La lengua de los mozárabes

 

 

Este capítulo forma parte del libro Los 1 001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre (Fondo de Cultura de Económica, 2018), pp. 108-112 mismo que puede adquirirse en este enlace:

https://elfondoenlinea.com/Detalle.aspx?ctit=009130R

 

 

 

La lengua de los mozárabes

 

Antonio Alatorre

 

El alud de arabismos, que no afectó la estructura fonética ni sintáctica de las lenguas iberorromances, y que ni siquiera en cuanto al vocabulariorio las volvió “irreconocibles” como hijas del latín, dejó también a la estructura del romance hablado por los mozárabes, y de manera eliminó su fondo patrimonial. La fonética, la gramática y el básico de los mozárabes son continuación del latín visigótico, de la lengua “general” de Hispania a comienzos del siglo VIII, en el momento la invasión de los moros. Indirectamente, sin embargo, el dominio musulmán influyó en las peculiaridades del habla mozárabe.

Consideremos lo que ocurría en el siglo XI. La milad sur de la península seguía siendo árabe y, por consiguiente, no había comunicación entre los hispanohablantes del sur y los del norte. A semejanza hablas romances del norte, también las hablas mozárabes mostraban seguramente diferencias dialectales (no ya entre Évora y Zaragoza, entre Évora y Toledo, entre Córdoba y Murcia, entre Zaragoza y Valencia), pero en comparación con las del norte, eran más conservadoras, a causa justamente de su aislamiento. Justamente en el siglo XI, se inició en los reinos del norte la reforma cense, que europeizó y modernizó la liturgia. A los mozárabes llegó esa reforma: en sus iglesias había ritos, ornamentos, ceremonias, textos y melodías que venían de los tiempos visigóticos, y era tal el amor a ese rito mozárabe que, al ser reconquistada Toledo por los castellanos, la población consiguió que no se le cambiara por el rito romano. El “instinto de conservación” operaba evidentemente en el habla mozárabe cada vez que había un primer contacto con las otras hablas romances. (No de otra manera, el español que hasta mediados del siglo xx hablaban los sefardíes en Salónica, en Constantinopla, en Esmirna, tenía rasgos de pronunciación y de vocabulario que lo particularizaban y lo hacían único. La gran diferencia es que el sefardí estuvo siempre aislado, mientras que el mozárabe, al entrar gradualmente en relación con las hablas conquistadoras del norte, acabó por diluirse en ellas.) Por lo demás, los mozárabes nunca llevaron a la escritura sus modos de hablar. La lengua en que escribieron fue al principio el latín, y después, sensatamente, el árabe. Sin embargo, la falta de textos escritos en mozárabe está compensada de varias maneras.

En primer lugar, los escritores hispanoárabes usan buen número de voces romances sueltas, ya porque ellos las hubieran injertado en su lengua árabe —en la obra poética de Ben Qusmón hay alrededor de 200 hispanismos mozárabes—, ya porque estuvieran refiriéndose a sucesos o particularidades de la tierra, y así un tratadista de botánica dice que los cristianos llaman yeneshta a lo que los árabes llaman retáma, y cierto historiador, por afán de precisión, cita literalmente la palabra ofensiva que alguien soltó: boyata —o sea boyada ‘hato dc bueyes’.

En segundo lugar, muchas voces romances han quedado como engastadas en los arabismos: en alcandor ‘afeite para blanquear la cara’ está bien visible la palabra latina candor, manteniendo su significado concreto de ‘blancura’. Más aún: los arabismos nos instruyen acerca de la prounciación mozárabe. El palabra latina matricem (‘matriz’, y de ahí ‘cauce’) se pronunciaba MATRICHE, pues existe el arabismo almatriche (cierta especie de acequia). La palabra latina concilium se reconoce en el topónimo Alconchel. El nombre de Cicerónn se pronunciaba CHICHERONE. (Las palabras chícharo y chicharra son tan típicamente mozárabes, que hasta la fecha no se usan en la mitad norte de España.) Los mozárabes no habían vertido aún en d la t de las terminaciones latinas –atus, –ata, como ve se en el insulto boyata, y como lo muestra la voz alcayata, que seguramente significó al principio lo mismo que su correspondiente castellano cayada (‘bastón con el extremo superior en forma de gancho’). En lugar de la palabra clásica quercus ‘encina’ se usaba la forma tardía quernus, según lo revela la voz alcornoque. Y. como vimos, la palabra clásica pupaver ‘amapola’ se había convertido en papaura o algo semejante.

