William Wordsworth

 

ODA Y PRESENTIMIENTOS DE INMORTALIDAD EN LA INFANCIA

William Wordsworth

Traducción: Álvaro Vallarta

 

 

 

El niño es el padre del hombre.

Yo desearía que mis días fueran unidos

Por la compasión natural.

(Wordsworth, “My heart leaps up”)

 

En otro tiempo, bosque, prado y arroyo,

la tierra y las escenas cotidianas

se parecían entre brillos celestiales

a la gloria y viveza de algún sueño.

Ahora no es como era antes,

dondequiera que vuelvo la mirada

ni de noche ni de día

puedo ver lo que ayer veía.

 

El arcoíris surge y se apaga

y toda la rosa es hermosura;

la luna plácida mira en derredor

la aridez de nuestro cielo llano

y bajo la noche estrellada persiste

la claridad diamantina de las aguas.

Es el amanecer un nacimiento,

pero en todos los lugares reconozco

la vieja gloria que han perdido.

 

Ahora, mientras las aves cantan

y mientras al ritmo de este tambor

alegremente las ovejas pastan,

ahora, solo yo puedo ser triste:

y la palabra puede darme consuelo

digo, -estoy entero aquí y ahora-.

La cascada hace sonar trompetas en la altura,

porque mi dolor nunca será un tiempo equivocado.

Puedo oír los ecos en la multitud de las montañas,

el viento que se levanta de los sueños

y toda esta tierra es feliz inmensamente;

Tierra y mar

también se han entregado a ser felices

y en el corazón de mayo

las bestias guardan reposo.

¡Oh, muchacho alegre!

¡Canta, grita, canta alrededor de mí!

¡Deja que yo escuche tu alegría!

 

Bienaventurados seres: oigo el llamado

con que los unos convocan a los otros.

Miro al cielo que ríe contigo a carcajadas

y mi corazón busca un lugar en tu festejo

y mi pensamiento coronado de certezas

se vuelve dichoso al compartir tu risa.

¡Ay, los malos días! Si yo fuera malagradecido

con el mundo que, a pesar de todo, me celebra.

Luminosa mañana de mayo,

los niños juegan sin saber que juegan

en el valle, en el campo, en todas partes.

Hoy el sol tiene flores frescas

y los bebés levantan las manitas hacia su madre:

¡Yo los escucho, sí! ¡Oigo el mundo con alegría!

Pero hay un árbol, entre tantos árboles, uno,

una pradera que solamente yo he visto,

árbol y pradera evocan lo que se ha ido.

A mis pies, la nomeolvides

reitera idéntico recuerdo.

¿A dónde huyó el resplandor visionario?

¿Dónde quedan ahora el sueño y la gloria?

 

Nuestro nacimiento no es más que sueño y olvido.

El alma asciende con nosotros, es la estrella de la vida

que ha tenido otro lugar en su origen

y nos ha venido siempre desde lejos;

pero no del olvido, no,

ni tampoco desnudos

hemos venido al mundo desde las nubes

por obra de Dios que es nuestro hogar.

¡Todo el cielo mi niñez en calma!

Luego las sombras de la prisión comenzaron a cerrarse

sobre la cabeza del niño que creció hasta ser un hombre;

pero él jamás perdió la luz ni extravió su cauce,

él pudo encontrar rayos de sol en su alegría.

La juventud se acerca cada vez más al poniente,

es su destino natural viajar lejos de nosotros;

nos acompañarán en el viaje de la vida

espléndidas visiones.

Al final, El Hombre entiende, lo acepta

y se desvanece en medio de la luz como si nada.

 

La Tierra ha llenado el mundo de placer para sí misma;

la Tierra parece tener compasión de su propia naturaleza;

hay algo maternal en los motivos de la Tierra;

la Tierra no conoce caminos indignos para la Tierra.

La pobre enfermera del mundo hace todo lo que puede

para que El Hombre, hijo y prisionero,

olvide la gloria de su origen

y olvide el otro reino.

 

Mira al niño entre bendiciones recién nacidas

tan grande como un grano de anís y tan pequeño

contempla dónde yace el trabajo de sus manos

sonrojado por los besos de su madre

¡bajo la mirada del padre ilusionado!

Y debajo de sus pies yace una carta,

un fragmento del sueño más humano,

un arte de vida.

