Entrevista con Ángel González: LA REALIDAD RECUPERADA

Entrevista con Ángel González:

LA REALIDAD RECUPERADA

Roberto García Bonilla

Perteneciente a la llamada generación de medio siglo o de los 50, Ángel González (Oviedo, 1925) es un importante representante de la poesía española contemporánea. Desde Áspero mundo (1956) hasta Deixis en familia (1992), se evidencian temas reiterativos (la naturaleza, la fugacidad de la vida, el amor, el tiempo). (Ninguna era tan bella como tú/ durante aquel fugaz momento en que te amaba: / mi vida entera.) Estos temas transformados por atributos como la ironía, la jocosidad, la duda, el desencanto; en conjunto esta obra se unifica sobre ciertos leitmotivs. Palabra sobre palabras (Seix Barral, Barcelona, 1998, 5ª. Ed.) recoge la totalidad de su obra hasta 1998. En México, el poeta que obtuviera los premios Príncipe de Asturias y Reina Sofía (1996), presentó recientemente Segunda parte (Dirección General de Publicaciones, col. Práctica Mortal, 1998, 102 pp.), una breve antología de su obra.

La remembranza y su desazón (“Empleo de la nostalgia”) se mezclan con la exhibición del amor puro, del puro amor (“Eso era amor”); las imágenes donde la música es imagen conductora (“Quinteto enterramiento para cuerda en cementerio y piano rural”) y tema sostenido (“Está bartok de todo…”) se oyen. Y al releerse la ligereza, que no superficialidad de una escritura, emerge la cotidianidad y sus tiempos revisten la reflexión (“Hay tres momentos graves, más  el cuarto”),

La palabra misma se explica: describe y encubre los procedimientos discursivos del poeta, así se explica cómo el mismo autor define su trabajo como “antipoesía” (Esto es un poema / Aquí está permitido / fijar carteles / tirar escombros, hacer aguas… […)] Esto es un poema. / Mantén sucia la estrofa / Escupe dentro…).

En la poesía de Ángel González se respira la jovialidad, no gratuita, que encubre cierto pesar en el vacío mundano de las pasiones, los versos florecen sintéticos y proteicos entre el humor que alcanza la hilaridad aforística (Malaventurados los que aman, / porque de ellos será el reino de los celos.).

La ocurrencia irremisible del tiempo agota, de paso, el amor (cap p. 95) y las dimensiones se funden (No creo en la eternidad. / Mas si algo ha de quedar de lo que fuimos / es el amor que pasa).

La poesía de Ángel Gonzáles produce un goce inmediato; pero más allá de la linealidad se encuentra la profundidad del poeta cuyo alter ego recorre buena parte de sus poemas, desde versos llanos y subyacentemente legibles, el gusto en la palabra permanece más aún que sus contenidos. La relatividad es vital: la unicidad sólo perderá la convicción de un tiempo sin principio ni fin (Aquí no pasa nada, / sólo el tiempo / irrepetible / música que resuena / ya extinguida / en un corazón hueco, abandonado, / que alguien toma un momento, / escucha /y tira.).

En la siguiente conversación, el poeta, que viviera en México en la década de los años setenta, habla sobre los temas y motivaciones de su escritura.

 

 

En los años cincuenta y principios de los sesenta su poesía parece ensimismada, refleja una preocupación de la existencia a partir de su interioridad…

Mi primer libro de poemas está escrito en momentos de soledad y de falta de comunicación con el ambiente literario. Yo empecé a escribir poesía como respuesta algunas lecturas que me habían impresionado mucho, pero que en los años cuarenta y los primeros de la década de los cincuenta dejaron de ser en cierto modo actuales. Leí mucho y me impresiona todavía Juan Ramón Jiménez, en la segunda Antología poética, que me parece su mejor libro. Leí también a algunos poetas del 27 que no había leído, por supuesto sólo lo permitido en España, que era la parte más optimista, la no comprometida, porque en aquellos años lo que se permitía leer era lo menos “contaminado” políticamente, lo más puro.

