EL CORONEL… LA CARTA… Cuento de Roberto López Moreno

 

 

EL CORONEL… LA CARTA…

 

A Mario Rivera Guzmán

 

Roberto López Moreno

 

 

No hables de tu marido mujer

no hables de tu marido mujer

mujer de malos sentimientos

todo se te ha vuelto un cuento

porque no ha llegado el momento fatal

 

cuando cobre el pagaré, el pagaré,

que gusto te vas a dar

montarás en carro pullman

y hasta un automóvil te voy a comprar

 

Si no cobro el pagaré, el pagaré,

que chasco vas a llevar

montarás en la lechuza

y hasta el cementerio no irás a parar.

 

 

Desde la cama y al inclinar la cabeza hacia adelante, apoyado el cuerpo en el antebrazo, advirtió a su mujer, que en esos momentos, como de costumbre todas las mañanas, vestía a los pequeños. A los pequeños tan asombrosamente graves, los dos, con sus ojos y sus razones y sus cerebros.

   Ahí estaban ellos silenciosos y lo terrible era haber abandonado los sedantes corredores de hacía un minuto, la manzana rota y aquello suave, negro, que se le había escurrido tan sin saber por qué al solo regresar nuevamente a la vigilia clarísima, hiriente, de la habitación, de los hijos, de la carta, la esperada, prodigiosa carta.

   Por grados su mujer volvíase más fea. Ayer lo fue menos, desde luego, fea y enigmática, y aunque no las tuviese hoy sobre el cráneo, encima, las canas sucias que ayer, desde luego, no estaban ahí. Tal vez porque la carta no había llegado, o, sí, nada más un efecto de luz, de la luz solar blanda, terrestre.

   -Te aseguro -dijo para tranquilizarla- que hoy llega. No puede pasar de hoy.

   Aunque estas mismas palabras las había pronunciado ya otros días, iguales, sólo que entonces el cielo estuvo nublado y la voz, al decirlas, casi le dudó un tanto, como si él tampoco creyese en la carta.

   Los carteros no se equivocan nunca: son como ángeles materiales y llegan a las puertas con sollozos, con mentiras, con honores, con nombramientos, con cadáveres. Su mujer, no obstante, podría escuchar mal, confundirse, decir al cartero que ahí no u otra cosa.

   -Mira. Será un sobre tamaño oficio. Con membrete.

   Echó las piernas fuera de la cama y miró sus pies y las uñas.

   Entonces podría comprar un abrigo, inscribir a los dos niños en la escuela, mandar a su mujer con el médico y tantas cosas más, cortinas, zapatos, sábanas.

   No lloraban desde hacía mucho tiempo y dentro de su pequeñez eran como dos seres maduros, de mucha edad y muchos pensamientos.

   -¿Qué quieren que les traiga? – Los interrogó, engañándose a sí mismo como todas las mañanas.

   Si lloraran serían como niños verdaderamente.

   El mayorcito apretó los labios:

   -Un pan con mantequilla- dijo.

   Eran dos arbolitos sin hojas, graves para siempre.

   Sí, sí. Todo. Muy pronto. Un pan. Un ferrocarril de juguete, también.

   El niño negó muy serio:

   -No. Sólo un pan. Un pan con mantequilla.

   Al volverse la mujer, su marido ya tenía los zapatos puestos. El hombre no pudo menos que mirar de nuevo el rostro que dos meses antes no era así y que, en efecto jamás había sido así, sólo que las cosas ocurrían de otra manera.

   -Acaba de vestirte para que desayunemos.

   Él obedeció con docilidad infinita, colocándose los pantalones.

   -¿Qué te parecería -dijo- comprar el terreno por Mixcoac o San Ángel, entre grandes árboles, y ahí tener la casa y un jardín para los niños?

   Fingieron disputar si mejor en otro sitio con un aire más sano y transparente, y parecía como si en realidad disputasen, pero brillaban sus ojos con una luz muy tierna y esperanzada para que aquello fuese siquiera a discusión, antes al contrario tal vez nuevo cariño, más hondo de lo que ellos creían.

   Los dos chicos corrieron hacia la mesa para tomar el té en qué consistía todo el desayuno, mientras su padre se miraba en el espejo con muchísimo asombro de verse, de examinar su mirada opaca, sus pómulos, los dientes sin aseo.

