López Velarde visto por José Emillio Pacheco, por Marco Antonio Campos

 

 

López Velarde visto por José Emilio Pacheco

 

Marco Antonio Campos

 

Como Xavier Villaurrutia fue el gran crítico literario mexicano del siglo XX, José Emilio Pacheco no tiene parangón entre nosotros como periodista literario. Por más de cuarenta años ha enseñado a las generaciones sucesivas cómo puede escribirse cada semana un admirable texto sin repetirse. Nos ha obligado a ver con una mirada abierta los pasados literarios y los presentes múltiples. En su periodismo han tomado vida el ensayo, la crónica, y con rara maestría en nuestro medio, el artículo ficción. Con lucidez imaginaria y con imaginación lúcida ha profundizado no sólo en lo que es y ha sido la tradición occidental, sino como pudo haber sido o como hubiéramos querido que fuera. En su periodismo se observan las artes y los estudios que conoce mejor: poesía, literatura, historia, política. A escala, en alguna dirección, tales conocimientos se dejan ver en el esplendido conjunto de ensayos, crónicas y poemas sobre Ramón López Velarde que cada cierto tiempo ha escrito.

Si en los años diez, entre coetáneos, sobre todo con la publicación de Zozobra, López Velarde no tuvo muy buena recepción, si era visto con una mirada de reojo, eso cambió pronto. Salvo excepciones, no hay casi de hecho poetas importantes, desde los Contemporáneos y los Estridentistas hasta los poetas de la generación de los cincuenta, que no haya tenido hacia su obra veneración o viva simpatía o se halla deslumbrado con ella. Es larga la lista: Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Bernardo Ortiz de Montellano, Manuel Maples Arce, Octavio Paz, Alí Chumacero, Rubén Bonifaz Nuño, Eduardo Lizalde, Víctor Sandoval, Gabriel Zaid, Hugo Gutiérrez Vega, José Emilio Pacheco, Elsa Cross, Elva Macías, Francisco Hernández, Evodio Escalante, Antonio Deltoro, Eduardo Hurtado, José de Jesús Sampedro, Vicente Quirarte, Víctor Manuel Mendiola, Luis Miguel Aguilar, Juan Domingo Argüelles. Si en 1971 decía Pacheco que lo escrito sobre López Velarde era en páginas cien veces más que lo que López Velarde había escrito, podemos imaginarnos lo que se ha convertido treinta y dos años después.

En los textos críticos de José Emilio Pacheco hay facetas de la vida y la obra de López Velarde que lo inquietaron desde muy temprano: los entresijos de la animadversión profunda que Alfonso Reyes tuvo hacia él; la influencia de Laforgue en su poesía, o acaso mejor, las coincidencia que hay con ella; las traducciones de Samuel Beckett de poemas del jerezano; enigmas de imágenes y metáforas de “La suave Patria” y el contraste entre provincia mítica y la realidad de la patria espelúznate; el poeta que, por un lado, recobra el paisaje del pueblo nativo, y por el otro, el flâneur de la Ciudad de México, y el hondo misterio de la relación con margarita Quijano, su segundo amor, el gran amor distante de la capital de la República. Las notas preliminares de pacheco a los poetas modernistas mexicanos escritas en su antología en 1970 son ilustrativas y esclarecedoras; una de ellas es sobre López Velarde; en la nota se encuentran ya los motivos que desarrollaría en sus artículos entre 1971 y 2001.

Partamos de algo elemental, López Velarde nunca se sintió crítico literario. Sin embargo, quizá contra él mismo, las notas que de él nos quedan, como en los casos de Gorostiza, Guzmán y Torri, lo muestran como un brillante crítico, pero del crítico que publica sus notas en la prensa, es decir, ése que no piensa, o lo piensa algún tiempo o mucho tiempo después, que tales páginas pueden reunirse en libro. Esos que Eliot consideraba claves y los llamaba “supercríticos”, y cuyo principal representante en Francia ha sido Saint-Beuve y en México Xavier Villaurrutia.

