Lo que existe: Un cuento de Lourdes Martín Aguilar

 

Lo que Existe

 

Lourdes Martín Aguilar

 

Era una calurosa tarde de junio y el diminuto salón rezumaba calor cual animal bochornoso. Los alumnos bostezaban aunque unos cuantos prestaban atención a las diapositivas del profesor de taxonomía animal, Héctor Arce. Su voz era parsimoniosa y contribuía a la somnolencia generalizada, a pesar de que su discurso podría haber sido entretenido.

 

-El phylum de los artrópodos es el que tiene mayor diversidad en el mundo de los animales: piensen en las arañas que producen estructuras como arquitectos en miniatura, en la metamorfosis poética de la oruga en mariposa, o en los pretéritos trilobites, cuyo atavismo nos provoca una vertiginosa sensación de antigüedad y de un pasado, para nada confortable, y aun así bellísimo-.

 

En la diapositiva mostró una foto de un fósil de trilobite, cuyas espinas habían sido artesanal y exquisitamente limpiadas, y de su larga gabardina marrón extrajo otro trilobite del tamaño de un ratoncito, e hizo que la clase lo fuera pasando de mano en mano.

 

-Quizás algunos se maravillen ante tal morfología, nueva para muchos, y cuyos temas, sin embargo, se siguen repitiendo canónicamente en los animales actuales. Ahora pregúntense, ¿volverán a existir algún día los trilobites, tal y como fueron cuando la sangre, o algún fluido análogo, corría por sus venas? ¿Nunca se preguntaron, después de ver un atardecer hermoso, si volverían a presenciar uno exactamente igual? Tal vez lo que ya existió está sentenciado a no volver a repetirse, pero, les diré una verdad muy delicada: hay cosas que jamás existirán, aunque fuéramos eternos y nos sentáramos en este salón a esperar el devenir de un tiempo interminable. Y eso, se los puedo asegurar después de mis investigaciones a través de interminables noches, sobre las patitas de los insectos, los tentáculos de los cefalópodos, los ojos de las jirafas, los pelos del koala, el maullido del gatito…hay limitaciones seductoramente invisibles por todas partes, como lo que hace que una nube, aunque tan libre e ingenua, no pierda sus acentos convolutos. La creatividad es amplia, pero posee fronteras bien fuertes como las paredes de este salón.

 

La clase de Héctor ocasionalmente se tornaba en una peculiarmente filosófica, al menos para tratarse de la materia de taxonomía.

 

 

En el salón de maestros Héctor siempre se tomaba un café antes de regresar a su pequeño departamento. Vivía una vida en soledad y aunque no quisiera mostrarlo, era un personaje profundamente depresivo, por eso prefería pasar mucho tiempo en una fingida compañía antes de ahogarse en la atmósfera sofocante del metro y posteriormente en su nido gris. La profesora Ocampo, de matemáticas, y que de manera muy rara hablaba con él -pero que de modos mucho más frecuentes se le presentaba en fantasías amorosas a Héctor, dada su juventud y evidente atractivo- extrañamente lo interceptó ese día, al ver la roca que sujetaba en sus manos.

 

-¡Héctor! ¿Qué es eso? Lo vi de lejos, pero algo me dice que es más que una roquita, ¿verdad?-

-¡Ah Ada! Este, sí, mira, es…- Se puso nervioso. Qué hermoso se veía hoy el cabello de la profesora Ocampo, con bucles como tentáculos de medusa…lástima que una medusa sea tan inconquistable y bella a la vez. Le mostró el fósil.

-¡Un trilobite!- dijo ella. Un brillo celeste invadió sus ojos.

-Guau, sí sabes de esto-

-Es que de niña mi padre me regalaba muchos libros de historia natural. En cuanto a la evolución de la vida, siempre mostraban ilustraciones de estos bichitos ¿Me lo dejas ver?-.

-Sí, claro. Toma-

Héctor deseaba de manera melancólica que Ada lo acariciase a él con la misma intensidad y emoción con que lo hacía con el trilobite. Nunca se había sentido celoso de un animal del Paleozoico.

“Te lo regalo” Pensó impulsivamente en decirle. A fin de cuentas no era un ejemplar excepcional. Pero por desgracia, un brillo triste y dorado en los dedos de Ada, que removían como algas risueñas al fósil, le recordó que no tenía mucho caso esforzarse por cualquier fin romántico con ella. Héctor podría tener fantasías retorcidas, pero externamente seguía siendo un ortodoxo y tímido ser.

 

Esa noche, a diferencia de lo que pasaba la mayoría de las veces, Héctor cayó redondo en su pequeña cama, y soñó como nunca lo había hecho; casi de manera tan real como si le hubiesen dado entradas de teatro y la obra fuera su propia aventura soñada.

 

Platicaba en una tarde decembrina con Ada. El sol anaranjado habitaba cual cristal secreto en las pestañas de ambos. Tomaban vino recostados en un jardín de pasto limón, donde una estatua ocre de un pescador sentado parecía escucharlos con discreción.

-Dime Ada, ¿te gustó el trilobite?-

Ella apiló su largo cabello castaño en un puño y lo soltó de manera libertina mientras le sonreía sensualmente y acercaba su pecho de manera insinuadora al cuerpo de Héctor.

-Lo que te puedo decir es que si no me lo hubieras mostrado, yo jamás habría pensado que llegara a existir en este Universo una cosita así-.

-¿No dijiste que tu padre te regalaba libros donde aprendiste sobre ellos?-.

-No. Yo nunca dije nada…Es curioso, porque me paso las tardes y las mañanas y las noches pensando en los números que no podrían existir, y que nunca lo harán, aunque el Universo sea infinito y eterno. Pero nunca pensé en los trilobites.

Héctor hizo una respiración profunda, y a continuación dijo algo que despierto no se habría atrevido ni a pensar.

-Y yo nunca pensé que nuestros rostros podrían estar tan juntos como en este momento-

Eclipsó al sol con un apasionado beso al que Ada cedió de manera inmediata, respondiendo casi animalmente. Eran como dos plantas que se atacan tocándose las hojas, en la competencia a favor del rayo y del espacio. La fuerza y la turgencia estaban presentes, y la felicidad palpitaba en ambos como escamas de mariposa intermitente.

-Vamos a tu casa- Dijo Héctor cerca del oído de ella, que se erizó.

Convenientemente el jardín en el que se hallaban resultó ser el patio trasero de la casa de Ada; era toda acristalada y diáfana, como un elegante invernadero que albergaba plantas-mueble y árboles convertidos en piso de caoba. Se dieron la mano y atravesaron una puerta transparente. Ella llevaba un vestido color azurita, que emitía cierta iridiscencia con el ocaso.

La casa parecía ser de una única planta, y en su interior había un piano de cola, con múltiples crasuláceas apiñonadas a sus pies. También había un sillón con motivos geométricos y un comedor demasiado largo para el tamaño real de la casa. Héctor recargaba su cuerpo contra el de Ada con feroz instinto, esto lo hacía apoyándose en una esquina que resultó ser una puerta. Cuando los dedos de él se resbalaban sedientamente hacia la piel desnuda de Ada, por debajo de su vestido, la puerta cedió y cayeron ambos, él encima de ella. Él empezó a reír.

-Lo siento, ¿estás bien Ada?- Él se sorprendió del nerviosismo que invadió a Ada, instantáneo como un rayo.

-No, esto está mal, no deberías estar aquí- Ella lo apartó violentamente con una fuerza desproporcionada para su tamaño. Héctor se estrelló con una de las paredes del pequeño cuarto. Juraba que se había dado un fuerte golpe en la nuca. En medio de la confusión, todavía excitado y sentado en el suelo del cuartillo, Héctor vislumbró un objeto entre sombras, pero iluminado como si un efecto teatral quisiera llamar su atención hacia ahí. No era un ente discernible con palabras escritas o habladas, ni tampoco con su propia visión, olfato, oído o cualquier otro medio. No era una simple visión inanimada; no, estaba disecado y perfectamente inerte aunque acomodado en su momento de vida: él lo sabía. Era una criatura que no podía existir, designada por todos los hados de cualquier realidad posible a yacer en la casa de la amante, furiosa ya para ese instante. Ada comenzó a rasguñar a Héctor para sacarlo del pequeño cuarto, donde había también juguetes por el suelo que lo hicieron tropezar y que, aunado al insoportable olor a formol que bañaba al pequeño habitáculo, proporcionaban una atmósfera decrépita a todo. Las garras de Ada penetraron su piel, haciéndolo sangrar y gritar hasta que ella consiguió sacarlo desesperadamente del cuarto y cerrar la puerta de un fuerte golpe. Entonces él despertó.