   La carta sería de la Presidencia o de Gobernación, él no estaba bien seguro, con membrete oficial. Quizá dentro de un sobre amarillo, largo, que es donde se remiten los oficios, comunicaciones, nombramientos. Los carteros son muy diligentes, cumplen su deber como sin fatiga, a través de las calles, los barrios, las ciudades.

   -Bueno  -concluyó, convencido en lo absoluto-, definitivamente lo compraremos en San Ángel.

   ¿Quién sabe si se extraviara o llevase la dirección mal puesta? Luego en las oficinas ocurre que hay un descuido espantoso, una pereza. Amontónanse expedientes, legajos, archivos. A los ojos del simple burócrata sin corazón una carta carece de individualidad, de vida. Ocurre así. Aunque esa carta sea inmensa y entrañable.

   Primero sacudía su escritorio, para sentarse después con la pluma entre las manos, orgulloso de ser uno de los mejores escribientes del mundo. Todos los días en ese justo minuto, sonaban las nueve de la mañana.

   No podría olvidarlo, después de veinte años.

   –Me gustará  -le dijo a su mujer, desde el espejo- ir al campo los domingos y llevar un pollo frito y manzanas…

   La mujer le dirigió una mirada de reproche a tiempo que significativamente señalaba a los pequeños.

   Él se encogió de hombros:

   -Mira –dijo con seguridad-, hoy llega esa carta. Lo sé bien. A otros les ha llegado. Yo no puedo ser una excepción. Tendremos entonces pollo y fruta y todo cuanto podamos desear.

   Uno de los mejores escribientes del mundo, con una de las más bellas letras que se hayan conocido, así que no podrían, de ninguna manera, olvidarlo, ni olvidar sus veinte años de trabajo.

   Al principio no pudo entender en una forma completa cómo, de súbito, terminaron esos veinte años para siempre.

   Miró alucinado el rostro del jefe.

   Tan no pudo entender que al otro día acudió, y ya en las puertas mismas de la oficina se sintió extraño, solitario y muerto, como si nadie le tuviese el menor cariño en la tierra. Dejaba de pertenecer a aquel hermoso sistema de papeles, de cifras, de jerarcas, y todo era vacío, definitivamente triste.

   Había que tratar bien al cartero, pues suele ocurrir en ellos, que aun siendo obligación suya la de entregar las cartas, abriguen animadversión contra cualquier destinatario y con este o aquel pretexto no le hagan entrega de su correspondencia.

  -¡Fíjate bien! ¡Será un sobre grande y encima mi nombre, escrito a máquina!

   Si nada más lloraran los dos niños serían como cosas vivas y menos dolorosas. Pero estaban viejos, sin voz, y llenos de experiencia, de ideas, de conocimiento de la vida.

     -Toma el té. Es lo único que hay. Siquiera que te caiga algo caliente.

   Él observó el pocillo de peltre, desportillado en algunas partes y se puso a pensar en muchas cosas que antes no advertía. Recordaba que su mujer era de rasgos finos y cálidos, con su mentón especialmente suave, mientras hoy los pómulos mostrábanse furibundos, y el rostro se había tornado ancho, crecido. Crecíale asimétricamente, sin concierto y como si las mismas líneas sufrieran al crecer dentro de un espacio opositor y agudo, más triste a cada minuto.

   Ella ignoraba todo lo ocurrido en la oficina y que el hombre era incapaz de cualquier trabajo, pues únicamente tenía la letra más hermosa del mundo, la más bien hecha. Lo observaba como siempre, solo que con algo allá adentro que no se podría comprender jamás.

   -Seguramente será una carta muy amplia y extensa – dijo el hombre a la mitad del cuarto, mientras los tirantes le colgaban por detrás.

   Lo asombroso era que los dos hijos no tuviesen una sola queja aunque se les veía el hambre sobre la piel, extendiéndose como barniz.

   De no llegar a la casa aquella comunicación, iría, sin duda, a la lista de correos, ya que ahí todo encuentra su orden, pues nada existe más bien organizado, más eficiente, que el correo, donde saben cómo se llama uno y si trabaja o no y hasta si tiene hijos.

   Sonreíale diariamente aquel hombre del correo tras la ventanilla.

   -No, señor. No tiene usted carta.