Una boda, un festival,

un obituario, un funeral,

todo le roba el corazón al niño

y lo motiva a cantar.

Después afinará su lengua para hablar

del amor, de la política y de los negocios,

pronto descubrirá la falsedad de todo eso

y lo abandonará con orgullo y alegría.

El pequeño actor descubrirá su otra faceta,

se ocupará de la comedia entre las gentes

hasta que la farsa lo deje paralítico;

como si toda su vocación de actor

hubiera sido una tediosa imitación sin fin.

 

Tú, cuyo exterior oculta

la verdadera inmensidad de su alma.

Tú, el filósofo sobreviviente.

Tú la heredad, rey tuerto entre los ciegos.

Eso, silencioso y sordo, lee las profundidades de lo eterno,

lo eternamente cazado por las inagotables mentes brillantes.

¡Oh, poderoso profeta! ¡Oh, ser iluminado!

en Ti yacen dormidas las verdades

que toda la vida quisimos hallar

perdidos en la oscuridad de los sepulcros.

Tú, a quien los otros quisieron imponer la inmortalidad

como el poderoso sus órdenes impone sobre el esclavo.

Indómita presencia de presencias

para quien su propia tumba

es una cama a solas sin sentido del tiempo

sin sentido de la luz o de la clara vista,

un lugar para esperar a los pensamientos.

Tú, pequeño niño con poderes

destinado a libertades en la altura

¿Por qué te has empeñado en provocar dolor?

¿Por qué esperaste a tu yugo tanto tiempo?

¿Peleamos a ciegas esta última batalla?

Llenas tu alma con el mundo mientras puedes,

aunque la costumbre se reafirma en nosotros

pesada como la nieve y casi tan profunda como la vida.

¡Ah, las ascuas de nuestra alegría!

¡Eso es lo que verdaderamente hace vivir!

Aunque Naturaleza siempre me recuerda

que la vida es tan fugitiva.

Me acompaña el recuerdo de mis años:

una bendición perpetua, aunque tampoco tanto.

Por eso preferimos recibir bendiciones ocasionales,

pero siempre con el credo sencillo de la infancia

es decir, con el credo mismo de la Esperanza.

No por cualquiera cosa levantaremos

nuestro canto de agradecimiento y alabanza,

pero sí por el cuestionamiento obstinado

que da sentido a las cosas exteriores.

Por los que cayeron de Su Gracia y por los desaparecidos.

Por las dudas en blanco de los seres vivos

que se mueven, pero no tienen conciencia.

Por los altos instintos que hacen temblar nuestra naturaleza

igual que el viento sorpresivo a la hoja vulnerable.

Para nuestros primeros presentimientos en la vida.

Para esa memoria intacta de primeras cosas

que no sabemos a estas alturas qué se hicieron.

Para eso eres la fuente de luz que origina el día

y yo soy el faro que alumbra lo que he visto.

Ayúdanos, convídanos de ti y que tu voluntad

convierta nuestros años más ruidosos en plenitud

en la plenitud del silencio eternamente: son verdades que despiertan,

verdades que no perecerán en nuestra vida.

Y seremos al fin lo que no destruyó nuestra soberbia

y seremos al fin lo que no destruyó nuestra apatía,

lo que no pudieron quitarnos los enemigos de la felicidad

¡Seremos todo y lo más hermoso que sobrevive de la vida!

Desde la estación tranquila

en las playas de nuestra alma

podemos atisbar aquel mar inmortal

que nos trajo hasta aquí.

Puedo viajar a este lugar cuando yo quiera

y mirar a los niños que juegan en la playa

y escuchar al mar que retorna para siempre.

 

Las aves del principio cantarán alegría,

pastará tranquilo nuestro pensamiento

y en el brillante corazón de nuestro día

convidarán tambor, mayo y sentimiento

multitudes que son flauta y melodía.

Lo que antes resplandecía,

ahora no puedo encontrarlo.

Sin embargo, nada nos devolverá las horas

de esplendor en la hierba y gloria de una flor.

No habrá tristeza, habrá descubrimiento

y lo anterior recobrará su fuerza.

La simpatía de las primeras cosas,

aquello que será y siempre ha sido.

En los pensamientos que brotan

más allá del sufrimiento humano.

