El nacimiento del castellano. Los reinos cristianos del Norte, de Antonio Alatorre

Este capítulo forma parte del libro Los 1 001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre (Fondo de Cultura de Económica, 2018), pp. 113-116 mismo que puede adquirirse en este enlace:

https://elfondoenlinea.com/Detalle.aspx?ctit=009130R

EL NACIMIENTO DEL CASTELLANO

Los reinos cristianos del Norte

 

 

Antonio  Alatorre

Los árabes cambiaron en muy poco tiempo el rostro de España; pero los parientes del rey Rodrigo, y los miembros de la nobleza visigoda, partidarios suyos, que precipitadamente huyeron a las montañas de Asturias, muy cerca del Cantábrico, no vieron con agrado ese cambio de rostro. Los siglos en que brilló el genio constructor de los musulmanes fueron, para los escritores de los reinos cristianos en la Edad Media española, los de «la destruyción de España».

El primer nombre que se destaca en el puñado de magnates que huyeron al norte es el del semilegendario Pelayo, triunfador de los moros en la batalla de Covadonga, al este de Oviedo, el año 722 (por cierto que uno de los cabecillas del ejército derrotado por Pelayo era el arzobispo don Oppas, ya mencionado). Debe haber sido una acción bélica de poca importancia, pues los árabes, desdeñando esa faja cantábrica en que no había ciudades que valieran la pena, continuaron su avance y penetraron en Francia, hasta que fueron detenidos por Charles Martel (batalla de Poitiers, 732). A Pelayo se le tiene por fundador del reino astur-leonés. Su yerno Alfonso (Alfonso I, rey de Asturias de 739 a 757), sacando partido de ciertos pleitos que estallaron entre árabes  y bereberes, lanzó una acometida que abarcó la cuenca del Duero y la del alto Ebro, exterminó las escasas guarniciones enemigas, quemó las siembras, arraso los poblados y regresó a la zona de Oviedo llevándose a los habitantes cristianos, que habían empezado a arabizarse.[1]

En el siglo siguiente, Ordoño (850-866), cuya corle estaba en Oviedo, pudo reconquistar de manera más firme los territorios situados al sur mediante una «repoblación» sistemática. Repobló así la ciudad de León, como dice una de las primitivas crónicas latinas, ‘»en parte con sus gentes y en parte con gentes traídas de España»: sus gentes eran los habitantes de Asturias y de la vecina Galicia, regiones en que casi no estuvieron los moros; y las gentes ‘»traídas de España» eran simplemente los mozárabes, los cristianos a quienes poco a poco se iba «rescatando»: para esos reyes primitivos, ‘»España» era un país extranjero. La corte asturiana acabó por trasladarse a León hacia el año 920. Pero en 988 las murallas de la ciudad fueron arrasadas por Almanzor, cuya contraofensiva llegó poco después, con fuerza abrumadora, hasta Santiago de Compostela. La segunda y definitiva «repoblación» de León tuvo lugar en 1017.

Este reino de León se consideró siempre no ya el continuador, sino el heredero directo del visigótico. Nunca dejó de regirse por las leyes del Fuero Juzgo, y sus monarcas —a algunos de los cuales les dio por llamarse “emperadores”—  se esforzaron por reproducir en León algo de la añorada grandeza de aquella Toledo adonde nunca regresó el el rey Rodrigo. (Ya en Oviedo, según dice una noticia, los sucesores de Alfonso I habían engrandecido su corte «con basílicas, palacios, baños y triclinios», o sea edificios nobles, como los que los reyes godos habían heredado de los tiempos romanos.) No es extraño que el reino de León haya sido lingüísticamente conservador. Los documentos que nos han llegado de los primeros siglos están escritos en un latín «de notario» bastante irreal, pero permiten entrever ese carácter conservador de la lengua vulgar. Puede decirse que en el León repoblado por Ordoño I con su gente y con gallegos y mozárabes no hubo problemas de comprensión: la lengua que hablaban todos ellos era prácticamente la misma.

Navarra, el otro reino cristiano de los tiempos primitivos, tiene orígenes un tanto más oscuros. Había sido desde la época romana un territorio de lengua vasca, donde el único enclave de romanidad era la modesta ciudad de Pampelone (Pamplona). No muy solicitada por los moros, esta llegó a constituir en el siglo IX un reino embrionario que abarcaba la vertiente pirenaica francesa, algo más romanizada. El reino de Navarra comenzó a sobresalir en el siglo X gracias a la anexión de La Rioja, reconquistada de manos de los árabes. Entre los reyes navarros se señala Sancho el Mayor (1027-1035) por sus esfuerzos de consolidación. ó el rey Rodrigo. (Ya en Oviedo, según dice una noticia, los sucesores de Alfonso I habían engrandecido su corte «con basílicas, palacios, baños y triclinios», o sea edificios nobles, como los que los reyes godos habían heredado de los tiempos romanos.) No es extraño que el reino de León haya sido lingüísticamente conservador. Los documentos que nos han llegado de los primeros siglos están escritos en un latín «de notario» bastante irreal, pero permiten entrever ese carácter conservador de la lengua vulgar. Puede decirse que en el León repoblado por Ordoño I con su gente y con gallegos y mozárabes no hubo problemas de comprensión: la lengua que hablaban todos ellos era prácticamente la misma.

