Muestra de poesía nicaragüense

 

 

Este selección forma parte de Alforja. Revista de Poesía, XXXII, primavera 2005, pp. 13-28.

 

 

Muestra de poesía nicaragüense

Selección de Moisés Elías Fuentes

 

 

 

 

Fernando Gordillo (1940-1967)

Inmóvil sobre el lecho

 

Inmóvil sobre el lecho

me esfuerzo por

alzar el brazo,

darme vuelta para evitar el resplandor,

levantarme y escribir la idea que no me deja en paz

¡nada!

Sueño entonces

en carretas jubilosas sobre la arena húmeda,

caminatas a orillas del lago,

paseos conversando con los amigos,

con el gusto incomparable de decir: ¡Voy!

Inmóvil sobre el lecho,

querer alzar el brazo para tomar un vaso de agua

es un esfuerzo vano

¿Tienes lástima?

Compadézcanse ustedes. ¡Tienen todas esas cosas

y no lo saben!

 

 

 

Edwin Illescas (1941)

Es fuga, disparate

 

Amo la claustromanía de estas líneas.

 

Recorro sus paredes.

Semilla dentro del fruto

adoro el encierro de mis prisiones.

 

Teñirlas de color cualquiera,

desteñir su olvido y soledad

es fuga,

disparate que por una mujer

mis manos no emprenderán jamás.

 

 

 

Napoleón Fuentes (1941)

Tan sólo lo recordamos

 

Al amanecer

mientras la ciudad olvidábamos

más y más lejos la memoria

mientras bajaba entre concha

de suave carne

todo se tiró al olvido.

 

Nos acostumbramos

y repetimos el camino

buscando ese instante en el espacio.

 

Pasó el instante

la suave pulpa encendida

mas no el sueño perdido.

 

 

 

Luis Rocha (1942)

El abrazo

 

Aún no se acaba, Señor, ni se acabará

mi amor.

Aún no sé, ¡oh Eros!, sólo presiento

el calor.

El cálido clamor del amor

que nos pierde y encuentra

íngrimos antes del abrazo total;

íntimos soportando, sosteniendo, iluminando la noche

como una llamarada en el lecho

que llama y llama al amor

para que aún y después no se acabe.

Seamos pues fuertes como titanes;

ofrendamos esta misa nupcial

porque esto nos ha sido dado

para que como solitarios romanos en el circo

mi sombra te oculte de los leones

y que tu voz que es ya mi voz diga lo mismo,

el mismo canto mientras nos abraza,

nos quema, nos purifica el amor.

 

 

 

Iván Uriarte (1942)

Círculos

 

El papalote en la noche

emerge a la luz del farol

gira

rastrea círculos

frente a sonámbulos mundos

sobrevive instantes

en espacios designados al azar

pero siempre precisos.

 

 

 

Francisco Valle (1942)

Designio

 

El llanto sin retorno, designio de las furiosas inclinaciones.

Lluvias sobre el páramo de la muerte. El verano que volvió

ciego a Homero sueña en el territorio de mis venas. Busco

asilo en la estatua herida, mientras la noche moja las raíces.

 

 

 

Carlos Perezalonso (1943)

Las hamacas

 

¡No quiten las hamacas! ¡No las toquen!

que quede la moldeada curvatura de la espalda,

que permanezca el murmullo de la canción,

la tibieza del cuerpo ovillado,

la languidez del brazo que se asoma

de la mujer que sueña

conservemos su sueño.

 

Mantengamos el rumbo

que marcó el pequeño marinero en el viento;

para su memoria levantamos la proa,

que no la rasguen los restos del naufragio.

 

Compartamos el descanso de los fatigados espectros

que por las noches se mecen con las hamacas.

Respetemos al aire que las atraviesa

y al tiempo que se anida en su trama.

Recordemos cómo ateridos desde sus vientres escuchamos

el silbo ya apagado y lejano de las primeras sirenas.

 

Dejemos que la lluvia pudra las hamacas,

que las habilidosas manos de los días desaten sus nudos.

Una mañana encontraremos sus pieles de viejas serpientes

arrugadas junto a los postes que las sostuvieron:

que vuelva el viento al viento, el bejuco a la tierra,

la oquedad a la nada.

¡No las quiten!

