El Apocalipsis: Andrei Tarkovski (Rusia, 1932-1986)

 

 

Estas palabras fueron pronunciadas por el director ruso en 1984, durante un festival al cual fue invitado por la iglesia de St. James, en Inglaterra.

Este mismo documento fue publicado en Alforja. Revista de poesía número VII, 1999, pp. 122-128.

 

 

 

El Apocalipsis

 

Andrei Tarkovski

 

El Apocalipsis, el Libro de la Revelación, es tal vez la mayor composición poética que jamás ha sido creada en el mundo. Es inspirada desde las alturas. Es algo que abarca todas las leyes dadas al hombre desde lo alto. Sabemos que ha habido, de un tiempo para acá, varias controversias sobre diversas lecturas de ésta o aquella sección del Libro de la Revelación según San Juan. También nos hemos acostumbrado a que el Libro de la Revelación sea interpretado y esto es, a mi modo de ver, precisamente lo que no debería hacerse, porque me parece que no se presta a sí mismo para ser interpretado. No hay símbolos del Apocalipsis: son imágenes. Porque si un símbolo puede ser interpretado, una imagen no puede ser interpretada. Un símbolo puede ser descifrado; cierto sentido puede extraérsele—tal vez “fórmula” sea un término más adecuado— mientras que una imagen no es algo que se pueda comprender intelectualmente, es algo que puede ser percibido, intuido, experimentado.

Porque hay infinitas posibilidades de interpretación. Expresa un infinito número de posibilidades de conexión, de eslabones entre ella y lo absoluto. El Libro de la Revelación es el último eslabón en la cadena que relata la épica entera de la humanidad, la épica completa relatada en este libro, la Biblia.

Vivimos en tiempos muy duros y muy dolorosos y las complejidades de nuestro tiempo se vuelven aún mayores con cada año que pasa, aunque obviamente todos podemos pensar en periodos en que la llegada del Apocalipsis fue considerada como inminente: “Bendito es aquel que lee y aquellos que escuchan las palabras de la profecía, y guardan estas cosas que allí están escritas; porque el tiempo está cerca” (Rev. 1:3) —eso, no lo sabemos. Esto podría pasar mañana o suceder en el lapso de mil años y en este hecho es como encontramos un sentido completo a la idea del hombre obligado a tomar responsabilidad de su vida y de sus actos. Uno no puede concebir que el Libro de la Revelación se cree en un momento en que nuestro potencial está exhausto o cuando nuestro tiempo, en otras palabras, se ha acabado. Así que es imposible sacar cualquier conclusión del Libro de la Revelación sobre “el tiempo”.

Ustedes lo saben con seguridad, han notado que en el Libro de la Revelación hay muchísimas grandes figuras precisas, fechas precisas, periodos de tiempo; el número de los buenos está dado, el número de las víctimas está dado con gran precisión, pero para mí esto no tiene significado; es un sistema de imágenes. Es un sistema de imágenes que es, por así decirlo, no estable, y que es emocionalmente percibido e imaginado por el hombre. Claro que las cifras son muy importantes en nuestra concepción sobre el futuro del hombre y en el conocimiento del futuro del hombre. Pero estas son percibidas e imaginadas emocionalmente por el hombre. Para darles un ejemplo, aún de niño siempre me llamaba la atención y estaba impresionado por los detalles dados en Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; el hecho de que Robinson Crusoe llevara listas, que fuera terriblemente meticuloso sobre el número de objetos; la definición concreta a través de los números era muy importante para él.

Hemos sido, por decirlo así, materializados a través de los conceptos de tiempo y espacio. Y somos materializados, tal vez heridos; sólo somos reales a través de esos dos fenómenos, el primero de los cuales he mencionado. Somos muy sensitivos a estos dos fenómenos o categorías porque definen nuestro marco físico. El hombre es creado a imagen y semejanza de Dios. En otras palabras, tiene libertad de voluntad y tiene la habilidad para crear.

Últimamente —mejor, de un tiempo para acá— nos hemos estado haciendo esta pregunta: “¿No es el don creativo un don simple?” —y sin embargo para qué fingir tal pregunta cuando sabemos que todos tenemos al único Padre, ¿por qué tal pensamiento blasfemo? La respuesta es sencilla: porque en la crisis cultural que hemos experimentado durante los últimos cien años hemos llegado a la conclusión de que el artista puede arreglárselas sin conceptos espirituales; sin lo espiritual; y donde la creatividad (o el don de la creación) se ha convertido en algo instintivo. Después de todo, sabemos que ciertos animales tienen cierto sentido estético y son capaces de crear algo que tiene, en cierto sentido, un acabado, y apariencia convencional o forma. Por ejemplo, un panal —la cera creada por las abejas— eso tiene una forma. El hombre ha llegado a considerar el talento como algo que en su posesión, y que su don creativo no lo hace responsable —no le exige ninguna obligación a él. Allí es donde llegamos a la falta de espiritualidad que se consigue en tanto arte de nuestro tiempo. Y eso explica las preguntas que algunos de nosotros nos hacemos a nosotros mismos cuando decimos: “¿Tengo yo derecho a tal arte, a tal creación?” Y en ese momento, obviamente, no podemos estar satisfechos durante más tiempo con la actitud de tal artista o tal creador con su público, o de la respuesta de ese público a ese artista y a su creación. En ese momento el arte es consumo para ser vendidos o comprados. No necesito decirles que el cine que nació al final del siglo pasado y al comienzo de éste, está, para decirlo así, en la precisa frontera, en el punto más vulnerable de lo que he dicho, que realmente nació en el mercado y es llevado y traído en el mercado.

Recientemente estuve en el Museo del Vaticano; una enorme cantidad de sus salones están dedicados al arte religioso moderno —ustedes probablemente saben esto— sí, debe verse, claro está —es horripilante. Sí puedo entender por qué es tan horripilante, aunque debo decir que no puedo comprender por qué estos trabajos son exhibidos en las paredes del Museo del Vaticano, ¿cómo pueden alimentar a alguien que tenga fe? ¿Cómo pueden satisfacer a la Administración Católica? Me sorprende.

Todos vivimos en un mundo falible. El hombre nace libre —libre y sin temor—, pero nuestra historia no es sino una larga historia de intentos de refugiarse, cubrirse, escapar, escapar de la naturaleza, y esas condiciones hacen que nos acurruquemos el uno contra el otro. Nuestros contactos, nuestras relaciones entre nosotros, no suceden porque deseemos que sucedan, porque las queramos. No suceden porque anhelemos derivar placer de esas relaciones, sino porque estamos atemorizados. Nuestra civilización, nuestra cultura, es una cultura lamentable, falible, si es sobre eso sobre lo que construimos nuestras relaciones. La tecnología, todo el proceso tecnológico que acompaña a nuestra historia, sólo crea soportes, miembros artificiales para nosotros. Alarga nuestros brazos; agudiza nuestra visión; nos posibilita para movernos con extraordinaria velocidad, como si tuviera alguna importancia de principio. Nos movemos muchas, muchas veces más rápido de lo que lo hacíamos en el siglo pasado, pero no nos hemos vuelto más felices. Nuestra personalidad está ahora en conflicto con la sociedad. En lugar de desarrollarse de modo armónico, y por “armónico” me refiero tanto al plano espiritual como al material, nuestro desarrollo espiritual se ha retrasado tanto, que realmente hemos sido sumergidos por este proceso tecnológico y simplemente somos arrastrados por él. Ya no somos capaces de zafarnos de ese afán de procesos tecnológicos, ni siquiera si lo deseáramos. Y cuando nos encontramos con ese momento en que, para un posterior proceso tecnológico el hombre necesita abrir una nueva fuente de energía, la humanidad ya no era capaz de emplear esa energía. Moralmente, simplemente no podía hacerlo, no estaba preparada para usarla para su propio bien. Somos como salvajes que sencillamente no supieran qué hacer con un microscopio electrónico. Sí, podemos usarlo para derrumbar una pared, para clavar un clavo, es posible. Simplemente somos esclavos de un proceso que ya no estamos en capacidad de detener. Históricamente, hemos comenzado a confiar el uno en el otro tanto como somos capaces de confiar uno en el otro porque todo organizado para la sobrevivencia común. Tanto que cada uno de nosotros no toma más parte en la vida social, nos hemos escogido de ella como individuos. La masa, la colectividad, tiene algún tipo de sentido, pero el individuo, la individualidad del individuo, ya carece de sentido.

Abdicamos de aquello que nos fue dado, libertad de voluntad y responsabilidad. Ya no tenemos más la posibilidad de escoger, la capacidad de escoger. Por eso por lo que considero que nuestra civilización está errada. El pensador ruso e historiador Berdyaev hizo una afirmación muy sensible cuando dijo que en la historia de la “civilización” —llamémosla “civilización”— hay dos fases. La primera fase es la historia de la cultura cuando el desarrollo del hombre era básicamente armónico, cuando no había perdido su base espiritual, y la segunda fase es cuando encontramos la reacción en cadena de la incapacidad del hombre, el hombre que ha perdido su sentido de la responsabilidad, cuando las dinámicas de la acción ya no están más bajo su control. Entonces es cuando la sociedad pierde la cultura y entonces es cuando la cultura, que es armónica, se pierde y la civilización llega a lo suyo.

Como he dicho, el Libro de la Revelación es para mí una imagen del alma del hombre; el hombre, su responsabilidad, sus obligaciones, sus deberes. El hombre está viviendo en aquello que de hecho es el tema del autor de la Revelación, San Juan el Divino, y esto, sobre lo que es el Libro de la Revelación, es vivido y experimentado por todo hombre. Y nadie puede escapar a esta experiencia. Y por eso es por lo que podemos decir que en el último análisis la muerte y el análisis son iguales porque si la personalidad, el individuo, sufre o muere, o si por ejemplo cierto ciclo histórico llega al final y mueren millones, el hombre sólo puede visualizar en los límites del marco, dentro de aquellos conceptos que puede percibir, no puede ir más allá de lo que es comprensible para él. Permítanme recordarles aquí otro pasaje del Libro de la Revelación que habla de nuestra indiferencia, nuestra frialdad, nuestro conformismo: “Yo conozco tus obras, sé que no estás frío ni caliente; desearía que estuvieras frío o caliente. Entonces, porque estás tibio y no frío ni caliente te vomitaré de mi boca”.

En otras palabras: indiferencia hacia otros. Aquí, esta indiferencia, este ignorar a los otros es un pecado. Es igualado al pecado por los ojos del creador. Por el otro lado “Y entonces, por ende, a tantos como yo amo, yo regaño y castigo. Por lo tanto sé devoto y arrepiéntete”. En otras palabras, el hombre arrepintiéndose, o mejor diría, en estado de arrepentimiento es el comienzo del Camino. Llega a distintas personas de distintos modos, en momentos distintos. Tomemos a Dostoievski: se le considera un escritor religioso, un ortodoxo, que de hecho básicamente escribía sobre su propia búsqueda y su propia fe. Esto me parece más bien poco exacto: me parece que hizo estos tremendos descubrimientos, que narra, porque era en realidad el primer escritor en haber sufrido, en haber percibido todos los problemas de una pérdida de espiritualidad. Sus héroes sufren porque no pueden creer —desean creer pero han perdido la facultad o la capacidad de creer. Su conciencia se ha atrofiado. Dostoievski está volviéndose quizá más comprensible, más de moda precisamente porque los problemas de los que habla se tornan más y más comunes con cada año que pasa.

La cosa más difícil de todas es creer. No es fácil porque no podemos sólo simplemente esperar o confiar en la gracia. Claro, feliz el hombre al que le ha sido dado el don de la gracia, pero está muy lejos de cada uno de nosotros decir que posee ese don, el don de ser capaces de sentirnos libres, felices, y sobre todo, de deshacernos del temor. En el Libro de la Revelación todos estos problemas están contenidos de un modo realmente milagroso, y debería decir, mediante imágenes que abarcan todo un conjunto de problemas.

Finalmente, el Libro de la Revelación es una analogía sobre la fe, del destino—la fe del hombre que  no puede ser separado de su fe como individuo y como parte de la sociedad, del grupo, de la colectividad, de la  masa. Cuando la naturaleza viene al rescate y salva a una especia particular, la parte de la especie salvada por ella no experimenta esto como un drama; pero en tanto el hombre escoge su propio camino, su propia vía, por el don de la voluntad y la libertad de escoger que se le da, él no puede salvarlo todo. Sólo se puede salvar a sí mismo, pero porque puede salvarse a sí mismo, puede salvar a otros, y sólo por eso.