En sus notas y reseñas López Velarde se ocupó ante todo de su generación y de la inmediata anterior, y con mucho, las mejores son sobre poesía. No jugó, o mínimamente, al elogio a figuras representativas para hacer carrera literaria ni al elogio recíproco con sus compañeros de generación. Pensemos en sus notas sobre poetas mayores de la época como Nervo, Tablada, González Martínez, o de José Jesús Núñez y Domínguez. Todos (salvo Nervo que había muerto) le contestaron con severidad o acritud. Tablada y González Martínez le tenían afecto y no sólo lo perdonarían, sino acabarían reconociéndolo como una talento excepcional. Pero a Reyes nunca lo trató, y Reyes, que solía ser mesurado y ecuánime, fue a menudo injusto en sus apreciaciones críticas desde 1926 a 1953, como reconstruye Pacheco en su espléndido artículo “Una enemistad literaria”. “La cronología los une, todo el resto los separa”, escribe Pacheco.

El encono de Reyes nació a raíz de una rápida nota sobre El plano oblicuo, que López Velarde publicó en diciembre de 1920 en la revista México Moderno. Increíble: por una nota escrita tal vez en una o dos horas, reyes sostuvo un rencor soterrado o abierto por cosa de treinta y tantos años. En la breve nota López Velarde le hizo la reprobación dolorosa que lo prefería “fuera de la lírica” y le recomendaba que saliera de la penumbra de las bibliotecas a tomar aire para que su literatura le llegara la vida. En una carta del 25 de diciembre de 1920, Julio Torri preguntaba al amigo lejano (Reyes vivía en Madrid) si leyó la crítica de López Velarde, “acertijos, notas chirriantes, como buen lugareño autodidacta”. Es decir,  Torri descalificaba a López Velarde como poeta por confuso, lo reprueba por el tono de sus críticas y lo desprecia como hombre de cultura, considerándolo un aldeano sin formación académica, como si Torri hubiera nacido ilustrado en Paris y Roma y tuviera título de Oxford o Cambridge. Reyes responde a Torri que sí leyó la “notita” y que López Velarde y un “amable endémico” que escribe en el diario El Universal (Teja Zabre) “quieren dar a entender que han vivido mejor que yo”. ¿Fue una “notita”? ¿No tuvo importancia? La verdad, como muestra Pacheco, es que la tuvo y en demasía. Los ataques a Reyes, dirigidos hacia alguien que ya no podía defenderse, principiaron en 1926 y finalizaron en 1953. Entre otros, arremete contra López Velarde en 1926 menoscabándolo como pueblerino y como poeta de baratijas locales, de esos poetas “poetas rotos” que traen “raídos los traseros del alma”, para verlo en 1939 como una “estrella fugaz en nuestro cielo poético”, y en 1942 como autor de solo un poema (“La suave patria”), para terminar en 1953 casi anulándolo, luego de verter elogios, al compararlo con el aduanero Roseau, es decir, palabras más, palabras menos, viéndolo como un poeta ingenuo, un poeta que escribe cosas grandes pese a su mala formación, o si se quiere, como la encarnación mexicana de la fábula del burro que tocó la flauta. Curioso: cuando en 1926 Reyes principió sus agrias invectivas, José Juan Tablada , en una crónica neoyorquina de abril de ese año, calificaba a López Velarde como “un verdadero poeta, un vidente ignorado por la crítica, un cisne luminoso que para las gallinas cluecas no es sino el “patito feo”, y en 1953, cuando Reyes escribe sus últimas invectivas, Elena Molina Ortega acababa de rescatar en libros numerosas crónicas, notas literarias y prosas políticas del joven zacatecano; después de leerlas , nadie puede dudar de una muy buena formación. Una ligera diferencia: ,menos que “una enemistad literaria”, como estima Pacheco, me parece que se trato de una profunda animadversión en la hablaba solo un lado. López Velarde, quien murió el 19 de junio de 1921, medio año más tarde de la publicación de la “notita”, no pudo desde luego enterarse de inquina de Reyes y por tanto ignoró que era su enemigo.

