Poemas de Francisco Trejo

ATAVISMOS DE LA LUZ

 

Nací primero en las ideas de mi madre;

antes de ser cuerpo y llanto,

en su mente juvenil

fui un fósforo, una luciérnaga,

una pizca de sal

o quizá algo más grande: un nido

en el cedro encorvado

de su melancolía,

un cenzontle

en la elevada ilusión de su ramaje.

Después vinieron

otros instantes de la luz:

los menos claros, los «a medias».

Nací, por ejemplo, la vez que mi padre

se fue de casa

y venció, al salir, los vidrios

del cuarto a oscuras

que era yo

en el sueño del útero materno.

Alguna vez nací del sótano de madre,

y al emerger, con los dedos del sol

fui bautizado

para nacer de nuevo en tres sonidos:

«Francisco», como papá,

el ausente de mis ojos

y los de mi madre

—los más negros por fuera,

teñidos por el mundo,

y más azul cobáltico por dentro

desde donde pude contemplarlos

en el instante de ser

el agua oculta de sus lágrimas—.

Pero nací, sobre todo,

aunque me falten hoy pedazos,

cuando mi padre atravesó,

vuelto magma, la carne de mi madre;

porque es lumbre su cuerpo

—abrupta, incontenible—

y su recuerdo un ardor

que hace crepitar mi boca

al nombrarlo

desde mi remota condición

de leño quebradizo.

 

 

 

SUMARIO DE LOS CIEGOS

 

Madre, mi edipismo consiste

en arrancarme los ojos

para nunca ver el aspecto de tu muerte.

Pero si no he de hacerlo,

si he de mirarte

en otra realidad que no es la del poema,

entonces cubriré mi rostro con las manos

—cortinas que ocultan la escena de la noche—

y dejaré abiertos mis oídos

por si dices algo, tus últimas palabras,

que he de guardar

como guardaron las aves

en su trino

la primera palabra

de Dios sobre la tierra.

 

 

 

CARTA DESHECHA EN EL MAR DEL REMITENTE

 

Aquel rosal, padre,

que sembraste en la orilla del patio

creció más que cualquier niño de la casa.

Eran majestuosas sus flores de sangre:

la tuya misma, en brote

por las estaciones de plomo

que nos despetalaron con indiferencia.

Pero mamá fue astuta:

fue, frente a sus hijos,

el Ladón rebelde de su cobardía.

Ella cortó, una mañana de pájaros dormidos,

cada tallo espinoso, cada suspiro amargo,

y desenterró la madeja de raíces.

En el hueco de la tierra, en esa herida

fértil del rosal,

trasplantó los pies de sus tres niños.

Tiempo después, los que fuimos estacas

cambiamos con premura:

crecieron nuestros cabellos y nuestras ideas,

nuestras manos y nuestras voces

en palabras

como una nueva raíz expandida por el aire.

Armando, el más pequeño,

se fue a la guerra

porque siempre tuvo las armas

en el nombre.

Marisol, con el mayor de los tres cuerpos

que soy, como Gerión de las Gadeiras,

siguió a Armando por las aguas:

tiene un ancla en el corazón

que ha de lanzar al mar

cuando termine de encontrarte,

más allá de los vientos y los cantos de sirenas.

—En el fondo, ambos hermanos te buscan

desaforados, cansados de no dormir

para ver las crestas de tus barcos a lo lejos—.

Y en medio de ellos, yo,

del brazo de mi madre

con quien sigo esperando tu retorno

y abonando el hueco del rosal

(la pureza de la infancia),

para que siembres el amor

como semillas de amaranto y de café,

porque tanta hambre

y sed de ti

tendremos hasta que el mar se detenga

frente a la montaña

y sea éste

el que se parta en dos

para drenar

las espumas del silencio.

Será posible gritar, hasta entonces,

nuestro vuelo de pelícanos

contenido por años

en un gesto de estatuas

con las alas abiertas y los ojos en el cielo.

 

 

 

BOCA CERRADA

 

La soledad me cosió los labios, desde niño,

por eso escribo estos pasajes, a manera de reconvenciones,

como si hablara por las bocas

                                                        de todas mis heridas.

