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Música continua de César Cantoni: Por Guillermo Eduardo Pilía (Argentina)

 

 

 

 

 

 

 

Música continua de César Cantoni

 

Guillermo Eduardo Pilía

 

Pese a que autores como César Cantoni o como yo tenemos ya más de cuarenta años de trayectoria, a veces nos da la impresión que todavía la crítica no estudió en profundidad a la generación argentina a la que pertenecemos. Hubo intentos, sí, que no a todos nos han dejado conformes. Alejandro Elissagaray en la introducción a su antología La poesía de los ’80, arriesga que “Una posibilidad concreta para reseñar las características de los ochenta sería basarnos en las publicaciones de la época que albergaron a poetas con alguna afinidad de estilo, aunque como lo indica la marca de la generación, los logros en cada caso fueron bien disímiles. Con el transcurso del tiempo, la mayoría de los autores reunidos en un mismo grupo, generalmente con una revista literaria como portavoz, acabaron adquiriendo cierta envergadura y posesión de sus dominios estéticos cuando abandonaron aquello que los convocaba detrás de un aparente lenguaje común”. Esta metodología es por demás controvertida y me parece bastante lejana a la realidad de la ciudad de La Plata, que siempre tuvo sus características propias. También Elissagaray intenta clasificar las corrientes que para él serían el setenta tardío, el experimentalismo, el neobjetivismo, el neorromanticismo y los independientes. En este último grupo podrían entrar todos los que quisieran, especialmente porque buena parte de la generación del 80 sigue viva y produciendo y quien más o quien menos ha ido modulando su voz de acuerdo a los tiempos que corrieron o que corren.  En este sentido creo que César Cantoni no es una excepción, aunque la lectura de esta antología daría la impresión de una música continua, como su título lo expresa. Ya vamos a hablar de eso en breve.

Lo cierto es que los que pertenecemos a la generación del 80, los que comenzamos a publicar a fines de los 70, estuvimos atravesados por ciertas circunstancias comunes. A los escritores jóvenes tal vez les cueste imaginarse que usábamos la máquina de escribir y el papel carbónico, que cuando queríamos comunicarnos con un poeta de otra ciudad lo hacíamos por carta, que los encuentros y festivales que hoy son moneda corriente casi no existían, que la mayor trascendencia a la que se podía aspirar era a que nos comentaran un libro en alguna sección literaria de un diario capitalino, o al menos en el diario de La Plata, que se hacían muchas revistas a mimeógrafo y revoluciones literarias en cervecerías y cafés. Pero por sobre todas las cosas fuimos la generación de la dictadura militar, la que hizo que muchos tuvieran que callarse, irse del país o en el peor de los casos morir, la que nos obligó a hablar en forma sesgada o hermética, la que nos hizo cuestionarnos si después de la Escuela de Mecánica de la Armada, de los vuelos de la muerte, de los chicos apropiados podíamos seguir escribiendo poesía.

Cada uno sabe cómo hizo para exorcizar esos demonios. El caso de César Cantoni es bastante curioso, porque creo que él no recurrió a algunas fórmulas desde ya muy lícitas, como el escape hacia un ayer menos turbio, como fue el neorromanticismo al que Elissagaray citaba, o al hermetismo o a la proliferación verbal de algunos surrealistas, sino que siempre se mantuvo más o menos fiel a un modo de decir claro, directo, despojado.  Yo coincido con muchas de las caracterizaciones que hace de la poesía de César Juan Carlos Moisés, en el prólogo del libro. Simplemente querría agregar, porque eso no está dicho, que había ya en La Plata un caldo de cultivo para ese tipo de poesía. Me refiero al primer Horacio Castillo, que nos limpió de pesada retórica a muchos de nuestra generación, a Néstor Mux, que también es otro caso de una voz sostenida en el tiempo, y a la parte central de la obra de Horacio Preler. De lo que llegó desde fuera de la ciudad de La Plata, uno tiene la tentación de mencionar a Joaquín Giannuzzi. Ya había escrito este nombre cuando encontré, no sé si con sorpresa o no tanto, que también lo citaba mi querido amigo Luis Benítez en una reseña sobre Música continua. Cito a Luis Benítez:

“Sin cometer el error de entender la poesía como mera representación de lo extrapoético —Cantoni no escribe "según los titulares de los periódicos"— el autor de La Plata lo que logra es atravesar las apariencias de lo que se nos presenta como lo real sin serlo, para extraer la médula misma oculta tras los sucesos y las circunstancias que afectan tanto a lo individual como a lo colectivo, integrándola a su universo personal de un modo magistral, sin caer jamás en los extremos de la tan actualmente difundida —ya hasta el hartazgo— "literatura del yo". Sin embargo y felizmente, no podemos adscribir a Cantoni en la corriente neobjetivista que impregnó buena parte de la poesía argentina más publicitada por los medios locales entre fines de los '80 y mediados de los '90, aquella que buscó un padre adoptivo, para tener un aval previo, en la figura y los trabajos de Joaquín Giannuzzi. En este último la voz personal asoma aquí y allá, si bien esporádicamente, pese a los esfuerzos denodados de los neobjetivistas argentinos por hacerse a ultranza de su padrinazgo. En Cantoni el yo poético está contenido en lo que observa, no como en Giannuzzi, que procede muchas veces de modo inverso, apropiándose del objeto y revistiéndolo de sentidos trascendentalistas, un elemento que contradice de plano los postulados a los que se lo quería sumar como prestigioso precedente. Factor determinante que obviaron prudentemente los partidarios de esa corriente estética criolla”.