Quizá los poetas modernistas a quiénes López Velarde más leyó y admiró, fueron los dos “árboles máximos”: Rubén Darío y Leopoldo Lugones. El argentino le mostró la vía difícil para asumir la poesía como “sistema crítico”. Afortunadamente López Velarde, más que un frío sistema verbal, logró muchas veces, con denodado rigor, que cada palabra de sus poemas tuviera magia o vida. De poetas españoles, salvo Góngora, fue poco en sus grandes aprecios. López Velarde sabía latín, pero quizá su segunda lengua fue le francés. ¿Hasta dónde la conoció? ¿Cuánto leyó en el idioma? ¿Hasta dónde pudo penetrar en el hechizo de Baudelaire y Verlaine o, si leyó, de Laforgue? Nunca lo sabremos. Sin embargo fue indudable su contacto próximo con el francés y con la literatura francesa. En esto, González Martínez, como observa Pacheco, tuvo una influencia decisiva: como maestro de idioma, dándoles itinerarios en su libro de traducciones (Jardines de Francia) y mostrándoles vasos comunicantes con la poesía belga de la transición del siglo (Rodenbach, Verhaeren, Maeterlink).

Entre 1850 y 1890 hubo un pléyade de poetas franceses que modificaron el mundo de la poesía occidental: Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Verlaine, Vorbiére, Laforgue, Malarmé. ¿Quiénes de estos poetas dejaron huella en él’ ¿Tuvo  con ellos aires de familia o sólo  fueron fuente de deslumbramiento? Mucho se ha insistido en la influencia de Baudelaire y Laforgue, y si uno lee, percibe una  y otra vez las increíbles coincidencias formales y temáticas que hacen pensar en una segura influencia, salvo por un hecho: en las más de novecientas páginas de poesía y prosa de López Velarde que reunió José Luis Martínez en la reedición  de 1990 hay tres o cuatro  referencias a Baudelaire, una por cierto, iluminadora, en poema de primera juventud (“Tenías rebozo de seda…”), y ninguna a Laforgue. La citadísima cuarteta de su poema dice:

 

(En abandono de mi sinceridad

Séame permitido un alegato:

Entonces era yo seminarista

Sin Baudelaire, sin rima y sin olfato.)

 

Es decir, de 1900 a 1902, entre sus doce y catorce años no había leído aúnen el seminario de Zacatecas a Baudelaire, gran iniciador de la poesía moderna, y no sabía entonces de los encantos múltiples de la rima, piedra angular de su poesía, y no tenía olfato, que, para Villaurrutia, es el “más característico, el más refinado, el más precioso y sensual de los sentidos”, pero, el cual, yendo más lejos, significaría en este caso que carecía también de malicia. “No es la forma lo que López Velarde toma de Baudelaire”, concluye Villaurrutia, “es el espíritu (…) lo que sirve para descubrir  la complejidad del suyo propio”.

¿Pero leyó a Laforgue? Hacia 1921 Enrique Díaz-Canedo apuntaba que la poesía de López Velarde tenía “una manera que mirarían con agrado Góngora y Jules Laforgue y Julio Herreray Reissing”. Allen W. Phillips recuerda que Jesús Villalpando ya colocaba en 1916 a Laforgue al lado de López Velarde, y que poco más tarde Rafael Cuevas y Rafael Lozano harían lo mismo. Margarita Quijano, la inspiradora de varios poemas de Zozobra, rememoraba más de cincuenta  años después  que en sus pláticas con López Velarde, ambos solían hablar de Baudelaire y Laforgue. Octavio paz profundizó en su mejor ensayo; “Los caminos de la pasión”, en las coincidencias y afinidades perceptibles entre Laforgue y López Velarde. “Si no hay influencia”, observa Phillips, “aun en lo más exterior es fácil ver un claro parentesco”. Pacheco culmina: “Entre Laforgue y sus seguidores, como López Velarde, no hay imitación subordinada, sino, diría Baudelaire, ˋcorrespondencias´”.