 

El sudor recorría su cuerpo como rocío matutino, pero caliente y febriculoso. Estaba conmocionado por la excitación de tener a Ada entre su cuerpo hasta hace unos instantes, pero esta sensación se vio opacada por el recuerdo vívido de la criatura imposible que resguardaba celosamente en su casa. Encendió una lámpara de escritorio y despejó la mesa barriendo todo papel existente con la mano de manera violenta. Apiló varios mamotretos de taxonomía de artrópodos, mamíferos, hongos, helechos, protozoarios, bacterias, peces, bivalvos y hasta de mineralogía y geometría. Persistió las siguientes horas de la noche -largas como edades geológicas- hojeando de manera impulsiva las claves y las imágenes, las posibles combinaciones de patas, hojas y cilios de seres vivos, que podrían ser sintetizados e interseccionados en una sola metáfora de carne y hueso, o tal vez de gelatina y madera, o de fluorita y hoja. Inclusive perdió una o dos horas pensando en la forma de una malaquita viva o de un octaedro que respirara.

 

Eso es, un Paramecium pentadimensional con el color violento del cinabrio y un olor a lavanda. No, olvídalo, la cícada hecha de fractales piromórficos y que vibra con las sinfonías color verde. O más bien, una libélula que como pequeña balanza sujeta racimos de sabor tiburón.

 

Una extraña sinestesia biológica se había apoderado de sus pensamientos, ahora policromáticos, que más parecían poesía modernista y no aseveraciones científicas.

 

No, no puedo. Es demasiado para mí…No hay palabras o combinaciones de las mismas para describir mi visión, la criatura. Supongo que en los sueños pueden existir cosas que en realidad no deben existir…pero entonces ¿cómo existió ese sueño?

 

Colocó su cabeza encima de un volumen del Kunstformen der Natur, en la página de las medusas con tentáculos anastomosados. Despertó, ya sin soñar de nuevo, cuando el teléfono sonó en el comedor. Sentía un mareo fatal, como si una resaca lo atormentara. Todo era aturdimiento y calor.

Levantó el auricular sin decir nada.

 

-¿Hola? Soy Ada. Rubén me dio tu número-

 

La voz, otrora dulce y suave para él, le trajo el recuerdo de las uñas atravesando su piel, y éste le provocó una corriente eléctrica y fría a través de su médula.

 

-Aaa..Ada. ¿Qué pasa?-

-Pues bueno, como faltaste hoy a tu clase y mañana tenemos reunión de profesores, decidí llamarte yo misma y avisarte. Como desde el terremoto nuestra sala de juntas ya no existe, decidí prestar mi casa para la reunión-.

 

¿No había ido a dar su clase de las cuatro? En efecto, miró al reloj pistache de la cocina…las siete treinta y siete de la noche. Había dormido todo el día recargado en un escritorio.

 

-Ah, ok- le dijo él. Sonaba muy desorientado.

Ada titubeó pareciendo confundida por las respuestas escuetas de Héctor, pero siguió con su misión.

-Bueno te paso mi dirección, ¿tienes para apuntar? Está más o menos a cuarenta minutos de la escuela  así que no te será un problema: Quetzales treinta y dos, a cinco cuadras del Teatro de la Ciudad, más o menos. Mañana a las seis…habrá café y galletitas, ¡así que no faltes!-

 

Esto era muy extraño. Hablar con la mujer a la que anteriormente amara entre bambalinas nocturnas, y la que posteriormente hubiera tratado de desangrarlo con violencia descomunal, y que ahora ella misma dijera algo como ¡Habrá galletitas! De una noche para otra la vida de Héctor se había tornado surrealista, y lo mejor de todo, interesante.

