Increpación en la muerte de Valéry, por Alfonso Reyes

 

Increpación en la muerte de Valéry[1]

 

Alfonso Reyes

 

Vencido de religioso sentimiento, apenas acertamos a hablar junto a esta fosa. Todavía aletea muy cerca el Hijo de la Muerte, y todavía la tempestad del tránsito deja llegar el retumbo de sus truenos.

No era posible, antes —mucho menos ahora—, reflexionar en Paul Valéry sin agitar las mitologías. ¡Oh, no las vanas fábulas! Sino esas últimas imágenes en que la mente aprisiona los saldos de sus conquistas sobre el mundo, incapaz de reducirlos a especies discursivas: los símbolos del fuego y la luz, los ojos zarcos de Atenea, Apolo el arquero y sus cortejos de héroes solares, alas y dagas y espuelas de Teseo, Perseo y San Jorge, fiesta del Euforión bailátil, órdenes lúcidos que ahuyentan a la espantable Hécate, matan al dragón Belfegor y al cientopiés Huichilobos y demás oscuridades caóticas; viento que limpia de gusarapos el laboratorio de Canidia, y victoria de la frente sobre la entraña.

Era justo que se alejara, Astrea iracunda, cuando sobrevino la Edad del Estiércol, la que Hesíodo no había previsto; cuando presenció el mundo la ruina de la Inteligencia, y se vio rodeado de errores sin nombre o de conformidad lastimosa. Era justo que se sacrificara así, entre la pobreza y la tristeza, siquiera para dejarnos la esperanza de una resurrección.

Poeta de la emoción intelectual, había subido el fuego cordial a la ceja misma en que el hombre se desborda hacia el Ángel, dejadas, abajo, las fangosidades de la sangre, entre cuyos hervores nacimos. No podía ir más alto que la muerte, y tuvo que traspasar nuestro cielo, hecho todavía de graves vapores, en su camino hacia la zona donde habita el gozo suficiente.

Pero, entre tanto, acá, abajo, en este Valle de la Estulticia, es el pronunciar discursos, tejer coronas y proceder al spáragmos o despedazamiento del héroe, para comulgar con sus pedazos. Después de lo cual, todos volverán a sus casas creyendo que han cumplido a con la Poesía y que pueden ya echarse a dormir, o incurrir en los habituales temas de Herondas: criadas y vestidos.

El capitán aqueo huía a toda ñenda, después del gran desastre de Tebas y, muertos sus compañeros, sólo le quedaban, como dice Estrabón, su manto de amargura y su gran caballo pelinegro. Ha visto abrirse la tierra bajo el carro del adivino, del vate. Yva gritando por donde pasa: “[Se han cerrado ya pam siempre los ojos de mi ejército! ” ¡Eso no! Los ojos del vate, como la acusación de Caín, han de abrirse siempre desde alguna cúspide del espacio. iOh, pueblos de bestias, no habéis acabado con la Poesía!

[1] Obras completas, XXI. Los siete sobre Deva. Ancorajes. Sirtes. Al yunque. A campo traviesa. México, FCE, 2000 (Letras Mexicanas), pp. 91-92.

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