Apuntes sobre Angostura: en defensa del leer. Por Juan Manuel Esquivel

 

 

 

 

Apuntes sobre Angostura: en defensa del leer

Juan Manuel Esquivel

 

 

 

Creo que son muchas las razones para celebrar la publicación de Angostura: en defensa del leer. Viviendo en una época donde no sólo abundan las lecturas complacientes, sino que incluso se privilegian la vulgaridad y la frivolidad, es de agradecerse que una escritora atreva una apuesta tan alta porque Angostura nos recuerda que la vida es un misterio.

Misterio, no de las entrañas sino de lo entrañable, centro que esconde la primera palabra, la que enjambra el lenguaje, ¿y de encontrarla?, ¿se franquearían los bardos entre la vida y la muerte?

Quizás el acto de leer sea la única manera de confrontarse con este misterio, de acecharlo; pero ¿qué es leer? Es importante atender al título, recordar que éste encierra una poética. Por eso coincidió con Benjamín Barajas, quien destaca que Bernárdez nos está diciendo en «defensa del leer» y no en «defensa de la lectura». En efecto, estamos ante dos cosas distintas. Leer, gramaticalmente hablando, no es verbo, sino un verboide, un infinitivo en este caso. Paréntesis: los verboides carecen de accidentes gramaticales, no tienen persona, número, modo, y lo más importante: tiempo… Por tanto, un infinitivo es una perenne ejecución; tautológicamente diría que es una mirada al infinito.  Por su parte, la lectura es un ejercicio propio del razonamiento. A nuestra escritora le interesa el leer, no la lectura y, coincidiendo de nuevo con Barajas, ciertamente Angostura nos «coloca antes de la comprensión»; sin embargo, yo me atrevería a decir que ese «antes» es más bien un «más allá», una metafísica, un lugar otro donde anida el misterio, donde se conjuntan razón y emoción y el hombre anula la escisión de la caída, alcanzando la posibilidad de volver al paraíso, de recuperar la unidad perdida. Por eso, el leer es un acto que arrobó a Bernárdez desde su infancia, es un arcano intuido o en palabras de la poeta «un galope inigualable hacia ese firmamento que respira entre las líneas». ¿No es esa una buena razón para estar en defensa del leer?

Me atrevería a decir que Angostura es un libro inquietante. Inquietante no es lo mismo que perturbador, es simplemente lo que no está quieto. Pensemos en un pájaro, uno cuyo vuelo constantemente nos interpela. Angostura es casi una mayéutica. Contrario a lo que se dice hoy no abundan las preguntas. Estamos llenos de respuestas, de recetas. Sin ser un libro de filosofía Angostura atreve preguntas desterradas hace mucho ya no sólo de la vida cotidiana, sino de la misma filosofía.

¿Hay un tercero? ¿Un tercero?, ¿será esa rara luminosidad que alberga el habla en su más intrincada confesión?, ¿o será el libro ese puente que se extiende a través de los tiempos?

Para el filósofo italiano Bruno Forte, «un pensamiento diligente indagará no tanto las respuestas que deben darse sino las preguntas con las que uno debe confrontarse». Pienso que el corazón de la crisis de nuestro tiempo no es más aquella «noche de la carencia de Dios», sino la noche, mucho más dramática, de la incapacidad de sufrir por esa carencia. Ya no nos preguntamos lo importante, ya ni siquiera nos inquieta el no preguntárnoslo. Heidegger lo llamó el olvido del ser. Al preguntarse por el tercero ausente Mariana Bernárdez prolonga una de las tradiciones filosóficas más antiguas de Occidente, a la vez que enciende una luz en la noche oscura.

Angostura tiene filosofía; también poesía. Y esa es otra razón para celebrarlo, porque es un libro que tiende un puente entre ambas vías de conocimiento. O, mejor dicho, nos descubre un pasadizo que pocos conocen, que pocos atreven. Mariana Bernárdez es valiente en este aspecto y asume un compromiso con el pensamiento y con la palabra. No es posible mostrarse indiferente ante Angostura y es así porque estamos ante una forma de pensamiento otra, ante una razón poética que sólo puede ser expresada mediante un lenguaje que tajante sabe tomar distancia de esa habla instrumental y estéril que ha secuestrado la vida cotidiana. Repito: Angostura tiene poesía que no poemas. Hace tiempo que Paz nos enseñó a no confundir una cosa con lo otra porque la poesía no siempre está en los poemas y en cambio la podemos encontrar en los paisajes, en las pinturas, en las personas y en muchos libros que son inclasificables, quizás sea el caso del que hoy presentamos. ¿A la lista anterior hace falta añadir las ideas? Si la poesía lo quiere, también en ellas puede surgir. Razón emocionada, emoción razonada. Por eso no es gratuito que Bernárdez haya elegido poetas para darnos la bienvenida a esta defensa del leer. En los epígrafes, Raúl Renán nos exige «cortar el terso cordón del pensamiento» y Nuno Judice nos advierte de las «oscuras frases» que nos llenaran, precisamente, de inquietud, de las «luminosas conclusiones» donde arderá el simple pensar. No será fácil leer a Mariana Bernárdez, pero ya decía Lezama Lima que sólo lo difícil es estimulante:

