Poemas de Catulle Mendés

Catulle Mendès por Ernest La Jeunesse (h. 1901)

 

La presente selección forma parte del libro Antología de poesía parnasiana (Madrid, Cátedra, 2016). Edición, estudio y traducción de Miguel Ángel Feria.

 

Muestra poética de Catulle Mendés

Traducción: Miguel Ángel Feria

 

 

El mercado de la Madeleine

 

¡En pie! La luz del sol acaricia las sábanas

(¡quién hubiese nacido cerca de Mitilene!).

¡Vamos a respirar el olor de los cidros

al mercado que tienen puesto en la Madeleine![1]

 

He soñado un castillo levantado en el llano.

Y estábamos los dos (amor, tú ya me entiendes…);

tú eras la castellana, yo el huésped de una noche…

¡En pie! La luz del sol acaricia las sábanas.

 

¡Viajaremos tú y yo cuando y adonde digas!

Nos iremos a Grecia, a las tierras de Helena

cuyos brazos no fueron más bellos que los tuyos…

(¡quién hubiese nacido cerca de Mitilene!).

 

A China con sus torres de porcelana fina,

a la India morena que guarda en el madrás

una melena negra, crespa como la lana…

Vamos a respirar el olor de los cidros.

 

¡Aunque sólo sea un sueño que te hará sonreír!

¡Vayámonos los dos a comprar mejorana,

mejorana y cobeas de pétalos morados

al mercado que tienen puesto en la Madeleine![2]

 

 

 

El león

 

Como no quiso nunca, por ser ella cristiana,

encender el incienso ni ofrendar holocaustos

a esos dioses vacíos de madera y arcilla,

dictaminó el Pretor que a las fieras la echasen.

Y al ser joven y virgen, y sonrojarse toda

cuando el juez la miraba con sus ojos lascivos,

una cláusula más del edicto fijó

que el suplicio le dieran totalmente desnuda.

 

Desnuda entró en el circo, velada solamente

por sus castos cabellos.

 

Y surgió del cubil

famélico y rugiendo de placer un león,

que en dos saltos nerviosos vino a oler a su presa.

La plebe la miraba con misteriosos celos

toda blanca temblar junto a las fauces rojas,

y le hacía las muecas del beso y el mordisco

cada vez más sedienta de una horrible lujuria.

Y ella más se ocultaba tras su larga melena.

 

Mientras tanto el león de asesinos impulsos

abría ya su hocico de dientes carniceros.

 

“León”, dijo la virgen.

 

Y el león, mansamente,

se echó sobre la arena con un silencio dulce.

Ella estaba desnuda y él cerraba los ojos…[3]

 

 

 

Los pies descalzos

 

Sin medias, sin cuero ni suelas (¡que viva mi amada!) y sin almadreñas, voy caminando desde la aurora (¡vagabundo, camina, hace un día precioso!) sobre la tierra seca del monte, sobre la tierra seca del trigo…

¡La tierra adora los pies descalzos!

 

Y con los encajes (¡que viva mi amada!) a su alrededor, sobre tapices de dulce lana (¡vagabundo, camina, hace un día radiante!) los príncipes andan a pasos menudos con sus babuchas de punta curva…

¡La tierra adora los pies descalzos!

 

Aquella que es fiel (¡que viva mi amada!) y nunca me miente, llenos de barro, llenos de polvo (¡vagabundo, camina, ve a juntarte con ella!) enseña sus pies que muerde la hierba, que muerde la zarza por los andurriales…

¡La tierra adora los pies descalzos!

 

Cual tórtolas blancas (¡que viva mi amada!), cual blancas palomas, la reina enjaula sus blancos pies (¡vagabundo, camina por el aire de abril!) en jaulas de tersos tejidos, de hilo de oro blanco, de hilo de oro rojo…

¡La tierra adora los pies descalzos!

 

Las reinas se mueren (¡que viva mi amada!), los reyes han muerto: ¿qué fue de sus zapatos? ¿qué fue de sus chinelas? (vagamundo, camina, y echa luego a dormir). Bajo la tierra no tendréis medias, cuero ni suelas…

¡La tierra adora los pies descalzos![4]

 

 

 

El poeta se acuerda de la primera boca que besó

 

Una rosa del mes de abril

bajo la estrella que la guarda,

con picardía o por descuido

me despertó el primer deseo.

 

Fue tu boca de escarcha rosa

para tu paje, Hildegarde,

una rosa del mes de abril

bajo la estrella que la guarda.

 

Y desde entonces he pasado

duelos, peligros, mil angustias,

pero qué importa si conservo

fresca en mi viejo corazón

una rosa del mes de abril.[5]

 

 

 

Le Marché de la Madeleine

 

Debout! le soleil caresse nos draps.

