“La muerte de la señorita Garbancera”, de Lorel Manzano

La muerte de la señorita Garbancera

 

Lorel Manzano

 

La noticia corrió antes de clarear la mañana, pero no fue sino hasta el mediodía cuando la gente peregrinó en tropel al cerro del Peñón en busca de la verdad. Decían que las autoridades habían aprovechado el cumpleaños nacional para cometer el crimen: muchos no se enteraron a buena hora porque, o seguían alegando con la boca pastosa de plena borrachera, o dormían despatarrados donde los agarró el vértigo, o se la curaban en los caldos de gallina.

Quienes iban llegando nada podían averiguar porque los federales, evitando cualquier conato de revuelta, bajaban a la turba que ya había visto la verdad con sus propios ojos del otro lado del Peñón. Milicos, a derecha e izquierda del camino terregoso y en la cima, custodiaban con las armas en alto el cadáver de la señorita Garbancera. Algunos decían que los federales le habían quebrado la quijada a toletazos y luego la habían colgado del único árbol que sobrevivía la austeridad del cerro. Otros aseguraban que unos güeros le habían arrancado el seso con aparatos europeos hasta desangrarla. Pocos creían la última versión: ¡qué sangre ni qué la tiznada, si la pobre es puro hueso!, gritó un hombre apretujado en el montón. Aquí y allá estallaron las carcajadas, palabras llenas de suspicacia y relatos de las otras muertes de la señorita Garbancera.

Una abuela, con rebozo luto de aroma, contó que en su juventud acudió a la verdadera horca de la Garbancera. A los tres días, entre los cuerpos de los revoltosos aún colgados, la huesuda comenzó a mover sus patotas, luego se trepó por la soga, deshizo el nudo, y apenas cayó en tierra, buscó sus huaraches y desapareció. Sólo entonces se animaron a bajar los buitres en auxilio de los cuerpos agusanados. Unos mozos rieron detrás de la enlutada. Ellos mismos habían visto cómo la escolta de su patrón le había volado a tiros un brazo y la cabeza, después de que la huesuda encontrara al hombre fustigando a una yegua y lo aventara patas pa’rriba en el pozo. Trabajadores del mismo lugar recordaban los gritos del pozo, pero sabían de primera mano que la señorita Garbancera lo había echado ahí porque se enloqueció cuando vio a la patrona abrir dos baúles recién llegados con una multitud de sombreros festoneados con plumas de aves del paraíso. Agarró a trompadas a la mujer, se deshizo del patrón y huyó en un carro con los baúles que nadie se atrevió a disputarle. La encontró la escolta, pero eso fue mucho después.

Según contó la mismísima, la única falsa madrina de la señorita Garbancera, un domingo, al salir de misa, vio al huesudo ser de su ahijada colgado entre los otros enemigos del orden, del progreso y de la paz. A Dios gracias, decía siempre. Era una cabrona. Una calavera. Un esqueleto que atravesó la sierra a pie con su rebozo, medio embrutecida de hambre, del frío calándole los huesos, de no saber si iba o regresaba. Venía de quién sabe dónde. La madrina no la reconoció ni dio por cierto el lugar del bautizo, pero se apiadó de la infeliz y la metió a la casa donde servía. Se arrepintió: la Garbancera le tenía pasión al pulque. La madrina no encontró forma de quitarle el gusto, ni a palos ni con el cincho o la cuarta de la yegua. Agradecía a Dios que la ahijada fuera feyesita, si no quién sabe a qué vicios se hubiera entregado con los salvajes. Bien pronto le notó la torcedura: primero la fealdad, luego un carácter de mula, golpeadora y vengativa y mentirosa y burlona como chacal.

