Diótima. Encuentro Nacional: Poemas de Waldo Leyva

 

 

Presentamos la serie Diótima en la cual publicamos algunos poemas de Waldo Leyva (Cuba) invitado al Segundo Encuentro Nacional de Poesía a realizarse los días viernes 17, sábado 18 y domingo 19 de mayo en la Biblioteca General del H. Congreso de la Unión, en el Centro Cultural de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, y en el Museo Nacional de las Culturas del mundo, respectivamente.

 

Waldo Leyva leerá en:

Inauguración

Viernes 17 mayo, 18 horas

Biblioteca General del H. Congreso de la Unión

Tacuba 29 Centro Histórico

 

Clausura

Domingo 19 mayo, 12 horas

Museo de las Culturas del Mundo

Moneda 13, Centro Histórico

 

 

Waldo Leyva

Selección de poemas

 

 

BÍBLICAS

 

I

La crueldad de Abraham

no fue aceptar, por obediencia, el sacrificio de su hijo,

sino hacerle cargar con los maderos.

 

II

Las hijas de Lot usaron el vino para que su padre entrara en ellas

y tener descendencia.

Todavía hay quienes dudan

de la fertilidad de la embriaguez.

 

III

El hecho de que Sara fingiera ante el faraón

que Abraham era su hermano,

no fue a causa del miedo del profeta, sino una simple táctica de Dios

para poder castigar a los egipcios.

 

IV

Cuando Absalón, hijo de David, decidió matar a su hermano Amnon,

no sólo estaba vengando el Ultraje a Thamar sino que iniciaba, sin saberlo,

la ruta que lo conduciría hasta su propia muerte.

 

V

(Sobre David y Betsabé)

 

1

Dios puso a Betsabé delante de los ojos de David y era tal la hermosura de la mujer de Uría

que la luz de la tarde brotaba de las aguas que mojaban su rostro.

 

2

El rey la hizo venir hasta su lecho y entró en ella y en el acto de amarla engendró un hijo

cuyo nombre y figura no recoge la historia.

 

3

Cuando Betsabé le dijo al Rey que estaba encinta,

David hizo regresar a Uría de la guerra y le ordenó: ve a tu casa, lava tus pies.

 

4

Pero el soldado durmió a la puerta del palacio porque no creyó justo comer junto a la lumbre ni yacer con su mujer en paja caliente mientras sus compañeros de campaña dormían sobre la incierta tierra.

 

5

David lo sentó a su mesa y Uría comió delante de él y bebió su vino hasta embrigarse

y cantó las antiguas canciones de los soldados pero volvió a dormir sobre el duro suelo, delante de las puertas del palacio,

desoyendo la voluntad del Rey.

 

6

Envió, entonces, David, con el propio Uría, una carta a Joab, el jefe de su ejército, indicándole que pusiera al portador

de la misiva en el lugar más peligroso del combate para que fuera herido hasta morir,

y el soldado peleó como los héroes

y cayó repitiendo el nombre de su rey.

 

7

Después del luto, Betsabé fue a David y convivió con él y nació el hijo cuyo nombre se ignora

porque Dios decidió su muerte

para castigar el pecado de sus padres.

 

8

Y luego vino Salomón, dueño de la sabiduría, hijo de Betsabé y de David

y adorado de Dios.

 

9

El Libro de los Libros sólo cuenta la historia, nada dice de cuánto deben pagar,

en aras del poder y la sabiduría, la lealtad y la inocencia.

 

 

 

EL HUECO GRIS DE LA MADERA

 

Soñé que estaba muerto.

Este sueño me habita desde siempre.

De niño lloraba junto a un féretro vacío

o, asombrado, interrogaba a un público sin rostro

que abrumaba la sala de una casa desconocida todavía. Anoche este sueño era distinto.

El hueco gris de la madera tenía mi cuerpo, y aquel era mi rostro de los 20 años.

Sólo mis ojos no eran mis ojos

ni tampoco los ojos que me esperan. De espaldas, en la sala vacía,

una mujer que pudo ser mi madre cantaba en silencio esa canción de cuna que nunca le escuché.

El sueño de mi infancia no me dejaba andar pero el sueño de ayer me devolvió las piernas, el único sendero era mi rostro,

un rostro que a los veinte años

no podía creer que la esperanza dejara cicatrices.

¿Será cierto, Vallejo?

¿Murió mi juventud y estoy velándola?

 

 

 

BIG BANG

 

En algún punto del espacio infinito late el ruido inicial del universo.

La materia dispersa

se convirtió en sistemas estelares,

en planetas, en desiertos de sombras, en mares recurrentes y seres como tú o el ínfimo microbio,

la piedra,

la chispa

donde sigue, viva y esperando, la próxima explosión.

 

Nada desaparece, nada empieza.

 

 

II

 

 

La utopía se alimenta del pasado remoto.

 

 

Nadie sabe si el hombre anticipa el futuro o busca en su agonía,

el momento inapresable del origen

de cuya memoria sólo queda ese ruido viajando en el espacio

tal vez hacia nosotros.

