Amado Nervo y Rubén Darío: dos alas del mismo vuelo

 

 

Amado Nervo y Rubén Darío: dos alas del mismo vuelo

 

David Noria

 

Cuando murió Rubén Darío el año de 1916, los homenajes no se hicieron esperar. En ambos costados del Atlántico los poetas de lengua castellana fatigaron los versos que mejor expresaran las excelencias del nicaragüense y, de paso, los consagraran a ellos como elegíacos. Entre los varios y algunos de ellos notables poemas destaca el de Amado Nervo. Cierta cualidad entrañable recorre esos versos sinceros y artificiosos a un tiempo. Nervo escribió:

 

 

HOMENAJE

 

Ha muerto Rubén Darío:

¡el de las piedras preciosas!

 

Hermano, ¡cuántas veces tu espíritu y el mío,

unidos para el vuelo cual dos alas ansiosas,

sondar quisieron ávidos el Enigma sombrío,

más allá de los astros y de las nebulosas!

 

Ha muerto Rubén Darío:

¡el de las piedras preciosas!

 

¡Cuántos años intensos junto al Sena vivimos,

engarzando en el oro de un común ideal

los versos juveniles que, a veces, brotar vimos

como brotan dos rosas a un tiempo, en un rosal!

 

Hoy, ya tu vida, inquieta cual torrente bravío,

en el Piélago arcano desembocó; ya posas

las plantas errabundas en el islote frío

que pintó Böcklin… ¡ya sabes todas las cosas!

 

Ha muerto Rubén Darío:

¡el de las piedras preciosas!

 

Mis ondas, rezagadas van de las tuyas; pero

pronto, en ese insondable y eterno mar del Todo,

se saciará mi espíritu de lo que saber quiero:

del Cómo y del Porqué, de la Esencia y del Modo.

 

Y tú, cual en Lutecia las tardes misteriosas

en que pensamos juntos, a la margen del río

lírico, habrás de guiarme… ¡Yo iré donde tú osas,

para robar entrambos al musical vacío

y al coro de los orbes, sus claves portentosas!

 

Ha muerto Rubén Darío:

¡el de las piedras preciosas!

1916

Amado Nervo

 

Las dos estrofas iniciales rememoran la unión: predominan los verbos en pretérito, y los que se refieren a ellos están en primera persona del plural (vivimos, vimos), subrayando esa cohesión que ya expresó de dos maneras: en la primera y más importante palabra del poema, “Hermano”, y en la metáfora que usa, “…tu espíritu y el mío,/ unidos para el vuelo cual dos alas ansiosas”; metáfora usual en la época, a juzgar por los famosos versos de Lola Martínez de Tió (1843-1924) –atribuidos a José Martí–: “Cuba y Puerto Rico son/ de un pájaro las dos alas,/ reciben flores o balas/ sobre el mismo corazón”. La tercera estrofa se ocupa de la separación por la muerte: los verbos que se refieren a Darío están, por lo tanto, en singular (desembocó, posas, sabes); en la cuarta, Nervo habla de sí en el presente, separado de Darío (“mis ondas, rezagadas van de las tuyas”), pero se introduce el anhelo para el tiempo futuro (“pronto se saciará mi espíritu…”) que continúa en la estrofa final, donde el personaje de Darío “habrá de guiar” a Nervo, como en otro tiempo el autor de la Eneida a Dante. Al final del poema se recobra la unión en un remate de emoción: “¡Yo iré donde tú osas,/ para robar entrambos al musical vacío/ y al coro de los orbes, sus claves portentosas.” Pasado de la unión, presente de la separación y promesa del reencuentro: nosotros, tú, yo, y de nuevo nosotros.

 

Cerca de tres lustros antes, Darío había escrito el siguiente soneto:

 

AMADO NERVO

 

Amado es la palabra en que amar se concreta;

Nervo es la vibración de los nervios del mal.

Bendita sea, y pura, la canción del poeta

que lanzó sin pensar su frase de cristal.

 

Fraile de mis suspiros, celeste anacoreta

que tienes en blancura la azúcar y la sal:

¡muéstrame el lirio puro que sigues en la veta

y hazme escuchar el eco de tu alma sideral!

 

Generoso y sutil como una mariposa,

encuentra en mí la miel de lo que soy capaz

y goza en mí la dulce fragancia de la rosa.

 

No busques en mis gestos el alma de mi faz;

quiere lo que se aquieta, busca lo que reposa,

¡y ten como una joya la perla de la Paz!

