Un guion de cine de Antonin Artaud

Este artículo extraído del libro Aerolitos mentales. Antología (Instituto Chihuahuense de la Cultura, 2013), con la selección, traducciones, presentación, notas y cronología del poeta José Vicente Anaya, pp. 103-108.

Los dieciocho segundos

(guión de cine)

Traducción de José Vicente Anaya

 

Antonin Artaud

 

En una calle, de noche, bajo un farol de gas a la orilla de una acera, un hombre vestido de negro se muestra inquieto moviendo su bastón. Fija su mirada. De su mano izquierda pende un reloj. La manecilla marca los segundos.

 

En primer plano: el reloj que marca los segundos.

Sobre la pantalla los minutos transcurren muy lentamente.

El drama habrá de terminar en el segundo del reloj número dieciocho.

El tiempo que transcurre en la pantalla es el tiempo interior de este hombre que piensa.

No se trata del tiempo normal. La normalidad del tiempo es de dieciocho segundos reales. Los sucesos que vemos aparecer en la pantalla serán imágenes internas del hombre. El interés del guión radica en que el tiempo durante el cual transcurren los sucesos descritos es de dieciocho segundos, mientras que la presentación de dieciocho sucesos deberá exigir una o dos horas de proyección en la pantalla.

El espectador verá aparecer las imágenes que, en determinado momento, pasan por la mente del hombre.

Este hombre es actor. Se encuentra a punto de alcanzar la gloria, o por lo menos una gran reputación, y también de conquistar el corazón de una mujer a quien él ama desde hace mucho tiempo.

Padece de una enfermedad extraña: le es imposible concretar sus pensamientos. Su lucidez completa, pero cuando tiene un pensamiento, cualquiera que éste sea, no le puede dar forma exterior, es decir que no puede traducirlo en apropiados gestos y palabras.

Le faltan las palabras que son necesarias, no le responden a sus llamados. Está limitado a ver que dentro de sí mismo desfilan las imágenes como una avalancha de contradicciones,sin ninguna interrelación.

Lo anterior le hace ser incapaz de ligarse la vida de los demás, o de dedicarse a cualquier tarea.

Se ve al hombre consultando al médico, sus brazos cruzados con las manos empuñadas. El médico, que es enorme, está sobre él derramando una sustancia.

Volvemos a encontrar al hombre bajo el farol de gas en el instante en que expresa su estado con intensidad. Blasfema contra el cielo y piensa: “Sucederme esto justamente cuando comenzaría a vivir, cuando conquistaría el corazón, queme ha costado tanto obtener, de la mujer que amo.”

Se ve a la mujer, muy bella.

El hombre hace un gesto maldiciendo: “¡Oh! ¡Ser alguien! Ese miserable hombrecillo jorobado que vende periódicos durante la tarde, a cambio de obtener la extensión total de la mente, y ser amo verdadero del propio espíritu, en fin, pensar.”

Rápida visión del hombrecillo por la calle. Más tarde se encuentra en un cuartucho con la cabeza entre las manos, como si estuviera sosteniendo el globo terráqueo. Posee su mente en realidad. Al menos éste, en verdad, posee su mente, y puede conservar la esperanza de que habrá de conquistar el mundo. Tiene derecho a pensar que algún día habrá de conquistarlo, ya que él posee también la INTELIGENCIA. Desconoce las posibilidades de su ser, y puede desear llegar a poseerlo todo: el amor, la gloria, el poder. Con ese deseo trabaja y escudriña.

Se ve al hombrecillo que gesticula frente a una ventana, A sus pies: ciudades que se agitan y tiemblan. Se le ve de nuevo ante su mesa. Con libros. El dedo índice extendido. Bandadas de mujeres cruzan los aires, Tronos hacinados. En cuanto determine el problema central, del que dependen todos los otros, podrán conquistar al mundo. Aunque no solucione el problema, basta con saber cuál es, en qué consiste, y lograr sólo planearlo.

Pero… ¿Y su joroba? Su joroba, además, le será quitada.

