Diótima. Encuentro Nacional: Poemas de María Vázquez Valdez

Presentamos la serie Diótima en la cual publicamos algunos poemas de María Vázquez Valdez invitada al Segundo Encuentro Nacional de Poesía a realizarse los días viernes 17, sábado 18 y domingo 19 de mayo en la Biblioteca General del H. Congreso de la Unión, en el Centro Cultural de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, y en el Museo Nacional de las Culturas del mundo, respectivamente.

 

María Vázquez Valdez leerá:

 

Sábado 18 de mayo, 13 horas

Centro Cultural de la Secretaría de Hacienda y Credito Público

República de Guatemala 80, Centro Histórrico

Fotografía: Libreria City Lights San Francisco

 

Clausura

Domingo 19 de mayo

Presentación del libro “Poesía Poetas” (La Herrata Feliz/MarEs Decierto, 2019)

Museo Nacional de las Culturas del Mundo

Moneda 13, Centro Histórico

 

MARÍA VÁZQUEZ VALDEZ

 

 

EPIFANÍA

 

Crece la claridad

entre la bruma que se disipa,

como un gorrión entre tormentas

que se levanta,

vela en la marea,

semilla minúscula

que contiene al mundo,

en espera ardiente

y en silencio.

 

Un latido musita sobre los goznes

empolvados de tantos días,

hoguera esperando el fuego.

 

Un tambor anuncia el regreso,

y el cuerpo vuelve a la sintonía

para que la piel se abra

a la llama que ondea

como un corazón abierto.

 

Vuelve el sol al cuerpo,

fuego líquido que se esparce,

revelación

               limpieza

curación

para dar forma al viento,

dar voz, dar las claves

de los universos escondidos

                                                   dentro

cerraduras hacia el vórtice

del que procede toda forma,

todo signo.

 

Vuelve el sol

para insertarse en su sitio,

magma con voluntad alta,

vuelo de claridad

entre la bruma que se disipa.

 

 

*Poema publicado en el libro: Kawsay. La llama de la selva, The Operating System, Nueva York, 2018, 114 pp.

 

 

 

CAMINO DEL INCA

 

Madre de piedra, espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

Pablo Neruda, Alturas de Machu Picchu

 

I

 

Soy ceniza en carne

                  movimiento húmedo aquí dentro

Soy silencio entre mis pasos

                   espiral sobre las rocas incas

                                         uno tras otro

                                                            mis pasos

pequeños niños en tormenta

                   sobre las rocas incas

                                                         mis pasos

Hay una nube inalcanzable para mi sangre,

                   la silueta más baja para mis huellas

                   (Mi corazón golpea contra sí mismo)

La nieve ya cubre esas alturas

                   y la marea entre mis huesos abre una fugaz compuerta hacia la muerte

Soy de granos de azúcar,
receta sencilla en estos hornos luminosos

                                     canto desmayado entre las piedras

(Mi corazón golpea contra sí mismo,

cazador solitario perdido en un pantano)

 

 

II

 

Termina la escalera alta con la tarde

                  caída en el seno de las montañas

Mi frágil cuerpo

                                    mis pulmones caen también
a la compuerta de las estrellas

Algo de este navío arribó trastornado,
el calor se dislocó

                       y mi aliento es un pájaro que cayó del nido

Cuando logro levantarme

                                       mi rostro es el monitor desajustado de un avión en pleno vuelo.

 

 

III

 

La nieve allá tan alto sorbida por las águilas
es una ciudad translúcida para la piedra

La nieve alcanzada

                                    por la sierpe del camino

Subo en la ancestral escalera hasta ser inercia,

                  ya no soy

                                    ya no estoy más que en el camino

La belleza desciende vestida de ocres

                   hasta ser laguna

montañas arropadas de nubes

                    águila y colibrí

Ya no soy más que este camino

                     altivo y escarpado,

templo de grandeza y de portento

                                      ya no estoy.

 

 

*Poema publicado en la plaquette: Estancias, LunArena/Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2004, 21 páginas.

 

 

 

SAN FRANCISCO

 

Hay algo de pequeño

              y de grande,

algo de escarpado

             y de quietud

en esa montaña que es avenida,

en esa cumbre que mira altiva

al agua recostada

en un azul

caído del cielo.