Que ne suis-je né près de Mytilène!

Allons respirer l’odeur des cédrats

Au marché qu’on tient à la Madeleine!

 

J’ai rêvé d’un grand château dans la plaine.

Nous étions (hélas! tu me comprendras!)

Moi, l’hôte d’un soir, vous, la châtelaine.

Debout! le soleil caresse nos draps.

 

Nous voyagerons lorsque tu voudras!

Nous irons en Grèce, au pays d’Hélène

Dont les bras étaient moins beaux que tes bras.

Que ne suis-je né près de Mytilène!

 

En Chine où les tours sont de porcelaine,

Dans l’Inde où la noire a sous le madras

Des cheveux crépus comme de la laine,

Allons respirer l’odeur des cédrats.

 

Mais ce n’est qu’un rêve et tu t’en riras!

Allons acheter de la marjolaine,

De la marjolaine et des gobéas

Au marché qu’on tient à la Madeleine!

 

 

 

Le Lion

 

Comme elle était chrétienne et n’avait pas voulu,

Pour de vains dieux d’argile et de bois vermoulu,

Allumer de l’encens ni célébrer des fêtes,

Le prêteur ordonna de la livrer aux bêtes;

Et comme elle était jeune et vierge, et rougissait

Quand l’œil du juge impur sur elle se fixait,

Une clause formelle en l’édit contenue

Précisa qu’au supplice on la livrerait nue.

 

Nue, et le sein voilé de ses chastes cheveux,

Elle entra dans le cirque.

 

En quatre bonds nerveux,

Un lion, famélique et rugissant de joie,

Jaillit de la carcère et vint flairer la proie.

Le peuple regardait, étrangement jaloux,

Palpiter ce corps blanc près de ce muffle roux,

Et montrait, allumé d’une affreuse luxure,

Des rictus de baiser, peut-être de morsure.

Elle, chaste, tirait ses cheveux sur son sein.

 

Cependant le lion, instinctif assassin,

Entrebâillait déjà sa gueule carnassière.

 

«Lion!» dit la chrétienne.

 

Alors, dans la poussière,

On le vit se coucher, doux et silencieux;

Et, comme elle était nue, il ferma les deux yeux.

 

 

 

Les pieds nus

 

Sans bas, cuir ni semelle (Vive ma belle!) et sans sabots, je marche depuis l’aube neuve (Marche, vagabond, le jour est si beau!) sur l’âpre terre du talus, sur l’âpre terre où le blé lève…

La terre aime les pieds nus!

 

Avec de la dentelle (Vive ma belle!) tout à l’entour, sur leurs tapis de douce laine (Marche, vagabond, si clair est le jour!) les princes font des pas menus dans des souliers à la poulaine…

La terre aime les pieds nus!

 

Celle qui m’est fidèle (Vive ma belle!) et ne ment pas, boue et poussière au bas des jambes, (Marche, vagabond, marche et rejoins-là!) montre de larges pieds mordus par l’herbe et la ronce des combes…

La terre aime les pieds nus!

 

Comme des tourterelles (Vive ma belle!) on des ramiers, la reine met ses pieds en cage (Marche, vagabond, dans l’air printanier!) en cage sous de fins tissus de fils d’or blanc, de fils d’or rouge…

La terre aime les pieds nus!

 

La reine est mortelle (Vive ma belle!) les rois son morts. Où sont les souliers et les mules? (Marche, vagabond, marche, tombe et dors). Dessous la terre, non dessus, vous n’aurez bas, cuir ni semelle…

La terre aime les pieds nus!

 

 

 

Le poète se souvient de la première bouche qu´il baisa

 

Une rose d’un mois d’avril

Sous une étoile qui regarde

Éveilla, malice ou mégarde,

Mon désir pas encor viril.

 

C’est ta bouche au rose grésil

Qui fut pour ton page, Hildegarde,

Une rose d’un mois d’avril

Sous une étoile qui regarde.

 

J’ai connu les deuils, le péril,

Depuis, et l’angoisse hagarde!

Mais qu’importe, puisque je garde

Fraîche en mon vieux coeur puéril

Une rose d’un mois d’avril.

[1]                      Mitilene es la capital de la isla griega de Lesbos, lugar de nacimiento de la poetisa Safo. Tierra mediterránea, solar, pródiga en olivos, árboles frutales y bellas mujeres.