Esas lecturas, aunadas a un sentido de soledad debido a una crisis pulmonar grave —que me mantuvo aislado durante tres años en un pueblito de las montañas de León—, me llevaron a escribir poesía. Era yo todavía un adolescente, pero ya en la frontera con la juventud, tenía 17 o 18 años. Estos poemas no los escribí para que fueran publicados, sino como una especie de presión interior de necesidad expresiva. No veía en ellos sana significación especial, hasta que, pasado el tiempo, seguí escribiendo y me di cuenta de que podían significar algo; entonces se los leí a un poeta y crítico conocido y él me animó a publicarlos.

 

 

Entre sus preocupaciones, el tiempo es un tema reiterativo…

Sí, es una constante en toda mi poesía, tanto en la que escribí entonces como en la escrita después.

 

 

El ritmo de su poesía parece haber cambiado: primero se notaba un tiempo que quería retenerse y después se aprecia el tiempo con algo de desenfado. Su poesía en los años sesentas refleja una ironía hacia el devenir. ¿Cómo ha cambiado su idea del tiempo cronológico y, por supuesto, también escritural?

Mi percepción del paso del tiempo cambió porque el mismo tiempo se encargó de cambiarla. Con la edad, el drama que significa el paso del tiempo remite a la muerte de muchas cosas, no de la muerte propia, que en mi poesía casi no aparece, sino a la muerte del entorno, de personas, de maneras de ser y de vivir. Esos efectos desoladores del paso del tiempo se van haciendo más amargos con la edad. La poesía, con el tiempo, va siendo más elegíaca aunque por otro lado hay una visión más irónica del mundo.

 

 

Sobre todo la visión del amor, siempre hay como una especie de presentación idealista del amor que al mismo tiempo lo está desintegrando y que termina por ser jocosa la poesía

Si hiciéramos una especie de radiografía de toda la literatura universal, desde los clásicos hasta nuestros días, quedaría ese esqueleto del amor, la vida o la muerte, no sólo en la poesía sino en toda la literatura. Estos temas son como las piezas de un ajedrez que dan lugar a combinaciones muy variadas. Todo se combina, se modifica, se presenta con otros aspectos. En mi poesía tiene una veta amorosa constante, dese el primer libro hasta el último. Ya veo el sentimiento amoroso como una salvación. No incurro al idealismo de pensar que el amor es más poderoso que la muerte. Esa es una utopía renacentista, de los cancioneros medievales. El último poema de mi libro Palabra sobre palabra —“Ya nada ahora” — puede parecer como escrito muy en serio y que he incurrido en este idealismo amoroso del que hablo (Largo es el arte; la vida en cambio corta / como cuchillo / Pero nada ya ahora / —ni siquiera la muerte, por su parte inmensa— podrá evitarlo: / exento, libre, / como la niebla que al romper el día /  los hondos valles del invierno exhalan, / creciente en un espacio sin fronteras, / este amor ya sin mí te amará siempre.). Lo que me llevó a escribir ese poema —aunque no soy muy orientalista ni afecto a la literatura y filosofía orientales, no soy nada místico— fue una especie de defensa del karma, es decir, todo lo que se hace, queda; lo que se da funciona y alguien lo va a devolver alguna vez. En este sentido, el acto de amor puede ser eterno, porque amar genera actos de amor “en un lugar que ya sin mí, seguirá viviendo”.

 

 

En los poemas, digamos intermedios, de los años sesenta y setenta, la naturaleza es un tópico, un punto de partida. ¿El tema tuvo que ver con algún tiempo particular en su vida mucho más cercano a la naturaleza?

 

Se debió a mis recuerdos del tiempo que pasé en aquel pueblo pequeño que está entre Asturias y Galicia, en el norte de León, pero sobre todo a evocaciones de mi infancia. Yo vivía en Oviedo, una ciudad muy pequeña. Ahí el campo entra a la ciudad. En las calles donde yo vivía había vacas pastando en la hierba de las cunetas. De todas formas llegó un momento en que me esforcé por hacer una poesía urbana, porque creía que era la realidad de la vida de las personas con las que convivía, aunque la naturaleza terminó por aparecer de nuevo en la poesía. Después viví diez años en México, que es todo naturaleza. Llegué como profesor visitante para una estancia de cuatro meses en 1972, y me volvieron a invitar para enseñar literatura —cosa que en España no puedo hacer porque estudié la carrera de derecho, no letras— y me quedé.

