Poemas de Théodore de Banville

Banville por Renoir

 

La presente selección forma parte del libro Antología de poesía parnasiana (Madrid, Cátedra, 2016). Edición, estudio y traducción de Miguel Ángel Feria.

 

 

 

Selección de poesía de Théodore de Banville

Traducción: Miguel Ángel Feria

 

 

El salto del trampolín

 

¡Era un acróbata admirable!…

Y digo yo si al porvenir

(cuyos senderos son arcanos)

irá con el costado herido

y embadurnado como estaba

de blanco, gualda, verde y rojo.

 

Hasta Madagascar llegó

la ilustre fama de su nombre:

como Dios manda y como nadie

sabía traspasar de un salto,

y sin rozarlos tan siquiera,

todos los aros de un tonel,

 

las leyes de la gravedad

y hasta las negras escaleras

de una prisión de Piranesi.[1]

La rauda luz que lo envolvía

le iluminaba los cabellos

como las brasas de un fogón,

 

mientras subía a tal altura

que los demás volatineros

en vano hacían por seguirle,

y murmuraban abatidos

de ese demonio que tuviese

algún mercurio por las venas…

 

“¡Bravo!”, gritaba todo el pueblo,

pero con renovado brío

este adversario de la Saqui[2]

erguía firmes ambas piernas,

y muy bajito, no sé a quién

hablaba en una lengua rara…

 

Y era a su amado trampolín

que él le decía: “¡Oh teatro,

lleno de inspiración sublime,

oh trampolín que te estremeces

cuando me impulsas por los aires,

hazme saltar, oh plancha elástica,

 

leve armazón de lomos fuertes,

hazme saltar, hazme sentir

flexible como la pantera,

tan alto que no pueda ver

los crueles hábitos sombríos

de mercaderes y notarios!

 

Con un milagro prodigioso

hazme subir, si eres capaz,

hasta esas cimas donde brillan

en libertad las crines rojas

de los planetas y los soles,

de las centellas y las águilas,

 

hasta los éteres sonoros

donde, mezclados en la noche,

calman los ábregos la furia

de sus alientos mortecinos,

y al fin se duermen, desgreñados

sobre los senos de las nubes…

 

¡Más alto aún, al cielo puro!

¡hasta el zafiro cuyo azur

cubre esta cárcel tornadiza!

¡A los orientes escarlatas

que surcan dioses llameantes,

locos de cólera y espanto!

 

¡Lejos! ¡Más alto! Veo aún

las gafas de oro del banquero,

las niñas cursis y los críticos,

los realistas ortodoxos.

¡Más alto! ¡lejos! ¡aire! ¡azul!

¡alas! ¡ más alas! ¡alas mías!”…

 

Hasta que al fin, de aquel cadalso

saltó tan alto y tan arriba

que al son del cuerno y el timbal

rompió los techos de la carpa,

y ebrio de amor el corazón

se fue a rodar a las estrellas.[3]

 

 

 

Cleopatra

 

Envuelto en los sollozos incesantes del río,

bajo la noche ardiente, sueño atroz y real,

se levanta el palacio con su pueblo de dioses,

con su negra avenida de esfinges pensadoras.

 

A cielo abierto sube la luna lentamente

bañando la escalera, y una cama de rosas

donde duerme en los halos de su divinidad

Cleopatra, la reina, totalmente desnuda.

 

Y en tanto que ella duerme, -delicia y maldición

del mundo- un dios de jaspe con cabeza de toro

se inclina para ver su piel iluminada.

 

Esa piel donde fulgen los misteriosos fuegos

de su sangre, las brasas rosas al rojo vivo…

Y al ídolo de jaspe se le abrasan los ojos…[4]

 

 

 

Le saut du tremplin

 

Clown admirable, en vérité!

Je crois que la postérité,

Dont sans cesse l’horizon bouge,

Le reverra, sa plaie au flanc.

Il était barbouillé de blanc,

De jaune, de vert et de rouge.

 

Même jusqu’à Madagascar

Son nom était parvenu, car

C’était selon tous les principes

Qu’après les cercles de papier,

Sans jamais les estropier

Il traversait le rond des pipes.

 

De la pesanteur affranchi,

Sans y voir clair il eût franchi

Les escaliers de Piranèse.

