Antonin Artaud y México

 

Este artículo extraído del libro Aerolitos mentales. Antología (Instituto Chihuahuense de la Cultura, 2013), con la selección, traducciones, presentación, notas y cronología del poeta José Vicente Anaya, pp. 70-75.

 

La cultura eterna de México[1]

 

Traducción: José Vicente Anaya

 

 

Antonin Artaud

 

Vine a México para entrar en contacto con la tierra roja. Sobre todo, me interesa el alma separada y original de México. Pero antes de enfrentarme con esta alma, y para estar seguro de tocar el fondo de ella, quiero estudiar la vida real de México en todos sus aspectos.

He llegado aquí con un espíritu virgen, lo que no quiere decir que sin ideas preconcebidas. Pero las ideas preconcebidas pertenecen al dominio de la imaginación; así pues, me las reservo.

No carezco de ideas sobre lo que fue la verdadera antigua cultura de México. Pero establezco una diferencia de fondo entre la civilización y la cultura. Las formas exteriores del arte pueden diferenciar entre sí a una multitud de civilizaciones, pero su variedad deja intacto el espíritu profundo de una cultura. Bajo diversos aspectos exteriores que sólo el arte diferencia, existe en México una aspiración cultural única; la cultura cobriza del sol.

Conozco casi todo lo que enseña la historia sobre las diversas razas de México y confieso lo que ella no enseña. Entre los hechos históricos conocidos y la vida real del alma mexicana, existe un margen inmenso en el cual la imaginación —y me atrevo a decir que también la adivinación individual— pueden correr libremente. Poseo, pues, una idea sobre la cultura maya, sobre la tolteca, sobre la zapoteca, y lo que me interesa ahora es volver a encontrar en el México actual el alma perdida de esas culturas y la supervivencia de ellas, tanto en el comportamiento de los pueblos como en el de los gobernantes.

México se encuentra en el camino del sol, y lo que se deme perseguir en él es el secreto de aquella fuerza de la luz que hacía girar las pirámides sobre su base, hasta situarlas en la línea de atracción magnética del sol. Y éste no es un secreto de charlatán.

En mi actitud no hay nada que sea semejante a la nostalgia poética y estéril de un pasado muerto, sino el sentimiento de una ciencia perdida, de una actitud profunda, del espíritu del ser humano que considero de vital importancia volver a encontrar.

Si es cierto que poseo una idea de la cultura eterna de México, también lo es que no tengo juicio que formular, ni opinión que emitir sobre la política actual de México. No es ésta mi preocupación ni el asunto que me atañe. Estoy aquí como espectador y me atrevería a decir que como discípulo. He venido a México a aprender algo, y quiero llevar enseñanzas a Europa. Este es el motivo de que mis investigaciones no puedan referirse sino a la parte del alma mexicana que ha permanecido limpia de toda influencia del espíritu europeo. No es la cultura de Europa lo que he venido a buscar aquí, sino la cultura y la civilización mexicanas originales. Me declaro discípulo de esa originalidad y quiero extraer enseñanzas de ella.

Se habla del espíritu latino de México. Y la primera cuestión que me planteo a mí mismo es la de fijar la medida en que el espíritu europeo, en su forma latina, deforma todavía el alma mexicana de hoy. El espíritu latino es la cultura racional, es la supremacía de la razón. Contra ese delirio de invenciones es contra el que es preciso reaccionar actualmente y el que, por otra parte, ha producido la industrialización química de las cosechas, la medicina de los laboratorios, el maquinismo en todas sus formas, etcétera. El maquinismo vuelve estéril todo esfuerzo humano y, en suma, conduce a rebajar el esfuerzo del hombre, a desesperanzar la emulación entre los individuos y a convertir en inútil y molesta toda investigación de la calidad. En cuanto a la medicina de los laboratorios, incapaz de percibir el alma sutil y fugitiva de las enfermedades, trata al hombre viviente como si fuera un cadáver.

Al espíritu latino se deben, además, las ideas democráticas de Europa y el nacionalismo, cierta forma de nacionalismo egoísta que no es el del México actual. Existe el nacionalismo cultural que afirma la calidad específica de una nación y de las obras de una nación, y las distingue. Este nacionalismo es irreprochable. También existe el nacionalismo cívico que bajo su forma egoísta se resuelve en chauvinismo, y se traduce en las luchas aduanales y en guerras económicas, si no es que hasta guerras totales.

En lo que se refiere a la medicina de los laboratorios, es necesario informar que en Europa, y particularmente en Francia, existe una reacción en contra de esa medicina que se apoya casi exclusivamente en el experimento, y que saca sus conclusiones de los datos que le proporcionan el microscopio, la disección de la materia muerta, etcétera.

Debo señalar aquí un retorno al empirismo, que en su forma primaria, produce curanderos y merolicos, pero en su forma trascendente se encuentra en la base de una fórmula grandiosa como la homeopatía. La homeopatía, con su principio de similitud, se halla íntimamente ligada a la medicina de las plantas. Buscaré en México, pues, la supervivencia de la una antigua medicina de las plantas, relacionada con lo que en Europa se llama “medicina espargírica”, cuyo teórico más eminente fue Paracelso a finales del Medievo.

