La feminidad y la mexicanidad en la obra de María Izquierdo

El presente artículo periodístico de Rafael Solana es sustraído del libro Palabra en movimiento. Antología de textos de Rafael Solana 1936-1946, bajo la edición, compilación, selección, Prólogo y notas de la poeta Raquel Huerta-Nava.

MARÍA IZQUIERDO[*]

 

Esto de María Izquierdo no es pintar, como una acción consciente regida por la voluntad y la inteligencia; esto es secretar pintura, en una forma natural, incontenible, como llorar, como sangrar; lejos están la aplicación y el estudio que producen virtuosos; aquí no encontraremos el pensamiento, el ingenio, la sabiduría, como sustitutos del profundo sentimiento pictórico; la de María no es una pintura nacida de la mente, sino de la carne, como un manantial, como una floración que la pintora ni provoca ni intenta reprimir; es tan espontánea, tan legítima, que no se la debiera juzgar con reglas ni preceptos estéticos, como se miden las creaciones del hombre, sino con sólo un desinteresado afán de comprensión, con una sed de admiración, como se miran las montañas, los crepúsculos, los peces; como una cosa que no está para enmendada ni para vuelta a hacer, sino que se ofrece ya en su expresión única y la sola válida; que puede gustar o no; pero que no puede ser corregida ni acomodada al gusto del espectador, porque es producto de una serie de fuerzas que es imposible desviar ni detener.

 

Dos elementos primordiales significan la pintura de María Izquierdo: feminidad y mexicanidad. Ambos con presencia no buscada, aparecidos surgentes sin que la artista haya tenido conciencia de su importancia sino hasta que hubo observado cada cuadro terminado. Jamás los llama. Nunca los prepara ni los acomoda; ambos llegan porque debían llegar. Y sería inútil tratar de escamotearlos, cuando no fuera mexicana, ni femenina, la pintura de María Izquierdo habría dejado de ser ella misma. Aunque tratase de imitar al violín, la campana no puede decir otra cosa que la voz de oro y bronce de sus entrañas. Aunque tratase de pintar de otra manera, María no podría expresarse sino por medio de sus elementos primordiales.

 

María izquierdo no tiene sino un sentido: el de la vista; carece de todo medio de percepción; no oye, no mide, no conoce; simplemente ve, y no se forma de las cosas del mundo otra idea que la que la transmiten sus ojos. He visto que en una jaula de periquillos australianos, al morir uno de los dos, introdujeron un espejo; el periquillo viudo habría muerto de tristeza si se hubiera dado cuenta de que estaba solo; otro periquillo; ninguna otra prueba que la de sus ojos tenía de la existencia de su compañero; pero creía en él. Tan simple así es el procedimiento mental de María; cree lo que ve, sin más averiguaciones, sin dudar de sus ojos, y sin recurrir a otros medios para comprobar. Ha hecho de la visión óptica su fetiche, y le ha entregado toda su confianza.

 

Ya Uribe Castillo notó con una mirada cuidadosa que la piedra de toque de María Izquierdo es una piedra femenina y blanda, caliente y mexicana; la esponja volcánica de nuestra meseta , ligera de peso, porosa, dulcemente áspera al tacto: el tezontle. En su magia lapidaria esta piedra ocupa el centro obsesionante. María no puede prescindir de la lección de esta base de nuestras ciudades y ornamento de nuestros templos; y su color rojo, que no se encuentra en ninguna otra pintura, refleja el rojo pétreo con que el tezontle cubrió la ciudad donde María Izquierdo aprendió a ver. En ninguna otra región que en el Valle de México pudo darse el rojo cobrizo, oscuro, ceniza de volcán, que tienen las acuarelas de María Izquierdo.

 

Con un alma primitiva, María se vuelve hacía los símbolos en demanda de apoyo para entender lo complejo. Redeifica al sol y a la luna, como una egipcia, como una pesa, como una griega antigua, como una mexicana. El culto solar es una de las ideas sometidas y subterráneas en la pintura de María Izquierdo; ama al sol por lo que revela, por lo que denuncia, por lo que toca con su mano; donde hay un rayo de sol, existe un santuario para la pintora; y a veces, muchas veces, por el fondo del cielo de un cuadro se levanta, encendida, mágica, una esfera de fuego, que es el sol, o la luna, pero el dios.