En tercer lugar, gracias a cierto refinado artificio practicado por los poetas hispanoárabes de los siglos XI-XIII, se nos han conservado unos cincuenta pequeños textos mozárabes. En una época en que la distancia entre el árabe literario y el árabe vulgar era enorme, el artificio consistía en rematar sorpresivamente un poema “clásico” por su léxico. Su sintaxis y sus imágenes, llamado muwashaja, con una cancioncita callejera, en el lenguaje de la gente común. Para el juguetón artificio lo mismo daba el árabe vulgar andalusí que el habla romí de los mozárabes. Este ingenioso remate se llamaba jarcha. Las jarchas mozárabes, aparte de ser la “primavera la lírica romance” (pues las más antiguas son anteriores a la lírica provenzal, tenida tradicionalmente por la primera de! mundo románico), son los únicos textos en que hay algo más que palabras aisladas. Están puestas casi todas en boca de muchachas que llaman a su enamorado con una voz árabe, habib ‘querido’ (o habibi ‘querido mío’). He aquí ejemplos:

 

 

¿Qué faréi mnmma?

Meu al-hahib est ad yana.

 

(¿Qué haré, mamá? Mi querido está a la puerta.)

 

Garid vos, ay yermanellas

¿cóm’ contener a meu male?

Sin el habib non vivreyo:

¿ad ob l’iréi demandare?

 

(Decidme, hermanitas, ¿cómo soportaré mis penas? Sin el amado no podré vivir: ¿adónde iré a buscarlo?

 

¿Qué fareyo, ou qué serad de mibi?

Habibi,

non te tuelgas de mibi.[1]

 

(¿Qué haré, o qué será de mi? Querido mío, no te apartes de mí.)

 

Gracias a estas fuentes es posible tener una idea sumaria del rnozárabe. Podemos llamarlo “arcaico”, podemos decir que se quedó ‘”estancado” con su evolución fonética, pera sólo si usamos como término de comparación el castellano, o sea el dialecto que en los siglos XI y XII se estaba imponiendo en el norte. El castellano, desde luego, muchísimo más lejos del latín que el mozárabe (el mozárabe siguió siendo el latín visigótico, con los rasgos que ya se han visto: eglesia, nohte, orella, llengua, etc.). Pero si en vez de usar el término de comparación del castellano —cuyo territorio era hace 1001 años tan insignificante en comparación con el del mozárabe—, vemos en todo su conjunto el protorromance de la era de los godos, cuando aún había relación con el protorromance italiano, el mozárabe no puede llamarse dialecto arcaico o estancado. Hay en él, sí, cosas curiosas, coma los futuros vivreyo y fareyo (latin vulgar vivire habeo, fare habeo), como el verbo garir ‘decir’ (latín vulgar garrire) o como el pronombre mibi (el mihi clásico se convirtió en mibi por contagio con el pronombre de segunda persona, tibi); pero otros fenómenos, como ob ‘dónde’ (latín ubi) o como la -d de serad ‘será’ (latín vulgar sere habet), no son tan raros en esta época, y se encuentran también en los dialectos del norte. La palabra yana ‘puerta’ es el único ejemplo de supervivencia del latín janua, expulsado de las demás variedades del latín vulgar por la palabra porta; pero en portugués subsiste un descendiente de janua, el diminutivo janela ‘puertecita’ (o sea ‘ventana’).

Más que descubrir fáciles analogías entre el mozárabe y el portugués (nohte, por ejemplo, pronunciado NOJTE, está más cerca de noite que de noche) o con el catalán (la pronunciación llengua, por ejemplo), ¿por qué no ver los “arcaísmos” del mozárabe corno testimonios del parentesco profundo de todo un racimo de lenguas? Ciertamente, un portugués que lea la jarcha “‘¿Qué faréi, mamma?”, podrá decir: “Esto no está escrito en castellano, sino en mi lengua, tal como era hace ocho o nueve siglos”. A los hablantes de castellano tiene que resultarnos arcaico (graciosamente arcaico, habrá que decir tal vez) todo eso que se lee en las jarchas: fillolo ‘hijito’, yermanellas ‘hermanitas’, dolche ‘dulce’, amare, bechare ‘besar’, rayo de sole, corachón, bono ‘bueno’, adormes ‘duermes’, ollos ‘ojos’, nomne ‘nombre’, fache ‘faz’, ‘cara’, etc. Pero pronunciemos, basados en los datos conocidos, la frase mozárabe bechare la dolche fache del fillolo, y después la frase italiana (de hoy) baciare la dolce faccia del figliolo, y entonces el mozárabe habrá quedado situado de otra manera, limpio de arcaísmo.