   Es imposible que una carta se pierda, aunque, de cierto, la manejan muchas manos y transita como un sueño mágico desde el buzón hasta su destino. En el edificio de correos conoció a una familia indígena: sentábanse el hombre, la mujer y los hijos, junto a la Lista, para aguardar una carta que debería llegarles. Era mucho más seguro estar ahí, que no se escapase, y ver a cada momento si, prodigiosamente como todo lo del correo, de pronto figuraba ya el nombre debajo de los demás, alegre, profundo.

   El jefe y el subjefe lo miraron tan abatido, ahí frente a ellos sin saber qué decir, con una sonrisa de lágrimas en el rostro completamente estúpido y humilde, que el subjefe le toco el hombro.

   -No se preocupe. El gobierno no puede dejar de utilizar sus servicios algún día nuevamente. Tenga por seguro que lo llamarán otra vez.

   Y eran palabras del subjefe, siempre noble, severo, digno, a las cuales no podría dejárseles de dar crédito.

   Comenzó a sentir el miedo cuando justamente se aproximó para tomar su desayuno. Los tirantes no le colgaban ya tras las espaldas, sino que, bien firmes, manteníanle sujeto el pantalón, negro y viejo.

    Le temblaban las manos y no quiso levantar los ojos de sobre el pocillo de té. Ahora comprendía porque estaba ella tan fea y porque sus rasgos se iban agravando con lentitud.

   -¿No hay tal carta, verdad? – preguntó como si su voz fuera una racha de viento doloroso.

   Entonces él permaneció firmemente callado, con el corazón lleno de pavor y  soledad, pues si dijese las cosas como eran, ya nada le quedaría en el mundo.

 

Cuando cobre el pagaré, el pagaré,

cuando cobre el pagare, el pagaré,

qué gusto te vas a dar mujer

te compraré un automóvil

y un aeroplano te voy a comprar

 

No hables mal de tu marido mujer

mujer de malos sentimientos

todo se te vuelve cuentos

mujer pendenciera de la vecindad

cuando cobre el pagaré, el pagaré,

qué susto vas a llevar mujer

volarás como lechuza

y hasta el cementerio irás a parar

 

            El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador.

   -¿Nada para el coronel?

   El coronel sintió terror. El administrador se hecho el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza:

   El coronel no tiene quien le escriba.

   Contrariando su costumbre no se dirigió directamente a la casa. Tomó café en la sastrería mientras que los compañeros de Agustín hojeaban los periódicos.

   Se sentía defraudado, habría preferido permanecer allí hasta el viernes siguiente para no presentarse esa noche ante su mujer con las manos vacías.

   Pero cuando cerraron la sastrería tuvo que hacerle frente a la realidad. La mujer lo esperaba.

   -Nada –preguntó.

   -Nada –respondió el coronel.

   El viernes siguiente volvió a las lanchas. Y como todos los viernes regreso a la casa sin la carta esperada.

   “Ya hemos cumplido con esperar”, le dijo esa noche su mujer. “Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años”. El coronel se metió en la hamaca a leer los periódicos.

 

   -Hay que esperar el turno –dijo-. Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés.

   -Desde que estamos esperando, ese número ha salido dos veces en la lotería -replicó la mujer.

   El coronel leyó como siempre, desde la primera página hasta la última, incluso los avisos. Pero esta vez no se concentró. Durante la lectura pensó en su pensión de veterano. Diez y nueve años antes, cuando el congreso promulgó la ley se inició un proceso de justificación que duró ocho años. Luego necesitó seis años más para hacerse incluir en el escalafón, esa fue la última carta que recibió el coronel.

   Un poco después de las siete sonaron en la torre las campanadas de la censura cinematográfica. El padre Ángel usaba ese medio para divulgar la calificación moral de la película de acuerdo con la lista clasificada que recibía todos los meses por correo. La esposa del coronel contó doce campanadas.

   -mala para todos –dijo-. Hace como un año que las películas son malas para todos.

   Bajó la tolda del mosquitero y murmuró: “El mundo está corrompido”. Pero el coronel no hizo ningún comentareo. Antes de acostarse amarró al gallo a la pata de la cama. Cerró la casa y fumigó insecticida en el dormitorio. Luego puso la lámpara en el suelo, colgó la hamaca y se acostó a leer los periódicos.

