Poemas de Marco Antonio Campos. 70 años de vida

 

 

Marco Antonio Campos

Selección de poesía

 

Contradictio (1)

 

El ajedrez de la muerte
se quedó en una pieza

Arrojo los naipes, trémulo, incendiado
y no dicen mi suerte

Y tuve una bestia de orgullo
que arrastró mi bestia

Moribunda,
una mujer pasea triste, descalza en la calle

Y es tarde para ser otro hombre

Salgo de mi casa, pontífice, ajeno,
con el crucifijo —una mujer—
colgado en mi tristeza

Si regreso, Señor,
quiero ser otro pero no Campos

¿Para qué vivir agarrado como loco al reloj?

Ya la gula de vivir se detuvo en mi garganta
Y mísera mi perra más odiada fue la angustia

Pero, Señor, yo converso en voz alta,
en voz baja converso, sí,
cosa distinta es que no oigas

Antes, en otro océano,
arrepentí, modifiqué el pasado

Y tus ojos caminaron tristes, inmensos,
en las páginas de mis libros

Mañana partiré, me iré del todo
Aunque hoy puedo decir:
tengo amigos, no amo a mujer alguna,
el tétano del sol duerme en la ciudad de México

 

 

 

Contradictio (2)

 

En realidad, muy poco es lo que sé yo de mí mismo
Por ejemplo: tengo horror de ser canonizado

Vendí mi dignidad,
el acto que define, la frase que define,
no para vivir, para sobrevivir, señores

Y mi vida de cadáver la viví
con medio corazón en una ermita
y medio corazón en la ciudad

Fui dios y perro,
mendigo mirando el infinito

Y escribí meditando, meditándome,
el célebre Evangelio según Campos
y todos creyeron que era burla

Sin duda mi tiempo fue otro tiempo:
un tiempo de ajedrez con frases griegas

No fue el tiempo de un Cristo indesgarrable
nacido a la mitad del país y del siglo más idiotas

No fue el tiempo del mar ni de las vírgenes:
fue tan sólo un espejo inolvidable

Miro al fondo el Coliseo lleno de luces, destruido

El Palatino, destruido

La luna cae sobre esta Roma muerta

Mil y un mujeres,
poetas muertos y comprados,
el Papa con diez ratas en la boca,
la rata deforme del rey ebrio
empiezan a luchar contra las bestias

 

 

 

Testamento

 

 

En el año veintisiete de mi edad, viviendo entre la ruina y la desdicha y con el aire de soñar que yo entre ustedes sería el mejor de todos; en este año, infeliz y decisivo por mi vida, escribo enfermo —en el fuego! — este legado:
Dejo mis ojos, el mar y la ternura, a todas las mujeres que yo he amado;
Dejo mis libros, el Arno y dos mil pájaros, a Gabriela mi hermana, que inventó en mi lenguaje el grito superior;
Dejo mi Diario, las páginas enfermas y el Egeo, a Luis, mi amigo, quien oirá como nadie la voz del sufrimiento;
Dejo a Bernardo el espacio de mis viajes, las hojas del futuro, algunas charlas, para que perdure siempre la sed de la grandeza;
Dejo a Héctor las ruinas de Micenas y del Ática, mi Nietzsche hincado vivo y esta pluma, para que firme mis sueños en el viento;
Dejo a Alejandro la lluvia, recuerdos lacerantes del colegio, la tarde más triste compartida, porque él —como pocos— fue limpio en esta tierra;
Dejo a Ricardo imágenes de plazas y de lagos, acuarelas del viento hechas ceniza, para que recuerde mi amor por la tristeza;
Dejo a Carlos mi cerebro que teje laberintos, un parque donde el viento es la memoria, porque él —¿desde cuándo?— conoció mis obsesiones;
Dejo a Gerardo La Ilíada, La Odisea, poemas que el aire dejó en nuestra memoria, para que viva siempre en el mar Mediterráneo;
No, ya no es tiempo de hablarles de la vida. No me importa ni quiero discutirlo. ¡Me voy hacia la muerte y no hay un vaso! Pero antes, un momento, por favor. ¿Ya pueden escucharme? Es la seña que el viento grabó en mi sepultura: no quiero regresar por este infierno.

 

 

 

Quién leerá mis versos?

 

Quem sabe quem os lerá?

Quem sabe a que maôs irâo?

Alberto Caeiro, O guardador de rebanhos

 

 

¿Qué será de mis versos? ¿Quién los leerá?

Pronto me iré, y así será, y me iré ¿y qué pasa?

Me he resignado a irme, como me resigno

a los dolores de la tendinitis, a los cólicos

que arquean el cuerpo y a la mala circulación.

Qué importan las novelas, los cuentos,

las crónicas o ensayos ¿pero mis versos?

Si en el futuro alguien los lee, tal vez perciba

que los escribí con la llama del sol en la hoguera del mediodía

sobre los girasoles, con los matices múltiples

del púrpura y del violeta en la disminución del crepúsculo,

con el grito doloroso del tigre lanceado

en el momento de fallar la red,

con gotas de sangre del pecho de las golondrinas

que no lograron completar el vuelo.

 

Pero en serio ¿valió la pena?