Como Phillips y Paz, Pacheco se extendió en las más hondas coincidencias entre Laforgue y López Velarde. Son tres los artículos de Pacheco publicados en 1987, el año del centenario del fallecimiento del francés: “Paris es un desierto”, “Jules Laforgue” y “Los comediantes de la luna”. Pacheco se detiene sobre todo en la utilización por amos del verso libre, entendiéndolo, como se entendía a fines del siglo XIX y a principios del siglo XX, como alteración de la métrica, pero donde es indispensable la misma para crear nuevos efectos, dibujando entre otras cosas, estrofas que en la mirada parecen tener el movimiento de la danza. Asimismo Pacheco observa otras claras coincidencias: la unión de lo metafísico y cotidiano, los juegos violentos  de contrastes, la preferencia del lenguaje hablado al literario y la ironía para disimular una tristeza irremediable sin fondo.

Los artículos de Pacheco abundan en asociaciones perspicaces. Dice, por aso: “Como después López Velarde, Laforgue medita en las polis desde su última fase: la necrópolis”. Laforgue como López Velarde, gustó de los personajes mínimos y tristes con los que ambos se identificaban a raíz, y ambos, lo entendieran del todo o no, reconocían  con el Pierrot de la Commedia delll´ Arte, “el perpetuo perdedor”, o con el personaje  por excelencia, no del siglo XX, como apunta Pacheco, sino de toda la historia de la humanidad: “El antihéroe, el ciudadano común y corriente, el transeúnte, el usuario, la víctima de la locura del poder, el hombre si atributos, el pobre diablo: usted y yo, en pocas palabras”. No obstante, creo que en la poesía de López Velarde no hay ese exceso de negaciones como las hay  en la de Laforgue, donde todo parece terminar en la ruina, en el destierro, en el vacío, en la nada. No creo tampoco que el católico López Velarde hubiera llegado a atreverse a poner por escrito esta pregunta estremecedora: “¿Y Dios?¿Un nuevo Dios no es necesario?”.

Admirable traductor de poesía, conocedor como pocos del inglés entre nosotros, Pacheco es una autoridad mayor para decidir si una traducción de este idioma  al nuestro es buena. Como todo poeta mexicano sabe, a principios de los cincuenta la UNESCO encargó al escritor irlandés Samuel Beckett, con el fin de ayudarlo económicamente, la traducción de An Anthology of Mexican Poetry. Por hambre, por dinero, Beckett aceptó. Para hacer la traducción “confiaba en su francés, en su comprensión del latín y en la ayuda de un amigo”. La compilación era de Octavio Paz y el prefacio ilustre de C. M. Bowra. Por diversos azares la antología sólo pudo publicarse hasta 1958  en Indiana University Press. Incluye a treinta y cinco poetas: desde Francisco Terrazas y Sor Juana Inés de la Cruz hasta Ramón López Velarde y Alfonso Reyes. Pero ¿es buena la traducción? Su amigo Gerald Brenan -escribe Pacheco- “revisó el manuscrito palabra por palabra y le asombró encontrar “only one tinty, insignificante error”, en las páginas del libro”. Demasiado optimismo. No hay, de hecho, traducción de los grandes textos que no desespere por sus limitaciones. Traducción es transformación, y por ende, un nuevo texto, o si se quiere, para decirlo con Pacheco, aproximaciones del original. Imposible de recobrar del todo ritmos, música, colores matices, entendidos, insinuaciones, sugerencias. Los poemas traducidos por Beckett de López Velarde son el punto central del artículo de Pacheco publicado en 1988 (“Beckett, traductor de López Velarde”) En casi cada poema las fallas de traducción se repiten pero alarma sobre todo ver en varios de los ejemplos citados cómo el sentido es otro. Si hay un poeta mexicano en quien la palabra, en muchos poemas en prosa o poemas en veros, está henchida de posibilidades, en quien el adjetivo sustantivo sustancia al máximo la frase o el veros, ése es López Velarde. Más. Para nuestro desánimo en la traducción de Beckett la rima y, de hecho, la música han desaparecido. Pudo ser Beckett o pudo ser cualquiera; traducir a López Velarde es tarea casi imposible, o si se quiere, se necesitaría para conseguirlo al estricto equivalente de López Velarde.

