Los Mayores: un poema de León Felipe: Diré cómo murió

 

 

Este poema fue publicado en Alforja. Revista de Poesía, número 36, primavera 2006. Nueva Época.

 

 

León Felipe (1884-1968)

 

Diré cómo murió

 

Un día que está escrito en el calendario de las grandes ignominias, España, antes de morir, habló de esta manera:

 

Mercaderes:

Yo, España, ya no soy nadie aquí.

En este mundo vuestro, yo no soy nadie. Ya lo sé.

Entre vosotros, aquí en vuestro mercado, yo no soy nadie ya.

Un día me robásteis el airón

y ahora me habéis escondido la espada.

 

Entre vosotros, aquí en vuestra asamblea, yo no soy nadie ya.

Yo no soy la virtud, es verdad.

Mis manos están rojas de sangre fratricida

y en mi historia hay pasajes tenebrosos.

Pero el mundo es un túnel sin estrella

y vosotros sois sólo vendedores de sombras.

El mundo era sencillo y transparente, y ahora no es más que sombras…

Sombras,

sombras,

un mercado de sombras,

una Bolsa de sombras.

Aquí,

en esta gran feria de tinieblas yo no soy la mañana

pero sé —y ésta es mi esencia y mi orgullo, mi eterno cascabel y mi penacho—

sé que el firmamento está lleno de luz,

de luz,

de luz,

que es un mercado de luz,

que es una feria de luz,

que la luz se cotiza con sangre.

Y lanzo esta oferta a las estrellas:

Por una gota de luz…

toda la sangre de España:

la del niño,

la del hermano,

la del padre,

la de la virgen,

la del criminal y la del juez,

la del poeta

la del pueblo y la del Presidente…

 

¿De qué os asustáis?

¿Por qué hacéis esas muecas, vendedores de sombras?

¿Quién grita,

quién protesta,

quién ha dicho: ¡oh, no! Eso es un mal negocio?

Mercaderes,

sólo existe un negocio.

Aquí,

en este otro mercado,

en esta otra gran Bolsa

de signos y designios estelares

por torrentes históricos de sangre,

sólo existe un negocio,

sólo una transacción y una moneda.

 

A mí no me asusta la sangre que se vierte.

Hay una flor en el mundo que sólo puede crecer si se la riega con sangre.

La sangre del hombre está no sólo hecha para mover su corazón,

sino para llenar los ríos de la Tierra, las vendas de la Tierra,

y mover el corazón del mundo.

 

Mercaderes,

oíd este pregón:

El destino del hombre está en subasta,

miradle aquí, colgado de los cielos aguardando una oferta.

¿Cuánto? ¿Cuánto, mercaderes? ¿Cuánto?…

(Silencio).

 

Y aquí estoy yo otra vez.

Aquí, sola. Sola.

Sola y en cruz… España-Cristo,

con la lanza cainita clavada en el costado,

sola y desnuda,

jugándose mi túnica dos soldados extraños y vesánicos;

sola y desamparada.

Mirad cómo se lava las manos en el pretor.

Y sola. Sí, sola,

sola sobre este yermo que ahora riega mi sangre;

sola sobre esta tierra española y planetaria;

sola sobre mi estepa y bajo mi agonía;

sola sobre mi calvero y mi calvario;

sola sobre mi historia de viento, de arena y de locura…

 

Y sola,

bajo los dioses y los astros,

levanto hasta los cielos esta oferta:

Estrellas,

vosotras sois la luz,

la Tierra una cueva tenebrosa sin linterna…

y yo tan sólo sangre,

sangre,

sangre…

España no tiene otra moneda:

¡Toda la sangre de España

por una gota de luz!

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