Justamente la lengua ágil, que no dejaba de agitarse ni durante la risa, había encandilado a los borrachos eternos. Hasta la respiración perdían cuando la señorita Garbancera hacía sus retratos de la patrona fifíe enseñando a sus inditos a pronunciar Les fleurs du mal. Se mofaba de los serviles, hacendados, milicos, jueces; del dictador heroico, necio en enterrar a las cabezas prietas que aún poblaban el moderno rancho nacional. La escuchaban mirando al suelo. Sonreían con lentitud. Asentían. Luego estallaban en carcajadas y se ruborizaban si los adulaba con aquello de Usté tiene un esqueletito muy alegre. Se ponían tan contentos si la infeliz se estrellaba la cabeza contra el empedrado cuando el pulque la rendía al dolor de la orfandad. También, a veces la fraternidad del pulque terminaba en salvajes enfrentamientos: la Garbancera les amargaba la vida si hablaba de la muerte.

La noticia del crimen había llegado primero a las pulquerías, y aunque ahí se derramaron las primeras lágrimas, los teporochos no se pusieron de acuerdo en quiénes debían sumarse a la peregrinación sino hasta que el gentío estaba en pleno. Al verlos subir agarrados de la mano, medrosos, tembeleques a causa de la abstinencia que el camino les había impuesto, y con los ojos quebrados por un sol que la oscuridad de la pulquería les había hecho olvidar, estalló la algarabía en la bola. Hasta muerta la Garbancera atraía a sus teporochos como las frutas a las mosquitas.

A ésa la fusilaron porque de una mordida le arrancó tres dedos a un pobre cura. La muy garbancera acusaba al hombre de Dios de cabalgar los lunes por la noche a una trenzudita, contó repetidas veces un escribano primerizo de los portales. Lo había contratado para escribir su teoría sobre los huesos y, como era analfabeta, le dictaba sus observaciones. Cerraron el trato en una gallina ponedora por mes. Hacían el dictado durante la misa dominical, en los portales sin gente ni gritos de la vendimia. La señorita Garbancera hablaba con lentitud y el joven no podía escribir sino hasta la tercera repetición, cuando la oración ya no tenía errores. Al final, la calavera examinaba las hojas como si las leyera. No pocas veces le pidió al joven transcribirlas de nuevo, le parecían faltas la tinta muy recargada en esta palabra, el gancho muy jorobado de la otra. Hablaba mucho. Largo. De sus reflexiones, de lo que sus cuencas habían visto al atravesar el país. De la infancia, cuando descubrió que en ella se hacía la voluntad de los huesos. Su esqueleto era grande y sólido y bueno para montar a crin y correr y brincar las piedras del río y recorrer grandes distancias. Cuando el crecimiento llegó a su fin, era alta, huesuda, maciza. Tendía a la reflexión, a la escritura. Los textos se los llevó. A las gallinas con sus huevos nunca las vi, se quejaba el joven rencoroso.

Quienes acudieron a socorrer al cura contaron más tarde que al hombre de Dios la Garbancera le había arrancado de una mordida los dedos más regordetes para robarle una bolsita de oro. La acribillaron a toletazos. Algunos atestiguaron que los gendarmes movilizaron pies y toletes tras los huesos de la desgraciada, y al darle alcance ni pío la dejaron decir. Pero había quienes sabían de buena fuente que la habían fusilado, pues más de una vez, durante la distribución de hojas volante, la Garbancera armó tales escándalos que la bola se lanzó a saquear las tiendas de ultramarinos. ¡Cabezas prietas! ¡Por eso el viejo no las quiere!, gritaba la huesuda. ¡Mil de ustedes no valen un solo francés!, se desgañitaba. Reía salvaje y en sus cuencas el caos aquél era de alegres calaveras.

Alguna vez, sin nadie que dijera esta boca es mía, comenzó a circular una versión demoniaca: habían colgado a la Garbancera con otros bandidos, pero a la hora del sol más bravo, se tendió la silueta de una mujer en el piso, se elevó entre las ramas del árbol y con un machete de sombras cortó la soga de donde pendía el esqueleto de la señorita, dijo con permiso y se fue. Muchos se santiguaron, otros extraviaron la mirada en los cadáveres de los bandidos ligeramente bamboleados por el viento.