Pacheco, quien suele encantarse como Borges o Italo Calvino describiendo o imaginando ciudades, ha hablado del contraste entre el joven López Velarde que caminó arduamente la Ciudad de México, y el poeta López Velarde en cuya obra “apenas queda huella” de la urbe. La mayoría de los poemas se refiere a los sitios del centro del país donde habitó: Jerez, el edén de infancia  que la Revolución hizo añicos, y las ciudades recoletas de Zacatecas, Aguascalientes y San Luis Potosí en el siglo XX.

López Velarde dijo de Saturnino Herrán, nuestro pintor sin errores: “Si sólo la pasión es fecunda, procede publicar el nombre de la amante de Herrán. Él amó a su país, pero usando de la más real de las alegorías, puedo asentar que la amante de Herrán fue la ciudad de México, millonésima en el dolor  y en el placer”; quizá, desde alguna profundidad del alma López Velarde hablaba también por sí mismo.

Venir hacia los años diez  del siglo XX a lo que es hoy el Centro Histórico, aun desde pueblos próximos  como Tacubaya, Mixcoac o Coyoacán, era todavía “venir a México”. El barrio de López Velarde, la colonia Roma, en la habitable capital de entonces, había nacido apenas en 1902. Vayan las coincidencias sentimentales: ese barrio lo fue también del propio Pacheco en su infancia y adolescencia, y lo hizo vivir inolvidablemente en una novela breve (Las batallas en el desierto). Pacheco vio ante todo al López Velarde de la Ciudad de México como un flâneur, “una paseante solo y pensativo”, como lo fueron Baudelaire y Laforgue. López Velarde caminó básicamente en el Centro Histórico, trabajó en él como abogado, redactor de revistas y profesor de preparatoria, frecuentó sus bares y cantinas y visitó a menudo las casas de placer de rameras nacionales y, como recordó Ortiz de Montellano, también las de rameras francesas. Su calle representativa fue Madero. Su despacho de abogado inclusive estaba en Madero 1 y las oficinas de la revista Pegaso, donde laboró, se hallaban en la misma calle. Más: en el preciosos texto de José Gorostiza leyó el día de junio de 1963, cuando López Velarde fue inhumado en la Rotonda de los Hombres Ilustres, lo evoca en sus paseos a la una de la tarde y a las siete de la noche: “Había que haberlo visto recorrer  en aquellos años, entre 1916 y 1921, la estrecha calle principal de la Ciudad de México, andando en sentido inverso la ruta del Dique Job, desde la esquina de la Casa de los azulejos, hasta, seguramente, la [esquina] de Madero y Gante, y en ocasiones hasta El Globo, en el cruce con la calle de Bolívar”. Velarde dedicó a la calle páginas irónicas en las que hablaba de las actividades de elegantes cortesanas pero que servía también como paseo para muchachas de Dios, y aun la vio, utilizando un alter ego como emblema de esos cambios históricos que representaban los cambios de las grandes influencias extranjeras en el país: “[…] fue una calle, luego una rue, y hoy es una street”.

De lo que constituían entonces las afueras de la ciudad, López Velarde era sobre todo un aficionado a Santa María de la Ribera, barrio que, como decía en su artículo sobre María Enriqueta, le recordaba el solar nativo.