 

 

 

Julio Cabrales (1944)

Creación

 

Ahora comprendo la soledad

y es cuando Dios calla

igual que cuando lo que más ama

deja ya de amarte.

 

 

 

Fanor Téllez (1944)

Grieta

 

Tu ombligo es un vértigo que arrastra los pájaros furiosos de la carne,

un cuenco donde bebo la tibieza oscura de tus dos mitades,

porque allí se empozan tus pensamientos abandonados

y el cabo de sombra que se alarga hasta la noche

del bosque de tu pubis, esa vegetación crespa,

negra y misteriosa que esconde el abismo de tu cuerpo,

donde quiero entrar a estremecerme

y a desfallecer como el ermitaño derribado por el estallido de sus visiones,

hasta que el ángel de la voz o de la piel tuyas, dándome fuerzas,

enhieste nuevamente mi ardor hacia la hondura de tu vida.

 

 

 

Francisco de Asís Fernández (1945)

Sobre el deteriorado pavimento

 

Sobre el deteriorado pavimento

de una desolada y mugrienta calle

un barquito de papel periódico

está tirado en otro Trafalgar de la vida.

 

Yo fui el Capitán de las hazañas

de ese navío olvidado.

La memoria se va haciendo con el mismo papel

de este barco que lanzamos en nuestra niñez

para desafiar las correntadas de la vida.

 

 

 

Ana Ilce Gómez (1945)

Esa antigua luz

 

Escarabajos cenitales brillan

sobre las ramas del guayabo. No sé cómo

llegaron ni cuándo se adueñaron de la tarde.

Esa gota de lluvia entre las hojas

tampoco estaba allí, o tal vez siempre ha estado

y a lo mejor es antigua esa luz

y soy yo la que acaba

de nacer al

misterio.

 

 

 

Jorge Eduardo Arellano (1946)

Ceniza de un fuego

 

Sólo soy ceniza de un fuego que has apagado.

 

Nada puedo pensar si no lo deseas.

Nada puedo planear sin tu permiso.

Mi fuerza es la que tú me das.

Mis ideas son las que me has transmitido.

Hablo porque has abierto mi boca.

Nada conozco sino a través de ti:

Vientre de luz, manantial celeste, gracia plena.

 

Eres mi guardián sin reposo.

Tú me liberas de las Tinieblas.

Tú me eximes de la Impiedad.

Tú me salvas de la Ira.

Vientre, manantial, gracia, guardián.

 

Yo, tu hijo sumiso.

Yo, tu carne contigua.

Yo, la senda de tu alma.

Tu esclavo, tu esposo

 

 

 

Michèle Najlis (1946)

El eterno canto de las sirenas

A Daisy, Ana Ilce, Vidaluz y Gioconda

 

¿Qué decía, Ulises, el canto de las sirenas que tu pobre astucia

no se atrevió a escuchar?

¿Qué fue de la armoniosa perfección

que tus naves esquivaron?

¿De qué sirvieron tus viajes, para qué las arenas de Troya,

la victoria a traición,

la embriaguez de Polifemo?

¿Para qué la gloria de los siglos, insensato,

si, hombre al fin, tuviste el milagro al alcance

de tu mano

—más importante que la gloria

más efímero que la fama, y por eso

sólo por eso, terno—

y te negaste, cobarde, a descifrarlo?

 

Pero las sirenas, Ulises, son eternas.

Otros son los que escuchan ahora nuestros cantos.

 

 

 

Leonel Rugama (1949-1970)

Biografía

 

Nunca apareció su nombre

en las tablas viejas del excusado escolar.

Al abandonar definitivamente el aula

nadie percibió su ausencia.

Las sirenas del mundo guardaron silencio,

jamás detectaron el incendio de su sangre.

El grado de sus llamas

se hacía cada vez más insoportable.

Hasta que abrazó con el ruido de sus pasos

la sombra de la montaña.

Aquella tierra virgen le amamantó con su misterio

cada brisa lavaba su ideal

y lo dejaba como niña blanca desnuda,

temblorosa, recién bañada.

Todo mundo careció de oídos y el combate

donde empezó a nacer

no se logró escuchar.

