El devorador de las cenizas, cuento de Lucio Siveriano

El devorador de las cenizas

Lucio Severiano

A la memoria de mi abuelito Mino, el más sabio genio

                                                       

Voy a narrar la historia de una de las criaturas más desgraciadas que pudieron existir en este putrefacto mundo. Ésta es la historia del feo y deplorable monstruo, de aquel que no eligió serlo, pero al que le fue dado un destino pobre y asqueroso, y nunca fue consultado. Esta criatura, esto es un misterioso ser frecuente de observar cerca de aquellos lugares donde todo se ha esfumado en humo intoxicante y por fuego fulgurante, el destructor. Allí donde todo es gris y flotante.

El señor Domingo venía de llevar a cabo su labor, se dirigía a su hogar desde la inmensa fábrica adornada por volátiles y danzantes vapores grisáceos: toda ella sumergida y penetrada por un halo de masas informes e incorpóreas de humos densos y tóxicos. Esta factoría que supuestamente respondía y había sido construida, primero, para enfrentar y satisfacer las necesidades de los colonos del pueblo; segundo, para ofrecer muy benévola y salvadoramente –o por lo menos eso parecía- empleos para todos y combatir la pobreza; había sido el resultado de un oleaje de industrias provenientes de quién sabe dónde, y de unos cuantos oligopolios de señores muy importantes.

Aquí era donde Domingo había pasado veinte años trabajando e invirtiendo su vida, él ya conocía cómo eran las reglas de ese lugar, y sabía muy bien la serie de mafiosos que se ocultaban por detrás de esa capa de humos y vapores calientes y grises.

Él caminaba ya a medianoche por aquellos senderos que parecían enormes agujeros, muy grandes con circunferencias de cuarenta metros, y profundos como tumbas de muertos, más o menos de catorce de altura o profundidad. Eran tan similares a aquellos cráteres que nacen de la colisión de un meteorito con la tierra, no obstante a diferencia de los cráteres, aquéllos no habían sido creados y no habían surgido  a partir de aterrizajes y choques de asteroides meteoros contra la tierra sólida, sino que habían sido moldeados, o mejor dicho, construidos por manos de técnicos ingenieros. El krátos humano era el causante de tales golpes y cicatrices en la  tierra sólida.

Estos abismos eran oscuros y penumbrosos en su hondura ya que los habían formado por la razón de que allí se tiraba la materia inservible de los cocos. Los amos de las factorías eran dueños de las referidas frutas naturales; las comercializaban y exportaban (entre otras cosas) hacia otros países o las vendían dentro del mismo. Existía así todo un mercado que consistía (sólo y para eso) en la producción en masa de productos enlatados. Oligopolios del mercado.

Y los hoyos ciclópeos tenían también únicamente un propósito, y era utilitario: en ellos se quemaban los restos y los residuos de las frutas que no se necesitaban, esto es, allí iba a parar todo desperdicio orgánico: desde fruta podrida hasta racimos de diversos vegetales y frutas. Uno de estos racimos que asimismo había en abundancia eran los llamados pelos de cocos: tales pelos de coco que cubren la cáscara azafranada de los mismos, se juntaban en gigantes redes en forma de bola para que, a su vez, fueran llevadas por grupos de trabajadores en dirección a los agujeros sobre la tierra.

Las redes eran colocadas en el centro de los abismos y se les prendía fuego. Cuatro eran los puntos estratégicos para incendiar las bolas de pelos que eran llamadas con un nombre peculiar por los trabajadores, el nombre de estopas. Cuatro puntos estratégicos en donde unos trabajadores del mismo número, corredores y portadores de antorchas, se ubicaban y, matemática y coordinadamente, les prendían fuego a las estopas.

A nivel de un solo abismo, y en la noche inalcanzable, cuando ya iniciaba a obscurecer, se observaban cuatro hombrecitos que bajaban a ras de piso el entero abismo, todos ellos apestando a combustible y gasolina, con sus ropajes y uniformes entintados de gris polvo, con las manchas bien marcadas, provocadas por la gasofa y el combustible. Sus manos y sus rostros renegridos por las cenizas y el sudor, además de una respiración pausada y no precisamente a causa del cansancio.

De esta manera, representados por los hombrecillos, se veían cuatro focos móviles que cargaban luces ardientes, todos aproximándose hacia sus respectivos puntos de tiniebla que confluían en uno, el principal al centro. Cada vez, desde lo alto, las luces que intensificaban se acercaban más, penetrando la penumbra de la noche, a la gigante bola de cabellos enmarañados todavía sin encender, sobrepuesta en el agujero principal.  Y entonces, en repentino, como si alguien abriera la puerta del Infierno, una gigantesca y magnífica llamarada incendiábase de las cuatro antorchas de luz. Brusca e inesperadamente la estopa entera se prendía, y las llamaradas ascendían directamente hacia el cielo estrellado.

Todos estas acciones descritas acontecían en cinco abismos dispuestos estratégicamente lejos unos de otros. Así, en  un abrir y cerrar de ojos (desde la perspectiva de un dios, pudiera decirse) era posible notar cómo lentamente se incendiaban, en sus respectivas excavaciones las cinco estopas en inmensas llamaradas luminosas: una por una, aquí y allá, allá y acullá, como si fuera un fuego de focos y circuitos en serie de luces navideñas. Cada antorcha de estopa en sus indicados agujeros, unas blancas, otras rojas. El mundo de sombras se iluminaba con toda naturalidad para que las labores diesen principio. Muchos destellos al azar, respingos de aspas en caos, sin embargo, en armonía.

Una vez muerto el circuito de luces de estopas, una vez terminado el trabajo, los empleados se avenían a sus hogares y lares. Cuando eso sobrevenía, cuando ya no había nadie que incendiara más estopa, el ambiente parecía ebrio, cubierto por una niebla difusa. Si bien ya no había tornados y esferas lucíferas arrasadoras, quedaban pequeñas y pobres flamas a punto de extinguirse. También era posible divisar residuos luminosos de color naranja, muy fuertes a la vista, como si fuera lava y magma fulgurante, en la base y lo más profundo de los hoyos terrestres. Volaban por los aires diminutas partes candentes y brillantes de manera azarosa. Era un caos danzante de ver, con puntos rojos y vivos: luciérnagas del infierno.

Ya pasadas las tres de la mañana, en aquel momento en el que eran mínimos los residuos ardientes que destellaban en el agujero, cuando todo se había tornado oscuro y las penumbras tenebrosas se introducían en los rincones, cuando ya solamente seguían danzantes dos que tres residuos luminosos, y en el centro, en donde había un núcleo relleno de gasolina y petróleo colocado por debajo de la estopa que estaba por quemarse al día siguiente; es más, cuando todo, completamente todo estaba repleto de cenizas grises, negras y rojas, allí pues, sobrevino lo inexplicable. Allí, a esa hora, siempre se aparecerá un visitante, según la leyenda, y no precisamente humano.

Al señor Domingo le había sido asignado en lo que respecta a su ropa de labor, el número 428, un número maldito, cosa que significaba trabajar en el turno nocturno. Quién diría que ese número le traería la mala suerte. Pobre y salado don Domingo, al terminar su turno, como a eso de las tres y veinte de la mañana se vio en la necesidad de pausar su oficio y acortar el paso, en su ida, a través del camino de los hoyos de estopa, el camino de los agujeros luminosos; tuvo, pues no hubo de otra, que tomar dicho sendero a través de las puertas del infierno, el que es regido por las hadas del subterráneo ardiente. Tomó, para llegar a ellos, los pasos de las cenizas.

Él, en su momento, estaba bien atareado por su trabajo, de por sí nocturno. Ahora bien, ya se encontraba recorriendo el camino que lo llevaría a los agujeros negros. Todo el camino repleto estaba de capas grises de cenizas densas, y nevaba de negro. El ambiente entero yacía escupido por cenizas rojiblancas, nubes densas formadas de polvo opresor y asfixiante. La nieve canosa no permitía caminar correctamente a don Domingo, la ceniza se le introducía por sus chanclas improvisadas con cintas de rafia entrelazada a una plantilla de gruesa piel de toro que estaba algo desgastada. Sus ropas raídas y sudorosas, con cada paso dado, se impregnaban de polvo malvado.

El señor, con su rostro lleno de grasa con gris, vagaba a lo largo de los agujeros que asimismo estaban repletos del susodicho polvo. Deambulaba y rondaba, los túmulos esquivaba junto con montañas de cenizas. Rodeaba las bases en cuyo seno se encontraba el combustible. Evitaba pasar cerca de las estopas que no habían sido quemadas. La razón de su amedrentamiento consistía en que no le gustaba aproximarse a semejantes y ciclópeas estopas y bolas de pelo de coco porque, habida cuenta de la inminencia y peligrosidad de un fogón o chispazo repentino, podrían encenderse a una velocidad incalculable e impredecible. Con ligeros espasmos imperceptibles a vista primera, el hombre jadeaba lentamente porque el humo y las cenizas sucias se instalaban y tapaban sus narices. Por ello respiraba con la boca, lo que a la larga le provocaba una respiración pausante y tarda que era acompañada por unos sonidos cacofónicos, y otros débiles. Faltaba poco para que la región en que transitaba adquiriera una atmósfera antifonante.