La lumière qui le frappait

Faisait resplendir son toupet

Comme un brasier dans la fournaise.

 

Il s’élevait à des hauteurs

Telles, que les autres sauteurs

Se consumaient en luttes vaines.

Ils le trouvaient décourageant,

Et murmuraient: “Quel vif-argent

Ce démon a-t-il dans les veines?”

 

Tout le peuple criait: “Bravo!”

Mais lui, par un effort nouveau,

Semblait roidir sa jambe nue,

Et, sans que l’on sût avec qui,

Cet émule de la Saqui

Parlait bas en langue inconnue.

 

C’était avec son cher tremplin.

Il lui disait: “Théâtre, plein

D’inspiration fantastique,

Tremplin qui tressailles d’émoi

Quand je prends un élan, fais-moi

Bondir plus haut, planche élastique!

 

“Frêle machine aux reins puissants,

Fais-moi bondir, moi qui me sens

Plus agile que les panthères,

Si haut que je ne puisse voir,

Avec leur cruel habit noir

Ces épiciers et ces notaires!

 

“Par quelque prodige pompeux

Fais-moi monter, si tu le peux,

Jusqu’à ces sommets où, sans règles,

Embrouillant les cheveux vermeils

Des planètes et des soleils,

Se croisent la foudre et les aigles.

 

Jusqu’à ces éthers pleins de bruit,

Où, mêlant dans l’affreuse nuit

Leurs haleines exténuées,

Les autans ivres de courroux

Dorment, échevelés et fous,

Sur les seins pâles des nuées.

 

“Plus haut encor, jusqu’au ciel pur!

Jusqu’à ce lapis dont l’azur

Couvre notre prison mouvante!

Jusqu’à ces rouges Orients

Où marchent des Dieux flamboyants,

Fous de colère et d’épouvante.

 

“Plus loin! plus haut! je vois encor

Des boursiers à lunettes d’or,

Des critiques, des demoiselles

Et des réalistes en feu.

Plus haut! plus loin! de l’air! du bleu!

Des ailes! des ailes! des ailes!”

 

Enfin, de son vil échafaud,

Le clown sauta si haut, si haut

Qu’il creva le plafond de toiles

Au son du cor et du tambour,

Et, le coeur dévoré d’amour,

Alla rouler dans les étoiles.

 

 

 

Cléopâtre

 

Dans la nuit brûlante où la plainte continue

Du fleuve pleure, avec son grand peuple éternel

De dieux, le palais, rêve effroyable et réel,

Se dresse et les sphinx noirs songent dans l’avenue.

 

La blanche lune au haut de son ciel parvenue,

Baignant les escaliers élancés en plein ciel,

Baise un lit rose où, dans l’éclat surnaturel

De sa divinité, dort CLÉOPÂTRE nue.

 

Et tandis qu’elle dort, délices et bourreau

Du monde, un dieu de jaspe à tête de taureau

Se penche, et voit son sein où la clarté se pose.

 

Sur ce sein, tous les feux dans son sang recélés

Étincellent, montrant leur braise ardente et rose,

Et l’idole de jaspe en a les yeux brûlés.

 

[1]                      Giovanni Battista Piranesi (1720-1778), arquitecto y grabador italiano célebre por sus detalladas reproducciones de los antiguos monumentos romanos y, fundamentalmente, por la serie Le Carceri d’Invenzione (Prisiones imaginarias, 1746-1760). Allí se representaban ficticias e inquietantes cárceles y calabozos cuya disposición arquitectónica (irrealizables salas de alturas desmesuradas y negros pasadizos, galerías con extrañas máquinas de tortura y escaleras que no conducen a ninguna parte) constituía una suerte de espacio irracional que hubo de fascinar a los autores del romanticismo y posteriormente a los surrealistas.

[2]                      Marguerite-Antoinette Lalanne, conocida como Madame Saqui (1786-1866) fue la acróbata por antonomasia durante toda la primera mitad del siglo XIX. Nacida en el seno de una familia de artistas ambulantes, debió desde niña su enorme fama a sus equilibrismos y danzas sobre la cuerda, con los cuales, según se cuenta, seduciría más tarde a un buen número de aristócratas europeos de la época.

[3]                      “Con este poema final he pretendido expresar aquello que siento más intensamente: la atracción por los abismos de la altura. Sabed, además, que una de las supersticiones que más amo es aquella que me empuja a terminar un libro, siempre que sea posible, con la palabra que cierra la Divina Comedia del Dante, con la más divina palabra, escrita así en plural: Estrellas.” Banville, “Commentaire” a Odes funambulesques, edición de 1873. Primera publicación de «Le Saut du Tremplin»: fechada en «Febrero, 1857», apareció ese mismo año en la primera edición de Odes funambulesques.

[4]                      Primera publicación: Les Princesses (1874). Presentaba el siguiente epígrafe: “Cléopâtre embaumait l´Égypte; toute nue, / Elle brûlait les yeux, ainsi que le soleil; / Les roses enviaient l´ongle de son orteil… (Victor Hugo, Zim-Zizimi)”.

Théodore de Banville (1823-1891) fue poeta muy precoz. Sus primeros versos, escritos entre los dieciséis y los dieciocho años en la estela de los de Musset, Victor Hugo y Sainte-Beuve y agrupados en Les Cariatides (1842) le granjearon temprana celebridad y un lugar destacado entre los autores de su generación. Junto a la lógica ascendencia romántica, sin embargo allí se destacaba también la de Théophile Gautier, de quien Banville se declaró tempranamente franco discípulo por su querencia al virtuosismo formal y a las temáticas fantasista y helenista. La fidelidad de Banville al Arte por el arte, “une religion intolérante et jalouse”, según nos declaraba en su “Commentaire” a Odes funambulesques, le condujo paulatinamente a celebrar la pureza formal del canon escultural helenístico y a desligarse de los temas privilegiados por el romanticismo. Pese a ello, el poeta trató en la medida de lo posible de rebajar la impasibilidad del formalismo clásico y toda pedantería con buenas dosis de naturalidad, ingenio, alegría y humor. Ya en el prefacio a Les Stalactites (1846) confesaba haber pretendido “reconquérir la joie perdue et d´avoir, dans son style primitivement taillé à angles trop droits et trop polis, apporté cette fois une certaine mollesse…”. Tras dedicarse durante algún tiempo exclusivamente a la dramaturgia –Les Pauvres saltimbanques (1853), Le Beau Léandre (1856)-, su siguiente poemario, Odelettes (1856) revelaba de cuán exquisito oído musical estuvo dotado Banville, exhibido hasta sus máximos resultados en las Odes funambulesques (1857), su obra maestra. Puesta la forma, fundamentalmente la rima, al servicio del efecto cómico y la parodia –que no del prosaísmo-, el estilo banvillesco alcanzaba allí su justa plenitud, transformando, a través de la magia de la metáfora y de la rima imposible, cualquier elemento de la imaginería popular en una caricatura sublime. De la vasta obra de Banville posterior a Odes funambulesques podrían subrayarse las ronsardianas y anacreónticas Améthystes, nouvelles Odelettes (1862), Les Exilés (1866), su libro más cercano a la ortodoxia parnasiana de Leconte de Lisle, Nouvelles Odes funambulesques (1869), el Petit traité de versification française (1872), Les Princesses (1874) u Occidentales (1875).

Miguel Ángel Feria (Huelva, España) es Licenciado en Humanidades por la Universidad de Huelva, Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, y Doctor en Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Como traductor ha publicado, con introducción crítica, selección y notas a su cargo, una Antología de la poesía parnasiana francesa -Editorial Cátedra (2016)- así como una versión íntegra de El arte de ser abuelo de Victor Hugo -Editorial La Lucerna (2017)-. Su obra poética propia ha obtenido el XIV Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Salamanca” (2010) por La Consagración del Otoño -Ed. Reino de Cordelia, 2011- y el IX Premio de Poesía “Andalucía Joven” (2007) por El Escarbadero -Ed. Renacimiento, 2008-. Ha sido profesor de literatura en las universidades de Marsella, Paris 7 y Limoges en Francia y en la Universidad de Alcalá de Henares en España. Ha publicado artículos y reseñas en revistas especializadas como Thélème, Nueva Revista de Filología Hispánica, Archivum o Anales de Literatura Hispanoamericana. Traductor residente en el Collège international des traducteurs littéraires de Arles (Francia) y en el Centre for Arts and Creativity de Banff (Canadá), donde prepara la primera versión al español del poeta francocanadiense Roland Giguère.

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