Latencia, cuento de Eduardo Cerdán

 

 

Latencia

 

Eduardo Cerdán

 

Como mi esposa se alejó para saludarlo, yo me quedé con las correas de Maya y de Nico en la mano derecha mientras Adrián, nuestro hijo, me tomaba de la izquierda. Qué gorda se veía Isabel junto a ése que, intuí, era su alumno. Estábamos hartos: los perros mordían sus correas, Adrián quería sentarse y a mí me picaba la nuca por el sol. Isabel se notaba muy cómoda, hable y hable, y el otro parecía tenerle mucha confianza. Me mareé cuando me detuve en la cara del chavo. Los mismos rasgos de mi hijo: la frente amplia, lisa, acababa en unas cejas despeinadas como chinahuates; tenía los ojos grandes, ancha la nariz.

Adrián me jaló del brazo para pedirme una manzana acaramelada. Nada más pedía por pedir, me cae, porque nunca le han gustado, pero con tal de no necear, de evitarme un berrinche suyo, le dije que sí, que esperáramos a mamá porque ella traía el dinero.

Rodeado por mi hijo y los perros, me acerqué a Isabel para presionarla.

—Te presento a Arturo —me dijo ella—. Le di clases de Merca el año pasado y ya está terminando sus créditos. De hecho es mi asesorado, no tarda en recibirse.

Miré del alumno a mi hijo y de mi hijo al alumno. De veras se parecían. En eso, Arturo me tendió la mano toda sudada.

—Él es Diego, mi esposo —continuó Isabel.

—Mucho gusto, señor.

¿«Señor»? ¿Con qué derecho, güey?

—Y mi hijo Adrián. Cinco años ya, bien rápido —siguió ella—. Saluda, mi amor… Ay, no quiere… Y ellos son Maya y Nico, nuestros perritos rescatados. Decimos que son esposos, ¿verdad? —se dirigió a mí—. Los encontramos casi al mismo tiempo y tuvimos que quedarnos con ellos porque nadie quiere adoptar perros de su edad.

Arturo acarició el lomo de Maya, que le meneó la cola, bien facilota, y luego quiso palmear la cabeza de Nico, pero éste le gruñó e intentó morderlo.

—¡Nico! —lo regañó mi esposa—. Qué mal portados andan los niños hoy, ¿eh? Qué pena… Pero bueno, Arturo, ¿y ahorita a dónde vas?

Iba a su casa, que quedaba cerca (todo está cerca en esta ciudad), así que Isabel se ofreció a llevarlo. Él se negó, lo bueno, porque a mí ya me urgía regresar.

Arturo me cayó mal. Sangre pesada, que le dicen. ¿Mi hijo sería así de mamón a su edad? Hice como que me jalaban los perros mientras mi mujer y aquél se despedían.

—¡Mucho gusto! —alcancé a oír, pero no lo pelé.

Dejamos atrás el olor de churros del parque y en silencio nos encaminamos hacia el coche: yo con los perros, ella con nuestro hijo. Me ponía contento verlos juntos, aunque no me hicieran caso por estar en un mundo donde sólo cabían ellos dos.

Ya adentro del carro, cuando Isabel manejaba, Adrián cayó en la cuenta de que no le habíamos comprado su manzana.

 

La tarde de ese domingo fue larga y calurosa. Luego de comer una pieza del pollo rostizado que pedí a domicilio (casi ni hablamos durante la comida), me eché en la sala para ver algo en Netflix.

Mi cuerpo se sentía como un estorbo, así que fui al refri por una Indio para que me ayudara a dormir una siesta corta. Había evitado las siestas desde que me corrieron de la Volkswagen (me hacían sentir todavía más inútil), pero el malestar lo valía esta vez.

Llamé a los perros para no quedarme solo abajo, porque Isabel y Adrián habían subido a ver la tele en el cuarto grande. Maya, que jamás lo había hecho, nos hizo el feo a Nico y a mí y se largó con mi hijo, la muy cabrona, pero lo bueno es que el perro me acompañó, ése sí, y se acostó junto a mí, al pie del sillón.