No durmió el resto de la velada y se encargó de preparar su clase de las siete de la mañana. Le tocaba diseccionar y explicarle con paciencia a los alumnos que no debían aventarse entre ellos la piel pegajosa de los pobres conejitos a los que desollarían. Prefirió pensar en esa situación nauseabunda y olvidarse de todo el asunto de la noche anterior, más perturbador aun que cualquier disección que él pudiera efectuar…Un pensamiento lo penetró inevitablemente ¿Cómo sería diseccionar algo que no puede existir, y encontrar dentro de esa criatura órganos y venas, y geometrías imposibles, quizás una cuarta dimensión en su sistema digestivo, o tintineos de estalactitas entre órganos reproductivos inquietantes? Seguramente esa criatura experimentaría sensaciones inescrutables para cualquier otro sistema nervioso, sufrimientos infinitos para las hormigas y gozos más grandes que un planeta… Cuando menos se dio cuenta sujetaba el bisturí en la mano. Mejor guardó todo el material quirúrgico abajo de varios libros, como evitando la tentación de terminar abriéndose a sí mismo bajo el candor de pensamientos que inquietaban su domo capitular.

 

Tomó el metro. Las cinco cuarenta y cinco y todavía faltaban varias estaciones, más lo que tendría que caminar. Llegaría tarde. Pero no le importaba dado el nerviosismo que lo distraía de cualquier otra preocupación ¿Por ver a su platónica Ada y conocer su hogar? No, más bien tenía una premonición temerosa sobre la tarde cercana.

La calle Quetzales era larga y calurosa, un desierto de asfalto gris, de banquetas irregulares y casas viejas. Eso lo tranquilizó, pues las posibilidades de encontrar una casa, toda elegante y de paredes de vidrio, en medio de tan paupérrima visión, le pareció muy pequeña. Caminó, treinta, treinta y uno, treinta y dos…

 

Aquí es. Y es una casa como cualquier otra de esta calle. Fea y vieja. Muy bien. Pensó.

 

Una visión terrible hizo que se asustara como si el suelo hubiese desaparecido. Una estatuilla, junto a la puerta principal: un pequeño pescador.

 

Tranquilo. Es sólo una coincidencia, además ni siquiera está sentado como en el sueño, está parado, esperando a que piquen los peces…De cualquier manera ¿cómo podría un sueño revelarme cómo es un lugar al que nunca he ido? Es ridículo.

 

Tocó el timbre, con la mano un poco sudorosa, y un hombre alto con poblada barba marrón lo recibió con un apretón de manos muy fuerte.

 

-Hola, soy Mario, el esposo de Ada. Pasa, pasa, ya casi están todos- Esta presentación le habría incomodado profundamente, de no ser porque la estatua se le encimaba sobre cualquier otro pensamiento posible.

 

Al parecer no era el único que había llegado tarde y la sala era todavía un bullicio. Saludó de lejos a un par de profesores conocidos, y vislumbró a Ada hablando con otra profesora, pero se atrevió a verla solo de reojo. Para su desgracia, se percató de que mientras platicaba con Mario, éste estaba recargado en un piano de cola.

 

-¿Tú tocas el piano, Mario?- interrogó Héctor, de manera instantánea, como controlando el susto con algún diálogo lógico. Mario, inesperadamente, pareció incomodado con la pregunta. Héctor también estaba incomodado, pero por otras razones, principalmente porque se encontraba en una casa que parecía ser especular o por lo menos un enantiómero de la de la tarde decembrina, en la que engañaban descarnadamente a Mario su mujer y él.

 

-No, este…, nuestro hijo lo tocaba-.

 

Héctor no tenía ni la menor idea de que tenían un hijo, ¿Dónde estaría? ¿Sería ya un adolescente o apenas un retoño? Qué raro que nunca hubiera visto a Ada y a su hijo juntos en la escuela. Mientras dubitaba al respecto, Ada pasaba frente a ellos, le daba un beso en la boca a Mario, y saludó descuidadamente a Héctor:

 

-Corre Héctor, o se acaban las galletitas- Dijo, con una sonrisa que a Héctor le pareció llena de complicidad, pero probablemente estaba equivocado. Ella se fue por un pasillo. Mario empezó a atender a otro profesor que tocaba a la puerta y Héctor razonó que sería bueno ayudarle en la cocina a Ada, a donde probablemente se había dirigido.

