reseña sobre “Un instante en el paraíso”, de Juan Domingo Argüelles

Bajarle los humos a la poesía

Una reseña sobre Un instante en el paraíso de Juan Domingo Argüelles

 

“Hay que bajarles los humos a los poetas, y hay que bajarles los humos a la propia poesía. También a los críticos y a los falsos críticos de poesía. Hay que leer poesía para saber qué es la poesía”, dice Juan Domingo Argüelles (México, 1958) en el prólogo de Un instante en el paraíso. Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Laberinto, 2016). Juan Domingo es conocido por su labor como difusor de la literatura y de la lectura. Hay que añadir que también es un buen poeta, cosa cada vez más extraña en nuestras letras. En este libro, el autor, conocedor de cómo se desarrolla la poesía en la actualidad y cuál es su recepción, nos ofrece una serie de ensayos divididos en siete capítulos (“¿Qué es poesía?”, “La iniciación”, “La crítica”, “Curiosidades poéticas”, “Instituciones y certezas”, “Realidades y mentiras en la poesía” y, por último, “Supervivencia y vanidad”).

Seguidor de Gabriel Zaid, los textos presentados en este libro tienen una ligereza precisa digna de agradecer, pues, de igual manera, los ensayos están cargados de polémica y humor, esto nos vuelve al feliz recuerdo del autor de Los demasiados libros. Al buscar la sinceridad, en algunos momentos, se usa a sí mismo y a sus colegas más cercanos como prueba de errores y tropiezos: “Hay una antología que sí respeta los “ilamos” de Altamirano […] En todas las demás leemos “alamos”, incluida, como ya advertí, mi Antología general de la poesía mexicana (volumen 1), que prometo enmendar en la segunda edición”. Lo anterior lo dice Argüelles por una errata, que se ha venido cometiendo docenas de veces, con un poema de Ignacio Manuel Altamirano.

Juan Domingo estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es columnista de temas culturales en los diarios El Financiero, El Universal y La Jornada. Ha ganado el Premio nacional de poesía Aguascalientes, el Premio nacional de literatura Gilberto Owen, entre otros. Esto no quiere decir que todo lo que él escriba será de una calidad admirable y que está fuera de la crítica; simplemente, el autor ha sido partícipe del quehacer de la poesía en los últimos años; es decir, en su escritura encontraremos la voz de un buen lector de poesía y, a su vez, la voz de alguien que bien conoce de dentro el mundo “fastidioso y honorable” de la poesía.

Esta serie de ensayos tiene como cualidad la de quitar la solemnidad de la poesía de la que, muchas veces, ha sufrido, por su exceso, la poesía en lengua castellana. Argüelles demuestra esa característica en el capítulo IV “Curiosidades poéticas”. Trata temas, al parecer, un tantos subjetivos, no obstante, son estos los que enriquecen el libro. Aún uno de los poetas más “solemnes” como Octavio Paz sabía que estas subjetividades eran necesarias para crear un vínculo con el gran público. En este capítulo, se tratan temas como: el vello púbico en la poesía clásica (mejor sería decir: la ausencia de vello púbico en la poesía clásica), la falsedad de un poema del “Rey Poeta”, Nezahualcóyotl, y las erratas que nacieron a partir de la excesiva corrección de poemas.

Su opinión, en este libro de ensayos,  hacia la crítica literaria en México es un duro golpe a los muchos soñadores en la pulcritud y sinceridad de los poetas y de los críticos de poesía. “La “crítica” de poesía se mueve en el ámbito íntimo de la amistad que se hace pública precisamente cuando una reseña favorable se publica”, Juan Domingo afirma.

Quizá no haya algo más inquebrantable que el ego de los poetas, ¿qué sucederá con ellos cuando su muerte llegue?, la popularidad de la que algunos gozan se acabará algún día. Argüelles es contundente con el siguiente ejemplo: “En 1938 el hoy desaparecido periódico El Nacional organizó una encuesta para determinar quién era el poeta más popular de México. En el cómputo final, Enrique González Martínez obtuvo el primer lugar con 8,002 votos, seguido por Carlos Pellicer, con 7,224; Leopoldo Ramos con 6,842; Gregorio de Gante 6,779; Francisco González de León, con 6,666 […] Los señores Leopoldo Ramos, Gregorio de Gante […] pasaron, literalmente, del rating al olvido”. Esto ha sucedido casi siempre, no es sólo asunto de la actualidad. A muchos poetas les depara el olvido.

Juan Domingo Argüelles, con este libro, acerca al gran público la lectura de la poesía, y escribe con precisas palabras aquello de lo que muchos poetas y críticos de poesía, quizá, prefieran no hablar. La poesía seguirá su curso, mutará, se modificará, mantendrá su vitalidad. Los únicos que no vivirán por siempre serán los poetas, algunos de ellos ni sus poemas los salvarán en vida. Argüelles habla de la poesía más allá de los poetas y de las pretensiones, sin dejar de lado lo que acontece, naturalmente, en el medio. El libro podrá ser desesperanzador en ciertos capítulos, para los soñadores de paraísos poéticos; no obstante, Bécquer ya bien nos había cantado: “podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”.

Carlos Sánchez Emir [Carlos Ignacio Sánchez Ramírez] (Ciudad de México, 1998). Ha sido becario, un par de ocasiones, en el Curso de Creación literaria para jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana y, de igual manera, becario del Festival Cultural Interfaz ISSSTE-Cultura/Los Signos en Rotación. Forma parte del “Taller literario Igitur” y del proyecto “Crítica y Pensamiento en México”. Actualmente es estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Textos suyos aparecen en diversas revistas digitales.  Cultiva la poesía.

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