   Los leyó por orden cronológico y desde la primera página hasta la última, incluso los avisos. A las once sonó el clarín del toque de queda. El coronel concluyó la lectura media hora más tarde, abrió la puerta del patio hacia la noche impenetrable, y orinó contra el horcón, acosado por los zancudos. Su esposa estaba despierta cuando él regresó al cuarto.

   -No dicen nada de los veteranos –preguntó.

   -Nada –dijo el coronel. Apagó la lámpara antes de meterse a la hamaca-. Al principio por lo menos publicaban la lista de los nuevos pensionados. Pero hace como cinco años que no dicen nada.

   Llovió después de la media noche. El coronel concilió el sueño pero despertó un momento después alarmado por sus intestinos. Descubrió una gotera en algún lugar de la casa. Envuelto en una manta de lana hasta la cabeza trató de localizar la gotera en la oscuridad. Un hilo de sudor helado resbaló por su columna vertebral. Tenía fiebre. Se sintió flotando en círculos concéntricos dentro de un estanque de gelatina. Alguien habló. El coronel respondió desde su catre de revolucionario.

   -Con quién hablas –preguntó la mujer.

   -Con el inglés disfrazado de tigre que apareció en el campamento del coronel Aureliano Buendía –respondió el coronel. Se revolvió en la hamaca, hirviendo en la fiebre-. Era el duque de Marlborough.

   Amaneció estragado. Al segundo toque para misa saltó de la hamaca y se instaló en una realidad turbia alborotada por el canto del gallo. Su cabeza giraba todavía en círculos concéntricos. Sintió náuseas. Salió al patio y se dirigió al excusado a través del minucioso cuchicheo y los sombríos olores del invierno. El interior del cuartito de madera con techo de zinc estaba enrarecido por el vapor amoniacal del bacinete. Cuando el coronel levantó la tapa surgió del pozo un vaho de moscas triangulares.

   Era una falsa alarma. Acuclillado en la plataforma de tablas sin cepillar experimentó la desazón del anhelo frustrado. El apremio fue sustituido por un dolor sordo en el tubo digestivo. “No hay duda”, murmuró. “Siempre me sucede los mismo en octubre”. Y asumió su actitud de confiada e inocente expectativa hasta cuando se apaciguaron los hongos de sus vísceras. Entonces volvió al cuarto por el gallo.

   -Anoche estabas delirando de fiebre –dijo la mujer.

   Había comenzado a poner orden en el cuarto, repuesta de una semana de crisis.        El coronel hizo un esfuerzo para recordar.

   -No era fiebre –mintió. Era otra vez el sueño de las telarañas.                      

   Llovió toda la semana. El dos de noviembre -contra la voluntad del coronel- la mujer llevó flores a la tumba de Agustín. Volvió del cementerio con una nueva crisis, fue una semana dura. Más dura que las cuatro semanas de octubre a las cuales el coronel no creyó sobrevivir. El médico estuvo a ver a la enferma y salió de la pieza gritando: “Con un asma como esa yo estaría preparado para enterrar a todo el pueblo” pero habló a solas con el coronel y prescribió un régimen especial.

   También el coronel sufrió una recaída. Agonizó muchas horas en el excusado, sudando hielo, sintiendo que se pudría, y se caía a pedazos la flora de sus vísceras. “Es el invierno” se repitió sin desesperarse. “Todo será distinto cuando acabe de llover”. Y lo creyó realmente, seguro de estar vivo en el momento en que llegara la carta.

   A él le correspondió esta vez remendar la economía doméstica, tuvo que apretar los dientes muchas veces para solicitar crédito en las tiendas vecinas. “Es hasta la semana entrante”, decía, sin estar seguro él mismo de que era cierto. “Es una platita que ha debido llegarme desde el viernes”. Cuando surgió de la crisis la mujer lo reconoció con estupor.

   Se acostaron sin comer. El coronel espero a que su esposa terminara el rosario para apagar la lámpara. Pero no pudo dormir. Oyó las campanas de la censura cinematográfica, y casi enseguida -tres horas después- el toque de queda. La pedregosa respiración de la mujer se hizo angustiosa con el aire helado de la madrugada. El coronel tenía aun los ojos abiertos cuando ella habló con una voz reposada, conciliatoria.

   -Estás despierto.

   -Sí.

   -Trata de entrar en razón –dijo la mujer-. Habla mañana con mi compadre Sabas.

   – No viene hasta el lunes.

