Selección de poesía de Carol Ann Duffy

 

Esta selección es extraída del libro de Carol Ann Duffy, El poema como una plegaria (2017), editado en el Tucán de Virginia. Selección de Eva Cruz y Marina Fe. Nota de Víctor Manuel Mendiola.

 

 

 

Carol Ann Duffy

 

 

 

Pequeño cráneo de mujer

Traducción: Marina Fe

 

 

Con cierta sorpresa, balanceo entre mis manos mi pequeño

cráneo de mujer.

¿Cómo es? ¿Una ocarina? Soplo en el ojo.

No puede llorar, retiene mi aliento sólo mientras échalo,

Un poco alarmada ahora, en el hueco donde estaba la nariz,

Pongo la oreja sobre su sonrisa. Un suspiro se esfuma.

Por un rato, me siento en el retrete con mi cabeza

Entre las manos, aterrada. Se siente mucho más ligera

de lo que habría pensado;

el peso de una baraja, un librito de versos,

pero con algo más como si pudiera levitar. Perturbador.

¿Entonces por qué lo beso en la frente, mis labios tibios

sobre el hueso de papel,

 

y lo llevo ante el espejo para pedir una gotella de cergueza ?

Lo enjuago bajo el chorro, le quito el polvo, como arena

de una gorra de nadar, luego lo seco  —primogénito— suavemente

con una toalla. Veo la cicatriz de cuando me caí de puro amor

por escaleras traicioneras y leo ese día demoledor

como si fuera en braille.

 

Amor, susurro a mi cráneo, luego, más fuerte, otras palabras elocuentes,

gritando sustantivos huecos en un cuarto de mosaicos blancos,

Allá abajo pensarán que perdí la cabeza. No. Sólo lloro

en estos dos agujeros, o sonrío ante la broma, ésta es una amiga mía.

Mira, tomo su cara entre mis manos, temblorosas y apasionadas.

 

 

 

Mal tiempo

Traducción: Eva Cruz Yáñez

 

Los relojes se retrasaron una hora

robándole luz a mi vida mientras

vagaba por los barrios bajos de la ciudad,

llorando nuestro amor.

 

 

Y, por supuesto, una lluvia incorregible

caía en las calles sombrías

donde sentía mi corazón rumiar

todos nuestros errores.

 

Si al oscurecer el cielo pudiera quitarle

más de una hora a este día

hay palabras que nunca hubiera dicho

ni te hubiera oído decir.

 

Pero estaremos muertas, como sabemos,

más allá de toda luz.

estos son los días más cortos

y las noches interminables.

 

 

 

Plegaria

Traducción: Eva Cruz Yáñez

 

Ciertos días, aunque no podamos rezar, una plegaria

se enuncia sola. Entonces, una mujer alzará

la cabeza del tamiz de sus manos y contemplará

las notas blancas cantadas por un árbol, un regalo inesperado.

 

Ciertas noches, aunque no tengamos fe, la verdad,

ese leve dolor conocido, entra en nuestro corazón;

entonces un hombre permanecerá inmóvil, escuchando

su juventud en el latín cantado de un tren a lo lejos.

 

Reza por nosotros ahora. Escalas de piano de primer grado

consuelan al huésped que atisba desde la ventana

un pueblo en las Midlands. Después el ocaso, y alguien grita

el nombre de un niño como si nombrara su propia pérdida.

 

Oscuridad afuera.  Adentro, la plegaria del radio —

Rockall. Malin. Dogger. Finisterre.

 

 

 

Circe

Traducción: Víctor Manuel Mendiola

 

A diferencia de otros,  nereidas y ninfas, me gusta el cerdo,

el colmillo, el hocico, el jabalí y el marrano.

De un modo u otro, todos los puercos han sido míos

—bajo mi pulgar, la erizada piel salobre de sus lomos,

y aquí, en mis fosas nasales, sus brutales perfumes hediondos.

conozco a los chanchos y sus crías, con sus gruñidos percutidos

y resoplos, con sus chillidos. Me he parado con una cubeta

de desperdicios al anochecer, en la puerta rechinante de la pocilga,

degustando el sudados, el picoso aire, y la luna

como un limón metido en la boca del cielo.

Sin embargo quiero comenzar con una receta del extranjero

 

que usa como ingredientes cachete —y además lengua.

Pon los dos cachetes y la lengua

en el plato, bien cubiertos de sal

y clavo. recuerda sus habilidades

—lamer, chupar, aflojar, lubricar, estar

en la suave bolsa de la cara — y cómo cada jeta de cerdo

era singularmente única, todas tan hermosas como feas,

caras cobardes, bravas, cómicas, nobles,

astutas o sabias, crueles, bondadosas, pero todas ellas,

ninfas, con esos ojos cochinos. sazona con especies.