—Vente, mano —le dije a Nico—. Ella ya no nos quiere.

La cerveza y mi elección de Netflix (Grace and Frankie, una serie cagadísima de señoras) lograron arrullarme. Azotada por sentirse vieja y jodida, Jane Fonda le hacía un pancho a su novio más joven y se quitaba las pestañas postizas y se desmaquillaba y le decía que órale, que si eso quería, que así iba a ser la cosa… En ésas estaba cuando me quedé dormido.

 

La pestañita se extendió hasta la hora de la cena. Isabel me despertó, sacudiéndome del hombro. En la pantalla, Netflix preguntaba: «¿Todavía estás viendo este título?».

—¡La cena, Diego! —exigió mi esposa—. A mí no me hagas nada si no quieres, pero por lo menos hazle algo al niño. No sé de qué estás cansado, la verdad, si no has hecho nada.

Me tallé los ojos, desorientado. El corazón me latía rápido porque había tenido un mal sueño.

—Uy, qué pinche humor —le dije mientras me incorporaba del sillón.

—No empieces, por favor.

—Quién te viera en la mañana. Ahí sí, qué buena onda la miss, ¿no? Ya te volviste la típica chavorruca buen pedo, ¡la amiga de todos los niños!

—Eres un pendejo —terminó, y con paso telenovelesco subió las escaleras.

Dejé que pasara un ratito.

—¡Hijo! —grité—. ¡Ven, que te hago un sándwich!

 

Para las nueve y media, la cocina y el comedor ya estaban limpios; Adrián, acostado.

—Me gusta más cuando me acuesta mi mamá —dijo cuando lo tapé con la colcha.

Maya se quedó pegada a él, como nunca, y cuando yo la quise acariciar me ladró en mal plan. Pinche traidora. Nico, que se veía medio atarantado, se quedó en el pasillo. Me daba la impresión de que no sabía cómo estar en el mundo si la perra no lo acompañaba.

Llegué a la recámara en son de paz. Isabel leía acostada, sin maquillaje y en pijama, la panza escondida bajo las sábanas. Así, con el pelo amarrado en una coleta y la cara lavada, se veía guapetona y no aparentaba acercarse a los cuarenta. Hasta parecía que yo era el mayor ahí.

—Ya quedó, amor —le dije, no me contestó—. ¿Sigues enojada? —y me acerqué a darle un beso en la frente.

—Es que eres muy patán, Diego.

Por fin bajó el libro y me vio.

—Ya, perdón —cedí—. ‘Taba modorro.

Isabel soltó un suspiro.

—Bueno, ahí muere —dijo, y me sonrió. Ser parco de palabras puede servir a veces.

—¿No vas a cenar? —le pregunté—. Te hago algo.

—No, es que me cayó mal la salsa que mandaron los del pollo. Hasta me tuve que tomar un Riopan. Por suerte me quedaba un sobrecito en mi bolsa.

Mientras me desvestía, le conté que la Maya andaba rara conmigo.

—Está loca, ha de ser la edad —dijo Isabel—. La hubieras visto con Adrián hace rato. No, bueno. Un amor… Le daba de besos, se echaba panza arriba…

—Sí, ya está ruca. Es más: vamos a cambiarle el nombre. Que se llame Jane Fonda.

La hice reír, vientos. Luego le confesé que había visto un cachito de Grace and Frankie yo solo, pero como ya estaba de buenas no me la hizo de tos.

Me acosté en bóxers y no tardamos en ponernos cariñosos. Aunque ya estábamos en posición, sin ropa, ella no me dejó entrar. Sólo se sobó conmigo por fuera, con los ojos cerrados, hasta que me vine en su vientre. Quise tocarla para que también terminara, pero se negó y me dijo que ella podía sola.

 

Luego de un rato, abrazados y aún desnudos (Denise Maerker como ruido de fondo), Isabel me contó:

—La verdad, yo también me dormí en la tarde. Le puse la tele a Adrián y haz de cuenta que entré en coma. Tuve un sueño raro. El lugar era una casa enorme, vacía, con las luces apagadas, y yo llevaba una lámpara entre las manos. Había muchas escaleras, un tramo y después otro y otro. Yo subía, muy preocupada, con urgencia por llegar a quién sabe dónde. En eso miraba hacia abajo y encontraba a una persona que quería alcanzarme…

Ahí ya me empezaba a parecer rara la cosa.

—Yo no quería esperar, así que seguía subiendo —continuó Isabel—. Cuando la figura se acercaba tantito, aparecía de la nada otro largo tramo entre nosotros. Era interminable. De repente me entraba la certeza de que aquella persona lloraba. No la oía, no la veía, pero yo estaba segura, ¿me explico?, segura de que sufría y extrañaba a alguien, de que me extrañaba a mí. Era mi culpa. Entonces yo dejaba de subir los escalones para que pudiera alcanzarme, las luces se encendían de pronto y me daba cuenta…

—Sí —dije—, era yo.

Sentí vértigo un largo rato. Cuando googleamos sobre el asunto, nada más nos salieron rollos esotéricos y la letra de una canción cursi. Isabel se sacó de onda, pero no se clavó con nuestro sueño compartido. Pensé que a lo mejor tenía razón, que no era para tanto. Total: el domingo entero había sido extraño, desde que nos encontramos al Arturo. Quise que el día acabara ya, que lo de «borrón y cuenta nueva» de veras existiera.

Me di la vuelta y cerré los ojos. Ni siquiera oí cuando mi esposa apagó la televisión.

 

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos antes de que Isabel se fuera a «dar una asesoría», ninguno de los dos habló. Ella mantenía la mirada gacha. Por Adrián ya había pasado el transporte escolar y los perros estaban encerrados arriba: uno en el baño y la otra en nuestro cuarto, porque muy temprano se habían agarrado del chongo y Nico, cosa rarísima, estaba tan enojado que por poco le suelta la mordida a Maya.

Nada sobre el sueño de la noche.

No le dije a Isabel que, en él, yo entraba a nuestro cuarto y la veía desnuda y notaba una figura debajo de las sábanas, una cabeza en su pubis; que cuando me acercaba, ella le decía al bulto que siguiera, que por mí ni se preocupara, y se reía de mí; que ella tiraba las sábanas al piso y entonces yo veía a Arturo, con los ojos burlones a la altura de su útero.

No le dije a Isabel que, cuando desperté de la pesadilla, vi que ella, aún dormida, se tocaba entre las piernas.

 

Agosto de 2018

 

Este cuento forma parte del libro Pasos en la casa vacía (en prensa).

Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995). Narrador y ensayista, es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde imparte clases. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Confabulario de El Universal, La Jornada Semanal, Letras Libres, Literal, Crítica y La Palabra y el Hombre. Textos suyos aparecen en varias antologías, entre las que destacan: Latinoamérica en breve (UAM-X, 2016), Dejar huella. Perros de papel, de la memoria, de la imaginación (Ediciones Cal y Arena, 2017) y Desierto en escarlata. Cuentos criminales de Ciudad Juárez (Nitro/Press, 2018). En 2015 fue becario de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas, dentro del área de narrativa. Parte de su trabajo académico y literario se ha traducido al inglés y al francés. Está a cargo del Taller de Creación Narrativa de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, fue editor de narrativa en Cuadrivio y actualmente es jefe de redacción de la revista Punto de partida de la Dirección de Literatura de la UNAM. En 2019 se publican sus libros de cuentos Pasos en la casa vacía y Los niños vuelven de noche, este último en el Fondo Editorial Tierra Adentro.

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