   – Mejor –dijo la mujer-. Así tendrás tres días para recapacitar.

   – No hay nada que recapacitar – dijo el coronel.

   El viscoso aire de octubre había sido sustituido por una frescura apacible. El coronel volvió a reconocer a diciembre en el horario de los alcaravanes. Cuando dieron las dos todavía no había podido dormir. Pero sabía que su mujer también estaba despierta. Trató de cambiar de posición en la hamaca.

   -Estás desvelado –dijo la mujer.

   -Sí.

   Ella pensó un momento.

     -No estamos en condiciones de hacer esto –dijo-. Ponte a pensar cuántos son cuatrocientos pesos juntos.

   -Ya falta poco para que venga la pensión –dijo el coronel.

   -Estás diciendo lo mismo desde hace quince años.

   -Por eso –dijo el coronel-. Ya no puede demorar mucho más.

    Ella hizo un silencio. Pero cuando volvió a hablar, al coronel le pareció que el tiempo no había transcurrido.

   -Tengo la impresión de que esa plata no llegará nuca –dijo la mujer.

   -Llegará.

   -si no llega.

Cuando cobre el pagaré, el pagaré,

qué gusto te vas a dar

qué gusto te vas a dar por el barrio

mujer pendenciera de la vecindad…

 

El lenguaje de las iras había perdido el filo incisidor de propietario apaciguado en tiempos agudos, en nudos de esperas, del silencio que descendía sin reticencias hasta el gallo clausurado a la pata de la cama. Los dos hijos y el gallo sobrados de mudez daban peso a la espiral denotación de la atmósfera. Verde es el color de la esperanza. El mago… el mago… Un poeta extranjero decía que la peor estación del año era abril. Pero el sujeto de esta tinta de agobios externaba que no. Las veces que podía dejaba el peso todo a octubre. Los dos hijos y el gallo. El otro hijo, Agustín, el dueño del gallo no tenía ni un año de que en los vértigos del plomo le habían puesto el cuerpo en ausencias filiales. Riña por asunto de gallos. Las tercas agujas no se detenían y ordenaban así el cotidiano desfile fosfórico. Y una hoja pasaba, y otra más, y otra y otra, pero en aquella danza de las hojas al coronel no le llegaba la carta que venía siendo su vida y su muerte. Cuando cobre el pagaré decía la canción contra la ventana, como burla que de pronto se atrevía a violar el interior del cuarto. Desfachatez de notas. Alguien le dijo como pretendido consuelo. “Coronel, usted no es el único, ahí están los escritores del Premio Chiapas, quienes legalmente tendrían que recibir una cantidad mensual por méritos culturales en favor de su entidad. Pero pasan los meses y los sinvergüenzas que deben depositar el monto no lo hacen pasando por encima de leyes y dignidades, sin que nada suceda”. “Bah, mal de muchos…” dijo esa vez el ultrajado. Anuros pétreos se tendían calcinantes bajo sus pies, eso en lustros, décadas, en muchos, en muchos años; luego arribó la era del pavimento. El mago, el mago Rudecino había llegado de Zacatecas, de la entraña de los hondos minerales y se había apoderado del caso como si suyo fuese. Sus prodigios numéricos habían sido puestos a la orden, prodigios ecuacionarios en beneficio del desesperado esperador. Los números del mago destilaban como poemas. Así fue como empezó a morir toda su relación generacional, poco a poco. Fueron falleciendo los de su entorno pero él continuó asido del 3.1416, con la fuerza que le proporcionaban los guarismos del mago Rudecino y la desesperada espera de la carta imposible, del anhelado sobre amarillo con el sello del supremo gobierno. Así fue abonado de hechos increíbles, como el del soldado aquel que pasados los tiempos de los toques de queda, durante los honores de la bandera fue arrancado del piso por el desmesurado lienzo patrio en el momento en el que éste era izado; el inmenso tramado ondulaba con el viento y el uniformado, reo de la tela patria,  sacudido cual más, conoció los impenetrables rincones reservados al viento. Zarandeado en las alturas el homenajeador al fin fue soltado por la macabrona urdimbre y al hacer contacto con la curva terrestre sólo se oyó un ruido como de saco bofo y un lastimero ¡ay! perdido entre el alboroto. Cambió de tierra. Cambio de ejército. Cambio de enseña. Pero en otra ocasión, cuando hacía los homenajes a su nueva bandera, volvió a ser arrebatado por el monstruoso telambre y sacudido por los aires sin consideración alguna. Después de unos minutos en vilo la víctima volvió a caer ruidosamente sobre el piso. Se volvió a escuchar el mismo sonido de saco bofo. Se volvió a oír el mismo crac de costillas rotas, pero esta vez el soldado no emitió ningún alarido. Se nos fue mudo en tierras gringas. Se nos fue bien ido para siempre. Cuántas cosas más podía contar el coronel, recopiladas en tantos años pero, ¿a quién contárselas? Ya se le habían muerto todos los de su tiempo.