Ésta siempre era una de las principales características, que habría que remarcar, de los trabajadores y obreros: comenzaban los primeros a recolectar los cocos que nacían de las palmeras, y éstas crecían a las orillas de las playas y los manantiales regionales. El campesino las recolectaba o subiendo hasta las cúpulas de las palmeras o derribando con machetazos los troncos de las mismas. Cuando caían algunos cocos, los más viejos, se quebraban en dos o en trizas al estrellarse huecamente contra la arena brillante por causa de las pequeñas rocas esparcidas y afiladas. No siempre era el caso, puesto que cuando no había rocas que peligraran las cáscaras de los cocos, éstos caían y se estrellaban para quedar sembrados en la arena, dejando como huella un orificio con la forma del coco, antes de ser recolectados. Los cocos eran pelados con los machetes de metal brillantes hasta descarapelarlos, eliminar su corteza café y llegar al fruto blanco y jugoso. Este fruto era el que las factorías les compraban a los campesinos para enlatar, y del mismo modo, los productos enlatados, una vez sintetizados y sometidos al procesamiento, contenían savia y sueros, jugos o cualquier otro requerir alimenticio.

Los campesinos que trabajan por su cuenta y los empleados de las factorías, en cierto modo, se los responsabilizaba de trasladar los cabellos de los cocos o la estopa hacia los agujeros incendiarios. Ellos les llamaban hornos naturales pues, según ellos, afirmaban que eran inmensas bocas de cráteres volcánicos, o también les daban el nombre de cerros encendidos, por estar formados bajo crestas y valles profundos.

En un lugar como el ahora descrito es que hacía sus deberes Domingo. No tenía más remedio que cruzar a pasos madrugueros el camino cenicero y los cráteres de polvo canoso. Él caminaba y había logrado, después de mucho cansancio, atravesar tres de los cráteres, cuando se percató de un aire algo denso y demasiado contaminado de cenizas y productos pulverizados por el pueblo de gentes obreras. Un ambiente habitado por partículas negras y blancas que flotaban, al modo de copos cinéreos, como cuando neva intensamente. Sintió un inmenso soplido que levantó al instante los cúmulos enteros y montañitas de cenizas obscuros que tiritaban con un anaranjado fulgurante, ya que algunas seguían encendidas de un color singular, a rojo vivo suele decirse. Las montañas de estopas enredadas a la manera del estambre principiaron un movimiento de aquí para allá, ascendiente y descendiente, como si una entidad invisible, aunque perceptible, las empujara con un propósito desconocido; y un rasgo distintivo que declaraba el advenimiento de lo macabro: una intensa, pero pesada onda de calor se precipitó por el lugar, por el horno incendiario, por el cráter infernal. Los grados caloríficos ascendieron increíble y bizarramente.

El sudor corrió por todo el cuerpo de Domingo, empapado en entereza, de pies a cabeza. Ahí fue que meditó la situación y supo lo que sobrevenía. Las puertas del infierno acababan de abrirse. El abismo entreabrió su boca telúrica llena de los males más horrendos, desconocidos e insanos. El soplido que sintió Domingo simbolizaba la señal del chirrido que se genera y proviene de los cerrojos y placas y tornillos de metal oxidado que amachimbran las puertas de madera hueca y carcomida por las termitas, el mismo sonido que manifiestan las puertas pertenecientes a casas abandonadas por centenares de años, el chillido irritante conocido como el símbolo de la llegada del hijo del diablo.

En un instante, apareció en medio del cráter más grande, allí donde se encontraban las más amplias cantidades de montículos de tierra mezclada con cenizas rojas, negras y blancas, un niño raquítico, con su piel pegada y adherida a las costillas y demás huesos de sus miembros esbeltos. Acurrucado estaba, se le avistaban las vértebras de la espalda pálida. Todo él estaba cubierto por cenizas y hollín, como ahumado, es decir, su cuerpo y sus espaldas se mostraban renegridos. Todo grisáceo. Pero lo más extraño de ver era lo siguiente: una marca de la desgracia, los pies se aparecían torcidos de una forma indescriptiblemente anormal. Sus pies flacuchos y pandos, completamente negros se mostraban en dirección contraria. En donde debían estar los tobillos, estaban los dedos; en donde los dedos, según el caso natural, más bien los tobillos. ¡Retorcidos! ¡Vueltos para atrás! Y en ambos pies, chuecos y amorfos, unos dedos con algo que no se asimilaban a uñas, sino a largas y grotescas pesuñas renegridas. Los dedos meñiques poseían una longitud mayor que los consiguientes. Los pulgares eran obesos hasta una deformidad ominosa. La enfermedad del elefante hacía presencia: sus brazos, delgadísimos y huesudos; sus piernas, anoréxicas y también retorcidas; sus pequeñas manos de niño eran extensas, más extensas de lo común. Sus orejas, muy puntiagudas.