 

 

¿Y quiénes fueron los exiliados más allegados a usted?

Conocí a muchos de manera muy íntima, particularmente a Luis Rius; conocí también a Federico Álvarez, a Max Aub, con quien tuve una amistad bastante estrecha pese a que murió al poco tiempo de mi llegada a México. Él escribió un libro sobre sus memorias de viajes a España durante la época del franquismo (La gallina ciega, Joaquín Mortiz, 1972), que son desoladoras porque ya no reconoce nada. En este libro, Max Aub tiene un personaje al que no le puso nombre para no perjudicarme, y además hace una especie de lamento para señalar la suerte de Luis Rius, que llegó a México siendo muy niño; una suerte que yo no tuve.

 

 

¿Qué representó para usted el exilio de sus allegados en México?

Cuando yo era niño me la pasaba esperando la carta de un hermano exiliado en Chile para que mi madre y yo pudiéramos salir de España. Yo viví mi país de una forma tan extraña como podría ser para ti, siendo mexicano, encontrarte de pronto en otro lugar. Así fue mi despertar en la posguerra española, un país que no se parecía en nada al de mi infancia, en el que fui tratado tan mal, en el que tuve muchas menos oportunidades y pasé más hambres y miserias de las que pudieron haber vivido los españoles en México, por eso los envidiaba, ese sentimiento llenaba de extrañeza a Luis Rius quien, sintiéndose muy mexicano, siempre sintió nostalgia por la España de su infancia. Para mí los exiliados tuvieron una suerte inmensa porque encontraron en México un lugar en donde vivir con libertad.

 

 

¿Usted se considera un poeta realista?

Entendiendo el realismo como un término puramente literario yo me considero realista. Aunque El lazarillo de Tormes no es realista, es una acumulación de hechos que juzgan la realidad. Soy realista frente al idealismo y los temas pastoriles de la literatura renacentista. El lazarillo plantea cosas de la vida cotidiana y temas del bajo mundo. Es una obra realista, sí, pero realista frente a la literatura pastoril.

A mí me interesó siempre una poesía testimonial y comprometida. Siempre se me ha juzgado de realista porque a mí me tocó vivir una España en que los gustos literarios cambiaron radicalmente mi poesía, momentáneamente —por fortuna— quedó descalificada porque no servía para nada, era sumamente realista, sin imaginación, sin vuelo. Hoy mi poesía ha cambiado un poco, de vez en cuando hay un vuelo que hace al ave derrumbarse al suelo. A mí me gusta mucho un término que utilizaba mucho el crítico y poeta español José Luis García Martín, él habla de poesía figurativa, es decir, que en la poesía siempre hay una figura del mundo, de la realidad. También empleo como materia de trabajo el lenguaje de todos, el lenguaje coloquial. En mi poesía aparece un personaje que es el que narra, un personaje que al principio creí que era yo mismo, pero que con el tiempo se ha configurado como un personaje. Aunque no descarto lo autobiográfico, yo me veo a mí mismo con cierta distancia, ya sé que es un personaje que tiene una casa como en la que vivo yo, que tiene unas tías que se llaman igual que las mía, que tiene las mismas manías y costumbres que yo, pero sé que es un personaje.

 

 

¿Usted se considera poeta coloquial?

 

Sí, sabiendo siempre que nunca se escribe como se habla. El lenguaje es un material de trabajo que puede ser coloquial o suntuoso, como en Góngora. Para mí, el material de trabajo es el lenguaje coloquial.

 

 

¿Cómo conviven en su poesía la frescura, la jovialidad y la amargura?

