Efraín Huerta Sobre los contemporáneos

El presente artículo periodístico de Efraín Huerta es sustraído del libro Palabra frente al cielo. Ensayos periodísticos (1936-194) bajo la edición, compilación, selección, Prólogo y notas de la poeta Raquel Huerta-Nava.

 

CUANDO EL RÍO SUENA, AGUA LLEVA

En los pequeños grupos juveniles, en las “peñas” anacrónicas del día de hoy, suena una frase que es como una grande y necesaria exigencia: “Urge una completa revisión de los valores poéticos actuales”. Se pide, pues, un balance de todo lo que ha hecho la generación pasada, es decir, de aquella que todavía es conocida con el nombre de los Contemporáneos, y que por tanto tiempo manejó tan hábilmente el ambiente literario de México, al grado de cortar por la raíz las ambiciones de los muchachos —capitalinos o provincianos— que pretendieron negar sus tendencias europeizantes o atacarlos abiertamente. Los Contemporáneos, cultos, conocedores de lenguas extranjeras y bien informados siempre, ejercieron funciones de tiranos desde las páginas de sus publicaciones, y todavía pretenden hacerlo, nada más que ahora desde las mesas de los cafés, rodeados de unos cuantos ingenuos deslumbrados por su acabado prestigio de “intelectuales de vanguardia”.

Ellos pudieron haber sido nuestros maestros indiscutibles, pero prefirieron colocarse, deshumanizados, en el centro de un círculo de fuego verde que limitó sus actividades e impuso a la gran masa de jóvenes una barrera literal y literariamente infranqueable. Estos jóvenes piden ahora una revisión de la labor de aquéllos, que por cierto ya no lo son tanto. Los Contemporáneos se van a ver en aprietos si la exigencia de la nueva juventud se impone. Por lo pronto, nosotros creemos que una amplia, total revisión de la obra literaria de “los ulises”, como también se les llama, es completamente inútil, puesto que los conocemos de sobra y nada nuevo nos diría la lectura de Dama de corazones, por ejemplo, o de XX poemas. Son obras muertas, “circunstanciales”, como el mismo Villaurrutia confiesa. Son obras que ahora vemos merecidamente podridas y sin ninguna significación para la juventud que tiene otras ocupaciones, otras ambiciones, otro punto de vista del mundo, de la patria en que vive, y de su papel escencialmente humano en el desarrollo de la Revolución. Las obras poéticas de los Novo, de los Villaurrutia, de los Owen, de los Cuesta, son extraordinariamente absurdas e inútiles; suenan a cosa muerta, a seco producto de poetas ensimismados, aislados, encastillados, acasillados, sofocados en la “élite” que no quieren abandonar por ningún motivo. Vamos a ver: ¿Qué significaron para el desarrollo de una auténtica literatura mexicana? ¿Qué valor se les puede considerar cuando toda la vida han estado inaccesibles, ya no para los trabajadores, sino aun para la más regular clase media? ¿Quién conoce su contenido, aparte de las veinte o treinta personas que están iniciadas? ¿Son originales? ¿Abordan, en algún punto, un problema social? Ninguna de las anteriores preguntas se nos podrá contestar de tal manera que nos convenzan de lo que ya no podemos aceptar. Son poemas creados al amparo de una burocracia que vivió de vicios inconfesables y bajos, que explotó la rica mina europea de última hora, son versos escritos aprovechando el baratillo norteamericano.

Cuando hablamos de los Contemporáneos no queremos referirnos a José Gorostiza, por ejemplo, que se ha creado un ambiente de soledad, en el que vive puliendo y puliendo sus interminables versos, de los cuales contadas veces nos es dado saborear algunas primicias en revistas de mayor o menor valía. Gorostiza se encuentra desde hace diez años en plan de rectificación y de superación. Ahí puede seguir. ¿No se asustará y decepcionará cuando la gente, al leer sus poemas laborados tanto tiempo, diga: y este fantasma, dónde estuvo escondido que no se ha dado cuenta de que estamos en 1940?

No nos referimos tampoco al poeta —auténtico poeta— Carlos Pellicer, habitante de Las Lomas  y aledaños, porque éste ni siquiera pertenece a la generación de ellos, sino que es unos cuantos años anteriores [sic] y ochenta veces superior. Pellicer, querido por toda la juventud de México, no ha podido, por sus condiciones económicas y la imbecilidad de los “mecenas”, dar a conocer sus últimas producciones. Producciones magníficas, como de gran artista americano.

Jaime Torres Bodet fue mucho tiempo para nosotros una gran esperanza; veíamos en él al mejor poeta y al más prometedor de todos. Su producción es grande y variada, y aun en sus novelas es un excelente poeta.  Pero se encuentra un poco silencioso. Acaba de publicar Cripta, que todavía no conocemos, y un regular poema en la revista de combate Letras de México. Tampoco lo podemos considerar como de la generación de los Contemporáneos.

Ortiz de Montellano está verdaderamente soporífero e inaguantable. No es un poeta; es simplemente un erudito muy esforzado. Y nada más. González Rojo, incoloro y sin importancia positiva.

Quedan solamente Salvador Novo y Xavier Villaurrutia. Estos poetas sí han significado y pretenden seguir significando. No lo conseguirán. Estamos listos para desenmascararlos en el momento preciso como desvalijadores y plagiarios. Cinco o diez poemas no bastan, menos cuando éstos son de una falsa intención de humanidad. Así podemos decir que el río, además de agua, lleva una gran cantidad de piedras. Éstas caracterizan —justa caracterización— a los defensores de esa hueca poesía de azúcar y Ice Cream, de esos versitos “cultos”, reforzados, inútilmente escritos para unos cuantos “fieles” al santuario de la “intocable sabiduría”.

Y el río sigue sonando. No haremos la “revisión total de la obra poética de ‘los ulises’”, porque sería inútil insistir sobre algo que nos sabemos de memoria. Simplemente, intentaremos hacerles ver que están equivocados si creen que somos sus discípulos o sus continuadores.

Nosotros estamos con el pueblo trabajador, al que siempre ignoraron ellos.