Figuras de un Apocalipsis en las ruinas de Nueva York, poema de Thomas Merton

 

 

Thomas Merton, el poeta místico

que en 1947 vio caer las torres de Nueva York

 

José Vicente Anaya

 

Thomas Merton (1915-1968) a finales de 1941 decidió ingresar a la orden monástica de los cistercienses (más conocidos como trapenses), en la Abadía de Getsemaní, Kentucky, Estados Unidos. Años más tarde haría los votos para consagrarse como monje sacerdote y llegó a ser maestro de novicios en dicho monasterio, enseñando teología, filosofía y literatura. Antes estudió en Cambridge y vivió varios años en la atmósfera intelectual y bohemia del Villege de la ciudad de Nueva York mientras daba clases de filosofía en una escuela de educación media.

La cantidad de libros que Thomas Merton publicó es abundante, en español pueden contarse más de veinte títulos, algunos de ellos: Amar y vivir, Humanismo cristiano, Ishi significa hombre, Acción y contemplación, El hombre nuevo, Reflexiones sobre Oriente, El Zen y los pájaros del deseo, Nuevas semillas de contemplación, Paz personal paz social, Amar y vivir, El camino de Chuang Tzu, etc.

Acerca de sus ideas sobre lo que es una ciudad, alguna vez Merton escribió: “Las primeras ciudades del continente americano fueron centros de celebración. Eso eran, por ejemplo, las primitivas ciudades mayas de Guatemala y la ciudad zapoteca de Monte Albán, en México. Ciudades muy antiguas de entre los años 500 y 300 a. de C., contemporáneas de las ciudades estado de Grecia. Las primeras ciudades mayas y el centro zapoteca de Monte Albán no eran capitales imperiales. No tenían ejércitos. No tenían reyes. No conquistaron a nadie. Si había luchas era a pequeña escala. La ciudad no había sido construida por la guerra y la conquista. El dinero no existía. La ciudad fue construida por el pueblo, no para un rey, no para una pandilla de generales sino para ellos mismos; era un lugar de celebración.”

¿La ciudad de Nueva York alcanzaría ese rango civilizado para la celebración? Thomas Merton conoció muy bien la ciudad de Nueva York, y después de seis años en el monasterio, caminando por dicha ciudad tuvo esta visión del futuro que escribió en forma de poema y que aquí presentamos.

 

 

 

Thomas Merton

 

Figuras de un Apocalipsis

en las ruinas de Nueva York

 

Más pálida que la cara de una actriz está la luna.

Hemos escuchado su lamento en la hiedra marchita

sobre puentes dentales,———

en la hiedra marchita, destrozada,

que ama hecha ventarrón en rehilete.

 

Más pálida que la cara de una actriz

está la luna, y por ti llora, Nueva York,

buscándote entre escombros de puentes,

y se agacha para escuchar al falso bronce

de tu voz sofisticada

¡cuyos cantos ya no se escuchan!

 

¡Qué quietud ha llegado tras la oscura noche!

después de que las flamas desde las nubes

calcinaron tus dientes con caries,

y cuando esas luminosidades lanzaron

las negras ebulliciones de Harlem y el Bronx

derramaron a los prisioneros permanentes

(las decenas y veintenas de vivos)

sobre las frondas de los árboles de Jersey

de verdosos ranchos, para encontrar la libertad.

 

¿Cómo han caído, cómo están ahí tumbadas

esas torres de hielo y acero grandes y fuertes

derretidas por qué terror y por qué milagro?

¿Qué fuegos y luces, con el odio blanco de

una sentencia súbita, hicieron derramar

esas torres de plata y acero?

 

Tú, cuyas calles han crecido por entre rejas,

Arraigadas en Bowling Green arraigadas a golpes

en Upper Bay:

¿Cómo estás desnudada, hoy, hasta tu esqueleto?

¿Qué cambió tu carne viva por carne muerta?

¿Dónde está el fulgor de tus licencias obscenas?

¿Oh, dónde están tus niños en la tarde del domingo

uno a uno baleados desde las sombras de la Paramount?