Ausente el barrio de la Roma en sus versos, no lo fue en hechos significativos de su vida. Su segundo gran amor, Margarita Quijano, quien contaba con diez años más que él, moraba en la calle de Córdoba, es decir, a unos pasos de avenida Jalisco 71, donde el vivía en un departamento de clase media baja con su madre y su hermana. Poco después de su llegada a la Ciudad de México en 1914, la conoció en el tranvía que ella tomaba para ir a dar clases a la Normal. López Velarde, con paciencia análoga a la del personaje kierkegaardeano del Diario de un seductor, la merodeó callada  en incesantemente  por coa de tres años y medio. Ante el moroso asedio, los dos terminaron enamorándose en silencio. Empezó por llamarla telefónicamente. Al principio Margarita se resistía pero acabó aceptando las llamadas a latas horas de la noche, que pronto se volvieron prolongadas, casi infinitas. Conversaban de poesía y literatura. Acordaron encontrase en lugares cercanos a su barrio entre ellos, recordaría Margarita, lo que fue el cementerio de la Piedad, donde hoy se alza el multifamiliar Juárez que fracturó el terremoto de 1985. Margarita, quien nunca escribió, fue, dice Pacheco, “Una gran lectora lúcida, informado e hipercrítica que en verdad lo había leído todo, y en sus lenguas originales”. Ramón le escribía poemas, y algunos oh melancolía por la esperanza o la pérdida, son de los más bellos de nuestra poesía: “La dama en el campo”, “Boca flexible, ávida…”, “La niña del retrato”, “Tranmútase mi alma…”, “Que sea para bien” y “La mancha purpura”. Fue una amistad, evocaría ella, “hermosa, diáfana, sublime”. Sin embargo, Margarita empezó a tener reservas, y a mediados de junio de 1918, rompe abruptamente. El motivo, diría cinco décadas más tarde, sólo lo supieron Dios, el poeta y ella. López Velarde, en un último y desesperado intento, busca al padre de Margarita para pedir su mano. La petición termina en el vacío. Ya sin esperanzas López Velarde escribe como adiós uno de sus poemas más descorazonados y tristes: “La lágrima…”Según puede colegirse sus declaraciones a Guadalupe Appendini en 1971 (Ramón López Velarde. Sus rostros desconocidos), desde temprana edad Margarita Quijano había prometido que sus únicas nupcias serían con Jesucristo.

Al parecer, salvo prueba en contrario, es Pacheco en 1969, en un artículo publicado en la revista Siempre!, el primero en sacra a la luz el nombre de la dama culta de la capital, el don  que a López Velarde le otorgó febrero, la mujer que le reveló la síntesis de su propi zodiaco imaginario. Unos cuantos sabían el secreto pero se negaban a declararlo en público. Al fin uno de ellos, el poeta tabasqueño Carlos Pellicer, previa consulta con la musa, dio vía libre para darlo a conocer. Habían pasado cuarenta y ocho años de la muerte del poeta. Puedo equivocarme, pero creo que menos que el amor de rasgos celestiales que tuvo por Fuensanta, menos que el amor triste y lejano en su dulzura  que tuvo por Fe Hermosillo, Pacheco se sintió atraído por el misterioso amor del autor de Zozobra por Margarita Quijano. Hasta donde sabemos, López Velarde quiso casarse con las tres (cada una en su momento). Fuensanta y Margarita lo rechazaron y Fe se vio obligada moralmente a partir a París con su madre, su hermana, su cuñado y su sobrino, y cuando regreso a México el poeta ya había muerto. No sólo López Velarde no olió en su “lecho de azahar”, sino, oh destino sin luz, tampoco sus grandes amores.

Enrique Díez-Canedo, Rafael López, José Juan Tablada, José Gorostiza, Octavio Paz y Rubén Bonifaz Nuño, entre otros, no causaron de admirar “La suave patria”. Borges y Bioy (tuve oportunidad de escuchárselos de viva voz) lo sabían de memoria. Ningún poema de López Velarde obsesionó tanto a Pacheco tanto como éste. Explotando diversas vetas, en el curos de treinta años, Pacheco se ocupó de él en varios artículos: “Fantasmagoría de lo que no vivimos” (1971), “La patria espeluznante” (1983) , “Suave patria o patria espeluznante” (1988) y “López Velarde hacia ˋLa Suave Patria´” (2001). Escrito en el cuarto centenario de la caída de México -Tenochtitlan (no en balde el “Intermedio” admirativo dedicado a Cuauhtémoc) y el primer centenario de la consumación de Independencia, el poema quiere contraponer a la patria de oropel porfiriana y a la patria cruel de los lobos cainitas de los años revolucionarios , la patria de las “tradiciones y la tierra”, o también, por otras vías, como muestra Pacheco, “la patria chica” a “la patria grande”, el regionalismo al centralismo, en suma, “la Patria suave a la patria espeluznante”. Biográficamente, simbólicamente, se ría como el regreso al pequeño pueblo donde nació y vivió hasta los doce años y a las ciudades modestas y apacibles donde habitó en la adolescencia y la primera juventud. La preferencia por el pasado quieto, pero pródigo de imágenes, al futuro que abre las ventanas hacia el jardín podrido del progreso y del dinero. Buscar ser más nosotros mismos que el señuelo del sueño americano. El paraíso en la tierra es el establo escriturado por el Niño Dios, el infierno en la tierra son los veneros del petróleo.