 

Hay algo de antiguo

          y de recién nacido,

umbral

y generosa mirada

hacia la tierra

que germina en coyunturas.

 

El firmamento

está surcado de edificios,

las calles se enjoyan

con los frutos onerosos

de la moda al mejor postor.

 

Pero tanto brillo

no disimula el hedor

de una mujer negra

vestida con harapos

que apenas cubren

cuarenta años

de soledad torturada,

adolorida.

 

Tantos significados

en una sola de las obras

de arte del MoMA

no confortan a ese hombre blanco

y a sus sesenta años

recargados en la pared

de una esquina transitada,

con el pie derecho destrozado

bajo los vendajes improvisados

de una pérdida,

sosteniendo la mirada

descarapelada

en la desesperanza

de un ayer marchito

en el mañana inmóvil.

 

Esas cumbres orgullosas

del hotel más caro de la ciudad

no alivian a esa anciana

carcomiendo flemas,

mendigando sobras,

ahuyentando sombras

sobre su regazo roto,

perdida en el viento frío

que corta como navaja

en todas las esquinas.

 

Ese edificio ostentoso

que se proclama

Museo del Helado

no endulza ni un instante

a la joven madre musulmana

en la estación del BART,

que suplica desesperada

por un mendrugo

junto a sus pequeños hijos,

para quienes un helado

es gloria inalcanzable.

 

Pero hay algunos destellos

que se mantienen firmes

frente al vendaval

de los rostros sumidos

en los celulares,

ausentes de sí mismos

y de los despeñaderos.

 

Ciertas esquinas afortunadas

mantienen encendida su luz

de faros en medio de la tormenta,

resquicios que hierven de potencia,

hogueras indelebles

de palabra

y de milagro.

 

 

San Francisco, California

Septiembre de 2018

 

 

 

DIEZ DÍAS

 

En un desnudo

cuarto de madera

está lo que ya no tengo

 

En medio de la selva amazónica

vine a encontrar lo que soy

y a dejar lo que nunca

he tenido

 

Esta orilla del mundo

no conoce la electricidad,

la luz aquí es real,

y un silencio exuberante

hierve de        verdes,

envuelve una médula de carne

que es bañada por el río,

claro como un bocado

de nieve derretida,

cantando ondinas

de espuma

 

En esta selva

se alzan las ceibas

absortas en el misterio,

enredando lianas,

describiendo signos,

lanzando su bendecida soga

hacia los muertos

hacia mí

 

En este cuarto de madera

una vela humilde me ilumina,

una cama pequeña me arropa

y una hamaca mece al amanecer

 

Nada más y tanto,

tan sólo y suficiente

 

Aquí los apegos se desvanecen,

la frugalidad

—suculenta—

se pone al centro del cuerpo

que durante diez días

no comerá ni usará químicos,

no pronunciará palabras

 

Un himno

comienza a alzarse humilde

para pedir un destello,

y lo no ingerido

se suma a lo incorpóreo

y comienza a refulgir

 

La inmovilidad conjura lo real,

diluye la ilusión,

quiebra los turbios espejos

que esconden

lo que es

 

Silencio y ayuno llenan los vacíos,

huecos desbordados

de miseria inexistente

 

Gotas de luz

florecen

en un tibio aroma

de canto

y firmamento.

 

 

*Poema publicado en el libro:

Kawsay. La llama de la selva, The Operating System, Nueva York, 2018, 114 pp.

 

 

 

TOMBEAUX SAADIENS

 

No sabiendo los oficios los haremos con respeto.

Para enterrar a los muertos como debemos

cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.

 

León Felipe, Romero solo.

 

Nos paramos sobre tumbas

y no importa

no importan los muertos

destiñéndose en los últimos rastros

de belleza

donde sus alcobas brillan mortecinas

tras la caída de todos los siglos

en la nada.

 

Nos paramos sobre tumbas

como sobre cualquier mosaico,

cualquier rasgo de crudeza

se confunde con el suelo,

con un fragor oscuro que todo lo circunda

aunque sea tibio el resplandor de las tardes,

fugaz en ese fragor que se vierte

entre los huesos

 

para habitar las tumbas,

para que las pisemos luego

como si fueran sombras.