Ese rechazo del que habla Luis Benítez a la “literatura del yo” es una de las marcas más característica de la poesía de César Cantoni, tanto como su rechazo a la ornamentación, la retórica y la musicalidad silábica. Partamos de la base de que hay una enorme distancia entre el yo confesional de algunos poetas catárticos, a los que tal vez ni siquiera haya que llamar poetas, y el yo ficcionalizado que es propio del artefacto poético, para usar un término de los formalistas rusos. Juan Carlos Moisés utiliza, para referirse a la poesía de César Cantoni, una certera expresión de Fernando Kofman, la de “yo devaluado”. En el siglo XIX, bajo el influjo del romanticismo, como se consideraba que la poesía era emanación del genio, se interpretaba la poesía a partir de lo biográfico y se llenaban huecos biográficos a través de la poesía. Si intentáramos aplicar este método tan poco científico a la poesía de Cantoni, poco podríamos decir. De los poetas de nuestra generación es uno de los menos autorreferenciales. Y en un reportaje explicó algo de por qué es así: “Cuando era chico —dijo—, escondía todo lo que escribía en la parte inferior de un diván. Nadie conocía mi secreto, ni familiares ni amigos. Mi timidez tenía que ver, entonces, con el pudor de mostrar los sentimientos (siempre he sido poco expresivo en este sentido). Pero también me atemorizaba la reacción que pudieran experimentar los otros al conocer mi afición por un arte tan singular y misterioso como la poesía. Aunque parezca absurdo, aquel temor no era en extremo descabellado: actualmente, cuando confieso que soy poeta, muchos me miran como si fuera tonto o estuviera loco. La timidez, por otra parte, no me “arrojó” a ningún tipo de poemas en especial. A la hora de escribir, carezco de prejuicios e inhibiciones y sólo procuro ser fiel conmigo mismo. La poesía constituye, en mi caso, una forma de sinceramiento que está por encima de todo”.

Aún sin compartir todos sus criterios, con las críticas que se les pueden hacer a algunos de sus poemas o a algún libro, con complacencia o no hacia la voz que él creó, que es en definitiva suya y a la que debe rendir cuentas, es indudable que al hablar de César Cantoni hablamos de un poeta absolutamente coherente, que la aparente sencillez de algunos de sus textos encierra mucho trabajo y que está muy lejos de la pulsión a lo extrapoético que cultivan algunos a los que habría que preguntarles si realmente creen estar haciendo algún aporte a la poesía. Creo que el camino de César Cantoni es el inverso, el de transformar en materia poética cosas tan extrañas a la tradición como un frasco de insecticida o un micro de la línea 307.

Aún para los que leímos todos los libros de Cantoni, para quienes frecuentamos desde hace mucho tiempo su poesía, esta antología personal nos depara sorpresas. Todo lo que dije, de mi propia cosecha o citando a otros, sobre su poesía se puede ilustrar, ejemplificar, corroborar con textos contenidos en este libro. Para quien nunca lo leyó, creo que será una oportunidad privilegiada de conocerlo. Pero también hay que advertir que Música continua es una antología muy particular. Voy a decir por qué lo creo. En primer lugar, César Cantoni es antólogo de sí mismo. Esto marca una diferencia fundamental con los casos en que el antólogo no es el autor. Un antólogo que no sea el mismo poeta tratará de seguir un orden más o menos cronológico, espigar o hacer un florilegio, que tal es el sentido etimológico de antología, de los que considera los mejores poemas de cada libro, procurando dar una visión amplia, como sucede en una muestra retrospectiva de pintura. Si se le encargase esa tarea a dos o más personas por separado, seguro los resultados serían disímiles, con algunas coincidencias, esos poemas que en todo poeta resultan clásicos. Pero otra cosa distinta es cuando uno es su propio antólogo. Se puede actuar como los otros, pero también hacer algo más complejo, un libro que recoja poemas de diferentes libros, no de todos, pero a partir de un principio muy firme de unidad. Esa idea de la Obra con mayúsculas que tanto obsesionaba a Juan Ramón Jiménez. Creo que esto es lo que ha hecho César Cantoni, valiéndose de una implacable “arte cisoria”, cortando los frutos en agraz, seleccionando los más maduros, cuidando que cada pieza no se molestase con las demás.