Mientras tanto, al este, en otra franja pirenaica asimismo poco romanizada, se había constituido el pequeño reino de Aragón, subordinado a Navarra. Los reyes primitivos de Aragón reconquistaron su vez algunas tierras, y uno de ellos, Sancho Ramírez (t 1094), rompió la subordinación a Navarra. Las importantes reconquistas de Huesca (1096), Barbastro (1100) y Zaragoza (1118) fueron ya empresa del reino de Aragón, aun cuando entre los reconquistadores siguiera habiendo gentes Se puede decir que la lengua de estos reconquistadores era más que la de los leoneses, ya que León había sido más romanizada. Pero de hecho, el aragonés antiguo se parece bastante al leonés antiguo: ninguno de los dos dialectos se ha alejado mucho del latín vulgar visigótico. Tampoco debe haber habido muchas diferencias entre el habla de los navarro-aragoneses y la de los mozárabes con quienes se iban topando.

Antes de evocar los orígenes del reino de Castilla, conviene decir unas palabras sobre Cataluña y Portugal. Cataluña tuvo, desde el principio, una suerte aparte. La reconquista no fue emprendida por ningún “rey» catalán, sino por Ludovico Pío, hijo del emperador Carlomagno (comienzos del siglo IX). Cataluña quedó dividida en «condados» dependientes de Francia, pero que fueron emancipándose poco a poco. Se incorporó al reino de Aragón en 1137, pero todavía en el siglo XII los condes de Barcelona intervenían en la política francesa. En ese mismo siglo XII se creó el reino de Portugal, que anteriormente había sido un «condado» subordinado a los reyes de León. Alonso Henriques (Alfonso I de Portugal), hijo del último conde, que por cierto era de origen francés, se coronó rey en 1139. En su reconquista de Lisboa (1147) le ayudaron, no leoneses ni gallegos, sino cruzados ingleses en su camino a Tierra Santa.

Antonio Alatorre Chávez nació en Autlán de la Grana, Jal., en 1922. Cursó la secundaria en un colegio religioso donde aprendió latín, griego, francés e inglés. Estudió derecho, sin terminar la carrera, en la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG) y en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), letras en esta última y filología en El Colegio de México. Tomó clases en España y Francia, donde asistió a las cátedras de Marcel Bataillon y Edmond Faral, en el Collège de France, y de Raymond Lebergue, en la Sorbona. En México fue discípulo de Raimundo Lida. Desde 1951 era profesor-investigador de El Colegio de México, de cuyo Centro de Estudios Filológicos fue director (1953-1972), mismo que posteriormente cambió su nombre al de Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios. En ese lugar editó (1952-1959) y dirigió (1960) la Nueva Revista de Filología Hispánica. Era catedrático de educación media y superior desde 1943 e impartió cursos y conferencias en universidades de Estados Unidos, Japón e India. En 1990 fue nombrado profesor emérito de El Colegio de México. Participó en el espectáculo Poesía en Voz Alta en la Casa del Lago de la UNAM (1958), e hizo análisis literario en la televisión (1978-1979). Ejerció la crítica literaria en gran número de publicaciones y tradujo más de treinta libros del latín, del italiano, del francés, del portugués y del inglés. Fue miembro de una media docena de asociaciones internacionales, a las que acabó por renunciar después de haber ocupado puestos directivos en varias de ellas. Asimismo, fue miembro de la mesa directiva del Pen Club Internacional de México (1969-1970). Editó con Juan José Arreola, y luego con Juan Rulfo, la revista Pan en Guadalajara (1945), e Historia Mexicana, en El Colegio de México (1952-1959). Fue codirector, con Tomás Segovia, de la Revista Mexicana de Literatura (1958-1960), miembro del consejo de redacción de las revistas Diálogos y Nexos y colaborador asiduo de la Nueva Revista de Filología Hispánica. Una de sus obras más conocidas es Los 1001 años de la lengua española (1979). Recibió numerosos premios y reconocimientos, entre ellos el Premio Jalisco (1994), el Premio titular de la Cátedra Italo Calvino (UNAM, 1994), y el Premio Nacional de Ciencias y Artes (1998) en el ramo de Lingüística y Literatura. Ingresó a El Colegio Nacional el 26 junio de 1981 y su discurso de ingreso fue contestado por el doctor Luis Villoro. El maestro Antonio Alatorre Chávez murió el 21 de octubre de 2010 en la ciudad de México.

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