No sabemos lo que es el amor. Somos culpables de los más terribles pecados del rechazo a sí mismo. Nos negamos a nosotros mismos porque con frecuencia no entendemos lo que significa actualmente “amarse a sí mismo”. Tal vez incluso nos sentimos algo culpables de un concepto tal que porque malinterpretamos esto como “ámate a ti mismo” en el sentido de ser egoísta. Ese es un error. Porque el amor es sacrificio. Porque el hombre no percibe ni experimenta ni siente ese amor. Una tercera persona puede ver eso, es visible desde fuera. Ustedes claro que conocen las palabras “Ama a tu vecino como a ti mismo”. Amarse a sí mismo es el fundamento de tal sentimiento, es el criterio, es la medida. No sólo porque el hombre en ese momento ha tomado conciencia, se ha tornado consciente de sí mismo y del sentido de su vida: sino porque, ustedes lo ven, uno siempre tiene que empezar con uno mismo, ese es el comienzo. Para nada estoy diciendo que he logrado trasmitir todo aquello de lo que estoy hablando, estoy muy lejos de tratar de ponerme como ejemplo de esto, obviamente; al contrario, ¡considero que la mayoría de mis infortunios proviene del hecho de que no he seguido mi propio consejo! Las circunstancias son tan obvias que el resultado también es obvio. El resultado o fin al que  una aproximación defectuosa nos lleva, eso también es obvio. Sería errado considerar que el Libro de la Revelación sólo contiene en sí mismo una idea de castigo, o de retribución, me parece que lo que realmente contiene, por encima de todo, es esperanza. El tiempo se acerca, sí, de hecho, para cada uno de nosotros el tiempo está muy, muy a la mano. Pero, ¿para todos nosotros juntos? Nunca es demasiado tarde. Entonces sí, el Libro de la Revelación es un libro atemorizante para cada uno de nosotros individualmente, pero para todos nosotros juntos, como uno, ahí tenemos un libro de esperanza. El sentido de este mensaje contenido allí es uno de esperanza.

Esta dialéctica, el sentido que contiene se expresa mediante imágenes; como tal es para un artista una fuente de inmensa inspiración; tanto inspira al artista, que uno de hecho se sorprende de cuántos puntos de apoyo pueden encontrarse en él. En lo que atañe a la destrucción del tiempo y del espacio, la llegada de un nuevo orden, las palabras empleadas son de una casi insoportable belleza y majestuosidad. Por ejemplo, la desaparición del espacio: “Y las estrellas del cielo cayeron a la tierra, tal como la higuera lanza sus higos inmaduros cuando es mecida por un fuerte viento. Y el cielo se fue como un rollo cuando se lo enrolla. Y todas las montañas e islas fueron movidas de sus lugares”. Estas son las palabras majestuosas, del cielo que “se fue como un rollo cuando se lo enrolla”—no hay nada más bello para mí.

Y esto fue lo que sucedió cuando el séptimo sello fue roto. ¿Qué puede cualquier artista decir de las palabras en las que este pensamiento es expresado? ¿Cómo puede la misma idea ser de otro modo o mejor expresada? Y esto es lo que dice el Libro de la Revelación: “Y cuando Él (en otras palabras, cuando el Cordero) hubo abierto el séptimo sello hubo silencio en el cielo, como por espacio de media hora”. Y como dice un amigo mío: “Las palabras ya no son posibles.” Es una imagen, cuyo sentido es la ausencia de imagen.

El séptimo sello ha sido abierto. ¿Y qué sucede? Nada. Hay silencio. La ausencia de cualquier imagen aquí es la más poderosa “imagen”, si se me permite decirlo, que puede concebirse. Es un milagro. Es imposible que la imaginación lo conciba, lo aprehenda.

Una vez leí un libro que me gustó mucho y que me interesó en gran medida. Es un escritor americano de origen español, creo, un hombre llamada Castaneda. Escribió un número de libros bajo el título colectivo de Las enseñanzas de don Juan. Es realmente, en un sentido, su propia historia; la historia de un reportero que se sentó a los pies de y aprendió mucho de un mago mexicano. Es un libro asombrosamente interesante. Pero ni siquiera la historia misma es la cosa más importante, la idea es inmensamente importante. Hay ahora, para decirlo de este modo, la leyenda de que no hubo con certeza ningún mago, que todo fue cerrado, inventado, que Castaneda se lo inventó todo —no hubo mago, no hubo enseñanza o proceso de aprendizaje por medio del cual él quiso cambiar el mundo o al mago y sus métodos. Pero decir que él nunca existió, decir que no hubo mago, antes de simplificar toda la cuestión, de hecho la hace mucho más compleja. En otras palabras, si esto es inventado por un hombre y no es, para llamarlo así, verdad histórica, entonces en verdad es un milagro y de hecho es aún un mayor milagro que si hubiese tenido lugar en la realidad. Así, en otras palabras, mi pensamiento puede reducirse al hecho de que la imagen en el arte es siempre un milagro.