En la mirada de fe a través de la muerte

y en los años cargados de filosofía.

 

¡Montañas, prados, bosques, fuentes!

¡No habrá ruptura de amor entre la naturaleza y nosotros!

En el corazón del corazón del mundo puedo sentirlo.

Yo solo renunciaría al milagro

para vivir bajo tu natural dominio.

Me encanta oír al arroyo bajando por su cauce

como si yo hubiera sido el agua del arroyo alguna vez.

La inocencia del nuevo día

aún me parece conmovedora.

Alrededor del sol poniente las nubes

se han teñido con la sensatez de una mirada,

una mirada de mortalidad y tiempo breve.

Otra raza vendrá, la victoria será de los otros.

Gracias al corazón que detona el pulso de mi vida,

gracias al diminutivo, gracias al miedo y la alegría

porque hasta la pequeña flor un pensamiento me inspira

demasiado profundo para ponerme a llorar.

 

 

 

 

Ode: Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood

WILLIAM WORDSWORTH

 

 

The child is father of the man;
And I could wish my days to be
Bound each to each by natural piety.
(Wordsworth, “My Heart Leaps Up”) 

 

There was a time when meadow, grove, and stream,

The earth, and every common sight,

To me did seem

Apparelled in celestial light,

The glory and the freshness of a dream.

It is not now as it hath been of yore;—

Turn wheresoe’er I may,

By night or day.

The things which I have seen I now can see no more.

 

The Rainbow comes and goes,

And lovely is the Rose,

The Moon doth with delight

Look round her when the heavens are bare,

Waters on a starry night

Are beautiful and fair;

The sunshine is a glorious birth;

But yet I know, where’er I go,

That there hath past away a glory from the earth.

 

Now, while the birds thus sing a joyous song,

And while the young lambs bound

As to the tabor’s sound,

To me alone there came a thought of grief:

A timely utterance gave that thought relief,

And I again am strong:

The cataracts blow their trumpets from the steep;

No more shall grief of mine the season wrong;

I hear the Echoes through the mountains throng,

The Winds come to me from the fields of sleep,

And all the earth is gay;

Land and sea

Give themselves up to jollity,

And with the heart of May

Doth every Beast keep holiday;—

Thou Child of Joy,

Shout round me, let me hear thy shouts, thou happy Shepherd-boy.

 

Ye blessèd creatures, I have heard the call

Ye to each other make; I see

The heavens laugh with you in your jubilee;

My heart is at your festival,

My head hath its coronal,

The fulness of your bliss, I feel—I feel it all.

Oh evil day! if I were sullen

While Earth herself is adorning,

This sweet May-morning,

And the Children are culling

On every side,

In a thousand valleys far and wide,

Fresh flowers; while the sun shines warm,

And the Babe leaps up on his Mother’s arm:—

I hear, I hear, with joy I hear!

—But there’s a Tree, of many, one,

A single field which I have looked upon,

Both of them speak of something that is gone;

The Pansy at my feet

Doth the same tale repeat:

Whither is fled the visionary gleam?

Where is it now, the glory and the dream?

 

Our birth is but a sleep and a forgetting:

The Soul that rises with us, our life’s Star,

Hath had elsewhere its setting,

And cometh from afar:

Not in entire forgetfulness,

And not in utter nakedness,

But trailing clouds of glory do we come

From God, who is our home:

Heaven lies about us in our infancy!

Shades of the prison-house begin to close

Upon the growing Boy,

But he beholds the light, and whence it flows,

He sees it in his joy;

The Youth, who daily farther from the east

Must travel, still is Nature’s Priest,

And by the vision splendid

Is on his way attended;

At length the Man perceives it die away,

And fade into the light of common day.

 

Earth fills her lap with pleasures of her own;

Yearnings she hath in her own natural kind,

And, even with something of a Mother’s mind,

And no unworthy aim,

The homely Nurse doth all she can

To make her Foster-child, her Inmate Man,

Forget the glories he hath known,

And that imperial palace whence he came.

 

Behold the Child among his new-born blisses,

A six years’ Darling of a pigmy size!

See, where ‘mid work of his own hand he lies,

Fretted by sallies of his mother’s kisses,

With light upon him from his father’s eyes!

See, at his feet, some little plan or chart,

Some fragment from his dream of human life,

Shaped by himself with newly-learn{e}d art

A wedding or a festival,

A mourning or a funeral;

And this hath now his heart,

And unto this he frames his song:

Then will he fit his tongue

To dialogues of business, love, or strife;

But it will not be long

Ere this be thrown aside,

And with new joy and pride

The little Actor cons another part;

Filling from time to time his “humorous stage”

With all the Persons, down to palsied Age,

That Life brings with her in her equipage;

As if his whole vocation

Were endless imitation.

 

Thou, whose exterior semblance doth belie

Thy Soul’s immensity;

Thou best Philosopher, who yet dost keep

Thy heritage, thou Eye among the blind,

That, deaf and silent, read’st the eternal deep,

Haunted for ever by the eternal mind,—

Mighty Prophet! Seer blest!

On whom those truths do rest,

Which we are toiling all our lives to find,

In darkness lost, the darkness of the grave;

Thou, over whom thy Immortality

Broods like the Day, a Master o’er a Slave,

A Presence which is not to be put by;

Thou little Child, yet glorious in the might

Of heaven-born freedom on thy being’s height,

Why with such earnest pains dost thou provoke

The years to bring the inevitable yoke,

Thus blindly with thy blessedness at strife?

Full soon thy Soul shall have her earthly freight,

And custom lie upon thee with a weight,

Heavy as frost, and deep almost as life!

 

O joy! that in our embers

Is something that doth live,

That Nature yet remembers

What was so fugitive!

The thought of our past years in me doth breed

Perpetual benediction: not indeed

For that which is most worthy to be blest;

Delight and liberty, the simple creed

Of Childhood, whether busy or at rest,

With new-fledged hope still fluttering in his breast:—

Not for these I raise

The song of thanks and praise

But for those obstinate questionings

Of sense and outward things,

Fallings from us, vanishings;

Blank misgivings of a Creature

Moving about in worlds not realised,

High instincts before which our mortal Nature

Did tremble like a guilty thing surprised:

But for those first affections,

Those shadowy recollections,

Which, be they what they may

Are yet the fountain-light of all our day,

Are yet a master-light of all our seeing;

Uphold us, cherish, and have power to make

Our noisy years seem moments in the being

Of the eternal Silence: truths that wake,

To perish never;

Which neither listlessness, nor mad endeavour,

Nor Man nor Boy,

Nor all that is at enmity with joy,

Can utterly abolish or destroy!

Hence in a season of calm weather

Though inland far we be,

Our Souls have sight of that immortal sea

Which brought us hither,

Can in a moment travel thither,

And see the Children sport upon the shore,

And hear the mighty waters rolling evermore.

 

Then sing, ye Birds, sing, sing a joyous song!

And let the young Lambs bound

As to the tabor’s sound!

We in thought will join your throng,

Ye that pipe and ye that play,

Ye that through your hearts to-day

Feel the gladness of the May!

What though the radiance which was once so bright

Be now for ever taken from my sight,

Though nothing can bring back the hour

Of splendour in the grass, of glory in the flower;

We will grieve not, rather find

Strength in what remains behind;

In the primal sympathy

Which having been must ever be;

In the soothing thoughts that spring

Out of human suffering;

In the faith that looks through death,

In years that bring the philosophic mind.

And O, ye Fountains, Meadows, Hills, and Groves,

Forebode not any severing of our loves!

Yet in my heart of hearts I feel your might;

I only have relinquished one delight

To live beneath your more habitual sway.

I love the Brooks which down their channels fret,

Even more than when I tripped lightly as they;

The innocent brightness of a new-born Day

Is lovely yet;

The Clouds that gather round the setting sun

Do take a sober colouring from an eye

That hath kept watch o’er man’s mortality;

Another race hath been, and other palms are won.

Thanks to the human heart by which we live,

Thanks to its tenderness, its joys, and fears,

To me the meanest flower that blows can give

Thoughts that do often lie too deep for tears.

Álvaro Vallarta (Ciudad de México, 2000). Actualmente estudia el bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria 5 José Vasconcelos. En 2018 fue becario en el Festival Cultural INTERFAZ. Su primer libro La patria íntima (UNAM, 2018) resultó ganador del Premio de Poesía Joven UNAM 2018.

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