-Y los hijos menores?

-Muertos eran también, y su mujer… y el gallo…

-Pero él seguía en pie, milagros de la vida ¿no?

-Era un obsesivo y era su obsesión la que lo mantenía vivo entre tanto muerto.

-Un obsesivo… ¿por lo de la correspondencia tan esperada?

-No sólo por eso, criticaba a un poeta de otros lados que había dicho que el peor mes del año era abril.

-Qué importancia podía tener eso.

-Para él sí, y mucha, pues sostenía que el peor mes del año era octubre.

-Me ha despertado usted la curiosidad, quisiera conocer un poco más de esta historia.

-En realidad no hay mucho más que contar.

-¿El escritor Revueltas sabía de todo esto?

-Lo escuchó de un compositor cubano que había hecho una interpretación a su modo de la desgracia que se cernía sobre el coronel.

-¿Se puede hablar con ese compositor?

-Falleció en el momento mismo en el que dio por terminada la canción.

-Entonces, cómo pudo haberla oído el escritor Revueltas.

-El escritor Revueltas no escuchó la canción terminada, sino que supo de su desarrollo y en él, de la tragedia del esperanzado.

-El escritor García, por su parte, cómo se enteró de lo que sucedía.

-Fue después. No lo sé del todo, lo que sí sé es que fue él quien le dio el grado de coronel.

-Esto me hace pensar en que la esencia es la misma pero vista con otros ojos.

-Así es.

-En todo caso, lo que podía cambiar es la forma de existencia de las cosas en contacto con el largo tiempo transcurrido.

-Usted lo ha dicho; el asunto es que todo se fue modificando, menos la tenacidad en la espera.

-¿Se supo algo del mago?

-Dicen verlo cuando alguien se mete en problemas numéricos. No sé cómo es que lo miran, si son generaciones distintas; o quién sabe a quién o qué sea lo que vean a la hora de cortar por la mitad el número uno.

-¿Cortar por la mitad a quién?

-No a quién; dije “al número uno”.

– La unidad partida hacia su atrás que es su adelante… Usted ya me está hablando del Ábrara…

-Tiene razón, no nos salgamos del tema.

-Bueno, prosigamos entonces; gracias al mago y sus números gozaba de buena salud.

-mmm… no lo sé del todo… más bien… no sé… había noches en que lo vencía la fiebre… según su esposa…

-Pero entonces, la salud era del alma.

-Esa se la curaba el mago Rudecino, con sus mitades y multiplicados de números.

-Pues sí que le daba fortaleza.

-Él decía que los números manejados por el mago eran poesía pura.

-Ah, entonces el coronel sabía de poemas y asuntos de esos. Entonces era amante de la poesía.

-Él siempre, a la menor provocación -bueno no, eso pasaba cuando todavía visitaba a algún amigo-; pero, le aclaraba, a la menor provocación decía versos de un José Stalin, quien según el coronel era un buen poeta rodeado por la injusticia literaria.

-Pero tal vez la fama de ese Stalin más que de poeta era de ser un hombre violento.

-El coronel decía que esa fama era una de las tantas bajezas que le achacaban sus enemigos quienes a su vez eran los verdaderos criminales; y los enumeraba: “borrachos como el viejo asesino que se llamaba Churchill… y otros que invadían territorios ajenos. En cambio Stalin –asentaba apasionado- por el contrario, era un poeta, y un héroe en defensa de su país, rodeado de espías y traidores. Todo lo que hizo fue en defensa de su patria, fíjese, hasta alcanzar la derrota de Hitler cuando la gran guerra, un héroe… y un poeta…

-Y claro, mencionaba algún poema de su héroe.