 

París, 1900

Rubén Darío

 

El contexto en que compuso estos versos lo da el propio autor en su Vida de Rubén Darío, escrita por él mismo (publicada como entrega periodística en 1912):

 

La exposición de París de 1900 estaba para abrirse. Recibí orden de La Nación de trasladarme en seguida a la capital francesa. Partí. En París me esperaba Gómez Carrillo y me fui a vivir con él, el número 29 de la calle Faubourg Montmartre. […] Poco después, Carrillo tuvo que dejar su casa, y yo me quedé con ella; y como Carrillo me llevó a mí, yo me llevé al poeta mexicano Amado Nervo, en la actualidad cumplido diplomático en España y que ha escrito lindos recuerdos sobre nuestros días parisienses, en artículos sueltos y en su precioso libro El éxodo y las flores del camino.

 

En el citado libro, El éxodo y las flores del camino (1902),[1] hay en efecto un capítulo dedicado a Rubén Darío. De él dice Nervo: “Este del nombre, que es una piedra preciosa,[2] es alto, robusto, inexpresivo –ojos obscuros, pequeños y vivos– nariz ancha, de alas sensualmente abiertas –barba y cabellos ligeramente rizados– manos de marqués. […] Durante los nueves meses que vivimos juntos solíamos regalarnos –ay! los tiempos no siempre fueron bonacibles [sic]– de ricos faisanes dorados”. Nueve meses que Nervo convierte en años en su poema (“¡Cuántos años intensos junto al Sena vivimos… engarzando los versos juveniles”). Juveniles, si cabe, porque el nicaragüense contaba en 1900 con 33 años y el mexicano con 30, habiendo nacido respectivamente en 1867 y 1870. A continuación en el mismo capítulo del Éxodo y las flores del camino, copia Nervo el poema que lleva su nombre y comenta: “Le debo este hermosísimo y raro soneto –escrito en cinco minutos en una noche de París, de esas en que una prematura alba azul de estío […] da un tinte pensativo al oro loco del champagne–”. Además del capítulo dedicado a su amigo, en este libro misceláneo de Nervo –bellamente ilustrado al estilo de la época– se encontrarán varias semillas del poema “Homenaje” que le escribirá a Darío años después: allí hay retratos de París y del barrio Montmartre, estampas del Sena y páginas dedicadas al pintor Arnold Böcklin, cuya obra habría de inspirar en 1908 a Rachmaninov su “poema sinfónico opus 29” La isla de los muertos.

(Arnold Böcklin – Die Toteninsel III)

 

En el poema de Darío, la metáfora de la mariposa y la rosa, que indica la unión entre ellos (“Generoso y sutil como una mariposa,/ encuentra en mí la miel de lo que soy capaz/ y goza en mí la dulce fragancia de la rosa”), acepta una lectura biográfica: así como la mariposa se detiene y solaza en la hospitalidad de la flor, Nervo lo hizo en la casa de Darío, la de sus libros y la de París: simbiosis benéfica y, de nuevo, alada.

Ambos poemas revelan rasgos significativos del carácter de uno y de otro. Los versos autorreferenciales de Nervo que dicen: “se saciará mi espíritu de lo que saber quiero:/ del Cómo y del Porqué, de la Esencia y del Modo”, lo representan como un hombre introvertido, inclinado a la vida contemplativa. Así corrobora el verso de Darío que lo llamaba “celeste anacoreta”; en cuanto al epíteto “celeste”, tiene su correspondencia cuando llama “sideral”, en la misma estrofa, al alma de su amigo mexicano. Sin duda, Nervo recordó esta descripción al pedir que sus espíritus viajaran juntos “más allá de los astros y de las nebulosas”, así como al referir, más adelante, el “coro de los orbes”. Del otro lado, el Nervo sideral y contemplativo deja entrever a su amigo como un hombre opuesto a él en carácter, describiendo su vida de este modo: “inquieta, cual torrente bravío”, línea que confirma esa otra de Darío cuando le pide: “No busques en mis gestos el alma de mi faz;/ quiere lo que se aquieta, busca lo que reposa,/ ¡y ten como una joya la perla de la Paz!”, con lo que confirma ex negativo, cierta conducta “inquieta” y que no “reposa”, “torrente bravío” que dice Nervo, vida activa en suma. El sanguíneo y el flemático, el “robusto” Darío, con sus “manos de marqués” y el enjuto y tímido Nervo de las fotografías son incluso opuestos fisionómicos. Diferentes y complementarios, la amistad y el proyecto poético, el modernismo, fueron la unidad de su diversidad.

