Poemas de Miguel Ángel Feria

 

 

Una selección del poemario ANaRCaDIa (Árdora Ediciones, Madrid, 2018)

 

 

Miguel Ángel Feria (Huelva, España, 1979)

 

 

LA FILOSOFÍA

 

Un hombre traza su círculo sobre la arena

y el viento lo desaparece.

 

Vuelve a trazar su círculo,

ha dicho la palabra,

convoca a quien su círculo penetre:

otro hombre llega, hablan

en un círculo

y el viento nuevamente lo deshace.

Un hombre puso la palabra hombres

en arena,

y el viento la leía

hasta dejarla en nada.

 

Un hombre puso

la palabra nada

sobre la arena,

un pensador,

un civilizador del viento.

 

 

 

ALELUYA

 

Ningún milagro te reveló quién era

él. Tú no aguardaste

panes ni peces de su autoría

brotar de lo vacío.

Por si al fin el amor no fuera nada,

sólo eso,

te bastaba compartir tu pan a ciegas,

el manso almíbar de tus pechos,

alejar la intemperie con incienso y gualdrapas.

Él ha tardado en comprender

quién de los dos tenía el don.

A ciegas, cada noche,

emanan de tus manos

los silencios pacientes,

las aguas infinitas

con que lavas las manos y los pies

de un profeta partido,

augurador de nada.

 

 

 

ARDEN LOS ÁRBOLES COMO EN SUEÑOS  

 

Arden los árboles como si fuera en sueños,

llamaradas de viento avivan ciegas

el bosque. Rabia el humo,

y en su vértigo fermentan, verticales,

el crujir anidado de osamentas

y un pulso de pelusa propagada.

No hay límite posible por más ojos

que el hábitat oponga, secas fauces

masticando ceniza, tos, la soga

umbilical al cuello. Masivo

se precipita el movimiento, lengua

un instante, flexible, delicado,

casi débil y previo si de pronto

se ramifica en nubes indigestas

lamiendo el costillar de la resina

la llama de molares tartamudos,

aspavientos de alcohol y comezones

de piedra que restalla.

                                           Qué desastre.

Sin pausa, polariza las centellas

en jaurías, punza las mansedumbres

inflamables, los focos, directrices

de especular inercia, el silencio

que aprieta dentaduras de carbón,

apiña el panorama como un parto

de alacranes revueltos, sufre negras

entrañas, polvo, genealogías,

anillos, dataciones y tenencias

con mal sabor a horóscopo en la boca,

en la totalidad que se difunde

ciervo, pasivamente indócil,

lujuriante de látigos, con sustos

de mueca ardida, malcornados, puros

a fuerza de erecciones y vacíos,

de territorio en celo, de economía que habla

en sueños la asamblea de los últimos hombres.

 

 

 

ESPERANZA

 

Hay hombres y mujeres que vienen

a las puertas del tiempo,

llamándola sin miedo por su nombre.

 

Hay mujeres y hombres,

conjuran a las puertas la palabra;

a las puertas del tiempo

acaso qué perder.

 

Hubo dioses oscuros: proclamaron

que detrás nada hay.

Tan sólo para robárnosla,

sólo por ahuyentarnos

grabaron de serpientes y demonios

las puertas del tiempo.

 

Que no hay nada detrás

por desesperanzarnos

proclamaron:

oscuros dioses

para ocultarnos la nada

que nos pertenece.

 

 

 

HE DESEADO LA MUERTE DE OTRO HOMBRE

 

He deseado la muerte de otro hombre.

No ha sido fácil

romper con la palabra de mis padres,

abandonar su fe, sentarme a solas

a sentirlo,

a desplumarlo de la nada.

Nada fácil ha sido más hermoso.

 

El aire se ha llenado de metralla del ser,

plumas azules, lejanías.

Y puede que, mientras despunta el sol,

mientras cargo las tintas

ya no encuentre jamás el camino de vuelta,

que no vuelva a besar las manos

de mis padres.

 

Ha muerto el hombre tal como yo lo deseaba,

con un dolor inenarrable.

Lo dicen los periódicos de este país,

en un idioma

que no he logrado dominar aún.

Más solo estoy que nunca

en el amanecer

surcado por el vuelo

de los ánades,

la clara disonancia de sus gritos.

 

Jamás vi nada tan hermoso.

Nunca estuve tan lejos de mi casa.

 

 

 

LIDIA

 

Desnudo vengo al mar

y aviente las palabras de los párpados,

la boca, los cabellos,

como un largo rodeo hacia mí mismo

sea la vida.

 

Y desnudo desciendo hasta las aguas,

muerte lenta que bebe

de mi mano,

largo aliento de hoces las fuerzas entreabre

dejándome pasar hacia su sábana

blanquísima,

como algo que se aleja

arrimándose

hasta no tener miedo de estar vivo.

 

Vengo desnudo al mar,

a su animal tentarme y oscura

resonancia

que muerte me desea

cuerno a cuerno,

muslo a muslo

como algo que se calla a renacerme,

a resolver bravío en su silencio

mi palabra,

a sentirme de lejos y el mar mismo

quién sé yo,

siempre a punto de ser sólo espumas y rastros,

menos hombre quizás, o más poeta.

Miguel Ángel Feria (Huelva, España) es Licenciado en Humanidades por la Universidad de Huelva, Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, y Doctor en Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Como traductor ha publicado, con introducción crítica, selección y notas a su cargo, una Antología de la poesía parnasiana francesa -Editorial Cátedra (2016)- así como una versión íntegra de El arte de ser abuelo de Victor Hugo -Editorial La Lucerna (2017)-. Su obra poética propia ha obtenido el XIV Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Salamanca” (2010) por La Consagración del Otoño -Ed. Reino de Cordelia, 2011- y el IX Premio de Poesía “Andalucía Joven” (2007) por El Escarbadero -Ed. Renacimiento, 2008-. Ha sido profesor de literatura en las universidades de Marsella, Paris 7 y Limoges en Francia y en la Universidad de Alcalá de Henares en España. Ha publicado artículos y reseñas en revistas especializadas como ThélèmeNueva Revista de Filología HispánicaArchivum o Anales de Literatura Hispanoamericana. Traductor residente en el Collège international des traducteurs littéraires de Arles (Francia) y en el Centre for Arts and Creativity de Banff (Canadá), donde prepara la primera versión al español del poeta francocanadiense Roland Giguère.

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