 

[1] En contraste con la ingenuidad y delgadez de las jarchas romances, he aquí una muestra de lo que escribían los refinados poetas árabes en la España de esos siglos (y téngase en cuenta que, como ocurre en toda traducción de poesía de una lengua a otra, en esta versión española moderna se han perdido, evidentemente, cosas tan esenciales como a sonoridad, el ritmo, la hechura íntima del poema árabe): “¡Que bello el surtidor que apedrea el cielo con estrellas errantes, que saltan como ágiles acróbatas!/ De él se deslizan, a borbotones, sierpes de agua que corren hacia la taza como amedrentadas víboras./ Y es que el agua, acostumbrada a correr furtivamente debajo de la tierra, al ver un espacio abierto aprieta huir. /Mas luego, al reposarse, satisfecha de su nueva morada, sonríe orgullosamente mostrando sus dientes de burbujas. /Y entonces, cuando la sonrisa ha descubierto su deliciosa dentadura, inclínanse las ramas enamoradas a besarla”. La invención del juego de las jarchas se atribuye a Mucádam de Cabra el Ciego, poeta del siglo IX/X. Pero las que se conservan —y que se descubrieron muy recientemente, poco antes de 1950— no son tan antiguas. El juego fue imitado, en muwashjas hebreas, por poetas judíos tan famosos como Moshé ben Ezra, Yehúda Haleví y Abraham ben Ezra. Es bueno subrayar el hecho de que las jarchas están escritas en caracteres árabes o hebreos (escritura aljamiada), y que su transliteración, su traslación a nuestro alfabeto, no siempre es segura.

Antonio Alatorre Chávez nació en Autlán de la Grana, Jal., en 1922. Cursó la secundaria en un colegio religioso donde aprendió latín, griego, francés e inglés. Estudió derecho, sin terminar la carrera, en la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG) y en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), letras en esta última y filología en El Colegio de México. Tomó clases en España y Francia, donde asistió a las cátedras de Marcel Bataillon y Edmond Faral, en el Collège de France, y de Raymond Lebergue, en la Sorbona. En México fue discípulo de Raimundo Lida. Desde 1951 era profesor-investigador de El Colegio de México, de cuyo Centro de Estudios Filológicos fue director (1953-1972), mismo que posteriormente cambió su nombre al de Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios. En ese lugar editó (1952-1959) y dirigió (1960) la Nueva Revista de Filología Hispánica. Era catedrático de educación media y superior desde 1943 e impartió cursos y conferencias en universidades de Estados Unidos, Japón e India. En 1990 fue nombrado profesor emérito de El Colegio de México. Participó en el espectáculo Poesía en Voz Alta en la Casa del Lago de la UNAM (1958), e hizo análisis literario en la televisión (1978-1979). Ejerció la crítica literaria en gran número de publicaciones y tradujo más de treinta libros del latín, del italiano, del francés, del portugués y del inglés. Fue miembro de una media docena de asociaciones internacionales, a las que acabó por renunciar después de haber ocupado puestos directivos en varias de ellas. Asimismo, fue miembro de la mesa directiva del Pen Club Internacional de México (1969-1970). Editó con Juan José Arreola, y luego con Juan Rulfo, la revista Pan en Guadalajara (1945), e Historia Mexicana, en El Colegio de México (1952-1959). Fue codirector, con Tomás Segovia, de la Revista Mexicana de Literatura (1958-1960), miembro del consejo de redacción de las revistas Diálogos y Nexos y colaborador asiduo de la Nueva Revista de Filología Hispánica. Una de sus obras más conocidas es Los 1001 años de la lengua española (1979). Recibió numerosos premios y reconocimientos, entre ellos el Premio Jalisco (1994), el Premio titular de la Cátedra Italo Calvino (UNAM, 1994), y el Premio Nacional de Ciencias y Artes (1998) en el ramo de Lingüística y Literatura. Ingresó a El Colegio Nacional el 26 junio de 1981 y su discurso de ingreso fue contestado por el doctor Luis Villoro. El maestro Antonio Alatorre Chávez murió el 21 de octubre de 2010 en la ciudad de México.

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