-Mire, apenas recuerdo aquello de: Por esta tierra, como un fantasma/ vagaba de puerta en puerta./ En sus manos, un laúd/ que tañía dulcemente./ En sus melodías soñadoras/ como un rayo de sol,/ se sentía la pura verdad / y el amor divino./ La voz hizo latir los corazones/ de muchos,/ corazones que se habían petrificado… palabras más, palabras menos, y siempre terminaba diciendo: “a ver si el viejo borracho, racista, escribió alguna vez algún poema así, ese sólo mataba e invadía países”.

-Así que el coronel no tenía quien le escribiera. Bueno, sí, Stalin.

-Si a esas vamos, Stalin escribía para él y para todos.

-Dígame, le angustiaba mucho verse naufragando en medio de un mar de necesidades… Y nada del pagaré.

-Sí. Nada.

-Nada del cheque, nada del sobre sellado, nada de la carta salvadora.

-Nada.

-Dígame por favor, qué sucedió entonces cuando se habló de cerrar el correo.

-Sucedió que de una forma imprudente el coronel tomó de las solapas al dueño del correo, lo sacudió como quiso, con una fuerza descomunal no obstante su edad; estaba ciego de ira, no entendía que ya había llegado la era de las computadoras.

-Seguro que no entendía razones.

-No tenía oídos para nada.

-Cómo terminó este embrollo.

-Se necesitaron varios días de convencimiento. Pero finalmente vino la serenidad, cuando supo que el dueño del correo, atendiendo a los nuevos tiempos había mandado a poner un cibercafé.

-A poco entendió de qué se trataba eso.

-Sí, además, en el negocio, siempre había un ordenador para él, sin cobro, y hasta le habían enseñado lo más elemental, apenas  para rastrear su esquiva correspondencia.

-¿Y… cómo sucedió aquello?

-¿Aquello?

-Sí, aquello.

-A sí, aquello. Fue en el segundo día de octubre.

-De octubre.

-Sí, en el segundo día de octubre, llegó como en cualquier otro día de sus esperas, se sentó frente al aparato, lo encendió, siguió los pasos que ya dominaba para iniciar su rastreo. Fue cuando de pronto se iluminó la pantalla y aparecieron los signos electrónicos. Leyó lo que la pantalla le lanzaba a la cara. Parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas. Estaba estupefacto. Su gesto tenía algo de estremecedor. Volvió de nuevo hacia el cristal luminoso y segundos después se fue derrumbando; como final, dejó caer la cabeza coronelisia sobre la fría neutralidad del teclado.

 

 

Roberto López Moreno

21 de Marzo de Marzo de 2019

Ciudad de México

América

 

 

 

 

 

 

 

 

1.- El pagaré, son cubano cantado por Ñico Saquito

2.- Texto de José Revueltas, “Verde es el color de la esperanza”.

3.- El pagaré, arreglo mexicano para la voz de Jorge Negrete.

4.- Fragmentos de Gabriel García Márquez

5.- El pagaré, versión que se cantaba en La Morada de Paz. Ciudad de México.

6.- Texto de R.L.M.

7.-  Espacio para llenar.

