Mandil azul, cuento de Manuel Alexander Suyo Martínez

 

 

Mandil azul

 

Manuel Alexander Suyo Martínez

 

 

“Mi nombre es Mitislav Pavieski, lo que a continuación voy a relatar no es sino un suceso que resultome extraordinario, y contarlo primero a mi superior, segundo a mis compañeros de labor me costó una cita con el psicólogo de la fábrica, luego la expulsión del trabajo, como efecto por el cual estoy recluido ahora en este hospital psiquiátrico llamado H… V…

 

Todo ocurrió un extraño viernes de mayo. Mi trabajo consistía como se dice de “vigilante” —“guardián”, “sereno”, “guachimán”, y la serie de sinónimos que las personas le atribuyen a dicha labor, yo prefiero el de vigilante o seguridad— en una fábrica de correas de cuero y otros materiales del mismo insumo; las máquinas eran enormes y dispersas de ocho en ocho en salones amplios con ventanales muy altos, por donde escasamente entraba la luz debido al smog impregnado en las mismas. Eran veinte salones, donde diecisiete funcionaban con normalidad todo el día —exceptuando a la hora del almuerzo—, dos de ellas se utilizaban como dormitorios para los trabajadores quienes venían de regiones lejanas del Perú, de distritos desconocidos o muy pobres; el salón restante servía como medio de práctica para los ‘nuevos’ y los obreros más antiguos les enseñaban las artes del cuero.

No recuerdo con exactitud qué día llegaron los ‘nuevos’ a la fábrica —mas, fue unas semanas antes del acontecimiento—, con maletas y ropas paupérrimas, algunos apenas traían una bolsa o solo lo que tenían puesto, eran diez, de los cuales siete jóvenes no pasaban los veinticinco años. Fueron “entrenados” por dos o tres días y nada pareció estar fuera de lugar.

 

Los anteriores días al insólito suceso llamó mi curiosidad uno de ellos, quien siempre llevaba puesto un mandil azul de hule, sus cejas eran prominentes rematadas por dos grandes esferas hundidas en su faz que al barrer la mirada parecían recién salidas de algún manicomio, un cráneo medio deforme con cabellos como púas y un aspecto lánguido como el de un tísico. Aquello me dejó afligido <<cómo puede ser que traigan a jóvenes enfermos a la fábrica, deben estar muy necesitados —pensé—, también para lo que les pagan>>. Anduve observándolo por unos días más al extraño mancebo: sus actitudes diferían mucho de la normalidad con la que actúan las personas, en ocasiones se la pasaba mirando a los otros obreros sin —al parecer— entender nada de lo que le explicaban, otras veces por las noches, caminaba por los pasillos sin rumbo fijo —ahora que lo pienso con detenimiento creo que era somnámbulo—, seguramente por el simple hecho de caminar (extraña forma de manifestación que tienen las personas para quitarse algún estrés o para calmar la ansiedad) o quién sabe si tenía alguna aflicción en el alma la cual no le permitía sentirse cómodo… atribuí dichas actitudes a un oscuro pasado del cual él quería escapar y las consecuencias habían sido devastadoras, impregnándolas en su aspecto físico.

El jueves, mi turno era de noche y apenas pude dormir durante el día —a comparación de los obreros yo sí dormía en casa, bueno, en la casa de mi hermana mayor quien me dio alojamiento por unos meses en un cuartucho al fondo hasta encontrar algo mejorcito; Yanina se quejaba de que el dinero que le daba era muy poco, en cambio yo no me quejaba de los gritos que daba cuando traía a sus ‘amiguitos’ del trabajo por las noches, en sí no tenía ningún derecho a quejarme porque estaba de arrimado, por eso prefería trabajar de madrugada y no decir nada—, las primeras horas todo anduvo más tranquilo que un cementerio. Yo cuidaba los interiores del establecimiento, otros compañeros se encargaban de la parte externa, utilizábamos radios para comunicarnos. Esa noche estuve a cargo de la cabina donde estaban las cámaras de video, podía ver todos los ambientes y movimientos, además de las habitaciones de los trabajadores que en ocasiones traían mujeres y nosotros las dejábamos pasar si ellos nos daban alguna comisión, así funcionaba el bisnes.

Nada de aquello pasó ese jueves, todo estuvo en paz, no sé si el cansancio me venció, o parpadeé un momento, pudo haber sido un sueño pues lo que se ve en ellos siempre se torna un tanto difuso, plasmático y los espacios cambian constantemente, o uno cambia con ellos apareciendo en un avión, por ejemplo, o en alguna que otra situación, a mí me suele pasar que cuando estoy en el sueño siempre es una hora intermedia, ese momento en el que el sol está dando paso a la noche o viceversa, el crepúsculo o el alba, bueno, en Lima eso sería como a las seis de la tarde  en invierno o las seis de la mañana en la misma estación y no llega a oscurecer de todo, o aclarar del todo, pienso en eso porque son muy parecidos esos dos momentos, una vez desperté de una resaca a esa hora, pero eran las seis de la tarde y vi cómo oscurecía, yo pensaba que era la mañana… Al abrir los ojos ya eran casi las cuatro de la madrugada, amodorrado observé a través de una de las cámaras al muchacho del mandil moviéndose en distintas direcciones con velocidad exasperante dentro del salón de las máquinas de práctica, parecía recoger unos papeles que estaban todo regados en el suelo y a un lado había una camilla con un mantel encima, como las cámaras eran a blanco y negro no distinguía con claridad qué eran esas manchas en el suelo: <<será alguien que olvidó sus documentos en el lugar, veamos qué sucede>> pensé, salí de la cabina a inspeccionar los ambientes, anduve un par de minutos por los pasillos hasta llegar a dicho salón del cual provenían ruidos extraños, me acerqué lentamente, abrí despacio la puerta y me detuve a observar.