 

Las orejas muy limpias del guarro deben ser blanqueadas,

quemadas, revueltas

En una olla, hervidas, mantenidas calientas, desmenuzadas,

servidas, aderezadas

con tomillo. Mira la oreja escaldada, ese oído,

¿no escuchó, nunca, tus rezos y rimas,

el repiqueteo de tu voz, entonada y clara? Aplasta

las papas, ninfa, y abre la cerveza. Ahora los sesos,

las manitas, la espaldilla, el morro, las entrañas

en la partida, abultada, vulnerable bolsa de los huevos.

Cuando la cochura ha endurecido el corazón de un cerdo, córtalo

en pedacitos.

 

Córtalo en pedacitos. Yo también me arrodillé en una playa

resplandeciente

mirando los altos barcos navegar desde el ardiente sol

como mitos; me quité el vestido para caminar en el agua,

hundida hasta el pecho, saludando y llamando;

entonces me sumergí, nadé de espaldas, y miré

cómo tres negros barcos susurraban en las olas bajas.

Por supuesto, era entonces más joven. Y esperaba a los hombres.

Ahora, sazonemos una vez más al crujiente cerdo en la parrilla.

 

 

 

Elegía

Traducción: Eva Cruz Yáñez

 

¿Quién podrá saber entonces, cuando pase por la tumba

Donde tus huesos ya serán cosas quebradizas — este hueso de aquí

que desciende desde tu garganta, y este,

que cabe perfectamente en el hueco de mi palma, y estos

que cuento con mis labios, y tu cráneo,

que hoy florece en la almohada, y tus dedos,

adornados con pequeños anillos — que el amor, que vaga por la historia,

te eligió entre muchas en tu época?

 

El amor te amó más que a nadie; te iluminó

con una flama, como un talento, bajo tu piel; te dejó

transitar a lo largo de tus días y tus noches, bendecida en tu carne,

sangre, cabello, cual si fueran hermosas prendas

que usaras para complacer al aire. ¿Quién adivinará, al leer

tu lápida, o tocar con el pulgar las cicatrices

de tus fechas, que, de yo estar viva, yacería en la hierba que crece

sobre tus huesos hasta ser un espejo de tu pose, tu gracia infinita?

 

 

 

Se terminó

Traducción: Eva Cruz Yáñez

 

‘Escucha al tordo sabio que entona dos veces su canto,

no sea que pienses que no podrá nunca recuperar

el primer éxtasis, delicado y sin cuidado.

 

Robert Browning

 

Despierto a una hora oscura sin tiempo, me acerco a la ventana.

Un cielo negro sin estrellas, mi luna de que hablar, ni nombre

o número para la hora, ni una astilla de luz. Dejo entrar el aire.

El súbdito aroma del jardín es un sepulcro abierto.

¿Qué me queda

 

 

para ayudarme, sin conjuro ni oración,

a soportar esta hora, interminable, despiadada, anónima,

la muerte del amor? Sólo las otras horas:

el aire que se volvía celebre donde te pararas,

el gran hotel, inundado de luz, que nos hacía brillar

contra la noche,

 

la hora que te tomó

hacer un anillo de hierba y desposarme. Vuelvo a decir

tu nombre. Es una llave que abre por completo la oscuridad,

y la muerte entra de golpe al girar sobre su gozne.

Oigo a un ave comenzar su canto, traspasando

la hora, para traer la primera luz del alba esta Navidad,

un regalo, el rubor de la memoria.

 

 

 

 

Small Female Skull

 

With some surprise, I balance my small female skull in my hands.
What is it like? An ocarina? Blow in its eye.
It cannot cry, holds its breath only as long as I exhale,
mildly alarmed now, into the hole where the nose was,
press my ear to its grin. A vanishing sigh.

For some time, I sit on the lavatory seat with my head
in my hands, appalled. It feels much lighter than I’d thought;
the weight of a deck of cards, a slim volume of verse,
but with something else, as though it could levitate. Disturbing.
So why do I kiss it on the brow, my warm lips to its papery bone,

and take it to the mirror to ask for a gottle of geer?
I rinse it under the tap, watch dust run away, like sand
from a swimming cap, then dry it — firstborn — gently
with a towel. I see the scar where I fell for sheer love
down treacherous stairs, and read that shattering day like braille.

Love, I murmur to my skull, then, louder, other grand words,
shouting the hollow nouns in a white-tiled room.
Downstairs they will think I have lost my mind. No. I only weep
into these two holes here, or I’m grinning back at the joke, this is
a friend of mine. See, I hold her face in trembling, passionate hands.