 

La esfera, por lo general de un color caliente, rojo de  Venecia, carmín, es lo misterioso, lo profundo de estas acuarelas. Si se levanta, si surge del mar o de los montes e irrumpe en el cielo como un incendio, entonces una oleada de sangre hinche la nariz de los personajes, mujeres o caballos; se les siente impulsados por un nuevo golpe de vida, aunque a veces no se manifiesta en signos exteriores, en saludos musicales, sino en una mera concentración de fuerzas, interna y escondida; si la esfera rueda por el suelo en derrota, ya todo el tono del cuadro será negativo, oscuramente deprimido, como ante un mal augurio, como bajo el signo de un presagio funesto.

 

Con la esfera, la columna forma el par de expresiones más genuinas del simbolismo primitivo de la pintora. Como la esfera, puede ser signo positivo o negativo, según se levante o esté por tierra. La columna está representada a veces por un poste telegráfico, por un árbol, por un tronco cortado o por una cruz. Cuando esta cruz se levanta sobre una tumba, el recuerdo de las viejas religiones mexicanas se hace más patente, más obsesionante, más terrible.

 

El animal tutelar de María es el caballo. Un tótem extraño, que la desliga un poco de sus antepasados aztecas, pero que la caracteriza más netamente en su feminidad; el caballo en María está considerado por fuera de su aspecto animal, elevado a la categoría de Centauro, la mitad exterior, la forma, caballo; la mitad inferior, el alma, hombre. El hombre no aparece nunca en la pintura de María sino representado o por la columna, o más valientemente, por el caballo. Nunca tiene actitud propia, sino actitud para la pintora, para la mujer. Nada puede ver María desde otro punto de vista que el de la femineidad.

 

Una de las leyendas que María acepta en su mundo es la de las sirenas. Son ciertas, como símbolo de una dulce perdición, como un llamado musical hacia un mundo en el misterio, tal vez en la muerte; de todos modos, una muerte con belleza, con música, con amor; ¿por qué resistir a la tentación de conocerla? En uno de sus más hermosos cuadros de sirenas, una, más humana, la sirena de los marineros, la Sirena-Virgen-María, sufre por las víctimas de un naufragio, de cualquier naufragio de los sentidos y de la carne, mientras otra, la Sirena-Demonio, la Proserpina o la Hécate, la Venus de Tannhauser, impasible y casi contenta, gana con música y color la batalla, atrayendo a su culto nuevos condenados. Si los cuadros de Angélico los pintaban los ángeles, en algunos de los cuadros de María Izquierdo de seguro han colaborado los demonios.

 

Tiene fuego en las manos. Como en los versos de Carlos Pellicer, todo lo que ella toca se llena de sol. Es fuego de volcán y de sangre. Lo denuncian los colores calientes, dominantes y omnipresentes. Los rojos, los amarillos  envenenados, las tierras. El color carne en María Izquierdo es el color ladrillo; la piel de las personas está muy lejos de emparentar con el rosa de los cielos recién amanecidos, para ligarse estrechamente al rojo de la tierra; todos son colores terrenales, ninguno es celestial; todos son colores calientes, hasta comunicar su color a los pocos verdes y azules que se atreven, y que disuenan como extraños.

 

¿Dónde están las conquistas de la pintura y de la cultura en los últimos diez siglos? María no las aprovecha; vuelve a pintar toscamente, y en dos dimensiones; vuelve a pensar con prejuicios religiosos, con velos de superstición. Es una pintora anterior al Renacimiento. Su triunfo es la reconquista de la ingenuidad y de la sencillez del espíritu primitivo. Si ha conseguido permanecer incontaminada por las experiencias técnicas y sentimentales de la edad moderna, esa desnudez de artificio y de juicio nos permite ver hasta su fondo, a través de un agua muy sincera y muy transparente, el alma de una mujer. Lo que no consiguen los pintores surrealistas, espiando e imitando al sueño, lo obtiene María dejándolo hablar  y creyendo en él sin torturarlo en el análisis crítico.

 

A medida que se vayan poniendo más de moda en el arte los impulsos profundos, a medida que otros artistas consigan escarbar más hondamente en su sentimiento y en su pensamiento, María Izquierdo, que deja surtir de su fondo, sin esfuerzo y sin violencia, como los volcanes antepasados nuestros, la expresión nítida de su arte, habrá de ser considerada como una vidente, como una precursora. Pero lo que en otros sea buscado y artificial, en ella tendrá el valor de lo espontáneo y de lo ingenuo.

 

[*] Taller, núm. 1, diciembre de 1938

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