Roberto López Moreno nació entre la ciudad de Huixtla, Chiapas y las tórridas 12 del día del once de agosto de 1942, luego entonces, es hijo de los códigos del fuego. Licenciado en Periodismo, poeta, narrador y ensayista, ha representado a México en países tan disímbolos como Argentina (América canta en Salta); Colombia (Encuentro Internacional de Poesía en Medellín); Struga, República de Macedonia (La noche de los Puentes); Berkeley y Oakland, Estados Unidos de Norte América (La poesía a través de las fronteras);  Santiago de Cuba; (Congreso Mundial de la Poesía); Ciudad de México (Poetas del Mundo Latino)… En la ciudad de Panamá, en varias ocasiones, ha formado parte del Jurado Internacional del Premio de Poesía Ricardo Miró, el más alto reconocimiento literario en ese país. En 2007 fue propuesto para el Premio Nacional de Ciencias y Artes por parte de la Dirección de Publicaciones del IPN. Obtuvo en 2001 el Premio Chiapas de Letras; es autor de varias decenas de títulos publicados en instituciones como UNAM, UNACH, UAM, IPN, CONACULTA, CONECULTA CHIAPAS, FCE, así como en pequeñas editoras, apoyando desde ellas el movimiento editorial independiente del país. Es socio accionista de la editorial Siglo XXI. Ha participado en las bienales de Poesía Visual, Arte Correo y Artes Alternativas que durante décadas impulsaron César Espinosa, Aracely Zúñiga y Leticia Ocharán, entre otros. Se inició como periodista en el Semanario Claridades dirigido por don Mario Sevilla Mascareñas, posteriormente pasó a la agencia de noticias Prensa Independiente Mexicana, bajo la dirección del republicano Joaquín Sanchiz Nadal. Miembro y cofundador de la UPD (Unión de Periodistas Democráticos), cuyo fundador fue Miguel Ángel Granados Chapa (RLM participó en la última mesa directiva). Como reportero de cultura fue el primero en México que reporteó como fuente cultural el Festival Internacional Cervantino (A la primera edición enviaron a reporteros políticos y ese enfoque se le dio a los reportajes con la excepción de La Prensa), y creó en Guanajuato con otros compañeros el Premio de Periodismo El Gallo Pitagórico; Los tres trabajos periodísticos que le marcaron para siempre fueron La matanza de Tlatelolco, cubriendo primero para PIMSA y luego para el periódico La Prensa. El Terremoto del 85, cubriendo para La Prensa al siguiente día de haber renunciado a ella, y La guerra de Chiapas, cubriendo para el periódico El Día (“Entrevista con el personaje más buscado”). Ha sido columnista de los periódicos y revistas de Excélsior, El Universal, El Novedades, El Nacional, El sol de México, Ovaciones, El Heraldo de México, Uno más uno, etc. Fue jefe de la Sección cultural de la primera Agencia de Noticias que funcionó en México, Informex,  y jefe de sección similar en El día, además de fundador del quincenal El Día Internacional. Creo una columna de comentario única en México que se llamó Imágenes I maginaciones, publicada, primero, por Paco Ignacio Taibo I y posteriormente por Víctor Roura en la sección cultural de El Financiero. Es miembro del Club Primera Plana en la ciudad de México, del Club de Periodistas de México y de la Federación de Asociaciones de Periodistas de la República Mexicana (FAPERMEX) así como de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, primer organismo académico  creado en América Latina por don Valentín Gómez Farías en el Siglo XIX; fue presidente fundador de la Academia de Poesía de la misma SMGE. Es autor de la forma poética denominada Poemuralismo, para estructurar a través de poemas de larga extensión un lenguaje poético latinoamericano contemporáneo. La tesis nace de la fusión de una línea horizontal representada por la iguana que simboliza la sabiduría al recorrer la tierra cada milímetro, y la línea vertical, representada por el colibrí, el vuelo de la imaginación creadora que se desprende de la sabiduría terrenal. Las dos líneas al fusionarse forman un ángulo recto, que viene a ser la Morada del Colibrí, en donde se forja la cultura de América Latina. En contraposición a los poemas largos del poemuralismo también es autor del Movimiento Poético Laconista. Se trata de poemas cortos para subir a las paredes. Son breves construcciones de dos líneas, hechas con base en un verso endecasílabo  (verso mayor) y otro, octosílabo (arte menor) para lograr con esa unión un tensado de poemas breves que conviertan los muros de las ciudades en las páginas de un gran libro urbano (En un lugar de la herida/ de cuyo nombre nacerá la vida). Es también el creador del concepto poético: Ábrara. El CONECULTA de Chiapas, le publicó un libro con ese nombre y la editorial Praxis de la Ciudad de México, su libro de poesía titulado: E=mc2. Definición de Ábrara: “es el segundo anterior al primer segundo multiplicado por la raíz cuadrada de la luz”. En palabras del poeta José Lezama Lima sería: “El rayo de luz impulsado por su propio destino” (Lo que no es pero ya es desde su ínfima partícula que forzosamente viene de haber sido). Cada instante de la existencia es “ábrara” de sustanciales acontecimientos. El ábrara también puede ser identificado con la figura geométrica denominada: Pentakismyriohexquisquilioletracosiohexacontapentagonalis (Polígono de 56.645 lados). Finalmente, es creador de la Fundación Erik Satie de la que funge como presidente y único miembro. La Casa de la Cultura de su ciudad natal llevaba su nombre. Un movimiento encabezado por la periodista Margarita Moreno, su prima-hermana, hizo que cambiaran el nombre por el del exgobernador de Chiapas Salomón González Blanco.

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