Amanece y huele a rocío de madrugada, así reza el solar del libro.

 

Caer, leer, escribir, dibujar, bailar… Más bien, leer y leer, leer de tan diversos modos el día y sus atributos.

«Ahora», tiempo verbal de lo insalvable, canta, dibuja…, si el silogismo es demostrado, «ahora» existe en la devoción del iris galopando por el paisaje del texto.

El libro, donde la luz con su sombra corona el lenguaje.

Sólo es posible escribir así con inteligencia y la anuencia de las musas.

 

Apenas comencé a leer Angostura vino a mí la imagen de Marco Polo en su lecho de muerte, diciendo aquello de «¡sólo he contado la mitad de lo que vi!». Dicen que eso le respondió a un sacerdote que lo exhortaba a confesar que todos sus viajes fueron una mentira. No es gratuito recordar al veneciano: los fragmentos que componen Angostura se asemejan a los apuntes de un cuaderno de viajes, al parte o testimonio de quien ha viajado muy lejos hacia tierras ignotas y a su vuelta nos maravilla con el recuento de una cartografía fascinante. ¿Será que leer es otra forma de viajar? De ser así, esta asociación sólo me la explico recordando el día que conocí a Mariana Bernárdez. Aunque hará apenas cinco años parece tan remoto, como si en otra vida. Era por estas fechas. Como ahora, las jacarandas eran antorchas malvas alumbrando la ciudad. Estábamos en Casa del Lago. Comenzaba su taller Del Ensayo y su Ensayar, el salón estaba casi lleno. Luego de presentarse, ella nos dijo que escribir es como hacer el viaje a Ítaca. Bernárdez se estaba refiriendo al poema de Cavafis, el cual nos enseña que lo más importante de viajar no es llegar al destino, sino gozar del viaje. Gracias a Angostura, ahora podemos decir lo mismo del leer, al fin, leer y escribir son las dos caras de la misma moneda. En realidad, Ítaca nos habla de la vida, del viaje que a diario emprendemos. «Ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios», nos dice el poeta alejandrino. ¿Habrá mejor manera de seguir el consejo de Cavafis que no sea leyendo un libro? Pero hay que dejarlo claro nuevamente: leer no es una acumulación de datos ni mucho menos la práctica de un deporte («lee 20 minutos al día», nos recomiendan los doctores). Leer es otra cosa, quizás la única vía hacia la libertad que hoy nos queda, Bernárdez lo sabe bien:

 

Leer nos hace libres porque en su afán se abren los caminos y al andar se descubre quien se es, y ello no es poca cosa; es el viaje del héroe el que nos lleva a ganar nuestra ciudadanía.

En efecto, ganar la ciudadanía no es poca cosa. Este leer no es un viajar sobre la tierra, sino hacia esa otra inexorable latitud que se despliega infinita al interior de cada persona, una inmersión hacia lo que siempre ha estado ahí, esperándonos y cuyo acceso tal vez sólo sea posible mediante un libro: el reino de la imaginación. El viaje al que nos invita Bernárdez con Angostura es muy semejante al volar del que habla Mircea Eliade en El vuelo mágico, ensayo en el que el erudito rumano nos enseña «que las raíces de la libertad deben ser buscadas en las profundidades de la psique y no en las condiciones creadas por ciertos momentos históricos». ¿No es eso lo que hacemos cuando abrimos un libro?

Mariana, querida Mariana, muchas gracias y muchas felicitaciones por este excelente libro.

 

 

 

 

Juan Manuel Esquivel (Ciudad de México) es poeta, ensayista y traductor. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por el Tecnológico de Monterrey, también se ha formado en distintos centros culturales. Periódicamente publica en las revistas Casa del tiempo, Letralia, Taller Igitur, El Gólem y Murmullo de Paloma, de esta última es parte del comité editorial. Actualmente prepara su primer poemario y ha sido seleccionado para cursar el Diplomado en Formación de Traductores Literarios en la ENALLT.