Cuando López Velarde escribe el poema había terminado el periodo más violento de la Revolución pero no la lucha por le poder. Ya no le tocó ver en los años veinte cómo la “Patria suave” que anheló se volvía casi de inmediato y de manera dramática “la patria espeluznante”, la “patria de la rebelión delahuertista, la guerra cristera, la última campaña de exterminio contra los yanquis, los asesinatos de Huitzilac y Topilejo y la dictadura militar de Calles”. Más: si López Velarde asistiera hoy a las ineptitudes de la era electrónica, si tratará de entender la ferocidad de la competencia ávida con los números feroces del capitalismo salvaje, donde el lobo del hombre se come con aún más facilidad a los corderos de los países pobres, si  adentrarse a los efectos de la globalización, donde los países ricos, como siempre, son los más beneficiados con la venta infinita de sus productos, y peor, si viera que desde hace un tiempo Jerez ha crecido en demasía y ha dejado de tener el hechizo aldeano, que la Ciudad de Aguascalientes se volvió un polo industrial que abraca cosa de medio estado, y que la ciudad de San Luis Potosí tiene hoy más habitantes que los que tenía la Ciudad de México donde él vivió, en fin y en suma, que en ochenta años la realidad vertiginosa ha arrebatado a la región la calma idílica de varios siglos, tal vez pensaría que era demasiado para su comprensión y no sabrá hacia dónde volver los ojos.

El poeta Rafael López, amigo muy próximo de López Velarde, propuso alguna vez que “La suave Patria” se convertiría en un segundo himno nacional; más razonablemente Pacheco prefería verlo como nuestro poema nacional. El poema está fechado el 24 de abril de 1921; sin embargo, ese día nadie podía pasarle por la cabeza que menos de dos meses después López Velarde diría adiós a este mundo y desaparecerá, el poeta más íntimamente nuestro, nuestro poeta por excelencia, el Poeta.

Marco Antonio Campos (ciudad de México, 1949). Cronista, ensayista, narrador, poeta y traductor. Ha sido profesor de Literatura en la uia (1976-1983); lector huésped de las universidades de Salzburgo y Viena (1988-1991); profesor invitado de Brigham Young University (1991) en las universidades de Buenos Aires y La Plata (1992) y la Universidad de Jerusalén (2003); jefe de redacción de Punto de Partida; director de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural; director en dos épocas de Periódico de Poesía, investigador del Centro de Estudios Literarios del iifl de la unam y coordinador del Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades de la unam. Colaborador en distintas épocas de Confabulario (suplemento literario del diario El Universal), La Jornada Semanal (suplemento literario del diario La Jornada), La Semana de Bellas Artes, Periódico de Poesía, Proceso, Punto de Partida, Revista Universidad de México, Sábado (suplemento literario de Unomásuno) y Vuelta. Premio Diana Moreno Toscano 1972, a la promesa literaria. Premio Xavier Villaurrutia 1992 por Antología personal. Medalla Presidencial Pablo Neruda otorgada por el Gobierno de Chile en 2004. Premio Casa de América 2005 por Viernes de Jerusalén. Premio del Tren Antonio Machado 2008 por su poemario Aquellas cartas. XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad Melilla 2099, por su obra Díme dónde, en qué país. Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2010, por el conjunto de su obra poética. Ha traducido la obra de Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Guide, Roger Munier, entre otros.

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