[2]                      El parisino mercado de la Madeleine, inaugurado en 1834 y situado en la plaza del mismo nombre, se caracterizó por la venta de flores, joyas y exóticos productos manufacturados procedentes de China, la India o Sudamérica. Destruido en 1920, algunos floristas resisten aún hoy en la plaza, si bien el pasaje que se llama ahora “marché” es apenas un conglomerado de restaurantes de comida asiática y sucedáneos. Para una idea del mercado a principios de siglo, pueden contemplarse los cuadros de Eugène Galien-Laloue Paris, Marché aux fleurs à la Madeleine (hacia 1910) o de Ladislaus Bakalowicz Marche aux Fleurs à la Madeleine (antes de 1913). Primera publicación de “Le Marché de la Madeleine”: Philoméla (1863).

[3]                     Parece evocar este poema la figura de Santa Blandina, mártir que en el año 177 y en la ciudad de Lyon fue arrojada junto a otros 47 cristianos a las fieras del circo. Según se cuenta, los animales no quisieron atacarla, lo cual obligó a las autoridades a someterla a toda clase de suplicios hasta que finalmente fue degollada. Primera publicación de “Le Lion”: Le Parnasse contemporain (1869-1871). En seguida formó parte de los Contes épiques (1872).

[4]                      Primera publicación: Lieds de France (1892).

[5]                      Primera publicación: La Grive des vignes (1895).

CATULLE MENDÈS. De Gautier, de Banville, de Leconte de Lisle, de Baudelaire, de los cuatro maestros del Parnaso bebió cuanto quiso, pudo y supo el desmesurado Catulle Mendès (1841-1909), cuya literatura conglutinó todos los géneros y las tendencias estéticas de la Escuela. Célebre en su época como pocos, el tiempo ha venido condenándolo a mera reliquia de la literatura finisecular, y son muchos los críticos como Francis Vincent que le niegan su condición de poeta para ver en él a un simple “centre d´atracction”, un “animateur” de su sistema literario: “le vrai tempérament de Mendès était d´un imitateur plutôt que d´un initiateur original”[1]. Natural de Burdeos, con 17 años se estableció en París para colmar sus ambiciones literarias. Gracias al apoyo financiero de su familia –una estirpe de comerciantes portugueses de origen judío- fundó en 1861 la primera revista del círculo parnasiano, la polémica Revue fantaisiste, y dos años después dio a la imprenta su primer poemario, Philoméla. También en 1863 publicó Sonnets, su obra de mayor fidelidad para con los dogmas parnasianos. En estos dos pimeros libros –uno dedicado a quien fuera luego su suegro, Théophile Gautier, otro a Théodore de Banville- afluyen variadas direcciones parnasianas, desde la exótica y helenística concebida a la luz de Leconte de Lisle y Banville, hasta la erótico-galante de signo gauteriano, pasando por aquella que seguía de cerca el tenebrismo y el spleen baudelairiano. Ecléctico en su empeño de permanecer siempre a la vanguardia, Catulle Mendès dejó una obra inabarcable y poliédrica en la que fue todos para ser él mismo. Dotado de una prodigiosa facultad para la asimilación de maneras, tonos y espíritus ajenos, quizás su mayor logro radique en haber configurado el poema en prosa parnasiano, de amplia irradiación en el primer modernismo hispanoamericano. En fin, Catulle Mendès abarcó la poesía, la novela, el teatro y la crítica a lo largo y ancho de casi ciento cincuenta volúmenes, entre los que pueden subrayarse, aparte de Philoméla y Sonnets (1863), títulos como Hespérus y Contes épiques (1872), Sérénades (1876), Intermède (1885), Poésies nouvelles (1892) o Les Braises du cendrier (1900).

 

[1]                      Vincent, Francis. Les Parnassiens: L´esthétique de l´École, les oeuvres et les hommes, pág. 150.

Miguel Ángel Feria (Huelva, España) es Licenciado en Humanidades por la Universidad de Huelva, Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, y Doctor en Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Como traductor ha publicado, con introducción crítica, selección y notas a su cargo, una Antología de la poesía parnasiana francesa -Editorial Cátedra (2016)- así como una versión íntegra de El arte de ser abuelo de Victor Hugo -Editorial La Lucerna (2017)-. Su obra poética propia ha obtenido el XIV Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Salamanca” (2010) por La Consagración del Otoño -Ed. Reino de Cordelia, 2011- y el IX Premio de Poesía “Andalucía Joven” (2007) por El Escarbadero -Ed. Renacimiento, 2008-. Ha sido profesor de literatura en las universidades de Marsella, Paris 7 y Limoges en Francia y en la Universidad de Alcalá de Henares en España. Ha publicado artículos y reseñas en revistas especializadas como Thélème, Nueva Revista de Filología Hispánica, Archivum o Anales de Literatura Hispanoamericana. Traductor residente en el Collège international des traducteurs littéraires de Arles (Francia) y en el Centre for Arts and Creativity de Banff (Canadá), donde prepara la primera versión al español del poeta francocanadiense Roland Giguère.

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