 

 

 

Erwin Silva (1950)

Mitema

 

Este viento que a todas horas

amanece dulcemente doblegando tréboles con presagio

arremolina ramos de —me siento triste—

y retoños de —me siento lejos—

al indecir que dice de cavilar alguno profundo

de flechas contra corazones.

 

 

 

Álvaro Urtecho (1951)

Fe

 

Cae la lluvia por toda la ciudad.

Sentimos fríos.

El corazón entreabre

la sonrojada pulpa de los días pasados.

Todo viene del mundo.

Todo es en el mundo.

 

Una sola visión —el tambor del asfalto, la madera chorreante,

la gota lúbrica, el gris, la bruma áspera,

los vertederos, cualquier cosa—

nos adentra en nosotros mismos,

nos elige y retiene.

 

 

 

Anastasio Lovo (1952)

El sueño de la mujer

 

He visto a más de una mujer dormir. El sueño de la mujer, un infinito río. Parece vulnerable cuando duerme, pero si vieras sus sueños preferirías el estilete cruel de sus palabras, los oprobiosos gestos del desprecio. Su sueño, el foso anular cercando el castillo del universo. La potencia de la creación replegada en sí, descansando, alimentándose del carnaval del sueño. Esa hermandad indisoluble de la mujer y el sueño. Pocas mujeres prefieren hacer el amor a dormir. Soy de las pocas, responderán en coro mis hipócritas lectoras. Mas no es así. Quien puede tener uno haciéndolo y a varios soñando no se equivoca. El sueño de la mujer es el vaso comunicante del universo. El tegumento unitivo de la potencia. Además, cuando duerme es dueña omnímoda de la palabra. Un discurso sin respuesta, sin contradiscurso masculino. El único momento en que el mundo está hecho a su gusto y semejanza. El hombre aparece en sus pesadillas con una potencia terrible para poner en peligro su vida, la de los hijos, los padres o el esposo amado. Pero con mucha frecuencia en sueños las mujeres se encuentran con su mismo ser ominoso y esto les gusta. El misterio buscando develar su propio misterio. El sueño de la mujer es el único espejo que no les miente. Despiertan como gorgonas alborotadas a buscar la paz del espejo de Teseo.

 

 

 

Nina Farrach (1958)

Un cuento sin hadas

 

En este baile no perdí mi zapatilla

todo lo tenía puesto y se ha esfumado,

quedé con mis andrajos nuevamente

y he vuelto a las cenizas, a los rincones.

Ya no hay príncipe que busque mi presencia,

ni hadas, ni bailes, ni palacios,

sólo castillos dibujados en el polvo,

sin palabras, sin risas, sin ventanas.

 

 

 

Erick Aaguirre (1961)

Leymus y los versos

 

Sí, a veces también cambia la tristeza.

Cuando una noche en Leymus,

echado sobre el monte

contemplaba las estrellas

y recordaba viejos libros,

a los poetas,

creyó que escribir versos

era noble menester

de seres dulces y apacibles.

 

Y siguió escribiendo loas a la luna

a falta de una buena compañía.

Y era dulce entonces su tristeza.

 

Amarga es ahora su faena,

porque ya dejó de estar tan solo

y no ha dejado aún de escribir versos.

 

 

 

Pedro Xavier Solís (1963)

Y yo me dije

 

Y yo me dije: “Haré a Dios conforme a mi semejanza”.

Y me puse en el centro para hacerlo a mi manera.

Pero yo era un gran vacío; mi vida flotaba sobre la haz del abismo.

Y vi que yo era noche y que era noche para otros.

Y dije yo: “Haya luz”. Pero no se apartó la oscuridad.

Ni amaneció el día primero. Y sin pertrechos

—en medio de la nada— vi que mi caducidad era eterna.

 

 

 

Ariel Montoya (1964)

Postal del éxodo

Para Ana Cristina, Brenda, Paula y Patricia

 

En la noche, en la soledad

observé a vagabundos poetas y pintores

citando reencuentros

en una calle de Nueva York

mientras mis hermanas en su república natal

se volvían hembras potables ante la vida.

 

Y crecieron lejos de mi espontánea tutela.

 

Y también creció el recuerdo en ascenso

de una muchacha

intactamente bella

en los laberintos de la memoria.

En la noche, en la soledad

—prolongación del exilio.

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