Las cenizas de las torres aplanadas siguen

remolinando con adornos de humo, mientras velan

en tus exequias, y con el tufo de la incineración

escriben, entre rescoldos, este tu epitafio:

 

“Aquí existió una ciudad

que se vestía con dinero de papel.

Vivió cuatrocientos años con monedas

de níquel circulando por sus venas.

Amó las aguas de los purpúreos siete

mares y ardió

en su propia verde bahía más grande

y más blanca que la de Tiros.

Fue grosera como un taxi. Con sus

altos tacones algunas veces sus ojos

se vieron azules como la ginebra,

y durante toda su vida los clavó en

los corazones de sus seis millones de pobres.

Ahora ella murió entre terrores de

una repentina contemplación ——— Ahogada

en sus aguas de un manantial envenenado.”

 

¿Podremos consolar a las estrellas ante

la larga sobrevivencia de esa perversidad?

Mañana y un día después nacerán pastos

y flores en el seno de Manhattan. Pronto

en el lugar de las sucias ventanas se

mecerán las ramas de nogales y sicomoros

——— Las hiedras y los viñedos derrumbarán

las frágiles murallas. Las fachadas de

piedras grises quedarán enterradas en

la frescura y fragancia de las flores.

La rosa silvestre y el manzano

florecerán en los barrancos silenciosos

de la ciudad.

 

En las cornisas de viejos departamentos

habrá nidos de palomas y panales.

Las aves cantarán sobre espinos asoleados

donde estuvo la Park Avenue. Y en el lugar

del Central Park habrá un cerrito

arracimado por dulces oscuros pinos.

 

Piensa que habrá algún campesino deshierbando

el bosque para sembrar un acre de milpas

que se verán como estandartes en las colinas

sobre el campo de Harlem. ¿Vendrán

los cazadores a explorar las campiñas vírgenes

de Broadway buscando linces y venados?

¿O algún ermitaño, escondido entre abedules,

con los ladrillos del palacio municipal

construirá su ermita cuando todos los

subterráneos se vuelvan arroyos y riachuelos

con peces fluyendo bajo el sol y en silencio

hacia el Battery sembrado de cañas?

 

Pero la luna, hoy, luce más pálida que una

estatua. Se asoma cargando una lámpara entre

árboles de hierro en esta Hespérides arrasada.

Bajo esa luz, en las cuevas que alguna vez

fueron escollos y teatros, gente greñuda viene

a jugar ———

Y creemos oír el canto de las esfinges con eco

entre las rocas de Wall Street y Pine Street.

 

Nos quedamos llenos de miedo y más mudos que

las estrellas que caen cojeando en aguas mutiladas.

Más mudos que la madre luna, blanca muerte que

vuela y escapa cruzando la aridez de Jersey.

[1947]

José Vicente Anaya (Villa Coronado, Chihuahua, México, 1947). Poeta, ensayista, traductor y periodista cultural. Fundador del movimiento infrarrealista. Ha publicado más de 30 libros, entre ellos: Avándaro (1971), Los valles solitarios nemorosos (1976), Morgue (1981), Punto negro (1981), Largueza del cuento corto chino (7 ediciones), Híkuri(4 ediciones), Poetas en la noche del mundo (1977), Breve destello intenso. El haiku clásico del Japón (1992), Los poetas que cayeron del cielo. La generación beat comentada y en su propia voz (3 ediciones), Peregrino (2002 y 2007), entre otros. Ha traducido libros (publicados) de Henry Miller, Allen Ginsberg, Marge Piercy, Gregory Corso, Carl Sandburg y Jim Morrison. Ha traducido a más de 30 poetas de los Estados Unidos. Ha recibido varios premios por su obra poética. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores CONACULTA-FONCA. Formó parte de la Sociedad de Escritores de México y Japón (SEMEJA). En 1977, funda alforja. REVISTA DE POESÍA. Desde 1995 ha impartido seminarios-talleres de poesía en diferentes ciudades de México. Ha asistido a encuentros internacionales de poesía y dado conferencias en varios países como Italia, Estados Unidos, Colombia y Costa Rica. Actualmente colabora en la revista Proceso.

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