Se ve al hombrecillo en medio de una esfera de cristal. Iluminación a la Rembrandt. Un punto luminoso en el centro. La esfera se transforma en globo. El globo se opaca. El hombrecillo desaparece por el centro. Reaparece convertido en el diablo de su caja, aún tiene joroba.

Ha ido a buscar el problema. Lo volvemos a ver en lugares horripilantes y neblinosos, entre multitudes que buscan un ideal olvidado. Hay asambleas rituales. Hombres que dictan discursos vehementes. El jorobado escucha sentado a una mesa, desilusionado, moviendo la cabeza. Reconoce a una mujer entre la multitud. “¡Es ella!” -grita-, ¡ah!, ¡deténganla! ¡Es una espía!” Tumulto y confusión. Todo mundo se pone de pie. La mujer se escapa. “¡Qué hice! ¡La traicioné! ¡La amo!” -grita.

Se ve a la mujer en su casa a los pies de su padre: “Lo he reconocido. Es un loco.”

Mientras tanto, él se aleja más. Continúa con su búsqueda. Se ve al hombre caminando, apoyado en su bastón, por una carretera. Más tarde se encuentra ante su mesa hojeando libros (en primer plano: portada de La Kábala). De pronto tocan en su puerta, son unos esbirros que se abalanzan sobre él. Lo sujetan con camisa de fuerza y lo trasladan a un manicomio. Enloquece de verdad. Se ve al hombre que se debate entre rejas. “¡Ya encontré el problema central -grita-, ese del que dependen todos los demás como las uvas de su racimo! Por lo tanto: ya basta de demencias, basta de gente, basta de espíritu y, sobre todo, basta de la nada.”

Pero hay una revolución que arrasa con las prisiones y los manicomios. Al abrirse los manicomios, él es liberado. “¡Eres tú, el místico maestro nuestro!” -le gritan-. Le piden que sea rey y suba al trono. Sube al trono temblando.

Todo mundo se retira. Lo abandonan.

Un gran silencio. Asombro mágico. De pronto piensa: “Soy amo de todo, puedo poseerlo todo”. Sí, todo lo puede poseer, excepto su mente. No es dueño de su mente.

Pero, a fin de cuentas, ¿qué es la mente? ¿En qué consiste? Si al menos pudiera ser dueño de su persona física, contando con los medios para hacerlo todo utilizando sus manos, su cuerpo. Durante este tiempo se han amontonado los libros sobre la mesa, y él se duerme sobre ellos.

Entre toda esta quimera mental se ve introduciendo un sueño nuevo.

Sí, tener la capacidad de hacerlo todo, ser un orador, un pintor, un actor, si, pero ¿no es ya un actor? Es actor, ciertamente. Y ahí está, viéndose en escena con su joroba, rendido a los pies de su amada que actúa junto con él. Su joroba también es una imitación, es falsa, mientras que su amada es verdadera, es su amada en vida.

Una magnífica sala que desborda gente. El rey está en su paleo. El personaje del rey también está interpretado por él. Es un rey que se escucha a sí mismo viéndose sobre el escenario. El rey no tiene joroba. Ha descubierto algo: el jorobado sobre el escenario no es más que una efigie de sí mismo, un traidor que le ha arrebatado a la mujer, y le ha usurpado su mente. Se pone de pie y grita: “¡Deténganlo!” Confusión. Mucho movimiento. Los actores le hablan a él. La mujer le grita: “¡Tú ya no eres tú, no te reconozco, no tienes tu joroba! ¡Estás loco!” En ese mismo instante los dos personajes se funden en uno sobre la pantalla. Toda la sala tiembla con sus columnas y sus grandes lámparas. El temblor se acerca más y más. Sobre ese fondo vibrante pasan todas las imágenes temblando: del rey, del hombrecillo, del actor jorobado, del loco, del manicomio, y de las muchedumbres. Volvemos a verlo bajo el farol de gas, sobre la acera. El reloj sigue pendiendo de su mano izquierda. Continúa moviendo el bastón.

Solamente han transcurrido dieciocho segundos. Por última vez contempla su mismo destino. Después, sin titubeos y sin expresar emoción alguna, de su bolsillo saca un revólver y se dispara en la sien.

[1947]

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