 

Ya no podríamos escribir como en esa época, en los años oscuros

cuando creíamos que el numen podría pertenecernos,

cuando era fácil creer que se haría la Gran Obra,

el poema de gran hálito con la música y el significado

que nos darían los dioses (cómo no creerlo),

que la poesía y el ángel, la figura y la forma serían para nosotros.

Pero al mirar lo que escribíamos a lo largo de los años

se hacía conciencia de que las alas de los pájaros no,

definitivamente no, no aleteaban con un ritmo propio,

que en efecto y así y claro no podíamos decir exactamente

lo que queríamos decir, que en poesía, salvo un ramo

de poetas cada siglo, los demás debemos resignarnos

para ser los lacayos que conducen el carro de los grandes,

y sin embargo, y sin embargo aseguro que al menos la poesía

me dio otras cosas: una manera de mirar la mirada de los pájaros migratorios,

de armar desde el sueño imágenes de la pintura y del cine,

de apreciar más a fondo la ligereza y la dulzura corporal en las mujeres,

de admirar en las tardes y las noches las hileras de los mástiles

en los puertos, la higuera y el olivo

en medio del huerto en la noche azul de Jesucristo azul,

porque el reino de Dios no estaba cerca, sino en nosotros mismos.

Pero en serio, es una pregunta en serio para uno mismo o para cualquier poeta

a cierta altura de su edad: ¿valió la pena el sacrificio, valió la pena abandonar

la apuesta de la acción para entregarle la vida a la inutilidad de la poesía?

 

 

 

A contracorriente

 

Viví a contracorriente, perseguido por una adolescencia incierta, una juventud de espiga mal dorada y una madurez que aprendió del sol. Supe que la palabra muerte era emblema de la muerte y anhelé cambiarla por las palabras sol y cuerpo, muchacha y viaje, libertad y sueño, utopía y libro. Amé con el tiempo más al mundo y menos a la gente y preferí la soledad creativa a la comunión vana, aunque a menudo la soledad sabe a fruta seca, a tierra seca, es flor sin tallo. De cualquier forma hubiera querido escribir una poesía a la medida del sol y los alimentos terrestres, o al menos, con menos sombras de las que fui dejando. Y no obstante ¿me oyes?: vi el Cristo azul bajar las montañas en tardes oscuras en ciudades de América y de Europa –Cristo, el gran artista, resplandeciente y desgarrado en un mundo mal hecho, o al menos, que fuimos mal haciendo o mal hicimos. Creí de joven que podía cambiar el mundo y anhelé un mundo más libre y menos cruel. Lo tengo esto para mí; lo reivindico para mí. Escúchame.

 

 

 

Inscripción en el ataúd

 

“Yo nací en febrero a la mitad del siglo y uno menos, y Dios me dibujó la cruz para vivírsela y las hadas me donaron cándidamente el sol negro de la melancolía. No fui un Propercio, un Góngora, un Vallejo ¿y para qué escribir si uno no es un grande? Me conmoví hasta las lágrimas con historias de amor y de amistad y supe del amor y la amistad lo suficiente para dudar de ellos. No busqué la felicidad porque no creí merecerla ni me importó su triste importancia.    Escucha esto: la vida es y significa todo aun para los que no saben vivirla. Huye, busca el cielo profundo y el mar meridional, las muchachas delgadas y espléndidas, el camino del sueño y lo imposible, y vive esta vida como si fuera la única porque es la única. Y que la tierra me sea para siempre leve.

 

 

 

Lápida en el aire

 

“Ya vi. Ya viví en demasía. ¿Mi legado? Dejo lo escaso bello que yo hice y lo escaso bueno que yo di. Menos y más, yo más, me sentí un forastero dondequiera, y para vivir, para simular que vivía, más pronto que tarde emprendí la aventura o fuga.

¿Quién fui? Pude ser cualquiera. ¿Mi nombre? Pudo ser del aire. Pudo ser el aire”.

Marco Antonio Campos (ciudad de México, 1949). Cronista, ensayista, narrador, poeta y traductor. Ha sido profesor de Literatura en la uia (1976-1983); lector huésped de las universidades de Salzburgo y Viena (1988-1991); profesor invitado de Brigham Young University (1991) en las universidades de Buenos Aires y La Plata (1992) y la Universidad de Jerusalén (2003); jefe de redacción de Punto de Partida; director de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural; director en dos épocas de Periódico de Poesía, investigador del Centro de Estudios Literarios del iifl de la unam y coordinador del Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades de la unam. Colaborador en distintas épocas de Confabulario (suplemento literario del diario El Universal), La Jornada Semanal (suplemento literario del diario La Jornada), La Semana de Bellas Artes, Periódico de Poesía, Proceso, Punto de Partida, Revista Universidad de México, Sábado (suplemento literario de Unomásuno) y Vuelta. Premio Diana Moreno Toscano 1972, a la promesa literaria. Premio Xavier Villaurrutia 1992 por Antología personal. Medalla Presidencial Pablo Neruda otorgada por el Gobierno de Chile en 2004. Premio Casa de América 2005 por Viernes de Jerusalén. Premio del Tren Antonio Machado 2008 por su poemario Aquellas cartas. XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad Melilla 2099, por su obra Díme dónde, en qué país. Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2010, por el conjunto de su obra poética. Ha traducido la obra de Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Guide, Roger Munier, entre otros.

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