En una de sus amorfas manos había tomado un puñado de cenizas y, con la otra, muy lentamente, con el dedo índice torcido, tocaba el puñado de cenizas que permanecía en la palma de su mano gemela, y luego el mismo dedo que había tocado las cenizas, lo introducía en su boca. Después, tocaba de nuevo la ceniza que se encontraba a sus pies, y repetidamente, llevaba su dedo a la boca. En paulatino sacaba una larga y negruzca lengua a la cual se aproximaba su dedo índice. ¡Estaba probando las cenizas! Degustaba los polvos de fuego como comparando qué ceniza tenía un mejor sabor, si la negra o la blancuzca. El ser innombrable, el niño de las cenizas, repetía estos movimientos sin ser percibido por nadie hasta ese momento. Iba de nuevo: palpaba las cenizas con su dedo y luego se lo llevaba a la boca.

Domingo no se inmutó en lo más mínimo, pues ya sabía de quién se trataba, y  mucho menos se asustó. La leyenda tradicional que él muy bien conocía contaba que dicha criaturita se la conocía como el hijo del diablo. El diablo, una vez, hace muchísimo tiempo y en épocas antiquísimas en las cuales reinaban seres espirituales, salió de los abismos del infierno mismo y recorrió el mundo en busca de una mujer con la cual copular. Encontró una que, tiempo después, se le daría el nombre de la Ciguanaba o la Mujer Yegua. La preñó y ella dio a luz a este extraño ser, quien quedó condenado por todas las eternidades insufribles a nunca desarrollarse, a no inmutarse y permanecer en el estado de un niño. No obstante, a pesar de haber sido engendrado por demonios luciferinos y personificaciones de la maldad, él nació como, y siempre ha sido lo que es, un niño, un ser inocente, mas lo cierto es que, sin importar las historias macabras que han sido esparcidas a lo largo del mundo, jamás ha hecho y provocado males a los humanos.

La criaturita alzó la mirada, dirigiéndola hacia Domingo, quien pudo ver su rostro en el momento oportuno: un rostro envejecido, como el de un anciano, con abundantes arrugas y renegrido por las edades del mundo que suscitaban un sentimiento de horror; nariz aguileña y torcida de una manera petrificante, unos labios negros y resecos, quebrantados a causa de varias fisuras visibles, en ellos se concentraba a modo de grumos polvos de cenizas. Su calvicie era de resaltar, con unos cuantos trozos de cabellos engrasados y maltratados, similares a un estropajo, la mayoría de ellos esparcidos y regados en la coronilla que, al tiempo, estaba cubierta por máculas informes, igual distribuidas azarosamente. Estos pocos cabellos, algo largos y blancos en consideración. Unos ojos amarillentos, diminutos y profundos que daban la impresión de aquellas aberraciones ocultas que habitan las profundidades míticas de la tierra.

Ambos cruzaron miradas, Domingo y el niño, pero no se inmutaron. Éste continuó comiendo las cenizas de los montículos esparcidos en forma acurrucada, el otro simplemente lo observaba con pensamientos y miradas meticulosas que unían la lástima y una percepción taciturna. Una segunda mirada de precaución que no de preocupación le arrojó este ser, el niño adulto, al señor Domingo, y prosiguiendo en la posición de acurruco con sus rodillas flexionadas y su espalda encorvada, dio unos cuantos y leves pasitos con sus pies retorcidos: tres o cuatro ligeros hacia Domingo. Entonces fue que alzó su puño que contenía un conjunto de cenizas resbalantes, a la manera de un reloj de arena, que figuraban un delgado y muy fino hilillo de polvo oscuro, y le extendió el brazo junto con su puño. Abrió su mano, y ahí estaba la ceniza negruzca, como ofreciéndosela. El ser sostuvo un momento breve la mirada a Domingo, sus ojos, amarillo luminiscentes.

