Conversaciones con James Joyce, reseña al libro de Arthur Power

 

 

 

Esta reseña se publicó originalmente en Realidad: Revista de Ciencias Sociales y Humanidades No. 85, 2002: 117-120

 

 

Luis Alvarenga

ARTHUR POWER: Conversations with James Joyce. Foreword by David Norrís, The Liliput Press, Dublín, 1999.

 

 

En 1922, hace exactamente ochenta años, una joven editora estadounidense residente en París, Sylvia Beach, publicaba la novela más conocida del escritor irlandés James Joyce: Ulysses. En un bello gesto de amistad y de fe en la obra de Joyce, la editora había asumido el reto de publicar una novela que editores mojigatos se habían negado a meter a imprentas. En Estados Unidos, la publicación de la obra más conocida del autor de Finnegan 's Wake había sido suspendida por orden judicial. El propio novelista temía regresar a Irlanda por miedo a posibles represalias de sus conciudadanos indignados. Sin embargo, Ulysses universalizó a una ciudad hecha de palabras: El Dublín de Joyce.

El libro Conversations with James Joyce es testimonio de las pláticas entre el gran novelista irlandés y Arthur Power, compatriota suyo. Este último fue testigo privilegiado del París de los años veinte, en el cual pasaron auténticos monstruos de la cultura universal. La capital francesa acogió a la llamada generación perdida, un grupo de narradores estadounidenses que se embarcaron a Europa decididos a convertirse en escritores profesionales: Hemingway, Dos Passos, Scott Fitzgerald, entre otros. Fue Gertrude Stein quien acuñó la expresión, según lo consigna Hemingway en su París era una fiesta, recuerdos de esa etapa intensa.

Sí, París era una fiesta. Al menos para Power, muchacho rico y de inquietudes artísticas que se desplazó para Francia, aburrido del clima provinciano de Dublín. Instalado estratégicamente en el Barrio Latino, Power encontró una llave para penetrar en los estudios de los artistas: un trabajo en una revista cultural, que consistía en hacer entrevistas a personalidades del arte. Fue, pues, relativamente fácil entrar en el círculo de los intelectuales y artistas residentes en París.

"La primera vez que me encontré con James Joyce fue en el Bal Bullier. Había ido allá una noche de sábado para verme con Anette, la joven lavandera que acostumbraba ver si se me ofrecía algo para lavar cada semana, una chica hermosa y con voluntad que más tarde se convirtió en modelo, y cuya vida terminó trágicamente", escribe Powers. Fue ahí donde le presentaron a Joyce, acompañado por su mujer, Nora, y el hijo de ambos, Giorgio. Ya había leído sus Dublineses y su Retrato del artista adolescente. En algún momento, se levantó de una mesa una mujer que resultó ser Sylvia Beach. Ella propuso un brindis "por el éxito del nuevo libro de James Joyce, Ulysses". Powers quedó impresionado con el hecho, de tal manera que empezó a frecuentar al novelista, que ya tenía cierta fama en Europa, y se dedicó a re-crear las conversaciones en cuanto tenía oportunidad de hacerlo.

Las páginas de Conversations with James Joyce traen consigo muchas de las apreciaciones sobre la literatura que tenía el novelista dublinés. Powers recuerda una discusión con su amigo acerca de un dramaturgo irlandés, John Synge, cuya obra se sitúa en ambientes de provincia. Mientras el autor del libro que reseñamos defendía a Synge, Joyce hizo una afirmación lapidaria: "...una de las cosas a las que nunca me acostumbré desde que era joven fue la diferencia que encontraba entre vida y literatura. Recuerdo que un amigo mío fue a pasar una temporada en el oeste del país, quien, al venir de regreso, se encontró amargamente decepcionado: - No escuché ninguna frase de Synge durante el tiempo que estuve allá-« me dijo. Los personajes de Synge sólo existen en el escenario de la Abadía. Sin embargo, toma a un hombre como Ibsen" -le aconsejó Joyce a su interlocutor- "he ahí un buen dramaturgo para ti. Él escribe piezas serias acerca de los problemas que preocupan a nuestra generación".