 

Tombeaux Saadiens, Marrakech

Noviembre de 2009

 

 

 

ANTÍPODA

 

Majestuosa,

la India tiene la altivez

de la Diosa entre los dioses,

viva como llama incandescente

danza en la perfección de sus templos,

en la profundidad de sus cantos

 

Un libro sagrado toda ella

pautado por masacres y profetas,

anhelo que aún duele

en escisiones violentas de la sangre

 

Rito al rojo vivo,

India fermentada,

dolor cauterizado

entre nubes de sándalo

en ferviente ofrenda

sobre un río iluminado

 

Antípoda de sí misma

la India me despide

con hálito agridulce

 

Mi corazón ha navegado

por altos palacios blancos,

hermosas cámaras funerarias

y ceremonias que erigen templos

evanescentes

fugaces templos de cuatro mil años

cada noche sobre el Ganges

 

Y este mismo corazón

también se ha sentido avergonzado

ante la miseria de barracas insondables

 

Un incomprensible sentido

de pérdida y ganancia

me remueve los cimientos,

como si allá en el fondo

hubiera presenciado la orilla

donde la majestad y la miseria

se eslabonan

 

Me llevo un silencio ensordecedor:

el encuentro de mausoleos sobrios

e impensables

con el ruido violento de calles

entre feroces dentelladas de pobreza

 

Pero sobre todo me llevo

el dulce abrazo que sentí

en los ojos de tanto desconocido,

la nobleza apenas perceptible

de un espíritu infantil constante,

un toque apenas de dulzura,

un soplo apenas,

un abrazo

 

Aquí me he caído hasta lo alto

y me he levantado hacia lo hondo

abrazando la sencillez de lo sagrado,

tocando de cerca

el dolor de heridas abiertas

 

Al despedirme arde el alma

con fuego sutil y violento,

agridulce fuego,

triste, enamorado fuego

de estos vientos,

tierno, agradecido

—tan agradecido— fuego.

 

 

Delhi, India

6 de enero de 2011

 

 

 

DANZA

 

Una llamarada ondulante

levanta los huesos,

urna del corazón

para acercarlo al cielo

 

Espigas se abren en las manos

y los pies danzan

sobre el amor,

alrededor de él,

               tesoro inaudito

 

Todo surge en alabanza

hasta alcanzar los cálidos filamentos

               de lo infinito.

 

 

*Poema publicado en el libro:

 

Kawsay. La llama de la selva, The Operating System, Nueva York, 2018, 114 pp.

María Vázquez Valdez. Poeta, editora, periodista y traductora mexicana nacida en Zacatecas. Es autora de diez libros publicados, entre ellos los poemarios Caldero (1999), Estancias (2004) y Kawsay. La llama de la selva (publicado en la Ciudad de México en 2016 y en Nueva York en 2018). También es autora de Voces desdobladas / Unfolded voices (libro bilingüe de entrevistas, 2004), Estaciones del albatros (ensayos, 2008), y de cinco libros de arte para niños y jóvenes.

Ha traducido del inglés al español cinco libros de la escritora estadounidense Margaret Randall: Dentro de otro tiempo: reflejos del Gran Cañón (2006), Testigo de Piedra (2011), La Llorona (2015), El Rizoma como un campo de huesos rotos (2017) y 12 Poetas. Antología de nuevos poetas de Estados Unidos (2017). También ha publicado la traducción de otros poemas de dicha autora en Estados Unidos, Cuba y Brasil.

Ha recibido becas y apoyos del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), del Fideicomiso para la Cultura México-Estados Unidos y de la Secretaría de Cultura de México. Se ha desempeñado en diversos medios y proyectos editoriales de México y otros países como fotógrafa, periodista y editora, y textos y poemas suyos se han incluido en libros y antologías de varios países. Ha sido parte del equipo editorial de la Academia Mexicana de la Lengua.

Estudió la licenciatura en periodismo y comunicación, la maestría en diseño y producción editorial y el doctorado en teoría crítica. Actualmente colabora en varios proyectos artísticos, académicos y culturales, desarrolla el proyecto independiente MarEs DeCierto Ediciones, y es directora de las bibliotecas Legislativa y General del Congreso de la Unión.

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