 

 

Envío

Si el modernismo tuvo en Rubén Darío a su patriarca, en Amado Nervo tuvo a uno de sus príncipes más celebrados, ya no sólo en los cenáculos sino incluso entre el pueblo, para quien la poesía comenzaba a formar parte de la vida sentimental y cotidiana.[3] Ambos, a decir del mexicano, vivieron engarzando los versos en un común ideal, del que fueron apóstoles en tierras extranjeras. En este sentido, confiesa Darío en sus memorias sobre su tránsito por España: “Esparcí entre la juventud los principios de libertad intelectual y de personalismo artístico, que habían sido la base de nuestra vida nueva en el pensamiento y el arte de escribir hispano-americanos y que causaron allá espanto y enojo entre los intransigentes. La juventud vibrante me siguió, y hoy muchos de aquellos jóvenes llevan los primeros nombres de la España literaria”.

En la historia de la poesía en lengua castellana, el modernismo marca una liberación y una (contra)conquista: liberación de modas, moldes y convenciones que constreñían el verso, y feliz y estética (contra)conquista de España, pues nuestros poetas marcaron por primera vez el rumbo general que empezaría a seguir, asombrada, la poesía hispánica al unísono; de alguna manera constituyó un primer reconocimiento del arte latinoamericano que sólo aumentaría de ahí en más.[4]

En cuanto a la confección del “Homenaje” a su amigo fallecido, casi imaginamos a Nervo, recién enterado, buscando en los estantes los recuerdos de un tiempo parisino ya lejano; cómo se conmueve al leer de nuevo el soneto que lleva su nombre; cómo compone, resignadamente, la respuesta postrera.

Rubén Darío y Amado Nervo son dos monumentos que se dan la mano, pero a su vez son dos momentos de un arquetipo. Pues ¿no Horacio le escribió a Virgilio: “tú, mitad del alma”

 

 
 

 

[1] Amado Nervo, El éxodo y las flores del camino, México, Tip. de la Oficina Impresora de Estampillas, Palacio Nacional, 1902.<7ph>

[2] La cursiva es mía. Mismo apelativo que en su “Homenaje”. Podría entenderse esta frase por un juego de palabras: rubén=rubí. Opina diversamente Francisco Monterde en su “Rubén Darío y Amado Nervo” (Universidad de México, México, noviembre de 1967, vol. XXII, No. 3, pp. 28-29). Allí dice: “El segundo verso: ‘el de las piedras preciosas’, alude al Rubén Darío de la época en que el poeta se preocupaba, sobre todo, por lo suntuario, por los fastuosos detalles de indumentaria”.

[3] Dice Monsiváis: “Con Nervo el agradecimiento de los lectores no conoce fronteras nacionales. Él muere en 1919, siendo cónsul de México en Montevideo y su velorio, el más largo imaginable, dura seis meses. El gobierno uruguayo envía un barco a México con sus restos y en cada puerto al que se arriba se le rinden homenajes. La llegada a Veracruz es apoteósica, y en el recorrido a la capital de la república hay veladas literarias y honras fúnebres. Esto culmina en el magno entierro en donde de un modo u otro participa un sector inmenso de la población de la ciudad de México”. (Las esencias viajeras, FCE-CONACULTA, México, 2012, p. 125). Recuérdese también el multitudinario entierro de Jorge Isaacs en Medellín en 1905. Cf. Malcolm Deas, Las fuerzas del orden, Taurus, Colombia, 2017, p. 359-381.<7ph>

[4] Dice Borges: “Realmente yo creo que a partir del Siglo de Oro, y quizá incluyendo el Siglo de Oro, ya decae la poesía española: a mí me parece que el Conceptismo, el Culteranismo, ya son formas de decadencia. En fin, todo se hace rígido. En cambio, en el Romancero, en Fray Luis de León, en San Juan de la Cruz, en Manrique anteriormente, no, las formas no son rígidas, todo fluye. Y ya después, sobre todo en el caso de Quevedo, en el caso de Góngora, en el caso de Baltasar Gracián, ya todo es rígido. Y luego tenemos el siglo XVIII muy pobre, el siglo XIX también; y entonces viene Darío y ya se renueva todo. Y eso se renueva en América y luego llega a España e inspira a grandes poetas como los Machado, y como Juan Ramón Jiménez, para sólo limitarnos a dos; sin duda hay más”. (En diálogo I por Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, Siglo XXI editores, México, 2005, p.90).

David Noria (Ciudad de México, 1993), filólogo y escritor. Estudió Letras Clásicas en la UNAM y griego moderno en la Universidad Aristotélica de Tesalónica. Desarrolló una estancia de investigación sobre literatura neolatina en el Instituto Caro y Cuervo, Colombia. Ha publicado en Cuadernos Americanos, Boletín de la Academia Colombiana de la Lengua, Zona Paz, La Jornada, La Palabra y el Hombre, Este País, entre otros.

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