Recuerdo que César Cantoni me dio su libro una tarde, en Ensenada, cuando fuimos a hacer un homenaje a Octavio Prenz y a Horacio Castillo. Me lo dio muy en su estilo, casi a escondidas, como temiendo que me pusiera a mirarlo y le comentara ahí mismo alguna cosa. Lo fui leyendo de a poco, como se lee habitualmente la poesía. Pero cuando me propuso que hablara en su presentación, lo volví a leer de una sola sentada y sentí algo que hace mucho no me pasaba. Sentí que estaba leyendo un solo libro, que las separaciones eran anecdóticas, que del comienzo al final se escuchaba la misma voz, y por detrás de esa voz, de ese “hablante lírico”, la presencia de alguien de quien tal vez se puedan decir muy pocas cosas, pero cada una de ellas honda y definitiva. Tal vez sea cierto que los poetas concebimos un solo poema, y que todo lo que hacemos no es más que escribir variaciones sobre ese poema que siempre permanecerá tácito. Lo cierto es que César Cantoni le dedicó la existencia a esa labor, y lo hizo a conciencia, con fidelidad, sin escamoteos. “Para mí la poesía es mucho más que un género literario —dijo—; es un acto de vida, algo imponderable que me sucede cuando escribo, una experiencia que trasciende la mera retórica de la escritura. La creación poética forma parte de mi respiración, es mi modo de ser y estar en el mundo, la única cosa capaz de ofrecerme algún argumento existencial”. Abrir este libro es entonces un desafío a buscar esos argumentos de vida, esa manera de ser en el mundo, esa forma de respiración.

 

 

César Cantoni nació en La Plata el 23 de febrero de 1951. Publicó once libros de poesía: Confluencias (1978), Los días habitados (1982), Linaje humano (1984), La experiencia concreta (1990), Continuidad de la noche (1993), Cuaderno de fin de siglo (1996), Triunfo de lo real (2001), La salud de los condenados (2004), Diario de paso (2008), El fin ya tuvo lugar (2012) y Un arte invisible (2016). Su obra publicada incluye, además, el libro de aforismos Pensar no cuesta nada (2020) y dos cuadernillos: Intemperie y otros poemas (2006) y Latencia: poesía y dictadura (crónica literaria, 2013). Figura en numerosas antologías poéticas argentinas e hispanoamericanas. Algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés, francés, italiano, portugués, catalán, griego, ruso y albanés. Colabora con diarios, revistas y páginas virtuales de Argentina y del exterior. Administra el blog de poesía platense Los poetas no van al cielo. Reside en su ciudad natal.

 

 

 

Guillermo Eduardo Pilía nació en 1958 en La Plata, Argentina, donde estudió y se graduó en Letras en la Universidad Nacional de La Plata. Fue catedrático de Producción de Textos, de Lenguas Clásicas y de Teoría Literaria. También ocupó cargos públicos en el área de cultura de la provincia de Buenos Aires hasta su retiro en 2018. Desde entonces ha recorrido varias universidades latinoamericanas dictando cursos y conferencias sobre poetología. De su obra poética se destacan Arsénico (1979); Enésimo Triunfo (1980); Río Nuestro / Cazadores Nocturnos (1990); Huesos de la Memoria (1996); Caballo de Guernica (2001); Ópera flamenca (2003); Herido por el agua (2005); Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama (2011); La pierna de Rimbaud (2012); Ainadamar (2016); Sobre la cuerda y sin la red (2016); Casamundo. Obra poética completa I (2019); Como el dios que gestaba en su muslo (2020); La jambe de Rimbaud (2021, edición bilingüe español - francés);  Fatiga de los metales (2021); Ministerio del salmista (2022); y Como hierba en la sombra / Ca iarba la umbra (2023, edición bilingüe español – rumano). Además de los libros publicados en francés y rumano, fue traducido al inglés, italiano, portugués, griego y catalán. Su poesía se caracteriza por el rigor formal, el tono elegíaco y la expresión de una profunda religiosidad, con frecuentes referencias a los textos bíblicos y a poetas como Eliot, Rilke, Quasimodo y Trakl, que están entre sus preferidos. Es autor, además, de numerosos cuentos y ensayos. Sus textos le han reportado gran cantidad de premios en la Argentina, España, Francia, Estados Unidos y varios países hispanoamericanos, entre los últimos, el Premio Al-Ándalus (2010), el Premio Andrés Bello a su obra poética completa (2014), el León Benarós (2016), el Gran Prix del Festival Mihai Eminescu (2023) y premios a la Excelencia Literaria de diversas instituciones. En 2016 se lo declaró Ciudadano Ilustre de La Plata. Es miembro de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras de Madrid desde 2014, que en la actualidad preside; de la Academia de Buenas Letras de Granada, como correspondiente desde 2018; de la Academia Española de Literatura Moderna desde 2021; y de la Academia Tomitana de Constanza, Rumania, desde 2023. En 2019 fue elegido secretario general de la Sociedad Argentina de Escritores y consejero de la Fundación El Libro.