Al ver que Domingo no reaccionaba a este acto, por la razón de que la reflexión sacudía la mente del señor, el niño adulto con un movimiento locuaz le estiró la otra mano con la cual había recogido otro puñado de cenizas que caían y escapaban por los lados y por en medio de los dedos enclenques. Tras un acelerado momento, le sonrió… De sus carbonizados labios una sonrisa infame, chimuela y de dientes putrefactos, amarillos y en negro permanente: unos rajados y semirotos, otros quebrados en su totalidad, cavidades de una carcajada inframundana.

Domingo le devolvió la sonrisa, y cuando éste ser se percató de tal acción, sonrío con más ganas y mayor entusiasmo, pues sabía que su ánimo era correspondido, y comenzó a reírse de una manera estremecedora para cualquier alma virgínea. Una carcajada endemoniada escupió desde aquella garganta y cuerdas vocales perturbadoras, semejantes a los cánticos macabros de pueblos barbáricos caníbales. Antinatural que progresaba de tono estertóreo, una risa estremecedora con signos de chillidos casi sofocados, acompañada de un hedor a putrefacción sólo comparado con un vómito dantesco.

Domingo, siguiéndole el juego, le regresó la carcajada, costumbre habitual en el señor. Ambos se divertían de no sé qué, simplemente conviviendo como lo hiciese un padre comprensivo con su hijo invadido de inquietud. La mayoría siempre se espantaba de esta risa burlona del niño diablo; según dicen, muchos de los habitantes del pueblo, sobre todo colonos y extranjeros, daban el pitido y salían corriendo presurosamente cuando se les aparecía el niño de cenizas, todos atravesados por el espanto, el susto. Sin embargo, Domingo permaneció allí, observando a la criaturita.

Habiéndose cansado el ser de reírse, prosiguió devorando las cenizas negras de la tierra. Domingo, comprendiendo la situación y marchando el camino a su cálido hogar, dejó en paz al monstruo a santo de que se alimentase con calma, dado que la ceniza era la comida del niño diablo, y lo único digerible para su estómago abominable.

Así, en alguna ocasión no redactada nunca por escrito anterior, tuvimos la ventura de escuchar atentamente la historia del niño diablo desde la mismísima voz del señor Domingo, quien para ese entonces era un anciano con mucha sabiduría. El señor Domingo, un genio olvidado por un mundo ansioso de novedades, se tomó la molestia de traer a su memoria insuperable las remembranzas de su contacto en primera persona con el niño diablo. De viva voz, nos relató la leyenda inolvidable de Ursulután, un pueblo ignoto ubicado en la vieja Centroamérica. Ahora, hemos de agradecerle por sus grandes historias dado que, quien ha tenido aproximación con entidades de otras dimensiones, hemos de admirarlo y dedicarle algún género de alabanza, pues ha salido ileso de semejantes peligros.

Por mi parte con un poco de risa inocente aunque poética, sólo me queda decir, conforme a los testimonios del señor Domingo, que el niño diablo fue no simplemente feo, sino algo más que horrible… De suerte que no me ha tocado verlo en la metrópolis, ¡la gracia me salve de encontrármelo en algún callejón!, pues en estas concurrencias de las ciudad hay preocupaciones más citadinas e insignificantes. Lo mítico, siempre y eternamente, estará por encima y tendrá mayor valor que lo racional, pese a su incomprensión. ¡Ay de aquel que subordine la mitificación a una serie de exposiciones y coloquios esquematizantes y taxonómicos! ¡Que la suerte lo libre de que se le aparezca una entidad inframundana, pues su línea de razonamiento se vendría abajo hasta caer en la insanidad inexplicable! Un ser tilico y raquítico en sus huesos a las miradas torpes de los emporios les provocaría un quebrantamiento del esquema tradicional de su vivir. Mejor dejémoslo así. Pero un ser amorfo, cobijado y renegrido por ceniza abismal, un ser, tal vez asqueroso para unos y grotesco para otros, nació de lo más putrefacto del mundo. Un hijo poseedor de un destino miserable y que no exigió venir a las tierras de hombres malditos a sufrir. Una monstruosidad ingenua, huérfana que habita las suciedades del trabajo y la industria; un monstruo desgraciado, habitante de las cenizas profundas de lo desconocido. Un niño, tal vez repugnante, que se alimenta de grises guijarros demoníacos: El Cepitío, el devorador de las cenizas.

Lucio Severiano, (Ciudad de México, 1994). Me ha interesado destacar en mis cuentos el horror amargo que sobreviene tras  la risa y la comedia. En proceso está una antología de poesía amorosa a cuatro manos con Leo Müller. También en proceso una novela de terror psicológico: Las travesuras de Juanito. Administro El Sátiro, un blog que busca ser una crónica de las inquietudes colectivas.

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