar

La primera escritura ocurre en el cuerpo

 

Tristura

Cuántas veces llegaste siseando a la puerta

Esta tu herida/ El hilo del veneno

El cuerpo es el lienzo/ Mira lo que has hecho

El talego corrió por la baldosa

Pende el verso en elixir

 

La casa azul

Sin haber estrenado sílaba/ El mundo es un gorjeo

En la casa azul

A veces entre la hojarasca

Esto que escribo/ Aquí están las treinta monedas/

Me quedo a la orilla  

 

Lo indomable

Al desierto le brotó/ Un punto

Y abriste la puerta del desatino  

Me cansa el frío de las horas/ Paisaje de lo matérico tristurado

En la punta del alfiler se tasa el paisaje

Escribí negro/ negruzco/ negrísimo/ negrura  

 

Agua de Celan

Beso de tanto beso

—Ciégate para siempre

Río Grande/ Aún tengo ya el recuerdo de ti

Venecia en septiembre de luz rosada

Proverbio del cieno/ Enjaeza el brocal

 

Lo abierto

Y entre las hojas/ Kilómetro 54/

¿Habrá de cesar la vastedad?

No bastó con la mordedura

No repares en la grieta Dora Maar

Al margen de la tela/ Destruir el lenguaje

De la insolación sólo el sereno

 

Lejos  

Pronúnciame 

Mi cuerpo

Entender/ No entender  

 

Todo lo anterior, nos lleva al Rumor de niebla, en el que Mariana da voz a las borrosidades de la memoria, de la voz, de la palabra escrita, de sí y de los que dejaron sus pasos desperdigados en la geografía del planeta. Así Rumor de niebla será siempre el viaje al origen, el impulso primero, el primer atisbo del ser.

¡Muchas felicidades, querida Mariana!, que la palabra siempre siga...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] La presentación del poemario referido se llevó a cabo en la plataforma virtual, el 3 de diciembre de 2020.

Mariana Bernárdez, poeta y ensayista; realizó estudios de posgrado en Letras Modernas y en Filosofía especializándose en el vínculo entre poesía y filosofía; aborda una tradición de autores para quienes la poesía sobrepasa la orilla del lenguaje eficiente y comunicativo. Sus diferentes oficios le han acercado a autores definitivos en la literatura mexicana como Dolores Castro, Ramón Xirau, Raúl Renán, Angelina Muñiz Huberman, entre otros. Su trayectoria enlaza la creación poética con el ámbito académico y el editorial. Es una de las voces más singulares de su generación por su concepción metafórico-simbólica; Ha sido traducida al inglés, italiano, portugués, catalán y rumano; cuenta con más de una veintena de libros publicados entre poesía y ensayo; algunos títulos Don del recuento, 2012. Nervadura del relámpago, 2013. Escríbeme en los ojos, 2013; traducido al portugués por Nuno Júdice, 2015. En el pozo de mis ojos, 2015;  Aliento, 2017, traducido al portugués por Nuno Júdice, 2018. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (2018-2021) en el área de Poesía.

Fotografía: Rogelio Cuéllar

 

 

 

 

 

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