Era de mala sangre, decían. Pero la señorita Garbancera se mofaba de quienes tanto valoraban la sangre, cuando la vida misma residía en los huesos. De ahí su desprecio a los hombres que ahogaban sus esqueletos bajo tremendas carnes, de las mujeres con cuerpo de gallina: buche grande, patas flacas. De sus iguales se burlaba aún más. ¡Garbanceras!, les gritaba. Todas chirgas de maltragadas imitando a las mademoiselles con las panzas gorgoreándoles. No aceptaba los refinamientos, pero un buen día, después de que los empulcados la habían llorado y olvidado, se apareció hecha un primor. Un sombrero con plumas irreales de tan hermosas le embellecía el cráneo y un vestido de encaje con moños y listones resaltaba tanto la narizota como el talle infinito. Llevaba una bolsita de monedas y un ave de tierra lejana en el hombro. No faltó quien la considerara un espectro ni quien se hincara a rezar. ¡Habladurías de teporochos!, exclamó alegremente la Garbancera, repartiendo oro entre los suyos. Entonces contó que se había fugado con tres dedos gordos entre los dientes para hacer justicia a una criaturita. Según ella, huyó con unos disidentes del famosísimo Circo-Teatro-Orrín.

La Garbancera murió fusilada, dijeron unos empulcados que presenciaron cuando los guardianes de la paz la arrastraron al paredón. Se necesitaron nueve hombres, decía un viejo limosnero agitando las dos manos en el aire. Era fuerte como un animal. No cedía. Lucha que también excitó a los muchachos en el uso de riatas y toletes. El sonido de sus huesos alborotadores era insoportable para la patria. Dios nos guarde, decía la madrina a quien tuviera la paciencia para escuchar la repetición del descubrimiento fatal: una santa mañana, al salir de misa, la vio en el portal de los escribanos. Ahí estaba muy alegre, bien sentadita mirando al piso dizque pensando. Desde entonces se le enfiebró el riñón a la madrina, sufría hasta de vértigos cuando rezaba, luego los calambres del hígado, los ahogos nocturnos, sumados a otros males igual de recalcitrantes que hallaban gravedad con el solo recuerdo de la Garbancera.

Los empulcados sí la querían. Entre hipos y con sus tecajetes en alto brindaban en honor a su quijada monumental, a la voz tersa con que entonaba corridos y fandangos. Cómo los alegraba. Hasta dormidos la escuchaban; siempre volvían a la vigilia con espíritu renovado. A veces, después de mucho parlotear, ella también caía en el sopor. Se tumbaba en la mesa, despuntaba un sueño breve y abría los ojos para repetir sus historias. Recordaba a un hombre tendido en el camino. Llevaba tiempo muerto, pero de su cuerpo no brotaban gusanos sino mosquitas de fruta. Sobrevolaban una mezcolanza de mangos con flores violetas que le florecían en el estómago, atravesado por dos tiros. Un cadáver irreal de tan precioso que los artistas, apasionados por la Garbancera, no lograron representar aunque muchas veces se los describió. Un grabador la quiso bien. Ella lo señalaba en una foto medio fantasmal de tan acariciada. Un panzón entrado en años y un chico al lado de un sombrerudo posaban en la entrada del taller. Los teporochos no le creían, pero la sola idea despertaba las más extravagantes imágenes. Según la Garbancera, paseó su esquelética figura para inspiración del grabador entre carteles de toros, de teatro, de circo; y mientras posaba, se entretenía con las ilustraciones de las cajetillas de cerillos, cuentos infantiles, silabarios y novenarios en el miserable cuartucho con cartones pegados en las ventanas a modo de cristales. Nada podía leer con sus ojos analfabetas, pero de todo se daba idea para hermosear sus meditaciones en torno a los huesos.