Y ahora una pocas palabras sobre “el tiempo”, de nuevo muy hermosas palabras: “Y el ángel que vi parado sobre el mar y sobre la tierra, elevó su mano hacia el cielo y juró por el que vive por siempre y siempre, que creó el cielo y las cosas que allí están, y la tierra y las cosas que allí están, y el mar y lo que allí está se encuentra, que no debería haber más tiempo.” Es una promesa, es una esperanza. Sin embargo, el misterio permanece, porque en el Libro de la Revelación queda un paisaje muy misterioso que es extraño en ese contexto del Apocalipsis. Aquí están esas misteriosas palabras: “Y cuando los siete truenos habían emitido sus voces, estaba a punto de escribir y escuché una voz del cielo decirme: ‘Sella esas cosas que los siete truenos dijeron y no las escribas’.”

¿Qué fue lo que San Juan el Divino nos ocultó? ¿Y por qué nos dijo que nos había ocultado algo? ¿A qué se refieren estas misteriosas, extrañas palabras? ¿Hay alguna especie de momento de ruptura entre el Ángel y San Juan el Divino? ¿Qué es lo que el hombre no debe saber? Y, sin embargo, el sentido de todo el libro es que el hombre debe saber.

Puede ser el concepto mismo del conocimiento, del conocimiento que nos hace infelices. Y recuerden que el conocimiento multiplica nuestras miserias y tristezas. ¿Era nuestro destino lo que debía sernos ocultado? Tal vez el preciso momento en que ese destino llega a producir frutos. Ciertamente no desearía vivir con una exacta profecía de lo que la vida me tiene guardado. En ese momento,  la vida perdería todo significado. ¿Si sé que me espera, qué sentido hay en ella? Está claro, estoy hablando de mi propia fortuna, de mi propio destino. Hay algo de inmensa nobleza en estas palabras, ante las que el hombre se sitúa como un niño, un niño que es al mismo tiempo totalmente vulnerable, indefenso y sin embargo está protegido. Ha sido hecho de tal modo que nuestro conocimiento deba ser incompleto, para que no manchemos la eternidad, y para dejarnos la esperanza, porque en ignorar hay esperanza. No saber, hay nobleza en esto. Saber, el conocimiento, es vulgar, barato. Y por lo tanto la esperanza que hallamos expresada en el Libro de la Revelación es una preocupación, la preocupación que habita cada frase. Me da mucha más esperanza que causas de temor.

Y ahora me hago a mí mismo una pregunta: ¿Entonces qué debo hacer? ¿Qué debo hacer habiendo leído el Libro de la Revelación? Claro que ya no soy lo que era antes. Ya no puedo ser lo que era antes, no sólo porque he sido profundamente alterado, sino porque se me ha dicho que, sabiendo lo que ahora sé, estoy llamado a, estoy obligado a cambiar. Y comienzo a pensar que el arte al que me dedico es solo posible cuando no me expreso a mí mismo, sino que se carga a sí mismo con lo que yo puedo recibir de otros. El Arte se convierte en un pecado, es pecaminoso si lo empleo para mis propios intereses, para mis propios fines. Y sobre todo, ceso de ser de algún interés para mí mismo. Tal vez ese es el inicio, ese tal vez es el momento en el que “El Amor mismo” comienza.

Andréi Arsényevich o Arsénievich Tarkovsky o Tarkovski. (Moscú, 1932 - París, 1986). Director de cine ruso. Irrumpió en el panorama cinematográfico internacional en 1962 con su primer filme, La infancia de Iván, vencedora en el festival de Venecia. Director poco prolífico, cuatro años después filmó la que es considerada su obra maestra, Andrei Rublev, secuestrada por el régimen soviético. Su permanente preocupación por el estrecho espacio concedido a la faceta espiritual del hombre en la sociedad moderna le llevó a adaptar cinematográficamente obras clásicas de la ficción especulativa, como Solaris(1972) y Stalker (1979), títulos ambos de fuerte empaque visual y pausado desarrollo. Su último filme, Sacrificio (1986), fue tal vez el trabajo en que Tarkovski abordó sus habituales inquietudes filosóficas de modo más diáfano, valiéndose para ello de un lenguaje narrativo y visual sumamente expansivo, con larguísimas secuencias.

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