A pesar de la pretérita estatuilla y del piano, jamás se habría imaginado que una aparición como la que presenciaría en unos segundos lo sobresaltaría tanto. El pasillo no conducía a una cocina, sino hacia una puerta de caoba, a la que se llegaba a través de un corredor que parecía hacerse infinito conforme se le caminaba más. Vio que la madre estaba frente a la puerta y se esforzaba por hablar con su hijo adolescente, que al notar los pasos de Héctor se volvió hacia él. Fue entonces cuando éste sintió el espinazo en su espalda. El rostro del chico, güero, con carencia de cabello en algunas regiones y más alto que Ada, estaba desfigurado y con múltiples suturaciones y regiones cicatrizadas color carmesí; tenía un ojo mucho más grande que el otro, y la cabeza abollada en el flanco izquierdo. Una pintura de Picasso pero de carne y hueso, realmente aterradora. Héctor se sintió terrible por estar tan asustado, se creyó un hombre realmente malo, y pensó que hubiera preferido que le estuviesen presentando a un viejo con elefantiasis, pero no a un pobre chico tan contrahecho.

 

-Ay Héctor, no deberías estar aquí- inexorablemente el diálogo de Ada lo remitió al del sueño.

-No, yo Ada…perdón, pensé que ibas a la cocina y quería ayudarte-

Ella, en silencio, recapacitó, y unos segundos después dijo:

-No te preocupes, mira, te presento a Ulises, es mi hijo-

 

El chico parecía inmutable hacia el diálogo de los profesores, y viendo a un paisaje inexistente que yacía a espaldas de Héctor sólo pronunció, con voz aguda, como la hubiera sido la de los pájaros si éstos hablaran.

 

-Mamá el corazón está fuera, hay que meterlo al conejito. Conejo, conejo, conejo. Mátalo-.

La madre, apenada y sin hacer contacto visual con Héctor, dijo

-Oh, lo siento. Ulises tiene una contusión cerebral y ya solo pronuncia algunas palabras inconexas, pero esperamos que con el tiempo mejore…-.

 

-Oreja, conejo. Mátalo, mátame. Mátame por favor- y el chico comenzó a llorar y a pegarse con el puño impulsivamente en la parte de arriba de su cabeza.

 

Héctor comenzó a sentirse realmente trastornado. Las palabras del chico eran todavía peores que su aspecto informe o sus golpes infructuosos. Ada lo agarró por la espalda y lo metió como a regañadientes al cuartito de atrás, empujándolo y cerrando la puerta. Algo en el ambiente aterrorizó a Héctor…Cuando la puerta del cuarto se abrió, un potente olor a formol invadió la atmósfera. Se sintió mareado y se alejó casi corriendo hasta el comedor. ¿Acaso en verdad existía la habitación?, ¿Era esa, en la que resguardaban al hijo desfigurado de las visiones de visitas y extraños, donde yacía la criatura inexistente, inasequible para su universo conocido, y para cualquier otro? De todos modos, cualquier escrutinio posible habría sido en vano, el lugar parecía inexpugnable; un remoto acercamiento convocaría a Ada de inmediato, probablemente por gritos del chico sobre conejos o imploraciones de muerte.

La reunión continuó para el resto del quórum como cualquier otra. Estaban discutiendo cómo se debería castigar a unos chicos que habían utilizado la bodega del jardinero para fumar, y que le pagaban para que no los revelara. Al lado de Héctor estaba sentado Aureliano Vega, profesor de filosofía, que desinteresado ante cualquier situación que no fuera de índole directamente académica, aprovechaba el bullicio de la discusión para platicar con Héctor, de manera contingente pues no eran más que conocidos indiferentes el uno del otro.

 

-¿Qué tal sus hijos, Héctor?-

-Yo no tengo hijos, profesor-

-Ah sí claro. Creo que lo confundí con otro profesor-

 

Aureliano rozaba los setenta años y siempre parecía estar en un planeta ajeno al nuestro. Héctor hizo caso omiso de la equivocación y queriendo evitar cualquier soliloquio interno,  continuó la plática.

