Efraín Huerta

El presente artículo periodístico de Efraín Huerta es sustraído del libro Palabra frente al cielo. Ensayos periodísticos (1936-194) bajo la edición, compilación, selección, Prólogo y notas de la poeta Raquel Huerta-Nava.

 

POR UNA POESÍA DE LA JUVENTUD

Cuando en 1932, el periodista Núñez Alonso lanzó la pregunta concreta: ¿está en crisis la generación de vanguardia?, el grupo aludido —el de “los contemporáneos”— se sacudió un poco, alzó los hombros y contestó con vaguedades y evasivas. Sólo hubo una respuesta de trascendencia, la del poeta José Gorostiza, quien afirmó la verdad de la crisis en forma rotunda, pronunciándose por una inmediata rectificación. Rectificación que él prosigue, lenta y tenazmente (Gorostiza puede tomarse el tiempo que desee para pulir sus versos. No le negamos ningún derecho. Los riesgos consiguientes corren de su cuenta).

Pero las demás respuestas fueron altaneras  y llenas de suficiencia, como de literatos endiosados.
En aquel tiempo los Contemporáneos estaban satisfechos de su obra, amenazaban a medio mundo con sonetos satíricos, se disculpaban de la desorientación existente, y decían estar “perfectamente sincronizados en el ritmo de todos los meridianos”, etcétera. La verdad es que fue escasa su aportación. Con su conocimiento de lenguas, su sensibilidad  y su cultura nos dieron —y ya es tiempo de acusar recibo— una serie de trabajos de la cual, dignamente, sólo un diez por ciento debemos considerar como valioso.

¿Una ceñida revisión? No. Apenas un esquema. No creemos necesario ni fundamental un amplio y detallado estudio de las obras poéticas que hemos “heredado” de ellos. Porque, de hacerlo, tendríamos que separar, como heroicos desertores, a Carlos Pellicer —que se mantiene inconmovible, seguro y gran poeta— y al mismo Gorostiza. No hablaríamos de González Rojo ni de Jaime Torres Bodet, que son casos especiales y merecen, por lo menos el segundo, un estudio por separado. No mencionaríamos a Ortíz de Montellano, que está insoportable. Ni a cuesta, por el mismo motivo. Menos a Efrén Hernández, también desertor, que vive desde hace mucho tiempo en un ideal —para él— y fantástico mundo de ángeles, serafines y similares. Quedarían solamente los poetas Salvador Novo y Xavier Villaurrutia, como únicos representativos de la generación que fue de vanguardia. ¿Vamos a considerarlos como grandes poetas si apenas llenan un pequeño periodo de nuestra historia literaria? En fin, démosles un pequeño repaso.

Villaurrutia no nos dejará mentir, no tiene consideración para su primer libro, Reflejos, y creemos que de todo lo que ha hecho prefiere los Nocturnos.  Su reciente plaquette es flojísima e insustancial, sin nada positivo. Nocturnos, sin embargo, no hace de Villaurrutia el “finísimo” poeta que [,] dicen, es actualmente. Al principio se murmuró que X.V. no hacía poesía realmente suya, sino que desvalijaba sin piedad a Supervielle. Y en Bosque sin horas vimos confirmada la murmuración: Villaurrutia es un delicado y aprovechado alumno del poeta francés. Al menos, Alberti preferiría leer a Villaurrutia en los originales, de los que es traductor. Así, entre espejos, escaleras, esquinas, estatuas, voces que maduran o queman, etcétera, X.V. ha desperdiciado su calidad poética, llegando a ser lo que es: un literato inteligente de quien algunos recuerdan cierto “Nocturno en que nada se oye”. Y nada más.

Novo, excelente prosista y traductor, ha escrito un poco más que el anterior. De sus XX  Poemas, muchos estamos de acuerdo en que “Diluvio” es el único que se salva, sin necesidad de Arca. Los diecinueve restantes son absurdos, ingeniosos, huelen a poesía norteamericana regularmente expuesta. En “Nuevo amor”, un romance perfecto, justamente popularizado, se hallan pieles de becerros y cosas por el estilo. Los poemas de Espejo son en verdad algo de auténtico valor por su ejemplar sinceridad, por su inquietud y pureza. Mucho de juvenil y de poeta se desprende de ese pequeño y cariñoso libro. Y es lo único, porque lo más reciente de Salvador Novo nada significa. Recordemos un poema —llamémosle así— que Guillermo Jiménez le publicó en la desaparecida revista Número, y otro, infumable, que salió en un Taller poético.

Nada que no sea un olímpico desprecio a lo que les rodea, es decir, al color local, al tono universal, y un desenfrenado amor a la circunstancia inconfesable, son los caracteres de la poesía que se llamó de vanguardia. De la poesía que hoy no tiene más remedio que refugiarse en grupitos más o menos selectos. De la poesía, ni siquiera pura, sino “apolínea”.

Los jóvenes —la nueva generación— reclamamos algo más.  Ni tan siquiera les pedimos cuentas a esos poetas. No les instamos a salir de donde se hallan emboscados. No les exigimos que intervengan en un conflicto moral y social que a la mejor ignoran. No ansiamos su firma al pie de un manifiesto condenando los actos bárbaros de los brutos desbocados. En cambio, si les queremos aclarar que sus escasos discípulos y defensores no son lo mejor de la juventud mexicana, sino los deshechos únicamente, la jeunesse dorée de la poesía; que los jóvenes estamos bien prevenidos contra los engaños y los plagios; que no intentamos poetizar “reproduciendo las consignas del general Miaja” —como torpemente imagina Rafael Solana—, ni mucho menos colocando en líneas como versos determinada orden del día del Partido Comunista —según la ingenuidad de Gorostiza—; que todos los poetas españoles, Guillén, el desaparecido Gutiérrez Cruz, Louis Aragón, Éluard y muchísimos más continental o mundialmente conocidos, son nuestros verdaderos maestros, porque son vitales, humanos, es decir, hombres capaces de una labor revolucionaria; que no esperen de nosotros una total revisión de su labor poética, porque les consideramos históricamente liquidados; que no insistan.

Y a los que consideran los poemas revolucionarios como “cajas vacías” de palabras y llaman, por ejemplo, “mamarrachos” a los de Rafael Alberti, a los de Octavio Paz, a los de Nicolás Guillén —¡lean la parte séptima del gran West Indies!— les participamos que sus “agudos” argumentos más parecen de aves tontas de la literatura que de críticos honestos del arte; que en su calidad de agazapados —actitud que es consecuencia irremediable de su esterilidad— con presunciones de sabios o simples informados, no les concedemos beligerancia; y que, dada su incapacidad fisiológica para comprendernos, les negamos autoridad, voz y voto.

Si los poetas acasillados tienen alguna vez cosa pequeña o grande que decir, estaremos atentos.