Un poema de Pablo Neruda: Oda a Federico García Lorca

 

 

Pablo Neruda

 

Oda a Federico García Lorca

Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,

si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,

lo haría por tu voz de naranjo enlutado

y por tu poesía que sale dando gritos.

 

Porque por ti pintan de azul los hospitales

y crecen las escuelas y los barrios marítimos,

y se pueblan de plumas los ángeles heridos,

y se cubren de escamas los pescados nupciales,

y van volando al cielo los erizos;

por ti las sastrerías con sus negras membranas

se llenan de cucharas y de sangre,

y tragan cintas rojas, y se matan los besos,

y se visten de blanco.

 

Cuando vuelvas vestido de durazno,

cuando ríes con risa de arroz huracanado,

cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes,

la garganta y los dedos,

me moriría por lo dulce que eres,

me moriría por los lagos rojos

en donde en medio del otoño vives

con un corcel caído y un dios ensangrentado,

me moriría por los cementerios

que como cenicientos ríos pasan

con agua y tumbas,

de noche, entre campanas ahogadas:

ríos espesos como dormitorios

de soldados enfermos, que de súbito crecen

hacia la muerte en ríos con números de mármol

y coronas podridas, y aceites funerales:

me moriría por verte de noche

mirar pasar las cruces anegadas,

de pie y llorando,

porque ante el río de la muerte lloras

abandonadamente, heridamente,

lloras llorando, con los ojos llenos

de lágrimas, de lágrimas, de lágrimas.

 

Si pudiera de noche, perdidamente solo,

acumular olvido y sombra y humo

sobre ferrocarriles y vapores,

con un embudo negro,

mordiendo las cenizas,

lo haría por el árbol en que creces,

por los indios de aguas doradas que reúnes

y por la enredadera que te cubre los huesos

comunicándote el secreto de la noche.

 

Ciudades con olor a cebolla mojada

esperan que tú pases cantando roncamente,

y silenciosos barcos de esperma te persiguen,

y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,

y además caracoles y semanas,

mástiles enrollados y cerezos

definitivamente circulan cuando asoman

tu pálida cabeza de quince ojos

y tu boca de sangre sumergida.

 

Si pudiera llenar de hollín las alcaldías

y, sollozando, derribar relojes,

sería para ver cuándo a tu casa

llega el verano con los labios rotos,

 

llegan muchas personas de traje agonizante,

llegan regiones de triste esplendor,

llegan arados muertos y amapolas,

llegan enterradores y jinetes,

llegan planetas y mapas con sangre,

llegan buzos cubiertos de ceniza,

llegan enmascarados arrastrando doncellas

atravesadas por grandes cuchillos,

llegan raíces, venas, hospitales,

manantiales, hormigas,

llega la noche con la cama en donde

muere entre las arañas un húsar solitario,

llega una rosa de odio y alfileres,

llega una embarcación amarillenta,

llega un día de viento con un niño,

llego yo con Oliverio, Norah,

Vicente Aleixandre, Delia,

Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco,

la Rubia Rafael Ugarte,

Cotapos, Rafael Alberti,

Carlos, Bebé, Manolo Añtoaguirre,

Molinari,

Rosales, Concha Méndez,

y otros que se me olvidan.

 

Ven a que te corone, joven de la salud

y de la mariposa, joven puro

como un negro relámpago perpetuamente libre,

y conservado entre nosotros,

ahora, cuando no queda nadie entre las rocas,

hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:

¿para qué sirven los versos si no es para el rocío?

 

¿Para qué sirven los versos si no es para esa noche

en que un puñal amargo nos averigua, para ese día,

para ese crepúsculo, para ese rincón roto

donde el golpeado corazón de hombre se dispone a morir?

 

Sobre todo de noche,

de noche hay muchas estrellas,

todas dentro de un río

como una cinta junto a las ventanas

de las casas llenas de pobres gentes.

 

Alguien se les ha muerto, tal vez

han perdido sus colocaciones en las oficinas,

en los hospitales, en los ascensores,

en las minas,

sufren los seres tercamente heridos

y hay propósito y llanto en todas partes:

mientras las estrellas corren dentro de un río interminable

hay mucho llanto en las ventanas,

los umbrales están gastados por el llanto,

las alcobas están mojadas por el llanto

que llega en forma de ola a morder las alfombras.

 

Federico,

tú ves el mundo, las calles,

el vinagre,

las despedidas en las estaciones

cuando el humo levanta sus ruedas decisivas

hacia donde no hay nada sino algunas

separaciones, piedras, vías férreas.

 

Hay tantas gentes haciendo preguntas

por todas partes.

Hay el ciego sangriento, y el iracundo, y el

desanimado,

y el miserable, el árbol de las uñas,

el bandolero con la envidia a cuestas.

 

Así es la vida, Federico, aquí tienes

las cosas que te puede ofrecer mi amistad

de melancólico varón varonil.

Ya sabes por ti mismo muchas cosas,

y otras irás sabiendo lentamente.

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