 

-¿No siente como que el ambiente está muy pesado? Me refiero a que hace mucho calor, hasta me sentí un poco mareado-

-Mareadas estarán las langostas que cocinan vivas. Imagine usted ser una de ellas, implorando por la vida roja en forma de ese delicioso aroma…-

-Sí…- desdeñando la locura de Aureliano, Héctor se arrepintió pronto de haber comentado cualquier cosa. El loco continuó.

-Un día lo llevo a comer langosta. Si usted paga la suya jeje, porque no tengo mucho dinero, ¿Está bien? En otra realidad sé que yo tengo mucho dinero, y aparte vivo en una casa transparente-

-¿Una casa transparente?- interrumpió Héctor, sobresaltado.

-Sí claro. Si existen casas de concreto, casas de madera, alguna de paja que se la llevaría un tornado, como ya sabe cuál…¿Entonces por qué no habría de existir una toda de paredes transparentes? Es como si yo le dijera que no puede existir un universo donde las langostas hablen español y tomen café así como nosotros y platiquen de banalidades. O tal vez una realidad donde Roma no cayó-.

-Algo que no puede existir, ¿puede existir?-

-Por supuesto que sí, vivimos en un universo tan contradictorio que hasta en la imposibilidad se contradice…Langostas hispanohablantes le digo. La mayoría de las personas que estudiamos ese tipo de cosas resolvemos paradojas al descubrir a los intrusos inexistentes e inexplicables, al vislumbrar su forma ineluctablemente ilógica.

-¿Cómo los descubren?-

-Por la noche, en general. Pero no lo quiero aburrir con teorías abstractas-

-Pero acaba de decir que es verdad, que usted y sus colegas los han visto-

-Lo importante, querido profesor, es que venga con sus hijos y su esposa a comer langosta conmigo, pero ya sabe, yo no puedo pagar todo…-.

 

El lugar de la mesa donde estaba sentado Héctor le hacía visualizar todo el tiempo la puerta de caoba, y juró que un par de veces escuchó golpes contra la misma. Justamente en esos momentos Ada alzaba la voz para pedirle más café u algún otro favor a Mario. Un par de veces ella se levantaba y entraba en el cuarto; tardaba unos cinco minutos y volvía a salir.

Cuando acabó la reunión -concluyendo todos que lo que se debía hacer era subirle el saldo al jardinero- Héctor atisbó la sala para ver si podía intercambiar de nuevo unas pocas palabras con Aureliano; algo en su discurso lo puso muy ansioso. Pero el viejo había desaparecido rápidamente: lo vio subir a un taxi a través de la ventana. Sin pensarlo claramente, prefirió preguntar a Mario y no a Ada sobre Ulises. Ya no le importaban mucho las consecuencias.

 

-Mario, han sido muy amables de recibirnos en su casa, y el café estaba muy bueno. Oye, ¿te puedo tutear verdad? Disculpa que te pregunte, ¿Qué le pasó a tu hijo?, ¿Nació así? Es que no lo entiendo, ¿Por qué lo encierran?-

-Caramba profesor, es usted un poco directo, ¿No lo cree? Le sugiero que saque su nariz de asuntos que no le oportunan-

-No, perdón, yo solo, tenía curiosidad, ¿A su hijo le interesa, o le interesaba la biología? O ya sabe, matar cosas para ponerlas en formol. Digo ya sabe que yo soy el profesor de taxonomía, por eso…

-Es mejor que se vaya-

 

No insistió más. Si ya se había atrevido a lanzar el inoportuno cuestionario, no supo por qué no lo hizo con Ada, con quien al menos tenía una relación más cercana.

 

Esa noche se posó dubitativo en el sillón. No tenía ganas de leer ni de hacer alguna otra cosa. Por alguna razón se sentía a la expectativa, con una sensación de estar en peligro y un confuso miedo que recorría todos sus músculos, ¿Por qué? ¿Se estaba volviendo loco? Quizás pensaba que había soñado todo antes pero tal vez el sueño ocurrió después y él había revuelto todo como carne licuada. Esa noche, a las doce y tres minutos, sonó el timbre de su departamento. Se extrañó muchísimo; nunca esperaba a nadie. Abrió lentamente la puerta blanca y se encontró con un hombre bajito, que usaba bastón, lentes de botella grandes y una cabellera blanca solo sugerida. El profesor Vega.