Joyce escribía laboriosamente su Work in Progress, una novela que terminaría siendo publicada con el título de Finnegan's Wake. Ya desde entonces enfrentaba problemas de salud. Según Powers, Joyce padecía de una afección visual que le tenía vedado el ingerir alcohol. Pese a todo, era ya el escritor trabajador que pulía su obra personal contra viento y marea. Por eso, Joyce fue siempre reacio a perder el tiempo en tertulias y en esa forma de irresponsabilidad llamada bohemia. Por eso mismo, como recuerda Powers, no tomaba en serio a aquella "gente que duerme todo el día y se divierten toda la noche", usando la frase que acuñó Hemingway para referirse a los irresponsables que quieren pasar por artistas sin hacer ningún esfuerzo. Ello explica por qué fallaron los intentos de Powers de introducir a Joyce a los círculos de artistas.

Joyce era intransigente con la falta de madurez en los artistas. La muerte de Pushkin en un duelo, lejos de parecerle un acto de caballerosidad, era para el novelista una estupidez, algo pueril. "Siempre pensé que vivió como un chico, escribió como un chico y murió como un chico", aseveró, para estupefacción de su interlocutor. El sentimentalismo en la literatura --encamado para Joyce en Turgueniev se quedaba corto a la hora de expresar la complejidad del ser humano. La literatura debería nutrirse con las zonas oscuras de la persona, con los mundos ocultos, con la subjetividad y la energía de lo sexual. Sobre un personaje femenino de Turgueniev, dice lo siguiente: " Sus pensamientos secretos permanecen ocultos, tal como lo hace el movimiento real de su ser interior; por ello, él (Turgueniev) es como todos los escritores clásicos que te muestran exteriores placenteros, pero que ignoran la construcción interna, el cuerpo patológico y psicológico del cual dependen nuestra conducta y nuestro pensamiento. La comprensión es el propósito de la literatura, pero, ¿cómo podemos conocer a los seres humanos si perseveramos en ignorar sus funciones más vitales?".

Para Joyce, la inspiración que es digna de ser admirada "no es la temperamental, sino la secuencia diligente del pensamiento construido, tal como puedes verlo en Los viajes de Gulliver, en Defoe e, incluso, en Rabelais. Pero la escritura de Lamartine era tan sólo una inundación de sentimentalismo".

"-y de poesía", añadió Powers.

"-De falsa poesía", replicó su interlocutor.

En suma: "Prefiero la exaltación. La exaltación puede derivar en la locura, quizá. De hecho, todo gran hombre ha tenido esa vena dentro de sí: fue la fuente de su grandeza. El hombre razonable no logra nada".

Powers descubrió una relación de amor-odio entre Joyce y su país natal. "En una etapa sumamente temprana, llegué a la conclusión de que quedarse en Irlanda implicaría podrirse, y yo jamás he tenido la intención de podrirme o, al menos, si tuviera que hacerlo, intentaría podrirme a mi manera, y creo que la mayoría de gente concordaría en que es eso lo que he hecho", le confesó en una ocasión.

La proclamación del Estado Libre de Irlanda no le hacía demasiada ilusión, con todo y que le disgustaba la dominación inglesa sobre su país. Al respecto, afirma lo siguiente: "Ahora escucho que desde que el Estado Libre está en el poder hay menos libertad. La Iglesia se ha metido por doquier, así que, de hecho, nos estamos tomando en una nación burguesa, con la Iglesia haciendo las veces de nuestra aristocracia... y yo no veo mucha esperanza para nosotros en el plano intelectual. Una vez que la Iglesia esté en el mando, devorará todo... lo único que dejará serán unos cuantos trapos viejos que no valdrá poseer: y podríamos degenerar hacia la posición de una segunda España".

No obstante, Joyce estaba obsesionado por describir, re-crear, volver a crear, crear con palabras la ciudad de Dublín de la manera más fiel posible.

La relación entre ambos se rompió cuando Powers, inmaduro todavía, no compartió la emoción de su amigo cuando supo que su hijo Giorgio le había dado un nieto. Para Joyce era "la cosa más importante", mientras que a Powers le daba igual. A partir de ahí, la amistad se enfrió y no pudo arreglarse jamás. Claro, ¿cómo no sería importante para el escritor irlandés, si hace poco se había muerto su padre? En el nacimiento del nieto, Joyce vio algo alentador. Su poema Ecce puer ilustra este sentimiento con elocuencia.

Las páginas de Conversations with James Joyce nos acercan al lado humano del gran novelista irlandés, que influyó sensiblemente en las letras universales y cuya impronta se hizo sentir en El Salvador, en la obra poética de Roque Dalton, tan ex alumno jesuita como el autor de Dublineses.

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