 

 

 

CUANDO TOCO SU ROSTRO

A Kárel, mi hijo

 

Todavía es un niño.

Tiene la edad en que otros ya son padres,

pero aún es un niño. Hay en sus ojos,

en lo más hondo de sus ojos, una incurable soledad,

pero es un niño, todavía es un niño. Cuando meto mis dedos en su pelo, cuando toco su rostro,

se vuelve vulnerable, siente de nuevo

ese hueco sin fondo de cuya memoria también me duele el pecho.

 

 

 

UN SITIO DE AYER O DE MAÑANA

 

La señora y el señor van en silencio;

aunque viajan la una junto al otro, es un viaje distinto; no se miran, no comparten asombros

cuando rompe de pronto el amanecer en la hendidura ovalada del avión.

¿Parten o regresan?

Es imposible sospechar que tuvieron alguna vez algo en común.

Él mira en la diminuta pantalla un film banal por donde pasa, desviviéndose siempre,

una muchacha.

Ella duerme a ratos o mira fijo un espacio que seguro no es éste. Es un sitio de ayer o de mañana, donde no es difícil imaginar

que sobra él.

Si llega la aeromoza, él responde por ella:

—la señora no quiere, solo agua, por favor— y ella no bebe, no agradece, no está.

La señora y el señor van en silencio;

no hay odio ni memoria en sus miradas. Vienen de algún lugar que han olvidado; se dirigen a un sitio que ignoran todavía.

 

 

 

CANCIÓN SIN ROSTRO

 

Cierto endecasílabo, escrito con torpeza, habla de una memoria que no tiene sentido, de unos verdes olores, de una naranja rota

de un niño que no fui, aunque tenga sus ojos.

 

A veces vienen ruidos o sombras de otros días, una canción sin rostro, el ladrido de un perro, un padre que se escapa y una madre distante

la lámpara de aceite y el abuelo dormido.

 

Por qué viene ese verso si no existe el que canta, de dónde los olores y la naranja herida;

el padre, ese refugio, cómo dice que parte.

 

Indagar en el verso no te da la respuesta,

no olvidar que el poema forja su propia vida y recrea recuerdos sin origen tocable.

 

 

 

MONÓLOGO FINAL

 

La oscuridad tiene tu olor, mi olor,

y ese otro perfume que nace de la piel

cuando se juntan nuestros cuerpos.

 

 

Cierra los ojos. Toca mi cara.

Tus dedos borrarán la sombra, no importa que sea de noche, no importa que desconozcas

el rostro que tendré al amanecer. Cada segundo puede ser toda la vida.

 

Mañana mi piel estará seca, o deshecha en el aire

o será un verde germinal, un rojo efímero; pero ahora las yemas de tus dedos

tienen toda la luz. Perdono al porvenir.

Las trampas que he tendido tienen la misma inocencia del juego de la alquimia.

Para el hombre no existe otro destino que el manantial inédito.

 

Toca mi rostro,

sálvalo en la memoria de tus manos.

 

 

 

EN LA DORADA LUZ, BREVE, DE OCTUBRE

 

I

 

Era la luz un juego de guitarras y era tu cuerpo música, desnuda

dormías en la hierba, qué menuda barca de sueño, anclada y sin amarras. El mar rizaba el viento. Con sus garras deshechas en la costa, sollozaba

como un hombre que muere. Destrozaba ese llanto del mar, pero quién puede renunciar a ese sueño que concede

sólo una vez la vida, y yo soñaba.

 

II

 

Nunca supe si el tiempo se detuvo, si yo era el tiempo exacto, detenido; si existí antes de verte, si he vivido

después que ya no estás. ¿Acaso hubo una mujer desnuda, que mantuvo

por un instante detenido el mundo?

¿Quién puede responderme? ¿Fue un segundo?

¿Realmente fue un segundo? ¿Puede acaso ese puñal tan frágil, de un zarpazo, esconder su metal en lo profundo?

 

III

 

En la dorada luz, breve, de octubre, cuando el aire es un sueño, cuando quiere

 

detenerse la tarde, cuando muere hecho un rumor el verde, cuando cubre cierto violeta el mar y se descubre

la música tenaz, salgo a buscarte;

mi cuerpo sólo es cuerpo para hallarte, se deshace en el viento, se hace tacto para fundar tu cuerpo. Tengo un pacto trazado con la muerte: hasta encontrarte.

 

 

 

 

Waldo Leyva (Cuba, 1943) es un escritor, periodista y poeta cubano. ​ Sus obras han sido traducidas al portugués. A pesar de que su primer título salió publicado en 1974, era uno de los poetas más conocidos en Cuba. Ejerció la docencia como profesor de Estética y de Literatura Cubana e Hispanoamericana. Fue fundador y director de varias revistas, Del Caribe y Letras Cubanas, por citar algunas. Con su obra El rumbo de los días ganó en el 2010 el X Premio Casa de América de Poesía Americana y el premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), de Venezuela, le fue otorgado en 2012 por su antología Cuando el cristal no reproduce el rostro.

 

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