 

-¿Qué hace aquí, profesor? Lo vi tomar un taxi, pensé que había ido a casa. Además, ¿Cómo sabe dónde vivo?-

 

Sin hablar, Aureliano dio un paso al frente, de manera parsimoniosa se introdujo en el departamento y se sentó en el sillón. Entonces comenzó a hablar con voz aguardientosa.

 

-Él coleccionaba cosas. Hace años, antes del accidente, fuimos de vacaciones a Cozumel y había un montón de algas vivas y muertas colocadas concéntricamente alrededor de una cosa, como un cráter. Nadie se acercó, nadie le prestó atención. Sólo él. Le gustó mucho y lo guardó en ese frasco. Lo conserva desde entonces en su pequeño cuarto. No lo dejamos salir al pequeño Ulises, pobrecito, se golpea mucho e implora por una muerte, pero no podemos dársela, nos da tanta lástima, es casi como uno de esos animalitos que abren vivos y que darían lo que fuera por su muerte inmediata-.

 

El profesor comenzó a golpearse con intensidad en la cabeza con su bastón plateado. El sonido al principio era el del metal contra la carne y el hueso, de la cabeza salía sangre a borbotones, incluso se formaban burbujas. El sonido de los golpes paulatinamente se transformó en el de impactos contra la pared, como los que daba Ulises en su cuarto, y finalmente, en el de un teléfono potente. Héctor se hallaba adormilado sobre su propia mano en el sillón, la cual tenía entumecida y había dejado de sentir. Con la otra mano levantó el auricular.

 

-¿Profesor Arce?-

-¿Sí?-

-Soy Helena Rodríguez, la directora del Instituto. Disculpe que le hable tan temprano, pero hay una situación que es imperativa comunicar cuanto antes a todos los docentes y empleados-.

-Sí…¿Dígame?- Todavía estaba adormilado.

-Por desgracia le hablo para comunicarle sobre el desafortunado deceso de la profesora Ocampo-

 

Una chispa de miedo, tristeza y malas premoniciones le acuchilló las vísceras.

 

-¡¿Qué?! ¿Cómo? ¿Qué pasó? Discúlpeme pero no es posible, apenas ayer yo fui a su casa, junto con el resto de los profesores, y estaba totalmente bien- Héctor tenía ganas de llorar, pero la sorpresa y el terror evitaban eso y lo hacían temblar de manera superlativa.

 

-Anoche un incendio en la madrugada, destruyó toda su casa, y a su familia. El padre y el hijo han muerto también.-

-¿Qué sucedió? ¿Saben la causa?-

-Hasta ahora no profesor, pero la policía dice que probablemente dejaron el gas abierto y hubo una explosión-

 

Héctor se apartó el auricular unos momentos y pasó sus dedos por sus ojos, como si fueran un limón y quisiera exprimirlos. Volvió a acercar el teléfono a su rostro.

 

-Fue él, ¿verdad? Fue Ulises-

-Profesor Arce, lamento si la noticia le impresionó, pero no sé de qué me habla exactamente. Mi deber sólo es comunicarle que estarán velando a la profesora y a su familia en la funeraria de Acacias treinta y dos-.

 

Ya no dijo nada, sólo colgó. Se tiró al sillón. Se halló pronto perturbado por su propia presencia y pensamientos grotescos, pues lo que más lamentaba no era la muerte de Ada, ni mucho menos la de Mario o la de Ulises, sino la pérdida de la criatura; inexpugnable para siempre, en ésta o cualquiera de las realidades, negada su existencia para cualquier compendio taxonómico que se hubiese escrito alguna vez, y discernible sólo en un efímero sueño del que nunca podría hablar.

Lourdes Martín Aguilar (Ciudad de México, 1994) estudió Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Ha sido editora de la sección de Ciencias y de la columna Somnium de la revista digital Cuadrivio. En la misma ha publicado diversos ensayos de divulgación científica, área en la cual se ha desarrollado a partir de su voluntariado como anfitriona en la sala de Evolución, Vida y Tiempo, del Museo de las Ciencias, Universum.  Le apasionan la paleontología, la evolución y las matemáticas, pero también le gusta sumergirse en otros temas, como la literatura.

 

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