 

La experiencia de mi infancia y de mi adolescencia, la guerra civil, fue terrible. En mi familia hubo una suerte de calamidades: un hermano asesinado, otro exiliado, y más… La guerra fue muy cruel para mí, muy dura. Viví además en la línea de fuego en una ciudad cercada por casi dos años. Esa experiencia es todavía más dura cuando has tenido anteriormente una familia feliz, con raíces humanistas y con hermanos socialistas que tenían esperanza de un mundo mejor, más justo, más bello. Todo esto se derrumbó con la guerra y quedó un fondo de amargura y de pesimismo.

 

 

Da la impresión que usted recuperó de ese tiempo anímico perdido…

Han pasado muchos años de eso, tantos que cuando recuerdo todo eso me parece que estoy inventándolo. Ahora todos estos recuerdos son materia inevitable de escritura.

 

 

¿Alguna vez usted quiso ser filósofo?

No. Yo siempre quise ser músico. Me encanta Bela Bartok, siento que se apodera de mí. Hay un libro de George Steiner (Presencias reales, 1991) que me encanta porque me reconozco en lo que él dice —aunque yo lo dije antes, pero sin tantos conocimientos— cuando habla del poder que tiene la música para conmovernos, apoderarse de nosotros. Es más o menos lo mismo que dice mi poema a Bela Bartok —“Estoy bartok de todo”. La música, en ese sentido, puede ser peligrosa.

 

Estoy bartok de todo, / bela / bartok de ese violín que me persigue / de sus fintas precisas, / de las sinuosas violas / de la insidia que el oboe propaga / de la admonitoria gravedad del fargot, / de la furia del viento, / del hondo crepitar de la madera. / Resuena bela en todo bartok: tengo / miedo / La música / ha ocupado mi casa. / Por lo que oigo, / puede ser peligrosa. / Échenla fuera.

Yo quería hacer música. En mi casa había libros pero no instrumentos así que, haciendo un gran sacrificio, en plena guerra mi madre me compró una guitarra cuando vio lo que yo sentía con respecto a la música. Luego me regalaron un violín y después yo mismo compré teclados.

 

 

¿Cómo alimentó la música a su poesía?

No lo sé, evidentemente la música y la poesía tienen en común el manejo del tiempo, el ritmo y el ruido. El ruido que hace una poesía es muy importante: el rumor de un poema es lo que le da a la palabra poética la condición de memorable, y sin el ritmo las ideas que generalmente usa un poeta son poco originales, son lugares comunes.  “Oropatal”, de Rubén Darío, es un poema que me impresionó desde niño y dejó en mí una huella muy onda; lo que dice puede ser muy común, pero en la forma en que lo dice Rubén Darío adquiere una resonancia y una verdad impresionante. Y esto es gracias al ruido, al rumor de las palabras.

 

 

En los sonetos que usted escribe, por una parte, se ciñe a la forma, pero por otra, el texto está totalmente liberado.

Todos los sonetos que he escrito son de mi primera época, los primeros poemas. A mí me deslumbraban muchos los sonetos de Alberti, que son poesía pura, bellísimos. Como casi todo niño español de familia culta había leído algún soneto de Garcilaso, de Góngora, de Quevedo.

 

 

¿Qué significó para usted ingresar a la Real Academia Española?

Yo entré a la academia por el empeño de un gran amigo mío que, si no hubiera muerto, sería ahora el director de la Academia. Él escribió bastante sobre mi poesía y tuvo ese capricho. Para mí es un honor. Yo nunca aspiré, como dijo Antonio Machado, “a semejante trance”. Yo acepté con mucho gusto y mucho orgullo, pero no fue a instancias mías. Yo nunca me hubiera atrevido a solicitar mi ingreso a la Academia. Estoy contento, voy a las sesiones siempre que puedo, colaboro de una manera muy modesta en la elaboración del diccionario, buscando términos nuevos. En cuanto a la inclusión de vocablos novedosos, la Academia ha cambiado mucho, hoy es una institución muy abierta, muy consciente de que la lengua es un hecho del que se debe ser observador, porque no está en sus manos.

Roberto García Bonilla. (Ciudad de México, 1960) es investigador y periodista, autor de Un tiempo suspendido. Cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo (Conaculta, 2008)

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