Por el momento no tengo conclusiones, pero me parece que en México he distinguido dos corrientes: una que aspira a asimilar la cultura y la civilización de Europa, imprimiéndole una forma mexicana; y otra que continúa la tradición secular, permaneciendo obstinadamente rebelde a todo progreso. Por escasa que sea ésta última, contiene toda la fuerza de México y será en ella donde entraré las supervivencias de la medicina empírica de los mayas y los toltecas. Ahí está la verdadera poética mexicana que no consiste en sólo escribir poemas, sino que afirma las relaciones del ritmo poético con el aliento del ser humano por medio de los movimientos puros del espacio, el agua, el aire, la luz y el viento.

La cultura profunda de México viene de muy lejos. Trae en ella la tradición de las razas que encaminaron un día la civilización.

He venido para averiguar, ante el ostensible derrumbe de la civilización actual de Europa, de qué manera México se propone afirmar su cultura tradicional y si (no tratando de resucitar formas gastadas de su vida) aspira a probar la permanencia en su interior de un espíritu que, desde mi punto de vista de poeta llamaré mágico; espíritu que, al ser considerado desde un punto estrictamente científico, se convierte de hecho en la manifestación de una energía psicológica verdadera.

Por medio de esa energía infinitamente extendida en la naturaleza, el hombre de la Antigüedad entraba, si es posible así decirlo, en posesión de los acontecimientos. Se sabe que para los mayas, por ejemplo, no existía el destino. La naturaleza no tiene poder sobre nosotros sino en razón de nuestra ignorancia y de nuestra ceguera secular.

Pero en el momento en que de nuevo y casi en todas partes se habla de humanismo, se presenta la ocasión de afirmar los verdaderos poderes, la alta potencia dominadora del hombre, que lo vuelve dueño de los acontecimientos.

Una cultura que considera al Universo como un todo, sabe que cada parte actúa automáticamente sobre el conjunto. Sólo hace falta conocer sus leyes. Conocer el destino es, en suma, dominar el destino, puesto que el mundo exterior cae bajo el dominio de la inteligencia tanto en el presente como en el futuro.

Por medio de datos astrológicos muy precisos, extraídos de un álgebra trascendente, es posible prever los acontecimientos y obrar sobre ellos. Los antiguos mayas llevaron a un grado de rara perfección tales datos y la posesión de esta ciencia.

Sentado lo anterior, concluyo que en fondo de la verdadera cultura solar existe un sentido secreto que voy a tratar de determinar. El sol, para usar el antiguo lenguaje de los símbolos, aparece como el mantenedor de la vida. No es solamente el elemento fecundante, el soberano provocador de la germinación. Es todo eso, madura lo que existe, pero está es, si se puede decir, la menor de sus facultades. Quema, consume, calcina, elimina, pero no destruye todo lo que suprime. Mantiene la eternidad de las fuerzas por medio de las cuales la vida se conserva bajo al amontonamiento de la destrucción y merced a la destrucción misma.

Para decirlo de una vez —y en esto consiste el verdadero secreto—, es sol es un principio de muerte y no un principio de vida. El fondo mismo de la antigua cultura solar consiste en haber señalado la supremacía de la muerte.

Hay en la India adoradores de Shiva, “El Destructor”; y de Vishnú “El Conservador”. Pero la destrucción es transformadora. La vida mantiene su continuidad por la trasformación de las apariencias del ser.

Ahora bien, los adoradores de Shiva tienen por emblema el espíritu del fuego, la gran corriente devoradora de formas, esa especie de fuerza impulsora que convertía a los hombres cobrizos del antiguo México en mantenedores determinados de la muerte. Y esto es una paradoja verbal.

Realizar la supremacía de la muerte no equivale a inutilizar la vida presente. Es poner la vida presente en su lugar; hacer cabalgar sobre varios planos a la vez, sentir la estabilidad de los planos que hacen del mundo viviente una gran fuerza en equilibrio; es, en fin, restablecer una gran armonía.

He venido a buscar en el México moderno la supervivencia de estas nociones o a esperar su resurrección.

 

[1] Texto publicado en periódico El Nacional, México DF, 5 de julio 1936.

José Vicente Anaya (Villa Coronado, Chihuahua, México, 1947). Poeta, ensayista, traductor y periodista cultural. Fundador del movimiento infrarrealista. Ha publicado más de 30 libros, entre ellos: Avándaro (1971), Los valles solitarios nemorosos (1976), Morgue (1981), Punto negro (1981), Largueza del cuento corto chino (7 ediciones), Híkuri(4 ediciones), Poetas en la noche del mundo (1977), Breve destello intenso. El haiku clásico del Japón (1992), Los poetas que cayeron del cielo. La generación beat comentada y en su propia voz (3 ediciones), Peregrino (2002 y 2007), entre otros. Ha traducido libros (publicados) de Henry Miller, Allen Ginsberg, Marge Piercy, Gregory Corso, Carl Sandburg y Jim Morrison. Ha traducido a más de 30 poetas de los Estados Unidos. Ha recibido varios premios por su obra poética. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores CONACULTA-FONCA. Formó parte de la Sociedad de Escritores de México y Japón (SEMEJA). En 1977, funda alforja. REVISTA DE POESÍA. Desde 1995 ha impartido seminarios-talleres de poesía en diferentes ciudades de México. Ha asistido a encuentros internacionales de poesía y dado conferencias en varios países como Italia, Estados Unidos, Colombia y Costa Rica. Actualmente colabora en la revista Proceso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *