Víctor Hugo ante los abismos, por Alfonso Reyes

 

Victor Hugo ante los abismos[1]

 

Alfonso Reyes

 

Dijo Victor Hugo que cuanto, después de su muerte, apareciera escrito por él debería publicarse: confianza en sí mismo y ejemplar respeto a la historia. Con el transcurso de los años se van aflojando cada vez más las censuras y empiezan a aparecer sus notas, sus cuadernos íntimos, llenos de graciosas indiscreciones y de referencias galantes, escritas, por cierto, en un español aproximado. Los biógrafos se complacen en demostrarnos que aquel hombre —demasiado humano— era todo simpatía y humorismo y no es necesario verlo bajo la apariencia monumental y solemne que, al pronto, su propia grandeza le comunica.

De tiempo atrás, sus coqueteos con “el más allá” habían impresionado a la crítica. En 1943 yo distribuí por la prensa de México un artículo, Víctor Hugo y los espíritus” (Los trabajos y los días, pp. 185-187). Allí hablo de las experiencias espiritistas del poeta en las islas inglesas donde pasó su destierro, singularmente a partir de la aparición de Mme de Girardin en Jersey, año de 1853. Durante tres años al menos, según los procesos verbales redactados por Adêle Hugo, los “espíritus” frecuentaron las sesiones del poeta.

En 1929, aparecieron dos libros consagrados a contarnos lo que fre el espiritismo de Hugo (C. Grillet) y lo que fue su religión (Denis Seurat). Adolfo Salazar ha tratado, en Novedades, sobre el misticismo ermbundo de Hugo. Aunque no sé si así podemos llamar —misticismo errabundo a eso que se ha venido llamando ocultismo y espiritismo; más tarde, con intención ya más cienúfica, “metapsíquica”, y hoy por hoy —si es que no me engaño “parapsicología”.

La última palabra, en cuanto a las veleidades seudorreligiosas del poeta, corresponde a Maurice Levaillant, miembro del Instituto, que publicó el año pasado una obra fundada en documentos inéditos sobre lo que él llama “La crisis mísüca de Victor Hugo”, años de 1843 a 1856. No sólo aprovecha Levaillant las “actas” sobre las mesas parlantes sino, en general, todas las demás manifestaciones de la sed religiosa que el poeta expresó a lo largo de su existencia. La crisis comienza para Victor Hugo con la trágica muerte de Leopoldina, su hija.

Entre la política y las diversas aventuras y contingencias, por 1846 anda en lecturas de Swedenborg, Eliphas Lévi. El destierro, la soledad, el mar, la visita de Mme de Girardin, orientan aquella inquietud dispersa hacia las más vulgares prácticas del espiritismo. En casa de Victor Hugo se evoca a los muertos, a los mitos, a las ideas abstractas, hasta al espíritu de los vivos, como el de Napoleón III, que comparece —sin duda por desdoblamiento— a discutir con su adversario. Se elaboran singulares teorías, los desterrados respiran una atmósfera caliginosa. La Burra de Balaam comparece y da prueba de una gran fertilidad metafisica. Las sombras componen alejandrinos dignos de Hugo.

En 1854, parece acentuarse el recuerdo de Leopoldina, la hija perdida, y la tristeza que se revela en los versos va clarificando un poco la densa bruma acumulada por las equívocas experiencias de las mesas parlantes. Victor Hugo ha comenzado a pensar que las mesas unos devuelven nuestra propia imagen del mundo” y que, a ãavés de ellas, no hacemos más que monologar. Un incidente —la súbita locura de Jules Allix— aconsejó abandonar aquellos juegos. En octubre de 1855, cunde por Marine-Terrace un verdadero sentimiento de pánico. Hay que renunciar a las mesas. En Guernessey el ambiente es ya más respirable. La poesía ha logrado expulsar lentamente los efectos de la intoxicación. El cielo se aclara. Agosto de 1955.  
 
 

[1] Obras completas, XXII. Marginalia. Las burlas veras, México, FCE, 1989 (Letras Mexicanas), pp. 571-574.

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