Los Mayores: poemas de Blas de Otero

 

 

Estos poemas aparecen publicados en Alforja. Revista de Poesía, número XXV, verano 2003.

 

 

 

 

 

Blas de Otero (1916-1979)

Selección de poesía

 

 

Soledad

 

Cuerpo de Dios ardido en llama oscura

por los espacios solos se derrama,

y yo tambie´n, oh Dios, oscura llama

soy, en el árbol de tu sombra pura.

 

Árbol de Dios, oh sí, arboladura

hundida al fondo donde el hombre ama;

y, desde allía, mortal, eterna, clama,

reclama, sueña eternidad y altura.

 

Mira, Señor, si puedes comprendernos,

esta angustia de ser y de sabernos

a un tiempo sombre, soledad y fuego.

 

Mira, Señor, qué solos. Qué mortales.

Mira que, dentro, desde ahora, luego,

somos, no somos —soledad— iguales.

 

 

 

Cara a cara

 

Enormemente herido, desangrándome,

pisando los talones de la muerte,

vengo, Dios, a decirte —si no a verte—

mi inmensa sed, mi sed de ti: ahogándome.

 

me arrojo en tu silencio, a tientas ando… Me

apartas, pegas con tu brazo fuerte

contra mi fe. No finjas defenderte:

¿no ves que tanta fiebre está enfermándome?

 

Enormemente terco, insisto, grito

contra tu noche: no sé ya qué hacer,

abro, cierro los ojos; pongo, quito

 

trabas al sueño. Oh Dios, si aun no estoy muerto,

mátame con tu luz: ¡te quiero ver,

necesito dormir —morir— despierto!

 

 

 

Muerte en el mar

 

Si caídos al mar, nos agarrasen

de los pies y estirasen, tercas, de ellos

unas manos no humanas, como aquellos

pulpos viscosos que a la piel se asen…

 

Ah, si morir lo mismo fuese: echasen

nuestros cuerpos a Dios, desnudos, bellos,

y sus manos, horribles, nuestros cuellos

hiñesen sin piedad, y nos ahogasen…

 

Salva, ¡oh Yavé!, mi muerte de la muerte.

Ancléame en tu mar, no me desames.

Amor más que inmortal. Que pueda verte.

 

Te toque, oh Luz huidiza, con las manos.

no seas como el agua, y te derrames

para siempre, Agua y Sed de los humanos.

 

 

 

En el principio

 

Si he perdido la vida, el tiempo,

todo lo que tiré como un anillo al agua.

Si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

 

Si he sufrido la sed, el hambre,

todo lo que era mío y resultó ser nada.

Si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.

 

Si abrí los ojos para ver el rostro

puro y terrible de mi patria.

Si abrí los labios hasta desgarrármelos,

me queda la palabra.

 

 

 

Los muertos

 

La sangre – nuestros muertos- se levanta

con el humo del pueblo silencioso;

en la sombra del río, aún más hermoso,

el chopo antiguo, al contemplarse, canta.

 

Archivando la luz en la garganta,

vuela, libre, el insecto laborioso.

Alto cielo tallado: luminoso

cristal donde la rosa se quebranta.

 

Es nuestro ayer, nuestro dolor sin nombre,

retornando, de nuevo, su camino;

futuro en desazón, presente incierto,

 

sobre el hermoso corazón del hombre.

Como una vieja piedra de molino

que mueve, todavía, el cauce muerto.

Blas de Otero (Bilbao, 1916 – Madrid, 1979) Poeta español. Su obra, que parte de la angustia metafísica para desembocar en lo social y testimonial, es una de las más importantes de la lírica de posguerra, y un ejemplo del llamado “exilio interior” que caracterizó a buena parte de la resistencia contra el franquismo ejercida desde la propia España. Educado con los jesuitas, estudió Derecho en Valladolid y Filosofía y Letras en Madrid. En 1951, a raíz de un viaje a París, ingresó en el Partido Comunista. Vivió largos períodos en Francia y en Cuba. Sus primeros poemarios pusieron de manifiesto sus inquietudes religiosas. En Cántico espiritual (1942), la influencia de los místicos españoles se expresó a través de una fe inquebrantable, pero ya en Ángel fieramente humano (1950) predominó el conflicto metafísico, con exasperados diálogos con Dios en los que se alternan la súplica dolorida y un sombrío nihilismo. A partir de Redoble de conciencia (1951) el grito de angustia individual se proyectó en lo universal, y reflejó el horror provocado por los conflictos bélicos acaecidos en España y Europa. Posteriormente apareció Ancia (1958), título formado con la primera y la última sílabas, respectivamente, de los dos volúmenes anteriores, donde se incluyeron bastantes poemas inéditos. Ancia es quizá la mejor parte de su obra: poesía bronca y “desarraigada” (en calificación de su prologuista Dámaso Alonso), de imprecación religiosa y de intensa desolación existencial; expresión asimismo de una poderosa energía verbal, con predominio de formas clásicas (en especial el soneto), agresiva imaginería y juegos conceptistas, coexistencia de niveles léxicos dispares (culto, coloquial), hábil recurso a la armonía imitativa, empleo del collage. Esta lengua poética singularizará siempre su poesía, a pesar de los cambios.

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