 

Lo que vi creó en mi cuerpo un estupor incontenible, un terror abominable apoderose de mí, de pronto el corazón me latió tumultuosamente y mis manos temblaron como si insectos recorrieran debajo de mis ropas, sentí un asco tremendo: el muchacho tenía entre las manos un machete de un metro de largo en promedio y rebanaba trozo a trozo el cuerpo de una abotagada fémina, la cual tendida en una mesa metálica parecía estar muerta, mucha sangre chorreaba hacia el sistema de drenaje y salpicaba en el rostro poseído de locura del joven, el cual tenía sobre sí el mandil azul… luego de cortar un trozo pequeño lo arrojaba hacia la máquina inmensa que servía para aplanar el cuero y se escuchaban los huesos crujiendo al ser triturados… un miedo terrible me tenía paralizado, cuando reaccioné el tipo notó mi presencia, cerré la puerta con estridencia y corrí despavorido por el pasillo hasta llegar al cuarto de video, donde presioné la sirena de auxilio, escuché el creciente sonido y el murmullo que pronto se convirtió en griterío, mi corazón agitado convulsionaba, vi una sombra en el suelo, volteé de mi silla y divisé la silueta retorcida del pequeño humano con el machete en manos, parecía haberse fundido con el mandil colgándole, sus brazos y rostro ensangrentados, mis sentidos ensordecidos dejaron de funcionar y mi alma paralizada parecía morir… el joven se acercó paso a paso, no olvidaré nunca esa sonrisa poseída de demencia con los puntitos de sangre en el rostro; la vista nubloseme y no recuerdo lo que sucedió luego.

 

Cuando recobré la consciencia divisé sombras que se movían de un lado hacia otro… recordé la escena que acababa de presenciar y grité como un loco, me echaron agua la cual me quitó todo el adormecimiento de inmediato, puseme de pie y me abrí paso de entre la gente, velozmente corrí hacia el baño, laveme el rostro y mireme en el espejo: mi rostro estaba límpido, mas el terror aún persistía en él. Horas más tarde hablé con el jefe, le conté lo sucedido y no me creyó, dijo que nunca existió tal muchacho, que las cámaras de video por alguna extraña razón no habían grabado nada a esa hora, que no había cinta, que yo había perdido el juicio, hablé con mis compañeros de trabajo y dijeron que era mejor hacerle caso al jefe si no quería perder mi chamba, también con el psicólogo y me dijo que tenía el “mal de la vigilia” el cual le sucedía a las personas cuando pasaban muchas horas despiertas por la noche y les hacía sufrir alucinaciones; yo no creí nada de lo que me dijeron, adujeron eso asociándolo con mi historia clínica en la cual de niño había sufrido traumas psicológicos por las golpizas que me propinaba mi padre.

Perdí mi empleo, me refugié varias semanas en casa maquinando un plan siniestro, buscando todas las posibilidades de encontrar esa cinta y demostrar que no estaba demente como ellos creían, mi hermana se enteró de lo sucedido y una madrugada entraron a la casa unos hombres vestidos de blanco y me trajeron a la fuerza a este hospital del cual estoy decidido a escapar, alguien viene.

 

25 de julio de 2015”

 

 

El texto que usted leyó fue encontrado dentro de un cuaderno sobre de la mesa del paciente Mitislav Pavieski, la noche del 25 de julio del 2015.

 

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Es de noche, Mitislav Pavieski se levanta de la cama, sale de la habitación —ya tiene todo preparado, ya sabe dónde está oculta la cinta, uno de sus compañeros de trabajo la encontró y la tiene escondida en su apartamento, está decidido a escapar esta noche— camina despacio por el pasillo que es como una gran nebulosa proyectando sombras de árboles, que se apoderan de las paredes al penetrar los cristales de los grandes ventanales, descalzo llega al baño. Entra. Los muros están pintados de un color nube, con inscripciones y dibujos aterradores, una sola lámpara se enciende y la otra titila interrumpidamente cada cinco segundos, amodorrado se acerca al urinario infestado de moscas, micciona. Se lava las manos y mira su aspecto en el espejo: la barba crecida de una semana, los ojos hundidos como los de un tuberculoso por las drogas que en el manicomio le aplican y una bata que ya no es blanca de tanto usarla. Mira a través del espejo y por debajo de la puerta de uno de los baños se percata que hay dos grandes botas que sobresalen, <<será mi imaginación>> piensa y al volver la vista aquella puerta se abre lentamente emitiendo un sonido destemplado… al ver al pequeño humano, con aquellos cabellos como púas, con la mirada perdida y el cráneo deforme, evoca el crujir de los huesos al ser triturados en la máquina aplanadora de cueros, cree escuchar la máquina que se enciende al fondo del pasillo, ve el gran machete empuñado y piensa mientras se acerca a él que ese mandil azul colgándole en el cuello forma parte de su cuerpo y es así, forma parte.

Manuel Alexander Suyo Martínez. (Lima, Perú, 1990). Docente y escritor, Egresado de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, estudió Educación, especialidad de Literatura y Lengua española (2013-2017). Gana el Primer puesto de Poesía en la Revista hispanoamericana de Literatura “El parnaso del nuevo mundo” (2014). Participa en la publicación de la plaquette de poesía “Estirpe Etérea” y su difusión (2015). Escribe en los géneros: lírico, narrativo, dramático, ensayo y experimental. Asimismo, realiza talleres de carácter vanguardista literario en instituciones educativas. “Voz sin retorno” (junio, 2018). Primera publicación de poemas con imágenes. Tiene como proyectos cercanos: varios poemarios, un libro de cuentos y una novela.

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