Virginia. Un cuento de Perla Muñoz

 

 

Virginia

Perla Muñoz

 

Se escucha el polvo entre las calles como el revoloteo de insectos cuyas vértebras frágiles desaparecen en el aire. El sol palidece. Los edificios renuncian a su color vibrante. Hay poca gente caminando. Ella está sentada en una banca quitándose unas viejas zapatillas. En sus piernas crecen várices como raíces de hierba mala. Lunares rojillos salpican su cara. Las arrugas proliferan como hongos del tiempo. Está cansada, pero tiene que volver a pie. No mira al cielo, ni a las nubes.

De niña le tocó salir a vender tortillas de puerta en puerta. Ella y su madre se levantaban a las cinco de la mañana para preparar todo: ir al molino, prender la leña y tener las tortillas antes del almuerzo. Su madre tenía la piel brillante y olía a ocote verde; sus ojos eran dos polillas blancas que sólo lograban volar por la noche. La mayor parte del tiempo permanecía callada. Apenas y recuerda su voz. Siempre miraba al suelo. Se bañaban por las noches con agua fría después de preparar el nixtamal. Ella y su madre dormían juntas, excepto cuando él llegaba. La habitación contigua era de su padre. “¿Otra vez vamos a cenar lo mismo?”, ninguna expresión en su rostro. Su voz era fuego quemándoles la piel. “Después de tragarme esta porquería, quiero que te metas a mi habitación, ¿entendiste? Tú mija, vete a dormir.” Su madre temblaba.  El eructo de su padre la dejaba asqueada. “¿A qué hora piensas obedecerme?”. Sin levantar la vista, su madre dejaba su plato de lentejas sobre la mesa, miraba sus zapatos remendados y entraba a la habitación. “Y tú, recoge el desorden y lava los platos.” le decía aquel extraño hombre.  “Abre la piernas, mula consentida. Pero primero levántate la falda.”, “¡Mamá!” Suspiraba la niña. La oscuridad los tragaba. Se escuchaba el crujir del catre. “¡Mamá!”, lo decía en voz baja.

Hay varios niños jugando: gritan. Uno de ellos no ha dejado de mirarla. Ella también lo observa. Está chueco y tiene los dientes picados. El niño le ha mostrado la lengua. Se ríe de ella, de su aspecto malévolo. Espera un momento. Agarra la zapatilla y con la poca fuerza que le queda se la avienta con furia. El niño se queda serio. Busca a alguien con la mirada y camina torpemente. “Estúpido”, dice, “Estúpido”, repite.

En ese pedazo de campo, donde la luz amarilla parpadeaba cada que aquel hombre golpeaba a su mujer, Virginia, la niña de once años, de tetas desproporcionadas, acercaba un banco para poder subir y agarrar con la mano el foco caliente hasta romperlo. Sólo así creía dejar de escuchar los gritos y el llanto agónico de su madre. “¡Vete, vete, vete!”, vociferaba Virginia, aventándole piedras a su propia sombra. Su mano tenía ámpulas, su rostro, cicatrices de muerte. Su madre yacía tumbada junto al fogón: sangre. Le dio de beber agua. “Te daré otro si te veo ayudando a ese pedazo inútil”, “¡mamá!”.

Los ralos cabellos grises se zangolotean en el viento. Ha sacado su cajetilla de Delicados rojos. El humo sale de su boca.

“Ha perdido mucha sangre. Tenemos que  practicar un legrado para extirpar los restos placentarios. Por ahora hemos detenido la hemorragia y procuraremos que no se le infecte más.”, “¿Se va a morir, doctora?” “No, pero está débil por la pérdida de sangre.”, ¿Hoy podré llevarla a casa?” “Sí, pero recomiendo absoluto reposo para una total recuperación. Como su médico, ¿Puedo confiar en que le proporcionará los cuidados debidos?” “Yo que voy a estar cuidándola. Tengo cosas qué hacer. Soy la suegra, no su enfermera. Allá mi hijo sabrá si la consiente o no. Yo sólo quería saber si se iba a morir o qué.” Silencio. “¡Su hijo tendría que estar en la cárcel, señora!” dijo en tono desesperanzado, “¡Usted no me venga a decir dónde debe estar mi hijo, metiche!” Cóbrese de una vez. Me la llevo, porque verle la cara me da salpullido. Por mí que se muera la perra ésta.” “No se puede llevar a mi paciente, lárguese usted, pero no me toque a mi paciente.” “Inútil, levántate y vámonos. Tu marido te está esperando.” “Señora, usted todavía no puede levantarse. No tiene por qué seguirla. En cuando terminemos la consulta, puede marcharse si quiere.” “¿Lo ve? Si sí puede andar, nomás se hace la inútil, INÚTIL.”, “Señora, no camine, no se vaya…”, “Metiche, metiches todos.” rezongaba la mujer de cabello teñido. La enferma cayó varias veces, pero logró pararse y subir al taxi. La doctora la siguió e intentó mirarla a los ojos. Ella pudo sentir cómo las dos polillas salían de sus concavidades dirigiéndose hacia la muerte.

Virginia la esperaba escondida en el baño. No confiaba en su abuela. Nunca la miró a los ojos. Siempre se refirió a ella como “La escuincla”. Virginia lloraba bajo la regadera. El agua fría caía sobre su espalda. Además de vender tortillas, también tostaban chapulines. Los recogían del monte. Recuerda a su madre sonreír entre la hierba a plena luz del sol.  La única vez que pudo apreciar sus dientes blancos y su hermosa sonrisa. Sí, ella volvería.

Ya es de noche. Los insectos buscan la luz. Las personas desaparecen. “¿A dónde van con tanta urgencia?” se pregunta  mientras empieza a caminar descalza. Las mujeres voltean a mirarla. No puede esconder sus ojos cristalinos. “Qué ridícula mujer”, murmuran. Se detiene en una cantina. “Ya te habías tardado, Virginia. ¿Por qué te has retrasado? Te llaman allá atrás.”, “Gracias Vero|”, camina lento. De su bolso saca un labial rojo. Se lo pone exageradamente en sus labios. “Buenas noches, guapo, ¿qué te sirvo?”

Perla Muñoz, Ocotlán de Morelos, Oaxaca. 1992. Vivió toda la infancia con su abuela, bajo la sombra del mezquite y los nogales. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Es autora del libro de cuentos Desquicios (Avispero, 2017). Forma parte del colectivo Avispero y promueve la lectura en distintos centros educativos.<7ph>

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