 

 

 

OJOS DE PÁJARO

 

No me conozco,

salvo las veces

que puedo mirarme

a distancia

como un Ícaro

que se refleja en el mar

y no se desploma

porque el sol perece

o porque visten

sus brazos

buenas plumas,

sino porque oye

en el aire

el eco de su trino

impostado

y observa sus alas,

colosales y ficticias,

desde el antifaz de un pájaro

que olvida la apariencia

de su rostro

sobre el agua

y atesora las mentiras

que le sirven

para dar un aleteo.

 

 

 

COMO TORSO DE BELVEDERE

 

Tengo esto: algunas letras para retratarme

y no pasar la vida «sin decir» en la antesala de la muerte.

 

Diré que —más allá de mi cabello sin forma,

de los élitros torpes de mis labios,

de mi frente alta como mirador sin estrellas

y mi nariz fracturada por el desasosiego,

incluso más allá de mi estado hipocondriaco

y del alcatraz oscuro que podo en la poesía—,

quise ser un hombre completo

en la boca del mundo que todo lo mastica.

 

Las palabras también son un pasillo en silencio

donde se exhiben las mutilaciones que celebra nuestra especie.

 

 

 

TÁLAMO DE LEDA

 

¿Quién eres?,

me pregunta el hijo de la bibliotecaria,

el pequeño fisgón

al que le envidio sus seis años de pureza.

 

¡Qué pregunta!, me digo,

y me interno en el tomo de mi vida:

 

Si supiera que soy el que escribe lánguido de dudas

a falta de un dios que abrace más al hombre.

 

El que no regresa a Ítaca

porque halló su casa en los remos del viaje.

 

El que usa las sandalias de Hermes para volar

y arrancarse del mundo como costra de carne lacerada.

 

El que escucha la música de Orfeo

para no voltear atrás cuando irrumpe la alegría.

 

El que derrama sus lágrimas en la rivera

porque escucha crepitar la carne de Patroclo.

 

El que viaja con los mirmidones

para henchirse de valor como la vela oscura de su nave.

 

El que miró resquicios en el iris de Medusa

y se convirtió en piedra a los catorce años.

 

El que busca respuestas en la mitología

y se descubre bicorne en su propio laberinto.

 

El que ve los hilos de su sangre en los dedos de Ariadna

y presiente oscura su salida.

 

El que pide flores y no monedas

para las larvas de sus ojos, al momento cerrado del capullo.

 

El que al fin,

transformado en cisne,

                                pretende fecundar a Leda, la poesía.

 

 

 

NACER ES OFICIO

 

Ay de mi angustia: haber nacido.

Y pensar que la poesía

es también un constante nacimiento,

un venir aquí, desnudo y sin dientes,

un germinar trémulo y solo,

                        una búsqueda de abrigo.

 

 

 

SUEÑERA

 

La muerte está dormida en mi pecho

                                      —y mi canto es su sueño recurrente.

Francisco Trejo nació en la Ciudad de México en 1987. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, la Especialización en Literatura Mexicana del Siglo XX y la Maestría en Literatura Mexicana Contemporánea en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Rosaleda (Rojo Siena Editorial, 2012), La cobija de Ares (Editorial Praxis, 2013), El tábano canta en los hoteles (Gobierno del Estado de Guerrero/CONACULTA/Ediciones Monte Carmelo, 2015), Epigramas inscritos en el corazón de los hoteles (El Ángel Editor, 2017), Canción de la tijera en el ovillo (Universidad Central del Valle del Cauca, 2017), De cómo las aves pronuncian su dalia frente al cardo (Norte/Sur, 2018), Balada con dientes para dormir a las muñecas (Sangre Ediciones, 2018) y Penélope frente al reloj (El Ángel Editor, 2019) son sus libros publicados hasta ahora. Entre otros reconocimientos, obtuvo el VI Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2019. Algunas muestras de su obra están incluidas en diferentes antologías, como la Antología general de la poesía mexicana. Poesía del México actual. De la segunda mitad del siglo xx a nuestros días (Océano, 2014), entre otras. Ha participado en diferentes encuentros de poesía, nacionales e internacionales. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en el rubro de poesía, generación 2014-2015.

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