Como ella misma contó, se fue con los del circo, pero en un trueque misterioso pasó a manos de un frenólogo instruido por un discípulo directo del mismísimo Dr. Franz Gall. En un suspiro, la señorita Garbancera se vio fregando pisos, vaciando letrinas, alimentando caballos. Las faenas las realizaba después del mediodía, pues por las mañanas unos discípulos del discípulo acudían a la mansión para analizar en conjunto las protuberancias craneales de la calavera. Todo lo hacía sin desatender las exigencias de la señora: por las tardes los criados debían reunirse en la cocina para escuchar la lectura en voz alta que la Frau fifíe llamaba recital. Prendían las ocho patas de la araña con velas aromáticas como hacían en los viejos tiempos, cerraban las ventanas bajo la orden de impedir la entrada de cualquier mal aire. Cocidos o no, los estofados se quedaban sin flama para que los borboteos no interrumpieran una voz atravesada por grandes penas a la hora de acomodarse a la lengua alemana. La señora deseaba sorprender con una canción en el cumpleaños del señor esposo, descendiente de una familia venida con la corte de Maximiliano. Aunque la señora se ubicaba más bien en el gusto francés, se complacía con los estudios científicos. Así, la herencia del Doktor Gall era atendida en silencio por los criados. Con frecuencia aquello terminaba mal. Fuera por la pasión cuetera del pueblo, por las ruedas de los carros sobre el empedrado, o por el canto de los grillos. ¡Algún día esta nación atrasada e ignorante va a dejar su gustito por los cuetes!, sentenció la señora en repetidas ocasiones, tambaleante de anís.

Total que los discípulos del discípulo contrataron a dos o tres estudiantes de San Carlos para ilustrar el cráneo de la Garbancera con primorosas miniaturas en azules, rojos y dorados: dos hombres golpeándose, la violencia; señoritas abrazadas, la amistad, la sociabilidad; mujer orando, la devoción; mesa de viandas, la gula. Pruebas irrefutables del lugar exacto de las facultades cerebrales del hombre. Y de los vicios. Aspecto por demás interesante para deleite de la comunidad científica que comenzaba a engendrarse en un país joven, amante de las ciencias, los avances, la enseñanza.

La peregrinación no cesaba y, como se había debilitado el sol, la gente se animaba más, incluso hubo unos rebeldes que bajando el cerro del Peñón, le dieron la vuelta para volver a subir. Dicen que ahí comenzó el disturbio: quienes estaban arriba no querían bajar porque los vivales estaban dobleteando. Los gendarmes no se dieron cuenta y ya nada pudieron hacer cuando la bola los rodeó. Los ojos iban del cadáver al suelo como buscando la silueta de una mujer que se levantaría con su machete de sombras para cortar la soga. Cuando sobrevino esa luminosidad intensa del último momento del día, cayeron unas aves sobre la señorita Garbancera y en un pestañeo le arrancaron la cabeza, una mano, el brazo entero. Entonces la gente se arrojó brutal sobre los garroteros, y atacaron con piedras y puños de tierra a las aves de torso azulado. Unas mujeres cubrieron el resto del cuerpo con zarapes, un rebozo luto de aroma, y a toda prisa seis hombres la bajaron del Peñón. Dicen que la gente desvariaba: la señorita Garbancera se había muerto tantas veces como para morirse de veras.

(Los quebrantahuesos, 2015)

Lorel Manzano. Escritora y traductora mexicana. Estudió Lengua y Literatura Modernas Alemanas en la Universidad Nacional Autónoma de México unam. Ha sido becaria del Fondo Especial para la Cultura y las Artes del Estado de México feca 2012 y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes fonca, en el programa Jóvenes Creadores, en las categorías de novela 2010 y cuento 2013. Ha publicado reseñas, artículos y traducciones en las revistas Tierra AdentroReversoFolios, así como en El círculo de traductores y en el semanario digital Siempre! Desde 1999 escribe sobre autores de lengua alemana para los suplementos culturales “La Jornada Semanal”, del periódico La Jornada, y “Laberinto”, del periódico Milenio. También ha colaborado en el suplemento “Confabulario”, del periódico El Universal. Ha traducido a Christine Lavant y Andreas Jungwirth. Realizó la selección y traducciones de la antología Las ovejas negras. Cinco instantáneas literarias, del premio Nobel alemán Heinrich Böll. Ha participado en talleres internacionales de traducción literaria como “La escritura del traductor, entre oficio y arte de la palabra”, en el marco de la 40ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, y en “Kruso. Internationales Treffen der Übersetzer deutscher Literatur” im Literarischen Colloquium, en Berlín. Coautora de un libro, también textos forman parte de dos antologías. Obtuvo la mención honorífica del Premio Nacional de Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela 2011. Fue acreedora al Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2014.

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