 

 

 

Mean Time

 

The clocks slid back an hour
and stole light from my life
as I walked through the wrong part of town,
mourning our love.
And, of course, unmendable rain
fell to the bleak streets
where I felt my heart gnaw
at all our mistakes.

If the darkening sky could lift
more than one hour from this day
there are words I would never have said
nor heard you say.

But we will be dead, as we know,
beyond all light.
These are the shortened days
and the endless nights.

 

 

 

Prayer

 

Some days, although we cannot pray, a prayer
utters itself. So, a woman will lift
her head from the sieve of her hands and stare
at the minims sung by a tree, a sudden gift.

Some nights, although we are faithless, the truth
enters our hearts, that small familiar pain;
then a man will stand stock-still, hearing his youth
in the distant Latin chanting of a train.

Pray for us now. Grade One piano scales
console the lodger looking out across
a Midlands town. Then dusk, and someone calls
a child’s name as though they named their loss.

Darkness outside. Inside, the radio’s prayer –
Rockall. Malin. Dogger. Finisterre.

 

 

 

Circe

 

I’m fond, nereids and nymphs, unlike some, of the pig,
of the tusker, the snout, the boar and the swine.
One way or another, all pigs have been mine –
under my thumb, the bristling, salty skin of their backs,
in my nostrils here, their yobby, porky colognes.
I’m familiar with the hogs and runts, their percussion of oinks
and grunts, their squeals. I’ve stood with a pail of swill
at dusk, at the creaky gate of the sty,
tasting the sweaty, spicy air, the moon
like a lemon popped in the mouth of the sky.
But I want to begin with a recipe from abroad

which uses the cheek – and the tongue in cheek
at that. Lay two pig’s cheeks, with the tongue,
in a dish, and strew it well over with salt
and cloves. Remember the skills of the tongue –
to lick, to lap, to loosen, lubricate, to lie
in the soft pouch of the face – and how each pig’s face
the cowardly face, the brave, the comical, noble
sly or wise, the cruel, the kind, but all of them,
nymphs, with those piggy eyes. Season with mace.

Well-cleaned pig’s ears should be blanched, singed, tossed
in a pot, boiled, kept hot, scraped, served, garnished
with thyme. Look at that simmering lug, at that ear,
did it listen, ever, to you, to your prayers and rhymes,
to the chimes of your voice, singing and clear? Mash
the potatoes, nymph, open the beer. Now to the brains,
to the trotters, shoulders, chops, to the sweetneats slipped
from the slit, bulging, vulnerable bag of the balls.
When the heart of a pig has hardened, dice it small.

Dice it small. I, too, once knelt on this shining shore
watching the tall ships sail from the burning sun
like myths; slipped off my dress to wade,
breast-deep, in the sea, waving and calling;
then plunged, then swam on my back, looking up
as three black ships sighed in the shallow waves.
Of course, I was younger then. And hoping for men. Now,
let us baste that sizzling pig on the spit once again.

 

 

 

Elegy

 

Who’ll know then, when they walk by the grave

where your bones will be brittle things – this bone here

that swoops away from your throat, and this,

which perfectly fits the scoop of my palm, and these

which I count with my lips, and your skull,

which blooms on the pillow now, and your fingers,

beautiful in their little rings – that love, which wanders history,

singled you out in your time?

Love loved you best; lit you

with a flame, like talent, under your skin; let you

move through your days and nights, blessed in your flesh, blood, hair, as though they were lovely garments

you wore to pleasure the air. Who’ll guess, if they read

your stone, or press their thumbs to the scars

of your dates, that were I alive, I would lie on the grass

above your bones till I mirrored your pose, your infinite grace?

 

 

 

Over

 

‘That´s the wise thrush; he sings each song twice over,

Lest you should think he never could recapture

The first fine careles rapture!’

 

Robert Browning

 

I wake to a dark hour out of time, go to the window.

No stars n this black aky, no moon to speak of, no name

or number to the hour, no skelf of light. I let in air.

The garden’s sudden scent’s an open grave.

What do I have.

 

to help me, without spell or prayer,

endure this hour, endless, heartless, anonymous,

the death of love? Only the other hours—

the air made famous where you stood,

the grand hotel, flushing with light, which blazed us

on the night,

 

the hour it took for you

to make a ring of grass and marry me. I say your name

again. It is a key, unlocking all the dark,

so death swings open on its hinge.

I hear a bird begin its song,

Pieercing the hour, to bring first light this Christmas dawn,

A gift, the blush of memory.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *